JORGE DORÉ: POESÍA

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Hermanos: obediencia no es bajar la cabeza
y aceptar ciegamente lo que imponga el de arriba
–cediendo a las agendas de nuestros adversarios
seremos copartícipes de graves injusticias–

no es la actitud que agrupa los hombres en ganado,
ni una entrega al jerarca que, por capricho, exija
que hagamos inclusivas nuestras vidas y templos
para que no se ofendan los que aman la herejía.

Nuestra obediencia a Cristo es algo incuestionable,
que no admite adulterios, que a todo hombre aplica.
mas debe de hacer honra de todas las verdades
y ser la celadora de todas las mentiras.

El mal ha conseguido penetrar el santuario,
y hacer de nuestras muchas tradiciones queridas  
recuerdos del pasado –como si nuestros dogmas
fueran anacronismos de una fe enmohecida.  

La Iglesia, hoy cautivada por reflejos del mundo,
se humilla, avergonzada, como una madre indigna
que extiende a los infieles ecuménicos brazos
y pide, ante la historia, perdón, arrepentida.

Mirad, mirad los templos desolados y fríos
donde hace medio siglo la fe resplandecía;
mirad si vuestras mesas pueden llamarse altares,
mirad si es reverente la nueva eucaristía.

Velad, hermanos míos. La confusión es mucha.
Llevad en vuestras manos la lámpara encendida
que cada vez se tornan más densas las tinieblas
y con mayor astucia lo vil se multiplica.

No troquéis por cizaña la fe de vuestros padres,
no aceptéis ciegamente vanas ideologías,
no cambiéis la promesa de la Sangre de Cristo
por sucias cucharadas de lentejas podridas.

No temáis hacer frente con solemne firmeza,
a los irreverentes jerarcas que hoy se alían
con el mundo y la carne para ofender a Cristo
y al santo y doloroso Corazón de María.

Buscad, que aún quedan nobles sacerdotes y fieles
que, inconmovibles, guardan la perenne doctrina.
Hallad la puerta estrecha. Orad por los errados.
Vivid la fe de antaño. Amad la antigua Misa.