CONSERVANDO LOS RESTOS II
Quinta entrega
HILAIRE BELLOC
EL ESTADO SERVIL
Traducido por Bruno Jacovella (Buenos Aires 1945)
SECCIÓN CUARTA
CÓMO SE MALOGRÓ EL ESTADO DISTRIBUTIVO
Al expirar la Edad Media, las sociedades cristianas de Occidente, y Gran Bretaña entre ellas, se encontraban económicamente libres.
La propiedad era una institución ínsita al Estado, y disfrutaba de ella la gran mayoría de sus ciudadanos. Las instituciones cooperativas y las regulaciones voluntarias del trabajo sólo restringían el uso independiente en absoluto de la propiedad con el objeto de mantener tal institución intacta e impedir la absorción de la pequeña propiedad por la grande.
Este orden excelente de cosas que habíamos logrado después de muchas centurias de evolución cristiana, y en el cual la antigua institución de la esclavitud había sido eliminada finalmente de la cristiandad, no sobrevivió en todas partes.
En Inglaterra, singularmente, quedó arruinada. Los gérmenes del desastre fueron sembrados en el siglo XVI, y sus primeros efectos visibles se manifestaron en el XVII. Durante el siglo XVIII, Inglaterra vino, al fin, aunque inseguramente, a establecerse sobre una base proletaria, lo que quiere decir que se había convertido ya en una sociedad de hombres ricos posesionados de los medios de producción, por una parte, y una mayoría desposeída de tales medios por la otra.
En el siglo XIX, la planta maligna llegó a su madurez, e Inglaterra, antes de cerrar el siglo, era ya un Estado puramente capitalista, el prototipo y modelo de capitalismo en todo el mundo: con los medios de producción firmemente en manos de un grupo muy pequeño de ciudadanos, y la totalidad de la masa determinante de la nación, desposeída de capital y de tierra, desposeída por consiguiente de seguridad, siempre, y también del necesario sustento, en muchos casos. La gran mayoría de los ingleses, aunque todavía en posesión de la libertad política, carecían cada vez más de los elementos de la económica, y se encontraban así en la peor posición en que llegaron jamás a verse antes los ciudadanos libres en la historia de Europa.
¿Cuáles fueron las fases de esta enorme catástrofe que se precipitó sobre nosotros?
El primer grado del proceso consistió en el mal uso hecho de una gran revolución económica que caracterizó al siglo XVI. Las tierras y la riqueza acumulada de los monasterios fueron arrebatadas del poder de sus antiguos dueños con la intención de transferirlas a la Corona; mas no pasaron ciertamente a manos de los reyes, sino a las de un sector ya rico de la comunidad; el cual, una vez que se consumó el cambio, se convirtió durante los siglos sucesivos en el verdadero soberano de Inglaterra.
He aquí lo que sucedió:
La Inglaterra de principios del siglo XVI, aquella en la cual Enrique VIII heredó, aun joven, su poderosa corona, aunque una Inglaterra donde la gran mayoría de los hombres poseían la tierra que labraban, y las casas que habitaban, y las herramientas con que trabajaban, era sin embargo una Inglaterra en que estos bienes, si bien ampliamente distribuidos, lo estaban también en forma desigual.
Entonces, como ahora, el suelo y lo adherido a él constituían la base de toda riqueza, pero la proporción entre el valor del suelo, y sus adherencias y el valor de otros medios de producción (enseres, almacenes de ropas y alimentos, etc.) difería de la actual. La tierra y sus adherencias representaban entonces una parte mucho mayor de la totalidad de los medios de producción; hoy día, en cambio, no representan en Inglaterra la mitad de los mismos; y aunque constituyen el fundamento necesario de toda la producción de riqueza, sin embargo nuestras grandes máquinas, nuestros almacenes de comestibles y roperías, nuestro carbón y petróleo, nuestros barcos, etcétera, superan el valor verdadero de la tierra y los accesorios a ella adheridos: importan más que la tierra de sembradío y pastoreo, que el valor de obra de las casas, dársenas y muelles, etcétera. A principios del siglo XVI, por el contrario, la tierra y sus anexos importaban mucho más que todas las demás formas de producción de riqueza juntas.
Ahora bien, a fines de la Edad Media, esta forma de riqueza encontrábase ya aquí, más que en otro país de la Europa occidental, en manos de una opulenta clase terrateniente. Resulta imposible presentar estadísticas exactas, porque no se hizo ninguna; sólo podemos dar exposiciones generales, fundadas en inferencias e indagaciones. Pero, hablando en términos generales, podemos decir que del valor total de la tierra y sus anexos, probablemente bastante más de una cuarta parte, aunque menos de una tercera, hallábase en manos de esta clase opulenta.
La Inglaterra de entonces era principalmente agraria; tenía más de cuatro, pero menos de seis, millones de habitantes, y en toda comunidad agraria se encontraba al Señor, el «Lord», según se lo llamaba oficialmente (ya en esa época se le daba el nombre familiar de «squire»), en posesión de más tierra dominial que en cualquier otro país. En términos generales, estos señores poseían en dominio absoluto bastante más de la cuarta parte, quizás la tercera parte, de la tierra aldeana, distribución que en las ciudades era más pareja. En ocasiones, quien ocupaba tal posición era un individuo particular, otras, una corporación; en todas las aldeas se encontraban esas heredades de propiedad absoluta de la cabeza política de la aldea ocupando una proporción considerable de su superficie. El resto, aunque distribuido en propiedad entre los pobladores menos afortunados, e incluyendo casas y enseres de los cuales no podían ser despojados, pagaba algunos tributos al Señor y, lo que era más, la administración local de la justicia se hallaba en manos del mismo. Esta clase de ricos terratenientes, pues, constituyó hace cien años la magistratura judicial de la cual dependía la administración de la aldea.
No había razón alguna para que este orden de cosas no condujera gradualmente a la elevación del labriego y la decadencia del señor. Así ocurrió en Francia, y lo mismo hubiera podido ocurrir perfectamente aquí. Una clase rústica ansiosa de comprar hubiera podido extender gradualmente sus dominios a expensas de la tierra solariega, y a la distribución de la propiedad, que había llegado ya virtualmente a su término, hubiera podido agregarse otro elemento de primer orden, a saber: la posesión más pareja; de esa propiedad. Pero todo proceso semejante, de adquisición gradual de las propiedades del grande por el pequeño, como parece natural a nuestro temperamento de europeos, y como se produjo desde entonces casi en todas partes en los países dejados en libertad de proceder de acuerdo a sus instintos colectivos, fue interrumpido en el nuestro por una revolución artificial realizada con los medios más violentos. Esta revolución artificial consistió en la incautación de las tierras monásticas por la Corona.
Es importante percibir claramente la naturaleza de esta operación, pues de ella iba a derivarse el futuro de la economía británica.
De las tierras solariegas, y el privilegio de administración local que llevaban anexo (una característica muy importante, según lo veremos después), bastante más de la cuarta parte estaba en manos de la Iglesia; la Iglesia, por tanto, era el «Señor» de un 25, digamos un 28, y tal vez casi un 30 por ciento de las comunidades agrarias de Inglaterra, y el superintendente de una proporción semejante de toda la producción agraria inglesa.
La Iglesia, además, era de hecho la propietaria absoluta de más o menos un 30 por ciento de la tierra solariega de las aldeas, y la recaudadora de aproximadamente un 30 por ciento de los tributos consuetudinarios, etcétera, pagados por los propietarios menores a los mayores. Todo este poder económico se hallaba hasta 1535 en manos de Cabildos metropolitanos, comunidades de monjes y monjas, establecimientos de educación dirigidos por el clero, et sic de cœteris.
Al ser confiscadas las tierras monásticas por Enrique VIII, no se extinguió de golpe su vasta influencia económica. El clero secular conservó sus bienes, y a la mayor parte de los establecimientos educacionales, aunque saqueados, les quedaron algunas rentas; pero, si no todo el 30 por ciento, bastante más del 20 por ciento fue confiscado, y la revolución consumada por esta enorme operación fue sin comparación alguna la más radical, súbita y trascendental de las que se ejecutaron en la historia económica de todos los pueblos de Europa.
Al principio hubo el propósito, realizándola, de conservar en manos de la Corona esa gran masa de medios de producción, lo cual debe recordar claramente todo el que estudia las fortunas de Inglaterra y todos los que se maravillan ante el contraste que ofrecen la vieja y la nueva Inglaterra.
Si ese propósito se hubiera mantenido firmemente, el Estado británico y su gobierno hubieran sido los más poderosos de Europa.
El Ejecutivo (que en esa época significaba el Rey) hubiera tenido una oportunidad mayor para aplastar la resistencia de los ricos, respaldar su poder político con el poder económico, y ordenar la vida social de sus súbditos como ningún otro Ejecutivo del mundo cristiano.
Si Enrique VIII y sus sucesores hubieran conservado la tierra así confiscada, el poder de la monarquía francesa, del cual nos admiramos, no hubiera sido nada al lado del poder de la inglesa.
El rey de Inglaterra hubiera tenido en sus manos un instrumento de dominio absoluto como ninguno, instrumento del que presumiblemente hubiera hecho uso, según sucede siempre con un gobierno central fuerte, para debilitar a las clases más ricas y beneficiar indirectamente a la masa del pueblo. De un modo u otro, hubiéramos tenido con seguridad una Inglaterra muy distinta de la que conocemos, de haber conservado firmemente el rey lo suyo tras la disolución de los monasterios.
Ahora bien, aquí se presenta el punto capital de la gran revolución. El rey no logró conservar las tierras de que se había incautado. Esa clase de grandes terratenientes, que existía ya y dominaba, corno he dicho, de una cuarta a una tercera parte de los valores agrarios de Inglaterra, era demasiado fuerte para la monarquía. Insistieron los terratenientes en que se les otorgaran esas tierras, en ocasiones a título gratuito, en otras, a cambio de sumas irrisorias; y eran lo bastante fuertes en el Parlamento, y por el poder administrativo que ejercían en sus respectivas localidades, como para conseguir lo que pretendían. De todo lo que cedió la Corona, nada volvió a su poder, y así, año tras año, lo que había sido tierra monástica se fue convirtiendo más y más en propiedad absoluta de los grandes terratenientes.
Obsérvese el efecto que tuvo esto. En toda Inglaterra, los hombres que tenían ya bajo su dominio virtualmente absoluto de una cuarta a una tercera parte del suelo y de los arados y graneros de una aldea, se apropiaron en el transcurso de muy pocos años de otra gran parte de los medios de producción, que inclinaron completamente la balanza a favor suyo. ¡Añadieron a ese 30 por ciento un nuevo 20 por ciento suplementario, convirtiéndose así de golpe en propietarios de la mitad de la tierra! En muchos centros de importancia decisiva, llegaron a poseer más de la mitad de la tierra. En muchos distritos no sólo fueron los primeros, sin discusión alguna, sino también los amos económicos del resto de la comunidad. Podían comprar con el máximo de ventajas. Procedieron según el principio de la competencia estrictamente, cobrando hasta el último centavo de los tributos y arriendos donde los antiguos señores clericales se habían atenido a la costumbre —dejando bastante al arrendatario. Comenzaron a llenar las universidades y los estrados judiciales. La Corona cada vez podía dirimir menos los pleitos entre grandes y chicos; los grandes podían dirimirlos cada vez más en su propio favor. Pronto se apropiaron de este modo de la mayor parte de los medios de producción, e inmediatamente se dedicaron a absorber a los modestos hombres independientes y a constituir gradualmente esas grandes haciendas que, al cabo de pocas generaciones, se identificaron con la aldea misma.
En toda Inglaterra puede verse cómo las grandes haciendas datan de esta revolución o son posteriores a ella. La casa solariega, la casa del grande de la localidad tal como era en la Edad Media, sobrevive aquí y allá, para mostrar el efecto inmenso que tuvo esta revolución. La casa baja de madera, con sus anexos y dependencias, sólo una alquería mayor entre las demás, se volvió después de la Reforma y en lo sucesivo un palacio. Salvo en los lugares donde constituían una excepción los grandes castillos (no de propiedad de la Corona, sino ocupados, solamente, por ella), los hidalgos rurales de antes de la Reforma vivían como hombres más ricos que el resto de los labriegos que los rodeaban, mas no como sus amos.
Después de la Reforma, comenzaron a elevarse en toda Inglaterra esas grandes «mansiones rurales» que rápidamente se convirtieron en los centros típicos de la vida agraria británica. El proceso estaba en pleno funcionamiento antes de morir Enrique VIII. Desgraciadamente para Inglaterra, éste dejó de heredero suyo a un niño enfermizo, durante cuyo reinado de seis años, de 1547 a 1553, el saqueo prosiguió en medida espantosa. Cuando al fin murió y ascendió al trono María, el proceso estaba casi consumado. Un gran número de familias nuevas había surgido, incomparablemente más ricas que cuanto había conocido la vieja Inglaterra, y ligadas por un interés común a las familias más antiguas, que se habían unido en la rebatiña.
Cada uno de los individuos que representaba una localidad en el Parlamento fijó su precio para votar la disolución de los monasterios, y a cada uno le fue pagado. Basta ver una nómina de los miembros del Parlamento de la Disolución para comprobarlo, y, aparte de su poder en el Parlamento, esta clase tenía otras cien maneras de insistir en sus pretensiones. Los Howard (ya entonces de alguna alcurnia), los Cavendish, los Cecil, los Russel, y otras cincuenta familias nuevas surgieron así sobre las ruinas de la religión; y el proceso continuó incesantemente hasta que, al siglo más o menos de su comienzo, toda la faz de Inglaterra fue modificada.
En lugar de una Corona poderosa, dueña de rentas mucho mayores que las de cualquier súbdito, tuvimos una Corona que no sabía qué hacer para conseguir dinero, y que se hallaba bajo el dominio de sus súbditos, algunos de los cuales la igualaban en riqueza; tales súbditos, por lo demás, podían, valiéndose singularmente de la acción del Parlamento (al que manejaban ya entonces), hacer casi todo lo que querían con el Gobierno.
En otras palabras, hacia el primer tercio del siglo XVII, entre 1630 y 1640, consumóse finalmente la revolución económica, y la nueva realidad económica que se impuso a las antiguas tradiciones de Inglaterra estaba constituida por una poderosa oligarquía de grandes propietarios, a cuya vera pasaba a segundo plano una monarquía empobrecida y decadente.
Otras causas contribuyeron a este deplorable resultado. El cambio del valor de la moneda había asestado un golpe muy fuerte a la Corona. La capacidad adquisitiva del dinero descendió este siglo a cerca de una tercera parte de su nivel originario. Con tres libras, pongamos, se compraba en tiempo de Carlos I lo mismo que hubiera podido comprarse con una en tiempos de Enrique VIII. Casi todos los ingresos de la Corona estaban fijados por la costumbre; la mayor parte de sus gastos, por la competencia. Seguía cobrando sólo una libra cuando gradualmente se veía obligada a desembolsar tres.
Puede mencionarse también la peculiar historia de la familia Tudor, sus pasiones violentas, su falta de resolución y de toda continuidad de conducta, hasta cierto punto también el carácter del mismo Carlos I, y muchas otras causas subsidiarias. Pero el hecho capital y primero, al que se subordina todo, es la transferencia de las tierras monásticas —una quinta parte, al menos, de la riqueza de la, nación— a los grandes terratenientes, transferencia que inclinó la balanza completamente en favor suyo y contra el campesinado.
La disminuida y empobrecida Corona no podía resistir más, y dirigió contra la riqueza nueva el esfuerzo de las Guerras civiles. Fue completamente derrotada; y cuando se llegó a un arreglo final en 1660, toda la realidad del poder se encontraba en las manos de una clase poderosa de hombres ricos, mientras que el Rey, aun circundado por las formas y tradiciones de su antiguo poder, no era en el plano de los hechos más que un títere asalariado. Y en ese mundo social que forma el substrato de todas las manifestaciones políticas, la gran nota dominante fue que unas cuantas familias ricas se habían apoderado de la mayor parte de los medios de producción de Gran Bretaña, a la vez que ejercían todo el poder administrativo local y constituían además la justicia, la educación superior y la Iglesia, al punto de relegar enteramente a segundo plano lo que quedaba de gobierno central en el país.
Tómese como punto de partida de lo que ocurrió el año 1700. En esa época, más de la mitad de los ingleses se hallaban desposeídos de capital y de tierra, Ni siquiera un hombre, de dos, inclusive computando los propietarios insignificantes, vivía en una casa de que fuera con seguridad el dueño, o labraba un terreno del cual no pudiera ser desalojado.
Tal proporción puede parecernos a nosotros hoy día un orden de cosas admirablemente libre, y a decir verdad, si cerca de la mitad de nuestra población poseyera los medios de producción, nos hallaríamos en una situación muy distinta de la actual. Pero lo que debe comprenderse bien es que, no obstante encontrarse el mal negocio muy lejos de estar concluido en 1700 o alrededor de esa fecha, sin embargo ya entonces Inglaterra se había vuelto CAPITALISTA. Había permitido ya que un vasto sector de su población se proletarizara; y a esto, no a la llamada «Revolución industrial», que es posterior, se deben las terribles condiciones sociales en que nos hallamos hoy día.
Lo que todavía me falta decir en esta sección probará la verdad de lo precedente.
En una Inglaterra ya castigada así con la maldición de una clase proletaria muy numerosa, y ya gobernada por una clase capitalista dominante, dueña de los medios de producción, sobrevino un gran desarrollo industrial.
Si este desarrollo industrial hubiera sobrevenido en un pueblo económicamente libre, hubiera adoptado una forma corporativa. Sobreviniendo en esas condiciones, en un pueblo que había perdido ya en gran parte su libertad económica, tomó desde el comienzo una forma capitalista, forma que mantuvo, expandió y perfeccionó a lo largo de dos siglos.
El sistema industrial surgió en Inglaterra. En Inglaterra se formaron todas sus tradiciones y hábitos; y, puesto que la Inglaterra en que surgió era ya una Inglaterra capitalista, el industrialismo moderno, dondequiera aparezca en vigor hoy día, por proceder de Inglaterra, se desenvolvió según el modelo capitalista.
En 1705 se hizo funcionar la primera máquina de vapor práctica, la de Newcomen. Debió transcurrir el equivalente de la vida de un hombre antes de que esta invención se convirtiera, mediante la introducción del condensador, obra de Watt, en el gran instrumento de producción que transformó nuestra industria; pero en esos sesenta años hay que buscar todos los principios del sistema industrial. La máquina de hilar de Heargreave apareció un poco antes que la patente de Watt. Treinta años atrás, Abrahath Darby, de Colebrook Dale, al término de una larga serie de experiencias que habían durado más de un siglo, logró satisfactoriamente fundir mineral de hierro con coke. No habían pasado veinte años, cuando King introdujo la lanzadera volante, la primera mejora de trascendencia en el telar de mano; y en general, el período que abarca una vida como la del Dr. Johnson, nacido poco después que la máquina de Newcomen empezara a funcionar y muerto setenta y cuatro años después, cuando el sistema industrial se halla en pleno ejercicio, abarca también esa gran transformación de Inglaterra. Un hombre que, desde la niñez, pudiera recordar los últimos años de la reina Ana, y que hubiera vivido hasta las vísperas de la Revolución Francesa, vería pasar ante sus ojos el cambio que transformó la sociedad inglesa y la llevó a la expansión y el peligro en que la vemos hoy día.
¿Cuál fue la marca característica de ese período de más de medio siglo? ¿Por qué las nuevas invenciones nos dieron la forma de sociedad que ahora conocemos y odiamos bajo el nombre de industrial? ¿Por qué el enorme incremento de la capacidad de producción, de la población y de la acumulación de riqueza convirtió a la gran mayoría de los ingleses en un proletariado indigente, segregó a los ricos del resto del país, y desenvolvió plenamente todos los males que consideramos inherentes al Estado capitalista?
Se ha dado a esta pregunta una respuesta tan generalizada como estólida, y no sólo estólida, sino también falsa. Hasta qué punto lo es, trataré aquí de demostrarlo. La respuesta tan difundida en innumerables libros de texto, y elevada casi a la categoría de lugar común en nuestras universidades, dice que los nuevos métodos de producción —las máquinas nuevas, las herramientas nuevas— causaron por sí mismas y fatalmente el desarrollo de un Estado capitalista, en que unos pocos debían poseer los medios de producción y la masa debía ser proletaria.
Se hace notar que los instrumentos nuevos superaban en tan grande escala a los viejos, y eran en tal modo más costosos, que el individuo de pocos recursos no podía procurárselos, mientras que el rico, que podía procurárselos, liquidó la competencia de su insuficientemente equipado rival, que todavía intentaba luchar con sus enseres más antiguos y baratos, y lo redujo a una posición de asalariado, de la de pequeño propietario, que tenía antes. A esto (nos dicen) agregáronse en favor del propietario grande y contra el chico las ventajas de la concentración. No sólo los nuevos instrumentos eran costosos proporcionalmente casi a su eficacia, sino también, sobre todo después de la introducción del vapor, eficaces proporcionalmente a su concentración en pocos lugares y bajo la dirección de pocos hombres. Mediante argumentos falsos como éstos, nos enseñaron a creer que los horrores del sistema industrial eran un ciego y necesario producto de fuerzas impersonales y materiales, y que dondequiera que la máquina de vapor, el telar mecánico, el alto horno, etcétera se introducían, pronto debía de aparecer fatalmente un grupo pequeño de poseedores explotando a una gran mayoría de desposeídos.
Asombra comprobar cómo una tesis tan contraria a la historia pudo lograr tanto crédito en todas partes. En efecto, si en nuestros colegios y universidades se enseñaran hoy día las verdades capitales de la historia inglesa, si se educara a los hombres familiarizándolos con los factores principales y determinantes del pasado nacional, jamás hubieran podido arraigarse semejantes despropósitos.
El gran crecimiento del proletariado, la concentración de la propiedad en manos de unos pocos poseedores, y la explotación de la masa de la comunidad por estos poseedores, no tenían conexión fatal o necesaria en modo alguno con el descubrimiento de métodos de producción nuevos y en constante progreso. El mal se desarrolló en modo notorio y demostrable, partiendo del hecho de que Inglaterra, el semillero del sistema industrial, hallábase ya en poder de una oligarquía opulenta antes de que se iniciara la serie de los grandes descubrimientos.
Véase cómo se desarrolló el sistema industrial de acuerdo con directivas capitalistas. ¿Por qué unos pocos hombres ricos entraron con tanta facilidad en posesión de los nuevos métodos? ¿Por qué fue una cosa normal y natural a sus ojos y los de la sociedad contemporánea que los que producían la nueva riqueza con las nuevas máquinas habían de ser hombres desposeídos y proletarios? Sencillamente, porque la Inglaterra en que habían aparecido los nuevos descubrimientos era ya una Inglaterra que se encontraba, por lo que se refiere a su suelo y sus acumulaciones de riqueza, en poder de una pequeña minoría; era ya una Inglaterra en la cual posiblemente la mitad de la población total era proletaria, y un medio de explotación al alcance de la mano.
Para iniciar cualquier industria nueva había que proveerla de capital; vale decir, había que buscar riqueza acumulada de alguna fuente a fin de que mantuviera el trabajo en el proceso de producción, hasta tanto ese proceso llegara a su término. Alguien debía agenciarse el pan y la carne y el alojamiento y el vestido que debían mantener, desde la extracción de la materia prima hasta el momento en que empezara el consumo del artículo terminado, a los agentes humanos que manejaban esa materia prima y la transformaban en el producto manufacturado.
Si la propiedad hubiera estado bien distribuida, protegida mediante gremios cooperativos, cercada y defendida por la costumbre y por la autonomía de grandes corporaciones de artesanos, esas acumulaciones de riqueza, necesarias para la iniciación de todo método nuevo de producción y para la aplicación de todo perfeccionamiento nuevo, hubieran sido halladas en la masa de los pequeños propietarios. Sus corporaciones, sus pequeñas porciones de riqueza, reunidas, hubieran provisto el capital requerido por los nuevos procedimientos, y los hombres, que ya eran propietarios, a medida que las invenciones fueron sucediéndose, hubieran acrecentado la riqueza total de la comunidad sin perturbar el equilibrio de la distribución.
No hay en la razón ni en la experiencia eslabón imaginable alguno que asocie la constitución del capital para un procedimiento nuevo a la idea de unos pocos poseedores empresarios y a una muchedumbre de desposeídos que trabajen por un salario. De haber sobrevenido esos grandes descubrimientos en una sociedad como la del siglo XIII, hubieran enriquecido y hecho feliz a la humanidad. Sobreviniendo en medio de las morbosas condiciones morales del siglo XVIII británico, resultaron una maldición.
¿A quién hubiera podido dirigirse la nueva industria en busca de capitales? El pequeño propietario había desaparecido ya en gran proporción. La vida corporativa y las obligaciones mutuas que lo habían sostenido y habían garantizado su propiedad se encontraban hechas trizas, no en virtud de «desarrollo económico» alguno, sino por la acción deliberada del rico. Era ignorante solamente porque le habían arrebatado sus escuelas y le habían cerrado las puertas de la universidad. Y más acrecentaba su ignorancia el hecho de haber desaparecido la vida comunitaria que alimentó otrora su sentido social y los sistemas cooperativos que constituyeron antaño su defensa.
Cuando se requería una acumulación de granos, de ropas, de alojamientos, de combustible, como elementos indispensables previos a la iniciación de una nueva industria; cuando se buscaba a alguien capaz de dar con la riqueza acumulada necesaria para estos experimentos de bulto, no había más remedio que dirigirse a la clase que había monopolizado ya el grueso de los medios de producción de Inglaterra. Sólo los ricos podían suministrar esos abastecimientos.
Pero esto no fue todo. Una vez conseguidos los abastecimientos, y «habilitada» la aleatoria empresa, la forma de energía humana que se hallaba más al alcance de la mano, débil, ignorante, susceptible de ser explotada indefinidamente, y desesperadamente necesitada, dispuesta a producir para cualquiera bajo cualquier condición o poco menos, y bastante contenta con que sólo se le mantuviera la vida, era el proletariado disponible, creado por la nueva plutocracia cuando, al monopolizar la riqueza del país tras la Reforma, despojó al pueblo inglés de la posesión de sus enseres, sus casas y sus tierras.
La clase adinerada, adoptando algunos procedimientos nuevos de producción en su particular beneficio, los aplicó de acuerdo al régimen de mera competencia establecido ya por su avaricia. La tradición cooperativista había muerto. ¿Dónde encontraría aquélla trabajo más barato? Evidentemente, en el proletariado, no entre los pequeños propietarios sobrevivientes. ¿Cuál clase había de aumentar bajo el imperio de la nueva riqueza? Evidentemente, el proletariado otra vez, pero sin elemento alguno de responsabilidad ni nada que dejar a su descendencia; y a medida que este proletariado abultaba las ganancias del capitalista, lo habilitaba también con un poder cada vez mayor para absorber al pequeño propietario y mandarlo por otro conducto a engrosar la masa proletaria.
Así fue cómo la Revolución industrial, como se la llama, cobró en su origen mismo la forma que la convirtió poco menos que en una maldición lisa y llana para la desventurada sociedad en que tuvo su florecimiento. El rico, dueño ya de las acumulaciones mediante las cuales solamente podía ser alimentado ese cambio industrial, heredó todas las acumulaciones sucesivas de enseres y todas las acumulaciones crecientes de artículos de consumo deparadas por éste. El sistema fabril, al asentarse en una base de capitalistas y proletariado, se desarrolló en el molde que conformó su nacimiento. A cada nuevo adelanto, el capitalista extendía la mirada buscando materia prima proletaria para alimentar el productivo molino.
Todas las características de esta sociedad, la forma dada a las leyes que regían la propiedad y la ganancia, las obligaciones de los socios, las relaciones entre «patrón» y «servidor», fomentaban directamente la expansión indefinida de una clase sometida, amorfa, asalariada, bajo el dominio de un pequeño grupo de poseedores, el cual tendía a reducirse y enriquecerse más aún, y hacerse de un poder cada vez mayor, a medida que el desgraciado asunto seguía su curso.
La expansión de la oligarquía económica se ejerció en todos los sectores, no solamente en la industria. Los grandes terratenientes destruyeron deliberadamente, con toda intención, y en su propio beneficio, los derechos comunes que regían sobre las tierras comunes. La reducida plutocracia con la cual se habían asociado, y con cuyos elementos mercantiles estaban ya fundidos, encauzó todas las cosas a sus propios fines. El poder central fuerte que hubiera debido proteger a la comunidad contra la rapacidad de unos pocos había desaparecido unas generaciones atrás. El capitalismo triunfante manejaba todo el mecanismo de la legislación y, también, de la información. Mecanismo que todavía maneja; y no hay un caso de la llamada «Reforma Social» hoy día que no se pueda demostrar como dirigido (aunque a menudo subconscientemente) a la defensa y confirmación ulteriores de una sociedad industrial en que se da por supuesto que unos pocos deben poseer, la gran mayoría debe vivir asalariada debajo de ellos, y que todo lo que el pueblo inglés puede esperar es el mejoramiento de su condición mediante regulaciones e intervenciones venidas de lo alto —pero no mediante la propiedad, no mediante la libertad.
El sentir de todos nosotros —y no sólo el sentir sino también las comprobaciones de los pocos que hemos analizado el asunto— es que la sociedad capitalista, que se desenvolvió así desde su iniciación con el apoderamiento de la tierra, hace cuatrocientos años, ha llegado a su término. Es poco menos que evidente por sí mismo que no puede perdurar en la forma en que la han conocido las tres últimas generaciones, y en modo análogo, es evidente por sí que hay que hallar una solución a la intolerable y creciente inestabilidad con que ha emponzoñado nuestra vida.
Pero, antes de considerar las varias soluciones propuestas por varias escuelas de pensadores, mostraré en la sección siguiente cómo y por qué el Sistema industrial capitalista de Inglaterra es inestable en modo tan intolerable y, en consecuencia, plantea un grave problema que debe ser resuelto bajo pena de muerte social.
Debe tenerse en cuenta que ese industrialismo moderno se difundió de Inglaterra a otros muchos centros, por lo cual presenta en todas partes los caracteres grabados por su nacimiento en esta nación.

