DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Décimo sexta entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

VENIDA DEL MESÍAS

EN GLORIA Y MAJESTAD

TOMO PRIMERO

PARTE PRIMERA

Que contiene algunos preparativos necesarios para una justa observación

Capítulo III

Se propone el sistema ordinario sobre la segunda venida del Mesías, y el modo de examinarlo.

Párrafo I

41. Toda la Escritura Divina tiene tanta y tan estrecha conexión con la persona adorable del Mesías, que podemos con verdad decir, que toda habla de él, o en figura, o en profecía, o en historia; toda se encamina a él, y toda se termina en él, como en su verdadero y íntimo fin. Nuestros Rabinos no dejaron de conocer muy bien esta grande e importante verdad, mas como entre tantas cosas grandes y magníficas que se leen casi a cada paso del Mesías en los profetas, y en los salmos, encontraban algunas poco agradables, y a su parecer indignas de aquella grandeza y majestad, como no quisieron creer fiel y sencillamente lo que leían, y esto porque no podían componer en una misma persona la grandeza de las unas con la pequeñez de las otras; como en fin, no quisieron distinguir, ni admitir en esta misma persona, aquellos dos estados y dos tiempos infinitamente diversos, que tan claros están en las Escrituras, tomaron finalmente un partido, que fue el principio de nuestra ruina, y la raíz de todos nuestros males. Resolvieron, digo, declararse por las primeras, y olvidar enteramente las segundas.

42. En consecuencia de esta imprudente resolución formaron, casi sin advertirlo, un sistema general que poco a poco todos fueron abrazando, diciendo los unos lo que habían dicho los otros, y sin más razón que porque los otros lo habían dicho, se aplicaron con grande empeño a acomodar a este sistema, que ya parecía único, todas las profecías, y todas cuantas cosas se dicen en ellas, resueltos a no dar cuartel a alguna, fuese la que fuese, si no se dejaba acomodar. Quiero decir, que aquellas que se hallasen absolutamente inacomodables al sistema, o debían omitirse como inútiles, o lo que parecía más seguro, debía negarse obstinadamente que hablasen del Mesías: pues había otros profetas y justos, a quienes de grado o por fuerza se podían acomodar. Sistema verdaderamente infeliz, y funestísimo, que redujo al fin a todo el pueblo de Dios al estado miserable en que hasta ahora lo vemos ¡que es la mayor ponderación! Mas dejando estas cosas como ya irremediables, y volviendo a maestro propósito, entremos desde luego a proponer, y también a examinar atentamente las ideas que nos dan los doctores cristianos de la venida del mismo Mesías, que todos estamos esperando. Dicen, o suponen como una cosa cierta, que estas ideas son tomadas de las Santas Escrituras: ¿pero será cierto esto? Ya que sea cierto en lo general, ¿será también cierto que son fielmente tomadas, sin quitar ni añadir, ni disimular cosa alguna; y poniendo cada pieza en su propio lugar? Así me parece que lo debemos suponer, cautivando nuestros juicios en obsequio de tantos sabios que han edificado sobre este fundamento, suponiéndolo bueno, sólido y firme. Yo también por la presente lo quiero suponer así, sin meterme a negar o disputar antes de tiempo. No obstante; como el asunto se me figura de sumo interés, y por otra parte nadie me lo prohíbe, quiero tener el consuelo de beber el agua en su propia fuente, de ver, digo, tocar y experimentar por mí mismo, la conformidad que tienen, o pueden tener estas ideas con la Escritura misma, de donde se tomaron, pues es cosa clara que causará mucho mayor placer el ver a Roma, por ejemplo, con sus propios ojos, que verla en relación o en pintura.

Párrafo II

43. Todas las cosas generales y particulares que sobre este asunto hallamos en los libros, reducidas a pocas palabras, forman un sistema, cuya sustancia se puede proponer en estos términos; Jesucristo volverá del cielo a la tierra en gloria y majestad, no antes, sino precisamente al fin del mundo, habiendo precedido a su venida todas aquellas señales que se leen en los evangelios; en los profetas y en el Apocalipsis. Entre estas señales, será una terribilísima la persecución del Anticristo, por espacio de tres años y medio. Los autores no convienen enteramente en todo lo que pertenece a esta persecución. Unos la ponen inmediatamente antes de la venida del Señor, otro, y creo que son los más, advirtiendo en esto un gravísimo inconveniente, que puede arruinar todo el sistema, se toman la licencia de poner este gran suceso algún tiempo antes, de modo que dejan un espacio de tiempo, grande o pequeño, determinado o indeterminado, entre el fin del Anticristo y la venida de Cristo. En su lugar veremos las razones, que para esto tienen (1).

44. Poco antes de la venida del Señor, y al salir ya del cielo, sucederá en la tierra un diluvio universal de fuego, que matará a todos los vivientes, sin dejar uno solo: lo cual concluido, y apagado el fuego, resucitará en un momento todo el linaje humano, de modo que cuando el Señor llegue a la tierra, hallará todos los hijos de Adán, cuantos han sido, son y serán, no solamente resucitados, sino también congregados en el valle de Josafat, que está inmediato a Jerusalén. En este valle, dicen, se debe hacer el juicio universal. ¿Por qué? Porque así lo asegura el profeta Joel en el capítulo III. Y aunque el profeta Joel no habla del juicio universal, como parece claro de todo su contexto; pero así entendieron este lugar algunos antiguos, y así ha corrido hasta ahora sin especial contradicción. No obstan las medidas exactas que han tomado a este valle algunos curiosos, para ver como podrán acomodarse en milla y media de largo con cien pasos de ancho aquellos poquitos de hombres, que han de concurrir de todas las partes del mundo, y de todos los siglos, porque al fin se acomodarán como pudieren, y la gente caída e infeliz, dice un sabio, cabe bien en cualquier lugar por estrecho que sea.

45. Llegado pues el Señor al valle de Josafat, y sentado en un trono de grande majestad, no en tierra, sino en el aire, pero muy cerca de la tierra, y colocados también en el aire todos los justos, según su grado, en forma de anfiteatro; se abrirán los libros de las conciencias, y hecho público todo lo bueno y lo malo de cada uno, justificada en esto la causa de Dios, dará el juez la sentencia final, a unos de vida, a otros de muerte eterna. Se ejecutará al punto la sentencia, arrojando al infierno a todos los malos junto con los demonios, y Jesucristo se volverá otra vez al cielo, llevándose consigo a todos los buenos.

46. Esto es en suma todo lo que hallamos en los libros; mas si miramos con alguna mediana atención lo que nos dicen y predican todas las Escrituras, es fácil conocer que aquí faltan muchas cosas bien sustanciales, y que las que hay, aunque verdaderas en parte, están muy fuera de su legítimo lugar. Si esto es así, o no, parece imposible poderlo aclarar, y decidir en poco tiempo, porque no solo se deben producir las pruebas, sino desenredar muchos enredos, y desatar o romper muchos nudos.

Párrafo III

47. Todos saben con solos los primeros principios de la luz natural, que el modo más fácil y seguro, diremos mejor, el modo único de conocer la bondad y verdad de un sistema, en cualquier asunto que sea, es ver y experimentar, si se explican en él bien todas las cosas particulares que le pertenecen; si se explican, digo, de un modo natural, claro, seguido, verosímil, y si se explican todas, sin que queden algunas que se opongan claramente, y no puedan reducirse sin violencia al mismo sistema. Pongamos un ejemplo.

48. Yo quiero saber de cierto, si es bueno o no, el sistema celeste antiguo, que vulgarmente se llama de Tolomeo. No tengo que hacer otra cosa, sino ver si se explican bien, de un modo físico, natural, fácil y perceptible, todos los movimientos y fenómenos, que yo observo clara y distintamente en los cuerpos celestes. Yo observo clara y constantemente, sin mudanza ni variación alguna, que un planeta, verbi gratia Marte, aparece a mis ojos sin comparación mayor, cuando está en oposición con el sol, que cuando está en sus cuadraturas; observo en este mismo planeta, que no siempre sigue su carrera natural, sino que algunas veces, en determinado tiempo vuelve atrás caminando un espacio bien considerable en sentido contrario, otras veces también en determinado tiempo se queda muchos días inmóvil, y como clavado en un mismo lugar del cielo, observo con la misma claridad al planeta Venus, unas veces encima del sol, otras debajo entre el sol y la tierra, observo a Júpiter rodeado de otros cuatro planetas, que lo tienen por centro; y por consiguiente ya están más altos, ya más bajos, ya en un lado, ya en otro, etc. A este modo observo otras cien cosas, bien fáciles de observar, las cuales, aunque ignoro como serán, no por eso puedo dudar que son.

49. Quiero, pues, explicar éstas y otras cosas semejantes en el sistema antiguo de Tolomeo. Pido esta explicación a los filósofos y astrónomos más celebrados: a los Egipcios, Griegos, Árabes y Latinos. Veo los esfuerzos inútiles que hacen para darles alguna explicación, oigo las suposiciones que procuran establecer, todas arbitrarias, inverosímiles e increíbles. Contemplo con admiración los excéntricos y los epiciclos, a donde se acogen por íntimo refugio. Después de todo, certificado en fin, de que en realidad nada explican, de que todo es una confusión inaclarable, y una algarabía ininteligible, con esto solo quedo en verdadero derecho para pronunciar mi sentencia definitiva, la más justa que en todos asuntos de pura física se ha dado jamás, diciendo, que el sistema no puede subsistir, que es conocidamente falso, que se debe proscribir, y desterrar para siempre de la compañía de los sabios, tenga, pues, los defensores o patronos que tuviere, sean tantos, cuantos sabios han florecido en dos o tres mil años, cítense autoridades a millares de todas las librerías del mundo; yo estoy en derecho de mantener mi conclusión, cierto y seguro de que el sistema es falso, que nada explica, y los mismos fenómenos lo destruyen.

50. Si en lugar de este sistema sale otro, el cual después de bien examinado, y confrontado con los fenómenos celestes, se ve que los explica bien de un modo claro y natural, que satisface a todas las dificultades, y esto sin violencia, sin confusión, sin suposiciones arbitrarias, etc., aunque este nuevo sistema no tenga más patrón que su propio autor, ni más autoridades que las pruebas que trae consigo, esta sola autoridad pesará más en una balanza fiel, que todos los volúmenes, por gruesos que sean, y que todos los sabios que los escribieron; y cualquier hombre sensato que llegue a tener suficiente conocimiento de causa, los abandonará al punto a todos con el honor y cortesía que por otros títulos se merecen; admitiendo de buena fe la excusa justa y racional de que al fin en su tiempo no había otro sistema; y así trabajaron sobre él, en la suposición de su bondad. No olvidéis, amigo, esta especie de parábola.

Párrafo IV

51. Sin apartarnos mucho de aquella propiedad, que pide una semejanza, podemos considerar a toda la Biblia Sagrada como un cielo grande y hermosísimo, adornado por el espíritu de Dios con tanta variedad y magnificencia, que parece imposible abrir los ojos, sin que quede arrebatada la atención. Esta vista primera, así en general y en confuso, excita naturalmente la curiosidad o el deseo de saber, ¿qué cosas son aquellas, qué significan, cómo se entienden, qué conexión o enlace tienen las unas con las otras, y a qué fin determinado se encaminan todas? Excitada esa curiosidad, lo primero que se ofrece naturalmente es ir a buscar en los libros lo que han pensado y enseñado los doctores, cómo han explicado aquellas cosas, y qué luces nos han dejado para su verdadera y plena inteligencia.

52. Si después de muchos años de estudio formal en esta especie de libros, si después de haberles pedido una explicación natural y clara de algunos fenómenos particulares que nos parecen de suma importancia, si después de confrontadas estas explicaciones con los fenómenos mismos, observados con toda exactitud, no hallamos otra cosa que suposiciones y acomodaciones arbitrarias; y éstas las más veces violentas, confusas, inconexas y visiblemente fuera del caso: ¿qué quieren que hagamos, sino buscar otra senda más recta, aunque no sea tan trillada? Buscar, digo, otro sistema en que las cosas vayan mejor; esto es lo que voy luego a proponer a vuestra consideración (2). Acaso me diréis, que para proponer otro nuevo sistema, había de haber impugnado el antiguo en toda forma, y demostrado su insuficiencia. Yo también lo había pensado así; mas después me ha parecido mejor tomar otro camino más corto, y sin comparación menos molesto. Quiero decir: propuestos los dos sistemas, y quitados algunos embarazos al segundo, entrar desde luego a la observación de algunos fenómenos particulares, pidiendo al uno y al otro una observación justa y clara. Así se ahorrará mucho trabajo, y al mismo tiempo se podrá ver de una sola ojeada, cuál de los dos sistemas es el mejor, o cual debe ser el único; porque es cosa clara, que aquel sistema será el mejor, que explique mejor los fenómenos; aquel deberá mirarse como único, en donde únicamente se pudiesen bien explicar.

Capítulo IV

Se propone otro nuevo sistema

53. Antes de proponer este sistema, Cristófilo amigo, deseo en vuestro ánimo un poco de quietud, no sea que os ocasione algún susto repentino, y sin hacer la debida reflexión, deis voces contra un enemigo imaginario, haciendo tocar una falsa alarma. El sistema, aunque propuesto, y seguido con novedad, no es tan nuevo, como sin duda pensaréis; antes os aseguro formalmente, que en la sustancia es mucho más antiguo que el ordinario: de modo, que cuando éste se empezó a hacer común, que fue hacia los fines del siglo cuarto de la Iglesia, y principios del quinto, ya el otro contaba más de trescientos años de antigüedad. No obstante, atendiendo a vuestra flaqueza: o a vuestra preocupación, no lo propongo de un modo asertivo, sino como una mera hipótesis o suposición. Si ésta es arbitraria, o no, lo iremos viendo más adelante, que por ahora es imposible decirlo. Mas sea como fuere, esto es permitido sin dificultad, aun en sistemas a primera vista los más disparatados; porque en esta permisión se arriesga poco, y se puede avanzar mucho en el descubrimiento de la verdad.

Sistema general

54. Jesucristo volverá del cielo a la tierra, cuando llegue su tiempo, cuando lleguen aquellos tiempos y momentos, que puso el Padre en su propio poder (3) Vendrá acompañado, no solamente de sus ángeles, sino también de sus santos ya resucitados: de aquellos digo, que serán juzgados dignos de aquel siglo, y de la resurrección de los muertos (4). He aquí, vino el Señor entre millares de sus santos (5). Vendrá no tan de prisa, sino más despacio de lo que se piensa. Vendrá a juzgar no solamente a los muertos, sino también y en primer lugar a los vivos. Por consiguiente este juicio de vivos y muertos, no puede ser uno solo, sino dos juicios diversísimos, no solamente en la sustancia y en el modo, sino también en el tiempo. De donde se concluye (y esto es lo principal a que debe atenderse) que debe haber un espacio de tiempo bien considerable entre la venida del Señor que esperamos, y el juicio de los muertos, o resurrección universal.

55. Éste es el sistema. Os parecerá muy general, y no obstante yo no quisiera otra cosa, sino que se me concediese el espacio de tiempo de que acabo de hablar: con esto solo yo tenía entendidas, y explicadas fácilmente todas las profecías. Mas, ¿será posible conceder este espacio de tiempo en el sistema de los intérpretes? ¿Y será posible negarlo en el sistema de la Escritura? Esto es lo que principalmente hemos de examinar y disputar en todo este escrito. Vos mismo seréis el juez, y deberéis dar la sentencia definitiva, después de vistos y examinados todos los procesos; que antes de esta vista y examen, sería injusticia manifiesta contra el derecho sagrado de las gentes.

56. Y en primer lugar, yo me hago cargo de algunas graves dificultades que hay para admitir o dar algún lugar a este sistema, las cuales luego quisierais proponerme. Todo se andará con el favor de Dios, si queréis oírme con bondad, y no condenarme antes de tiempo. Un astrónomo que quiere observar el cielo, entre otros muchos preparativos, debe esperar con paciencia una noche serena, pues cualquiera nube o niebla, que enturbie la atmósfera, por poco que sea, impide absolutamente una observación exacta y fiel. A este modo, pues, para que nosotros podamos hacer quieta y exactamente nuestras observaciones, deberemos esperar con paciencia, no digo ya que se aclare el aire por sí mismo, porque esto sería un esperar eterno, sino esperar que se aclare con nuestro trabajo y diligencia, procurando en cuanto está de nuestra parte, disipar algunas nubes, que pueden, no solo incomodar, sino impedirlo todo. Yo no hago mucho caso de aquellas nubecillas sin agua, que desaparecen al primer soplo; pero me es preciso mirar con atención algunas otras, que muestran un semblante terrible con grande apariencia de solidez.

57. La primera es: que el sistema que acabo de proponer tiene gran semejanza, si acaso no es identidad, con el error, o sueño, o fábula de los chialistas, que otros llaman chiliastas o milenarios, y siendo así no merece ser escuchado, ni aun por diversión.

58. La segunda: que yo pongo la venida del Señor en gloria y majestad, mucho tiempo antes de la resurrección universal, y por otra parte digo y afirmo, que vendrá con sus millares de santos ya resucitados. De aquí se sigue evidentemente, que debo admitir dos resurrecciones: una, de los santos que vienen con Cristo, otra, mucho después, de todo el resto de los hombres. Lo cual es contra el común sentir de todos los teólogos, que tienen por una cosa ciertísima, y por una verdad sin disputa, que la resurrección de la carne debe ser una y simultánea, esto es, una sola vez, y en todos los hijos de Adán, sin distinción en un mismo tiempo y momento. Las otras dificultades se verán en su lugar.

Notas:

1- Fenómeno 4.

2- Uno de dos mayores sabios del siglo pasado (el P. Antonio Vieira), cuyo ingenio erudición y piedad es bien conocido por sus admirables sermones, intentó hacer lo mismo que yo, aunque por otro rumbo diversísimo. Después de treinta años de meditación y de estudio en toda suerte de escritores eclesiásticos, dice él mismo, que le sucedió puntualmente lo que a la paloma de Noé la cual no habiendo hallado donde poner su pie, se volvió al arca… No hallando en los intérpretes, en puntos de profecías, cosa alguna en que poder asentar el pie con seguridad, pues sólo han explicado la Escritura en sentidos morales, figurados, acomodaticios, etc.; se vio precisado a volver a la misma Escritura, para buscar en ella el sentido propio y literal en que descansar. Así lo procuró hacer en una obra, que no concluyó, y que por eso, y tal vez por otras razones, no ha salido a luz. Yo no he leído de esta insigne obra, sino un breve extracto, por el cual es fácil comprender así el sistema, como sus fundamentos.

El sistema tiene algunos visos de nuevo, mas en la sustancia, me parece el mismo que el antiguo con tal cual novedad a mi parecer improbable. Así se ve precisado a suponer cosas que debía probar, o recurrir a otros sentidos bien distantes del literal; y también a citar algunos textos sin hacer mucho caso de su contexto. Su sistema es que la Iglesia presente, a quien llama Regnum Christi in terris (El Reino de Cristo en la tierra), se extenderá en los tiempos futuros por toda la tierra, abarcando dentro de sí a todos los individuos del linaje humano, sin que quede uno solo fuera de ella. En este tiempo feliz, que supone muy anterior al Anticristo, llegará toda la Iglesia con todos sus individuos a un estado tan grande de santidad y perfección, que en ella se podrán verificar plenamente todas las profecías que hablan del reino del Mesías. Por lo cual intitula su obra De regno Christi in terris consummato (Del Reino de Cristo consumado en la tierra), que otros llaman Clavis Prophetarum (Llave de los profetas). Este sistema queda plenamente destruido con sola la parábola de la cizaña, la cual se ve era en el Evangelio siempre mezclada con el trigo, y haciendo siempre daño, hasta la siega. Aunque, no pienso seguir este sistema, ni en mucho ni en poco, me ha parecido citarlo aquí, solamente para que se vea lo que sintió un sabio como éste sobre la inteligencia de las profecías que se halla en los intérpretes de la Escritura. En este sentido me conformo con él.

3- Quæ Pater posuit in sua potestate. (Act., I, 7).

4- Qui digni habebuntur sæculo illo, et resurrectione ex mortuis. (Luc., XX, 35).

5- Ecce venit Dominus in sanctis millibus suis. (Ep. Jud. Ap., 14.

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