Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DOMINGO DECIMOCUARTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

DOMINGO DECIMOCUARTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Nadie puede servir a dos señores; porque odiará al uno y amará al otro; o se adherirá al uno y despreciará al otro. Vosotros no podéis servir a Dios y a Mammón”. Por esto os digo: no os preocupéis por vuestra vida: qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, con qué lo vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento?, ¿y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan, ni juntan en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros puede, por mucho que se afane, añadir un codo a su estatura? Y por el vestido, ¿por qué preocuparos? Aprended de los lirios del campo: cómo crecen; no trabajan, ni hilan, mas yo os digo, que ni Salomón, en toda su magnificencia, se vistió como uno de ellos. Si, pues, la hierba del campo, que hoy aparece y mañana es echada al horno, Dios así la engalana ¿no hará Él mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os preocupéis, por consiguiente, diciendo: ¿Qué tendremos para comer? ¿Qué tendremos para beber? ¿Qué tendremos para vestirnos? Porque todas estas cosas las codician los paganos. Vuestro Padre celestial ya sabe que tenéis necesidad de todo éso. Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todo éso se os dará por añadidura.

No os preocupéis por vuestra vida: qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, con qué lo vestiréis…

No os preocupéis, por consiguiente, diciendo: ¿Qué tendremos para comer? ¿Qué tendremos para beber? ¿Qué tendremos para vestirnos?…

Vuestro Padre celestial ya sabe que tenéis necesidad de todo éso…

Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todo éso se os dará por añadidura…

No os preocupéis, entonces, del mañana. El mañana se preocupará de sí mismo…

A cada día le basta su propia pena…

Todas estas frases, entresacadas del Evangelio de este Domingo, incluso las dos últimas, que no las trae pero constituyen como su colofón y broche de oro, todas esta máximas nos invitan, una vez más, al abandono en la manos de la Santa Providencia.

Ya he desarrollado dicho tema este mismo año en dos oportunidades. Les propongo, pues, meditar y saborear hoy las enseñanzas de dos maestros acabados en la materia; me refiero a Dom Vital Lehodey y San Francisco de Sales.

Dom Vital nos recuerda que la voluntad del hombre es por extremo suspicaz (temerosa, desconfiada) de suerte que por regla general sólo se fía de sí mismo y teme siempre, por lo que atañe a sí propio, del poder y de la voluntad de otro.

Además, lo que se posee de más precioso (la salud y la vida misma, el honor y la reputación, la fortuna y demás bienes materiales), jamás se deposita en manos de otro, a menos de tener una gran confianza en él.

Para el ejercicio del Santo Abandono, es, pues, necesaria una plena confianza en Dios.

Por otra parte, como la sabiduría del hombre es muy limitada en sus horizontes, como su voluntad es débil, mudable y sujeta a mil desfallecimientos, en vez de tener confianza en nuestras propias luces y fuerzas y de desconfiar incluso de Dios, deberíamos suplicarle, importunarle para que se haga su voluntad y no la nuestra, porque su voluntad es buena, buena en sí misma, benéfica para nosotros, buena como lo es Dios y forzosamente benéfica.

¿Quién es Aquél que vela sobre nosotros con amor y que dispone de nosotros por su Providencia? Es el Dios bueno. Es bueno de manera tal, que es la bondad por esencia y la caridad misma.

Este Dios tan bueno es Nuestro Padre que está en los cielos, y es el Dios de las misericordias.

El que ha amado al mundo hasta el extremo de darle su Hijo unigénito, ¿qué nos podrá negar?

Sabe mejor que nosotros lo que necesitamos para el cuerpo y para el alma; quiere ser rogado, tan sólo nos echará en cara el no haber suplicado bastante, y no dará una piedra a su hijo que le pide pan.

Creamos en el amor de Dios para con nosotros y no dudemos jamás del corazón de nuestro Padre.

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Yendo al fondo de la cuestión, Dom Vital nos hace recapacitar en una verdad capitalísima: El Señor ha hecho todas las cosas para sí mismo, nos dice la Escritura, y no hemos de lamentarnos por esto, pues esta gloria no es otra cosa que la alegría de darnos la eterna felicidad.

Teniendo el universo por fin la glorificación de Dios mediante la beatificación de la criatura racional, se sigue que todo está ordenado con miras al bien de los elegidos, ya que la gloria de Dios aquí abajo se identifica con la salvación eterna del hombre.

De esto hemos de concluir que el término invariable de las evoluciones y revoluciones de aquí abajo, no es otro que la llegada de los elegidos a su eterno destino.

¿No es cosa loable ver a Dios gobernar al mundo con el único fin de hacer seres felices y regocijarse en ellos?

He aquí la razón de todos estos acontecimientos, grandes y pequeños, que agitan en diversos sentidos las naciones, las familias, la vida privada.

He aquí por qué Dios me quiere hoy enfermo, contradicho, humillado, olvidado; por qué me proporciona este encuentro feliz, me ofrece esta dificultad, me hace chocar contra esta piedra y me entrega a esta tentación. Todos estos procedimientos los determina su amor, su deseo de mi mayor bien.

¡Con qué confianza y docilidad debiéramos dejarnos hacer y corresponder, si comprendiéramos mejor sus misericordiosos caminos!

Tanto más, cuanto que sin cesar pone al servicio de su paternal bondad un poder infinito y una sabiduría intachable.

Conoce, en efecto, el fin particular de cada alma, el grado de gloria a que la destina en el Cielo, la medida de santidad que la tiene preparada. Para llegar al término y a la perfección sabe qué caminos ha de seguir, por cuáles pruebas ha de atravesar, qué humillaciones ha de sufrir.

Hay en nosotros sombras y claridades, tiempo de paz y tiempo de aflicción; hay bienes y males; todo viene de Dios, según su libre consejo; nadie hay que pueda oponerse a su voluntad, nadie que pueda hacerle variar sus designios; contra el Señor no hay sabiduría, ni prudencia, ni profundidad de consejos.

Dios halla en los recursos infinitos de su omnipotente Sabiduría la mayor facilidad para cambiar los obstáculos en medios, a fin de hacer servir a nuestro bien las maquinaciones que el infierno y los hombres traman para perdernos. Lo que yo he resuelto, dice el Señor en Isaías, permanecerá estable, mi voluntad se cumplirá en todas las cosas.

Entonces, ¿qué podemos temer? ¿Qué no debemos esperar siendo hijos de un Padre tan rico en bondad para amarnos, en voluntad para salvarnos, tan sabio para disponer los medios convenientes a este fin, tan moderado para aplicarlos, tan bueno para querer, tan perspicaz para ordenar, tan prudente para ejecutar?

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A continuación, Dom Vital da respuesta a algunos reparos:

1º) Nosotros querríamos ver, y la Providencia se mantiene en la sombra para dar lugar a nuestra fe.

Así es: Dios se oculta tras las causas segundas, y cuanto más se muestran éstas, más se oculta Él. Sin Él nada podrían aquéllas; ni aun existirían; lo sabemos, y con todo, en vez de elevarnos hasta Él, cometemos la injusticia de pararnos en el hecho exterior, agradable o molesto, más o menos envuelto en el misterio.

Dios evita manifestarnos el fin particular que persigue, los caminos por donde nos lleva y el trayecto ya recorrido. En lugar de tener una ciega confianza en Dios, querríamos saber, casi osaríamos pedirle explicaciones.

Dios quiere que nos contentemos con la simple fe y que confiemos en Él, con corazón tranquilo, en plena oscuridad, primera causa de la pena…

2º) ¿En qué pudiera demostrar mejor mi predilección, dice el Señor, que deseando para vosotros lo que deseé para mí mismo? Lenguaje divino y sapientísimo, mas, ¡qué pocos lo entienden!

Y ésta es la segunda causa de las equivocaciones.

La Providencia tiene distintas miras que nosotros, ya sobre el fin que se propone, ya sobre los medios destinados a su consecución.

En tanto no nos hayamos despojado por completo del amor desordenado a las cosas de la tierra, querríamos encontrar el cielo aquí abajo, o por lo menos ir a él por camino de rosas.

De ahí ese aficionarse, más de lo razonable, a la estima de los otros, al afecto de los suyos, a los consuelos de la piedad, a la tranquilidad interior, etc.; de allí que se saboree tan poco la humillación, las contrariedades, la enfermedad, la prueba en todas sus formas.

3º) La Providencia sacude recios golpes y la naturaleza se lamenta.

Hierven nuestras pasiones, el orgullo nos reduce, nuestra voluntad se deja arrastrar. Profundamente heridos por el pecado, nos parecemos a un enfermo que tiene un miembro gangrenado. Estamos persuadidos de que no hay para nosotros remedio sino en la amputación, mas no tenemos valor para hacerla con nuestras propias manos.

Dios, cuyo amor no conoce la debilidad, se presta a hacernos este doloroso servicio. En consecuencia nos enviará contradicciones imprevistas, abandonos, desprecios, humillaciones, la pérdida de nuestros bienes, una enfermedad que nos va minando: son otros tantos instrumentos con los que liga y aprieta el miembro gangrenado, le hiere la parte más conveniente, corta y profundiza bien adentro hasta llegar a lo vivo. La naturaleza lanza gritos; mas Dios no la escucha, porque este rudo tratamiento es la curación, es la vida.

Estos males que de fuera nos llegan, son enviados para abatir lo que se subleva dentro, para poner límites a nuestra libertad que se extravía y freno a nuestras pasiones que se desbocan.

He aquí por qué permite Dios se levanten por todas partes obstáculos a nuestros designios, por qué nuestros trabajos tendrán tantas espinas, por qué no gozaremos jamás de la tranquilidad tan deseada.

A derecha e izquierda somos acometidos de mil oposiciones diferentes, a fin de que nuestra voluntad, que es demasiado libre, así probada, estrechada y fatigada por todas partes, se despoje al fin de sí misma y no busque sino la sola voluntad de Dios.

Mas ella se resiste a morir, y ésta es la tercera causa de los disgustos.

4º) La Providencia emplea a veces medios desconcertantes; no sabríamos penetrar sus motivos, ni atinar con los caminos que escoge para ponerlos en ejecución.

¿Cómo su acción va a contribuir al bien de sus fieles? Nosotros no lo vemos y aun frecuentemente creemos ver lo contrario.

Mas adoremos la divina Sabiduría que ha combinado perfectamente todas las cosas, estemos bien persuadidos de que los mismos obstáculos le servirán de medios y que llegará siempre a sacar de los males que permite el invariable bien que se propone, es decir, los progresos de la Iglesia y de las almas para la gloria de su Padre.

En consecuencia, si consideramos las cosas a la luz de Dios, llegaremos a la conclusión de que muchas veces los males en este mundo no son males, los bienes no son bienes, hay desgracias que son golpes de la Providencia y éxitos que son un castigo.

Nunca pongamos en duda el amor de Dios para con nosotros. Creamos sin titubear en la sabiduría, en el poder de nuestro Padre que está en los cielos. Por numerosas que sean las dificultades, por amenazadores que puedan presentarse los acontecimientos, oremos, hagamos lo que la Providencia exige, aceptemos de antemano la prueba si Dios la quiere, abandonémonos confiados a nuestro buen Maestro, y con tal conducta, todo, absolutamente todo, se convertirá en bien de nuestra alma.

El obstáculo de los obstáculos, el único que puede hacer fracasar los amorosos designios de Dios sobre nosotros, sería nuestra falta de confianza y de sumisión, porque Él no quiere violentar nuestra voluntad.

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Entrando en los detalles, Dom Vital nos dice que hay bienes y males temporales: bienes, como la ciencia, la salud, las riquezas, la prosperidad, los honores; males como la enfermedad, la pobreza, los infortunios.

He aquí las cosas que el mundo juzga importantes en primer término y de las que ante todo se preocupa, y por cierto equivocadamente. Las cosas de aquí abajo se deben apreciar a la luz de la eternidad.

El soberano Bien, el único necesario, es Dios, y por consiguiente, según enseña Santo Tomás, los bienes principales supremos para nosotros son la bienaventuranza y lo que nos la ha hecho merecer.

No cabe abuso en estos bienes, ni pueden tener mal fin. Por esto los santos los piden de una manera absoluta.

En cuanto a los bienes temporales, añade el Santo Doctor, sucede con demasiada frecuencia que se emplean mal y pueden tener mal resultado: siendo así que la riqueza y los honores han causado la pérdida de gran número de personas.

No son, pues, los bienes temporales principales y definitivos, sino secundarios y pasajeros, socorros que nos ayudan a caminar hacia la bienaventuranza, en cuanto que conservan la vida temporal y nos sirven de instrumentos para practicar la virtud.

Con tal que los estimemos como objeto secundario y no como objeto principal de nuestra solicitud, es perfectamente legítimo desearlos, pedirlos en la oración, buscarlos con una moderada aplicación, pensar aun en el porvenir, en la medida de la necesidad y en el tiempo conveniente.

Mas nuestra solicitud es excesiva y culpable, si en lugar de usar estos bienes según la necesidad, llegamos hasta considerarlos como nuestro fin; si cuidamos de lo temporal hasta el punto de descuidar lo espiritual, si tememos carecer de lo necesario, aun haciendo lo que debemos, pues, en este caso, es preciso contar con la Providencia.

La comida, la bebida, el vestido, son cosas de primera necesidad, y respecto a ellas Nuestro Señor no condena en manera alguna el cuidado moderado que induce al trabajo, pero destierra la solicitud excesiva que va hasta la inquietud; termina diciéndonos que busquemos ante todo los bienes espirituales, con la firme seguridad de que los bienes temporales nos serán dados por añadidura y conforme a la necesidad, si es que hacemos lo que está de nuestra parte.

Y prohibiendo taxativamente que nos inquietemos por los bienes temporales como los gentiles, porque Nuestro Padre Celestial sabe de qué cosas tenemos necesidad, Nuestro Señor añade expresamente: Buscad primero el reino de Dios.

Con esto quiere el divino Maestro enseñarnos a hacer distinción entre los bienes que es necesario pedir de un modo absoluto, como lo son el Reino de Dios y su Justicia, y los que se han de pedir tan sólo bajo condición y si Dios los quiere, en orden a la salvación y bajo reserva de la voluntad de Dios.

También los males temporales es preciso considerarlos con los ojos de la fe y a la luz de la eternidad. La pobreza, los achaques, las enfermedades, las demás aflicciones de este género, la muerte misma no son sino males relativos.

En los designios de la Providencia así hemos de considerarlos, o por mejor decir, como gracias precisas y a veces harto necesarias, como el pago de nuestras faltas, remedio de nuestras enfermedades espirituales, origen de grandes virtudes y de méritos sin cuento, siempre que nosotros cooperemos a la acción de Dios con humilde sumisión.

Por el contrario, la impaciencia y la falta de fe en la prueba convertirían el remedio en ponzoña, nos harían contraer la enfermedad, la muerte quizá allí donde la Providencia nos había preparado la vida.

Siendo esto cierto, tenemos perfecto derecho a rogar a Dios que nos libre del mal

Lo que sí convendrá pedir siempre y de una manera absoluta, es el espíritu de fe, la paciencia y las demás disposiciones que convienen al tiempo de la prueba, y en tanto que ésta dure, indudablemente Dios quiere que practiquemos estas virtudes, ya que es éste precisamente el fin que se propone al enviárnosla.

Los bienes y los males temporales no son, pues, sino bienes o males relativos. De unos y de otros puede hacerse el uso más acertado o el más desgraciado abuso.

A propósito de los bienes y males temporales, tendremos diversos deberes que cumplir, y el primero será siempre la conformidad con la voluntad divina. Quiera Dios que la nuestra sea, no la simple resignación, sino el Santo Abandono, es decir, una total indiferencia por virtud, la espera general y pacífica antes de los acontecimientos, y en cuanto el beneplácito divino se haya declarado, una sumisión amorosa, confiada y filial.

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Hasta aquí Dom Vital. Pasemos ahora a San Francisco de Sales, quien nos adoctrina sobre un gran obstáculo: la inquietud.

Nos dice el Santo Doctor que la inquietud no es una simple tentación, sino una fuente de la cual y por la cual vienen muchas tentaciones.

La tristeza no es otra cosa que el dolor del espíritu a causa del mal que se encuentra en nosotros contra nuestra voluntad; ya sea exterior, como pobreza, enfermedad, desprecio, ya interior, como ignorancia, sequedad, repugnancia, tentación.

Luego, cuando el alma siente que padece algún mal, se disgusta de tenerlo, y he aquí la tristeza, y, enseguida desea verse libre de él y poseer los medios para echarlo de sí.

Hasta este momento tiene razón, porque todos, naturalmente, deseamos el bien y huimos de lo que creemos que es un mal.

Si el alma busca, por amor de Dios, los medios para librarse del mal, los buscará con paciencia, dulzura, humildad y tranquilidad, y esperará su liberación más de la bondad y providencia de Dios que de su industria y diligencia; si busca su liberación por amor propio, se inquietará y acalorará en pos de los medios, como si este bien dependiese más de ella que de Dios.

Si no encuentra enseguida lo que desea, caerá en inquietud y en impaciencia, las cuales, lejos de librarla del mal presente, lo empeorarán, y el alma quedará sumida en una angustia y una tristeza, y en una falta de aliento y de fuerzas tal, que le parecerá que su mal no tiene ya remedio.

He aquí, pues, cómo la tristeza, que al principio es justa, engendra la inquietud, y ésta le produce un aumento de tristeza, que es mala sobre toda medida.

La inquietud proviene del deseo desordenado de librarse del mal que se siente o de adquirir el bien que se espera, y, sin embargo, nada hay que empeore más el mal y que aleje tanto el bien como la inquietud y el ansia.

Cuando nos apremie el deseo de vernos libres de algún mal o de poseer algún bien, ante todo es menester procurar el reposo y la tranquilidad del espíritu y el sosiego del entendimiento y de la voluntad, y después, suave y dulcemente, perseguir el logro de los deseos, empleando, con orden, los medios convenientes. Debemos hacerlo sin precipitación, turbación e inquietud; de lo contrario, en lugar de conseguir el objeto de nuestros deseos, lo echaremos todo a perder y nos enredaremos cada vez más.

No permitamos que nuestros deseos nos inquieten, por pequeños y por poco importantes que sean; porque, después de los pequeños, los grandes y los más importantes encontrarán nuestro corazón más dispuesto a la turbación y al desorden.

Cuando sintamos que llega la inquietud, encomendémonos a Dios y resolvamos no hacer nada de lo que nuestro deseo reclama hasta que aquélla haya totalmente pasado, a no ser que se trate de alguna cosa que no se pueda diferir.

En este caso, es menester refrenar la corriente del deseo, con un suave y tranquilo esfuerzo, templándola y moderándola en la medida de lo posible, y hecho esto, poner manos a la obra, no según los deseos, sino según la razón.

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Bien entendidas todas estas lecciones, sólo falta ponerlas en práctica, recordando las exhortaciones de Nuestro Señor:

No os preocupéis por vuestra vida: qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, con qué lo vestiréis…

No os preocupéis, por consiguiente, diciendo: ¿Qué tendremos para comer? ¿Qué tendremos para beber? ¿Qué tendremos para vestirnos?…

Vuestro Padre celestial ya sabe que tenéis necesidad de todo éso…

Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todo éso se os dará por añadidura…

No os preocupéis, entonces, del mañana. El mañana se preocupará de sí mismo…

A cada día le basta su propia pena…