CUANDO LOS HOMBRES SE VUELVEN MUJERES
Y LAS MUJERES HOMBRES
Santa Brígida (1303-1373): «Cuarenta años antes del año dos mil el demonio será dejado suelto por un tiempo para tentar a los hombres. Cuando todo parecerá perdido, Dios mismo, de improviso, pondrá fin a toda maldad. La señal de estos eventos será: cuando los sacerdotes habrán dejado el hábito santo y se vestirán como la gente común, las mujeres como los hombres y los hombres como las mujeres».
San Vicente Ferrer (1350-1419): «Advertid que vendrá un tiempo de relajación religioso y catástrofes como no lo ha habido ni habrá. Es aquel tiempo las mujeres se vestirán como hombres y se portarán a su gusto, licenciosamente; y los hombres vestirán vilmente como las mujeres. Pero Dios lo purificará todo y regenerará todo y la tristeza se convertirá en gozo».
En estos días nos hemos cansado de leer las fuertes y duras críticas contra el gran amigo de los sodomitas, que ahora aparenta habérseles dado vuelta como un panqueque.
Las declaraciones de Decimejorgito con respecto a que la homosexualidad debería ser tratada por un psiquiatra como si esta fuese una enfermedad mental, han dejado a los sexualdegéneres atónitos y muy enfadados con quien ellos consideraban muy misericordioso para juzgarlos.
Y a decir verdad, en esto hay algo de razón para su enfado, ya que catalogar la sodomía como enfermedad es otro de los tantos equívocos que ha lanzado Bergoglio.
La homosexualidad debe ser considerada como depravación grave, si bien sólo Dios conoce hasta el más recóndito rincón de esas conciencias.
Es fundamental señalar claramente que la Iglesia Católica enseña que los actos de homosexualidad son intrínsecamente desordenados y contrarios a la Ley Natural.
Leamos el siguiente texto de Santa Catalina de Siena con respecto a este pecado, del cual no dice sea una enfermedad, sino que llama a los que lo comenten miserables pecadores, es decir prisioneros de sus pasiones desviadas…
Santa Catalina de Siena, El Diálogo – El Cuerpo Místico de la Iglesia – Excelencia del ministerio sacerdotal – Los malos ministros – Diálogo 124: En los ministros reina el pecado “contra natura”:
Te hago saber, queridísima hija, que a vosotros y a ellos (los sacerdotes) os exijo tanta limpieza en este sacramento (el Santo Sacrificio de la Misa) cuanta es posible al hombre en esta vida. En cuanto esté de vuestra parte, y de la de ellos, debéis procurarla sin cansancio. Debéis considerar que si fuese posible que una naturaleza angélica se purificase para este misterio, sería necesario que lo hiciera de nuevo. No es posible, porque un ángel es puro, pues no puede caer en el veneno del pecado. Te indico esto para que veas cuánta pureza os exijo en este sacramento a vosotros y especialmente a ellos. Pero hacen lo contrario, porque van completamente sucios a este misterio; no sólo con la inmundicia y fragilidad a que naturalmente os halláis inclinados por vuestra débil naturaleza.
Ellos (los que caen en impureza), desgraciados, no sólo no dominan esta fragilidad, aunque la razón lo puede hacer cuando lo quiere el libre albedrío, sino que obran aún peor, porque cometen el maldito pecado que es contra la naturaleza (de homosexualismo o sodomía). Como ciegos y tontos, ofuscada la luz de su entendimiento, no reconocen la pestilencia y miseria en que se encuentran, pues no sólo me es pestilente a mí, sino que ese pecado desagrada a los mismos demonios, a los que esos desgraciados han hecho sus señores. Tan abominable me es ese pecado contra la naturaleza, que sólo por él se hundieron cinco ciudades como resultado de mi juicio, al no querer mi divina justicia sufrirlas más; que tanto me desagradó ese abominable pecado.
Es desagradable (la sodomía) a los demonios, no porque les desagrade el mal y se complazcan en lo bueno, sino porque su naturaleza es angélica, y esa naturaleza rehúye —le repele— ver cometer tan enorme pecado en la realidad. Cierto es que antes les ha arrojado la saeta envenenada por la concupiscencia; pero, cuando el pecador llega al acto de ese pecado, el demonio se marcha por las razones dichas.

Si te acuerdas bien, sabes cómo antes de la mortandad (la plaga de 1374) te manifesté lo desagradable que me resultaba este pecado y cuán corrompido se hallaba el mundo por él. Por lo que, elevándote sobre ti misma con santo deseo y con sublimación de espíritu, te mostré el mundo entero, y viste en casi toda la gente este miserable pecado y cómo los demonios escapan de él, como te he dicho. Y sabes que recibiste tanta pena, que te parecías estar casi a la muerte. No encontrabais lugar dónde refugiaros, tú y los otros servidores míos, para que esta lepra no os contagiase. No encontraste quien te pudiera cobijar entre los pequeños ni con los grandes, con los jóvenes ni con los viejos, con los religiosos ni con los clérigos, con los prelados ni con los súbditos, se hallaban contaminados por esta maldición.
Te lo manifesté en general; no lo hice con los particulares que por excepción no se contaminaron, pues entre los malos he guardado algunos buenos. La santidad de éstos detiene a mi Justicia para que no mande a las piedras que se vuelvan contra ellos, ni a la tierra que se los trague, ni a los animales que los devoren, ni a los demonios que les saquen el alma del cuerpo. Más bien voy encontrando caminos y modos para poder hacer misericordia, esto es, para que se enmienden, y como instrumentos tomo a mis servidores, que están sanos y leprosos, para que intercedan por ellos.
Alguna vez mostraré a éstos, como una vez hice contigo y como tú sabes, estos miserables pecados, para que sean más solícitos en buscar la salvación y me ofrezcan oraciones por ellos con mayor compasión y dolor por los pecados y por la ofensa que me hacen. Si te acuerdas bien, una bocanada de esta pestilencia te afectó tanto, que no podías más, como me dijiste: «¡Oh Padre eterno!, ten misericordia de mí y de tus criaturas. Sácame el alma del cuerpo, porque parece que no lo sufro más, o dame refrigerio y enséñame el lugar de los otros servidores, los tuyos, donde podamos descansar, para que esta lepra no nos pueda dañar ni quitar la limpieza de nuestra alma y de nuestros cuerpos».
Yo te contesté volviéndome hacia ti con ojos de piedad, y te dije y repito: «Hijita mía: sea vuestro reposo dar gloria y alabanza a mi Nombre e incensarme con la oración continua por estos pobrecillos que se hallan en tanta miseria, haciéndose dignos del juicio divino por sus pecados. El lugar donde os cobijéis sea Cristo crucificado, mi Hijo unigénito, habitando y escondiéndoos en la caverna de su costado, donde gozaréis, por afecto de amor, en la naturaleza humana de Cristo, mi naturaleza divina. En aquel corazón abierto encontraréis mi caridad y la del prójimo, pues por honor a mí, el Padre eterno, y por la obediencia que le impuse para vuestra salvación, sufrió la afrentosa muerte en la santísima Cruz. Viendo y experimentando este amor, seguiréis sus enseñanzas alimentados en la mesa de la Cruz, es decir, soportando por caridad a vuestro prójimo con verdadera paciencia: en penas, tormentos y fatigas, vengan de donde vengan. De esta manera combatiréis la lepra y huiréis de ella.
Este es el remedio dado a ti y a los otros; pero, con todo eso, no se quitaba de tu alma la sensación de la pestilencia y de tiniebla de los ojos del entendimiento. Mi divina providencia, sin embargo, lo remedió, dándote del Cuerpo y de la Sangre de mi Hijo, Dios y hombre entero, tal como lo recibís en el Sacramento del Altar. En señal de que era verdad, se quitó el hedor por medio de la fragancia que recibiste en el Sacramento, y las tinieblas desaparecieron por medio de la luz que en él recibiste. De modo admirable, tal como plugo a mi bondad, quedaste con la fragancia de la sangre en la boca y en el paladar de tu cuerpo durante muchos días, tal como sabes.
Ves, por tanto, hija mía, lo abominable que es este pecado a toda criatura. Piensa ahora que lo es mucho más en aquellos elegidos por mí para que vivan en estado de continencia, entre los que se encuentran los sacados del mundo por medio de la vida religiosa, como plantas sembradas en el cuerpo místico de la santa Iglesia; entre ellos se encuentran los ministros del Altar. Nunca podréis entender cuánto me desagrada ese pecado entre ellos, además del que recibo de los pecadores del mundo en general, porque están puestos sobre el candelero, son administradores míos, de verdadero Sol, para luz de la virtud y de santa vida; y, sin embargo, lo administran estando ellos en tinieblas.
Tan llenos se encuentran de las tinieblas, que de la Sagrada Escritura no ven ni entienden más que la corteza, la letra, debido a la hinchazón de su soberbia. Por ser inmundos y lascivos, aunque tienen luz de por sí, de donde la tomaron mis elegidos por razón: es la luz sobrenatural que procede de mí, verdadera Luz, tal como te dije en otro lugar, la reciben sin sacarle el gusto, por no estar en orden el paladar de su alma. Corrompidos por el amor propio y la soberbia, con el estómago atiborrado de inmundicia, deseando dar satisfacción a sus desordenados deseos, repletos de codicia y de avaricia, cometen sin pudor sus pecados. Caen en el pecado de la usura muchos miserables, aunque esté prohibida por mí.
Como corolario, sólo nos queda agregar y traer a la palestra el magnífico texto, ya publicado por Radio Cristiandad, del Padre Leonardo Catellani: PROFETIZANDO DESDE 1953.

Se los dejamos para que nuestros lectores habituales puedan refrescar sus ideas y tener armas para defender la Verdad sobre toda esta falacia orquestada, que sólo quiere confundir y que juega mucho con el sentimentalismo emponzoñando todo lo que toca.
Ver Aquí
LITERATURA DESAGRADABLE
(Dinámica Social, Nº 32, Buenos Aires, abril de 1953)
“Hay algo que no anda marchando bien en las máximas esferas —dice el gran Kai-Lung, de Ernesto Brahma— cuando los hombres se vuelven mujeres y las mujeres hombres».
Traducido y publicado en Méjico por una compañía estadounidense, se ha difundido recientemente entre nosotros un voluminoso “estudio” (?) sociológico-psicológico-jurídico perteneciente a la desagradable literatura de nuestros días acerca de la sodomía (Donald Webster Cory: El Homosexual en Norteamérica. Colección ¡Ideas, Letras y Vida! Compañía General de Publicaciones, México City, año 1952).
Este señor del hemisferio norte, que se cubre con un pseudónimo, defiende el vicio contra natura, se ufana de él y reclama para él “la igualdad” … ¿Qué igualdad? ¡Santo cielo! Con gran éxito, la Revolución Francesa predicó al mundo la igualdad; pero nunca jamás la explicó. Se está haciendo necesaria una buena explicación de la igualdad.
¡Igualdad! — oigo gritar
Al jorobado Fontova
Y me pongo a cavilar:
¿Querrá verse sin joroba
O nos querrá jorobar?
Jorobarnos quiere este buen señor. Desde que la Academia Sueca otorgó el Premio Nobel a André Gide, muchos otros desgraciados se han puesto a imitarlo en lo que tuvo de peor, y no en lo que tenía de bueno — no gran cosa, por cierto—.
Como estudio psicológico, que es como lo vendieron, el libro es desvaído y opaco, prácticamente nulo. El hombre no ve claro ni siquiera en sí mismo, y se contradice no pocas veces. Está dominado por el sentimiento, por la lástima y por el “orgullo” de sí mismo; y con la inteligencia prácticamente embebida en esa melaza sensiblera… y pútrida.

Como documento psicológico sí sirve, indirectamente: descubre la mentalidad del sodomita, y justifica el horror natural que la gente les tiene… “el mundo hostil», como lo llama él. En cuanto a los sodomitas, no los llama con su antiguo nombre, sino con el sorprendente término de “gays” (“alegres»).
Finalmente, considerado como alegato en pro de privilegios legales y sociales —que eso en puridad quiere ser el libro— en favor de los medicalmente llamados no “alegres” sino degenerados sexuales… no es sino una miserable sarta de sofismas.
No convence ni de lejos… más bien lo contrario. La autoridad del autor, aun cuando relata o refiere, es débil o nula: forzado a un constante disimulo, el sodomita tiene la mentira fácil.
La lista de grandes hombres, por ejemplo, que habrían sido sodomitas, es notoriamente falsaria: fuera de Gide, Walt Whitman y Marcel Proust —que no sabemos si han sido grandes hombres—, de los demás que se nombran no consta cierta la “prerrogativa”; y de algunos, como Baudelaire o Miguel Ángel, consta cierto la normalidad…
Típico de la mentalidad biased del elegante es también la arbitrarísima inclusión entre los libros pertenecientes a la literatura “pro-Sodoma” de obras como Tete d’Or de Paul Claudel, Stalky and Co de Kipling y hasta ¡Boy! del Padre Coloma. De ese modo se podría añadir también la Eneida de Virgilio, por la amistad de Niso y Euríalo; el Libro de los Reyes, por la amistad de David y Jonatás; y ainda mais toda la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, por los elogios a la amistad masculina.
¡Qué maestros nos están mandando de México y Yanquilandia!
Si se examina el fondo del brumoso pensamiento del autor, lo que pide en puridad es privilegios para los sexualdegéneres por el hecho de serlo; y nada menos.
Efectivamente, exige una imposible ’’igualdad” jurídica y social, que no es actuable sin embromar a todos los demás, como un jorobado que pidiera jorobadificasen a todos los derechos para que él no fuera desigual.
Para obtener la supresión de las molestias naturalmente inherentes o consiguientes a la aberración contra natura, de hecho habría que darles privilegios a los señores sodomitas practicantes, que probaran fehacientemente que lo son en regla.
Y encima desea el señor que se les den facilidades para contraer matrimonio con una mujer sana, fuerte, no-alegre y muy femenina, inteligente y comprensiva, para ’’jorobarla”, por un lado; y por el otro, para seguir practicando con otros “alegres” sus nefandas misas negras: original mormonismo.
¿Qué más? ¿No desean nada más los señores? ¡Pidan por esas bocas!
El autor eleva a los sodomitas a la democráticamente halagada categoría de minoría racial, y los equipara a otras minorías raciales muy señoras mías, a saber: a los negros, los judíos, los jesuitas, los sudetes, los polacos y los católicos de Estados Unidos.
Este es uno de los míseros sofismas que quieren fundamentar el discurso, que raya en lo grotesco y en lo demente, por no hablar de lo repulsivo.
Mas el hecho obvio que es pasado por alto consiste en que: el sodomita es psicológicamente libre para hacer o dejar de hacer sus sodomías; y la sodomía consumada es un acto delictuoso, contra el cual repugna y clama hasta la misma natura; como indirecta o directamente resurte de la misma manera de hablar de este su panegirista, en sus malolientes disquisiciones y descripciones.
Por tanto, puede y debe ser sancionada legalmente cuando se convierte en un factor disolvente del orden familiar y social, sea minoría o mayoría.
Aunque por cierto, cuando monstruosamente se convierte en mayoría —que Dios nos libre y guarde—, es castigado directamente por el autor de la natura, según la Biblia; y según la filosofía también, que nos muestra a los pueblos dominados por tan fatídica plaga, como la Grecia corintiana y la Roma de los Calígulas y Augústulos, hundirse de cabeza en la debacle nacional.
Mas, ¿qué culpa tenemos “nosotros” de tener esa incurable inclinación? —dice este “alegre”…
Pueden tener culpa o no de la “inclinación”; pero no se los sanciona por la “inclinación”, sino por sus actos probadamente libres, imputables y delictuosos.
Si “nacieron” con esa “inclinación” sin culpa propia —casi siempre por culpa de los padres, enseña la moderna ciencia psicológica—, su deber es ocultarla, resistir a ella y aguantarse, como si hubiesen nacido sádicos o… pirómanos; como nuestro deber de todos es resistir a todas las tentaciones que sean, naturales o innaturales.
A todos se nos exige que seamos sexualmente correctos, nos cueste o no nos cueste; y que a ellos les cueste más que a nosotros, es un cuento chino. Ahora, que si comienzan ellos alegremente a poner como principio primero de la Ética que “el hombre ha nacido para gozar”, como lo hace el autor en la pág. 37, y después no para de proclamarlo hasta la pág. 361… entonces no nos entendemos más…; y nosotros vamos muertos; porque esto no es un sofisma ya, sino un absurdo ético, que no ha defendido —así en absoluto— ninguna ética, ni la de los cirenaicos.
Y es que para poder abdicar de ese desdichado pseudoprincipio de “vivir para gozar” y para poder luchar con éxito contra esa desdichada pseudoinclinacion, no hay otra cosa que la religión, como admite también nuestro honesto Donald Webster Cory: “La sodomía no es un problema jurídico y psicoanalítico, sino primordialmente moral y religioso”, dice.

Sin lo religioso es insoluble; y hasta ininteligible, si me apuran. ¿Y qué dice la religión de la sodomía? El nombre que le da ya lo dice: es uno de los cuatro pecados que “claman al cielo” dice el viejo Catecismo de Astete.
¿Y por qué es uno de los cuatro pecados que claman al cielo? Pues simplemente por ser índice de profunda degeneración biológica, que está en su raíz primero; y es su fruto después en terrible “causalidad recíproca”, sembrando y desparramando el desequilibrio nervioso de que procede, y convirtiéndose a veces a la larga en demoniosis.
El hecho es que todos los pueblos sanos se han horripilado siempre ante la sodomía, y han castigado, a veces con las penas más severas, a los que cedían a ella. Esas sanciones son socialmente necesarias a veces, por duras o “bárbaras” que parezcan a nuestra mentalidad actual.
La tradición jurídica anglosajona las mantiene perseverantemente; y contra esa tradición insurge el autor de este desdichado libro, que sin placer comentamos, nosotros sabemos por qué.
Hasta 1848 en Inglaterra la sodomía consumada era penada ¡con horca!
Cuarenta y seis de los cuarenta y ocho Estados de los Estados Unidos de Yanquilandia mantienen en su legislación hasta ahora penas no tan draconianas pero muy severas contra ese desorden indecible; y esa legislación “medieval” es perfectamente defendible y justificable.
El Estado más benigno es el católico de New México —menos de un año de prisión o multa de 1.000 dólares—; y el más severo es el protestante de New York: hasta 20 años de prisión…
El alegato que el pseudónimo Donald levanta contra esa legislación tradicional y que la Publication’s General Company nos envía, es tan contradictorio como blancuzco, y tiende más a defenderla que a otra cosa en el sentir de cualquier persona formada: a persuadir que una sanción jurídica es conveniente a la sociedad para defenderse en lo posible de ese peligro y plaga. Que entre nosotros, helas, no es ni ilusorio ni desconocido.
