HUESO DE MIS HUESOS, CARNE DE MI CARNE

ARMADURA DE DIOS

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EL PROBLEMA FEMENINO

Los eclesiásticos de la iglesia conciliar, los filósofos de pacotilla, los políticos, los médicos y psicólogos, los artistas del “desarte”, los medios de comunicación, el entorno social y familiar… difunden ideas y principios falsos sobre la mujer.

Y las mujeres jóvenes son muy dañadas por toda esa atmósfera virulenta.

En dos entregas anteriores ya hemos proporcionado material para saber discernir qué es una mujer. Hoy vamos a considerar otras cuestiones, para pasar luego el tema de la joven católica.

SER MUJER

¿Qué es la mujer?

Dice Santo Tomás, en la Suma Teológica, I, q.92, a. 2 y 3:

En la creación primitiva de los seres fue conveniente que la mujer fuese formada del hombre; conveniencia que no tenía razón respecto de los demás animales:

1º porque, para investir al primer hombre de cierta dignidad, quiso Dios se le asemejase para ser él el principio de toda su especie, como Dios es el principio de todo el universo.

2º Para que el hombre amase y se adhiriese más inseparablemente a la mujer, sabiendo que había sido hecha de él. Y esto era necesario sobre todo en la especie humana, en la que el hombre y la mujer viven siempre juntos durante toda su vida, lo que no pasa entre los demás animales.

3º Porque, como dice Aristóteles, el varón y la hembra entre los hombres se juntan, no exclusivamente por la necesidad de la generación, como en los demás animales, sino también para la vida doméstica, en la cual el uno y la otra desempeñan algunos oficios comunes, siendo en ella el hombre cabeza de la mujer. Era pues conveniente que esta fuese formada del varón, como de su principio.

4º Hay también la razón sacramental de simbolizarse en esto que la Iglesia tiene su origen en Jesucristo.

Fue conveniente que la mujer fuese formada de la costilla del hombre:

1º Para significar la unión social, que debe existir entre el hombre y la mujer; pues ni esta debía dominar al marido, y por eso no fue formada de la cabeza; ni ser despreciada por el como una esclava, por cuya razón no fue formada de los pies.

2º Por el sacramento, como que del costado del Cristo en la Cruz fluyeron los sacramentos, esto es, la sangre y el agua, con los que fue instituida la Iglesia.

Resumiendo, podemos decir que la mujer fue creada para amar y para ser amada por el hombre.

Este pensamiento de Santo Tomás nos enseña lo que la fe y la Iglesia ve en cada una de la mujeres: un ser hecho para amar y ser amado, para colaborar con el hombre en la creación misma de Dios.

Varón y mujer forman una naturaleza humana: la naturaleza total humana.

Ya hemos visto en la primera entrega que hay algo común y algo distinto en el varón y en la mujer.

Lo común: la mujer es criatura racional, como el varón; es persona humana y no la concupiscencia del varón; tiene el mismo origen, ha sido redimida igualmente por Cristo y tiene un mismo fin último que el varón.

Lo distinto: son las dotes, los modales y aptitudes exclusivas de la mujer (físicas y espirituales), cuyo conjunto constituye la femineidad.

Lo masculino y lo femenino, el hombre y la mujer, comportan una de las relaciones más íntimas que puedan darse. Y esa relación íntima es la de complementación mutua, en toda la amplitud de la naturaleza.

La razón de ser de la mujer, según la naturaleza misma, según el plan mismo de Dios, es la procreación; junto con el hombre, colaborar con Dios en la función creadora….; y formar, educar los hijos para Dios, para el Cielo, para que alcancen el fin último que es la visión beatífica.

Enseña Santo Tomás:

Fue necesario que fuese hecha la mujer, como dice la Escritura, para ayuda del hombre; no para ayudarle en algún otro trabajo, pues para cualquiera otra obra mayor auxilio podría encontrar en otro hombre que en la mujer, sino para su cooperadora en la generación.

(…) Puesto que hay en los animales algún acto de la vida más noble que la generación, y al cual se ordena principalmente su vida; por esta razón no está el sexo masculino constantemente unido al femenino en los animales perfectos, sino únicamente en el acto de la generación, para que entendamos que por el coito del macho y la hembra se produce un solo individuo.

El hombre se ordena a un acto aún más noble de la vida, cual es el de entender; y por esto con mayor razón debió ser más notable la distinción entre los dos sexos, siendo así producida la hembra separadamente del varón, aunque juntándose carnalmente en uno para la obra de la generación. He aquí por qué, inmediatamente después de la formación de la mujer, se dice en Gén., 2,  24: serán dos en una sola carne.

Pero esa complementariedad de lo masculino y lo femenino para la generación de los hijos no agota la relación entre hombre y mujer: la inteligencia del varón debe complementarse a la de la mujer y viceversa; cada una en aquel aspecto para el cual tiene aptitud, que falta, de alguna manera, en la otra; y otro tanto sucede con todas las otras facultades: voluntad, afectos, sentimientos, etc.

No se trata de una misión privada de uno y otro. Hay una misión cósmica, es decir abarcadora de toda la creación, y dada por Dios a ambos, hombre y mujer.

Para esa misión totalizadora, perfeccionadora, que hombre y mujer tienen, Dios doto a cada uno de cualidades particulares. Ambos están llamados a una misma vocación, a ser una sola cosa, no por confusión y mezcla, no por sometimiento, ni por dominio despótico de uno sobre otro; tampoco por complementación en la sola región de las glándulas sexuales, ni por inexplicables urgencias fisiológicas, sino por complementación por la cual ambos se nutren recíprocamente con la aptitud que el otro no tiene, en orden a un fin común.

Y por eso el poder de la mujer es inmenso…

Fue por una mujer, Eva, que se perdió la humanidad. Por otra mujer fue salvada: María. El supremo bien, el mal supremo: todo se encierra en la mujer.

La mujer es una espada de doble filo: es instrumento de vida, pero también puede ser instrumento de muerte.

Lo mejor o lo peor.

Esta extraña y misteriosa influencia de la mujer brota de su misma naturaleza, de su carácter, de las cualidades que Dios puso en toda mujer.

En todo se ve el plan de complementariedad que Dios ha querido establecer entre el hombre y la mujer: compensaciones, armonías, que se funden en entrañable unión, la más íntima que puede darse en el orden de la naturaleza.

Todos estos dones de espíritu, de corazón, de carácter, esa fuerza de su debilidad, esa energía moral que la naturaleza, Dios mismo ha puesto en toda mujer, nos hablan de esa misión particular, santa y bendita que debe cumplir en el mundo.

SER CATÓLICA

La mujer, por ser católica, tiene también un inmenso poder.

La mujer católica debe exhalar el suave perfume de Jesucristo. Y esto es así cuando se posee fe y se comprenden las obligaciones que esa fe nos impone.

Si no lleva a Dios y su Gracia en el alma, tendrá quizás hermosura física; pero será una belleza profana, exterior, vacía, sin ningún brillo, sin ningún poder para desarmar el vicio y la impiedad.

Y en lugar de llevar hacia el bien, será causa de muchos males…, para sí misma y para los demás.

Para comprender lo que significó para la mujer la llegada de la Iglesia, y por tanto los deberes que le impone el ser católica, conviene ver lo que la religión hizo por ella:

La mujer antes de Cristo

¿Qué era la mujer antes de la venida de Jesucristo?

Menos que una esclava, porque el esclavo podía comprar su libertad…, mientras que la mujer estaba bajo la tutela perpetua de sus parientes masculinos; nada poseía en propiedad, de nada podía disponer por sí sino bajo la autoridad de aquel que era su tutor; no intervenía para nada en el gobierno de la familia, y mucho menos en los negocios industriales y comerciales.

¿Qué hacía entonces para ocupar su tiempo? Lujo, fiestas, placeres, se rodeaba de sus esclavas y esclavos, el peluquero, el perfumista, el confitero, con todo lo que eso significa de vida degradada, concubinatos, divorcios, adulterios…

La Mujer después de Cristo

Pero viene Jesucristo, y la mujer se hace cristiana.

¡Qué diferencia entre la mujer pagana y la mujer cristiana!

La transcripción de un párrafo de Tertuliano, autor cristiano de los primeros siglos nos lo enseña:

Esta mujer va a visitar a los hermanos en los más pobres reductos; se levanta durante la noche para rezar y asistir a las solemnidades de la Iglesia; se acerca a la sagrada mesa o penetra en las prisiones para besar la cadena de los mártires, para lavar los pies de los santos… En las fiestas, están muy lejos de ellas los himnos profanos y los cantos voluptuosos. A diferencia de las paganas, que, llenas de comida y de vino, no pueden digerir y vomitan para comenzar a comer de nuevo, invoca a Jesucristo, y se prepara a la templanza por la salutación divina. Nadie la ve en los espectáculos ni en las fiestas de los gentiles. Permanece en su casa, y no se muestra afuera sino por graves motivos: para visitar a los hermanos enfermos, para asistir a un santo sacrificio, para escuchar la palabra de Dios. Nada de sortijas para las manos que tiene que soportar el peso de las cadenas. Nada de perlas ni esmeraldas para adornar una cabeza amenazada por la espada de la persecución.

Así era la mujer cristiana en la primera edad del Cristianismo, así se preparaba la mujer católica, fuese para la muerte valerosa en el martirio, fuese para una vida santa.

Así debe ser quien es mujer y católica en el mundo de hoy.

Y en su catolicismo, la mujer también es diferente al hombre.

Ella:

1) Tiene más piedad que el hombre.

Es más rezadora. Al pie de la Cruz, sólo San Juan y el resto mujeres.

2) Tiene más fe que el hombre.

La mujer cree y necesita creer.

El hombre discute las verdades; para la mujer esas verdades forman un edificio con cada cosa en su lugar.

3) La mujer tiene más corazón que el hombre.

En ella domina la sensibilidad y la delicadeza. Su corazón es escenario del dolor; a veces, campo de batalla, sobre todo cuando es madre.

Todas estas armas dio Dios a la mujer para su misión aquí en la tierra:

Tiene fe para convertir.

Tiene esperanza para consolar.

Tiene caridad para salvar almas.

EL ALMA DE LA MUJER CATÓLICA

El alma es lo más grande que poseemos, don de Dios por el cual somos su imagen y su semejanza…

Grandeza del alma

San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, decía:

«¡Qué cosa tan grande es un alma, y sin embargo, qué poca importancia le concede el siglo que vivimos! ¡Contra ella va el infierno, pero el cielo es para ella!¡Oh alma mía que grande eres, envuelta en el cuerpo como un niño en sus pañales!”

Y un santo sacerdote agregaba: «Un alma es el tesoro del universo. Comparada con ella, nada es la materia, el sol, las estrellas»

Su origen es Dios, su fin es Dios; Dios es su alimento, y la Sangre divina su precio.

Don precioso de Dios por el cual somos imagen y semejanza suya, debemos respetarla y cuidarla, formarla e instruirla:

a) en las cosas de Dios: por la fe, la oración, la vida sacramental…

b) en las cosas humanas: por el estudio, la práctica de las virtudes, el sometimiento de las pasiones, la formación del temperamento, por el dominio del cuerpo poniéndolo al servicio del alma.

El ideal del alma

El alma tiene una meta, debe tener un ideal que entusiasme y arrastre, un ideal que nos atraiga y nos empuje a acciones dignas de él.

Tener un ideal en el alma es tener una razón de vivir.

Ese ideal debemos conocerlo, contemplarlo, estudiarlo para amarlo, quererlo con pasión.

Ese es el único medio de que seamos algo y hagamos algo…, sino nuestra vida será como un barco sin timón, siempre a la deriva según los vientos de la moda, de las ideas del mundo que hoy son y mañana ya no…

¿Cómo debe ser ese ideal?

Verdadero, es decir que responda a lo que las cosas son, particularmente que responda a nuestra condición: mujeres (no somos varones, ni… otra cosa), jóvenes (ya no somos niñas, pero tampoco adultos), católicas (no somos ateas, tampoco modernistas ni ecuménicas).

Debe ser un ideal que tenga en cuenta la condición de cada una: su temperamento, sus fuerzas.

Y también debe ser un ideal sencillo y bien determinado, adecuado a la virtud dominante en cada una.

No es, por tanto, ni se trata de nuestro fin último, de amar a Dios sobre todas las cosas, de alcanzar la vida eterna; porque eso nos obliga a todos, sino que responda a nuestras inclinaciones, capacidades, condiciones personales.

Es un ideal concreto y preciso que cada una debe buscar, encontrar, y proponérselo como algo personal, suyo propio y no de otros; ideal que por supuesto debe responder al plan de Dios para cada una, lo que Dios espera de mí…

Debe ser un ideal claro, brillante y luminoso, nada vago ni confuso.

Que sea un ideal hermoso, bello, grande y sublime, que nos entusiasme y nos lleve a amarlo con toda el alma. Así además sentiremos menos el atractivo de las seducciones humanas.

La fuerza del alma

Ser fuerte es ser fiel al cumplimiento de nuestro deber.

Ser fuerte es tener valor en las pruebas, estar tranquila ante el peligro, paciente en el dolor.

El deber es para la criatura racional la expresión más absoluta de la voluntad de Dios: ni un instante de nuestra vida deja de presentarse como la fuerza de una orden divina.

A veces el deber es duro, en algunas oportunidades agobiante, pero siempre es grande, hermoso y santo para una joven católica.

Y ¿cómo se debe cumplir el propio deber?

a) con alegría: si lo hacemos murmurando, aparece como duro y difícil, si lo enfrentamos con ánimo, con toda el alma, las dificultades se alivian.

b) con espíritu de fe: sino al dejar de cumplirlo se desobedece a Dios. Sin la idea, la esperanza de Dios todo se derrumba; en Él se encuentra la razón de todo.

c) con sencillez: sin preocuparse por el futuro, ni por las consecuencias que de él resulten.

d) con amor: no se llevan cuentas cuando se ama, lo demás es egoísmo. Qué fácil es todo cuando se ama de veras el deber y a aquellos por quienes el deber se cumple.

e) con generosidad: si estamos convencidos que el deber es una orden de Dios, se abraza cueste lo que cueste, porque Dios espera al final del arduo y difícil camino.

EL CORAZÓN DE LA JOVEN

En todo joven late naturalmente un corazón fuerte y tierno a la vez, capaz de inmolarse y de entusiasmarse por las grandes causas, por los pensamientos nobles.

No hablamos aquí de la sensiblería que todo lo atrofia y encoge, sino de un corazón rico en bondad, en fortaleza; generoso y constante.

Ese corazón, con esas cualidades recibidas de Dios, son la riqueza de la joven.

Del corazón brota el amor que redime, la generosidad, el arrepentimiento que devuelve la gracia, el amor que diviniza.

Por eso la grandeza del corazón humano y su utilidad.

El corazón de la joven puede llevarla a las altas regiones de la santidad o hundirla en el barro del egoísmo y del vicio.

Él debe dominar las demás facultades, ordenarlas, dirigirlas, someterlas como instrumentos que colaboran, que ayudan a alcanzar las metas de nuestra vida.

La Sensibilidad

Entre todas las facultades, hay en la mujer una que se destaca y que merece especial atención y cuidado y es la sensibilidad.

Si no le prestamos atención, produce efectos malos: la turbación, el desorden, la sospecha, la susceptibilidad, la desigualdad de humor, el pecado.

Si ella es ordenada, delicada, tiene muchas ventajas: sabe convencer, se es generosa, fácilmente permite alcanzar la santidad.

Por eso hay que saber sacarle partido, dominarla, dirigirla, previendo situaciones, siguiendo la razón y la fe.

La Imaginación

Hay otra facultad que merece también atención y es la imaginación.

Ella tiene por oficio particular conservar las huellas de los objetos que nos rodean. Es como un almacén donde se guarda todo lo que vemos, pero también los mezcla, los embrolla, sacando cosas maravillosas pero también monstruosas.

Si está sometida a la razón y a la voluntad todo marcha bien, pero si no, ¡cuántos desórdenes ocasiona, cuántos ensueños y alucinaciones!

Como don de Dios es buena, pero es preciso saber gobernarla.

Para combatirla, nunca la ataquemos de frente, ni la maltratemos. Para dominarla debemos esquivarla.

En lugar de preocuparnos de ella, busquemos desarrollar las facultades vecinas: cultivar la inteligencia, formar nuestro criterio, fortificar la voluntad, dándole autoridad y firmeza. De esa manera la imaginación será dócil a sus mandatos y nos prestará grandes servicios.

Debemos vigilarla, pero no restringirla; hacer con ella como una madre con el niño revoltoso: si lo deja en la habitación todo lo rompe, en el jardín, vigilado, podrá corretear a su gusto y descargarse sin causar daño.

Las Pasiones

Las pasiones no son otra cosa que el movimiento del apetito sensitivo nacido de la aprehensión del bien o del mal sensible con cierta conmoción refleja más o menos intensa en el organismo.

Siempre suponen algún conocimiento, al menos sensitivo, del bien que se busca o del mal que se teme.

En su sentido filosófico son movimientos o energías que podemos emplear para el bien o para el mal. De suyo, en sí mismas, no son buenas ni malas: todo depende de la orientación que se les dé.

Son malas si están inspiradas en la búsqueda de placer, y se apartan de la práctica del bien. Son buenas cuando se dirigen al bien, aunque cueste el sacrificio del placer.

Puestas al servicio del bien, pueden prestarnos servicios incalculables, hasta el punto de poderse afirmar que es moralmente imposible que un alma pueda llegar a las grandes alturas de la santidad sin poseer una gran riqueza pasional orientada hacia Dios; pero, puestas al servicio del mal, se convierten en fuerza destructora, de eficacia verdaderamente espantosa.

Podemos reducirlas a once emociones o afectos fundamentales: seis del concupiscible: amor, odio, deseo, aversión, delectación, tristeza; cinco del irascible: esperanza, desánimo, audacia, temor, ira.

¿Qué hemos de hacer con nuestras pasiones?

a) No debemos tratar de destruirlas

b) No se las debe satisfacer en sus apetitos desordenados: entregar nuestra vida a las pasiones desordenadas es atarnos a una bestia fogosa que nos destrozará en mil pedazos.

c) Nada de términos medios: no podemos complacer a Dios y a nuestras inclinaciones inferiores.

d) Debemos aprender a conducirlas y a emplearlas bien: Todos los santos han amado a Dios con ímpetu apasionado.

La pasión aguijonea a las almas y las empuja por los caminos de las sublimes ambiciones. Es preciso ir a Dios sin detenerse, sin cambiar de dirección, sin retrocesos.

Utilicémoslas para el bien. Dios siempre nos da fuerzas, gracias abundantes para vencerlas, para encaminarlas en favor nuestro y no para nuestro mal.

La Amistad

Por último digamos algo sobre la amistad.

Después de Dios, el hombre debe amar a sus semejantes, y en este ámbito hay lugar, necesidad para la amistad.

Dios para con la criatura racional tiene amor de amistad: «Vosotros sois mis amigos…Ya no os digo siervos sino amigos» (Jn., XV, 14-15).

Toda alma joven debe cultivar las buenas amistades, no muchas sino pocas y selectas: por su bondad, piedad, fidelidad, caridad, pureza, por su abnegación, sinceridad, prudencia.

Antes de tener a alguien como verdadera amiga, busquemos en ella esas características.

San Francisco de Sales dedica al tema de las amistades los capítulos XVII a XXII de su libro Introducción a la vida devota. Es imprescindible leerlos.

La Voluntad

Consideremos el tema de la voluntad, es decir nuestro querer, el saber decir ¡quiero! ante el deber, cueste lo que cueste.

Nuestro tiempo, la época que nos toca vivir, se caracteriza por la voluntad blanda, fofa, en la juventud: es el «no quiero, no puedo, no tengo ganas», porque ya no se sabe lo que es tener una voluntad firma.

¿Cómo puede ser eso particularmente en la juventud que siempre y en todas las épocas se caracterizó por sus ideales, por su energía, por su entusiasmo?

La razón la dio un incrédulo: «ya no hay hombres de carácter, porque éste se compone de dos elementos: la voluntad firme y principios bien arraigados, y hoy falta el último, por lo que resulta inútil el primero».

Convicciones sólidas, una razón por la cual vivir y luchar, un ideal, es lo que nos va permitir recrear una voluntad firme en nosotros; es el principio de la fuerza, del empuje: los motivos que nos impulsan y determinan a actuar…

Pero ¿qué es tener voluntad?

1) Es saber decir ¡quiero!

Un ¡quiero! que sale de lo profundo, meditado, y que lo puede todo.

¡Querer es poder! este axioma que hemos oído muchas veces, en el campo moral es cierto; sólo los perezosos no pueden ponerlo en práctica. Sólo los cobardes frente a la obligación moral dicen: «es imposible».

2) Tener voluntad es saber tomar una decisión.

No somos marionetas, títeres, juguetes de la voluntad de otros.

Dios nos señala el camino y cuando nuestra conciencia la reconoce, es preciso decidir.

Juzgando, ciertamente, las dificultades, las presiones de nuestra propia naturaleza, las que vienen desde afuera, todo ha de haber sido pesado de antemano.

3) Tener voluntad es «querer» con una sana terquedad.

Hay una terquedad vulgar, fácil, que lleva a tristes y malas consecuencias.

Pero hay una terquedad en el bien, en el cumplimiento del deber «difícil»: es la tenacidad en la lucha, la paciencia inagotable en medio de las contrariedades, la resistencia en medio del dolor.

4) Tener voluntad es saber vencer todos los obstáculos.

Todo el que quiere cumplir con su deber, hacer el bien tendrá muchas dificultades: burlas, amenazas, promesas, adulaciones, enemigos interiores y exteriores.

Muchos irían al martirio, si Dios se lo pidiera…, pero no saben combatir, resistir los encantos y tentaciones del mundo y caen en ellos…

Debemos formar nuestra voluntad, como formamos también nuestra inteligencia.

La voluntad es el principio motor de la vida moral. Así, una voluntad bien formada, nos permitirá actuar con acierto en nuestros actos.

Un acto de voluntad, supone tres períodos o etapas: aquél en que uno se determina a obrar, el que ordena y ejecuta, el que persevera hasta el fin.

Determinarse es fácil, ejecutar es más difícil, pero perseverar hasta el fin es sólo de valientes.

a) Determinarse:

Es el acto preparatorio, la reflexión previa que nos ayuda a escuchar la voz de la conciencia, de Dios. Quizás una lectura, una confesión, un sermón, un retiro, una emoción basta para que tomemos una determinación importante. Es la base del acto de voluntad.

b) Ejecutar:

Es dar el primer paso, el más costoso, es comenzar a caminar, para lo cual es preciso un esfuerzo supremo. La razón ordena, pero la voluntad titubea, duda…

Aparece, en lugar del «quiero», el «quisiera». Es una etapa en que se necesita resolución, energía.

c) Perseverar:

Es la etapa final en la que sólo los valientes continúan y los débiles se rinden: obstáculos quizás no previstos, recuerdos, contradicciones, cansancio, desaliento, caídas, se olvidan la ayuda de la gracia, de las gracias ya recibidas y las resoluciones tomadas.

La perseverancia es señal de un espíritu superior, de corazón generoso, de carácter fuertemente templado, de sabiduría profunda. Es la virtud de los fuertes y de los humildes.

¿Cómo poseer, cómo obtener esta energía, esta voluntad firme?

1) Vivir al día:

No en el día siguiente que no es nuestro.

Cuando se toma una resolución, a veces nos detenemos y pensamos: ¿podré ponerla en práctica un mes, un año, toda la vida?

Y así aparecen una montaña de dificultades y sacrificios que nos asustan. Cada una por separado es fácil de vencer, pero en el conjunto parecen imposibles y nos frenan.

Cada día tiene su afán y su gracia particular, Dios siempre estará allí, lo mismo que hoy está con nosotros…

2) Obras:

Actos… ¿Cómo aprendimos a leer? Leyendo. ¿A caminar? Caminando.

¿Cómo aprender a querer? Queriendo.

La costumbre se crea por la repetición de actos.

Eso es la virtud: una costumbre, un hábito bueno que hace fácil los actos y «bueno» a quien los realiza…

3) Acostumbrándonos a hacer con frecuencia pequeños sacrificios:

En un arranque de heroísmo, podemos hacer un gran sacrificio; pero el que cuesta es el pequeño, el que se repite, las renuncias cotidianas que a la vista nada parecen, pero es allí donde está el verdadero camino.

Hay cosas que fortalecen la voluntad, y hay cosas que la destruyen:

Para fortalecer la voluntad es necesario:

a) Tener resoluciones: es decir prever y querer. No somos ni podemos ser seres que nos movemos según las emociones, sentimientos, o instintos. Cuando pensamos, reflexionamos y vemos que nos equivocamos, nuestra voluntad interviene y cambia de dirección: eso es una resolución.

b) Tomar resoluciones precisas: es decir estudiadas, preparadas, especificadas. No basta decir: no lo voy a hacer más, quiero ser santo… Los actos que me lleven a la santidad son actos precisos, concretos; y sobre ellos, sobre los que más me cuestan, deben caer las resoluciones…

c) Tomar sólo una resolución cada vez: no hagamos «colección de resoluciones». No la cambiemos sin verdadero motivo.

d) Recordémosla todos los días: es la clave, somos frágiles y nos olvidamos fácilmente de nuestros buenos propósitos. Prometamos a Dios ser fiel a la resolución «sólo el día presente», y por la noche anotemos nuestras victorias y derrotas después de un examen de conciencia…

e) No desanimarse nunca de nuestras propias infidelidades: Todos somos pecadores y caemos, pero el justo es el que se levanta después de cada caída. La virtud consiste en ese constante volverse a levantar, a comenzar cada día la vida perfecta, en una permanente conversión a Dios; ese es el secreto de todo, no desesperar, no retroceder, siempre levantarse.

Lo que mata la voluntad es el desaliento:

a) la falta de fe: Desanimarse es desconfiar de Dios de su bondad infinita, de sus palabras y promesas, de su providencia, de su misericordia y aún de su justicia.

b) desanimarse es falta de criterio: La debilidad es débil, y en todos nosotros hay debilidad consecuencia de nuestra naturaleza, del pecado original. No existe una debilidad fuerte. Por eso debemos decir convencidas: yo no soy nada, no valgo nada, no puedo nada.

c) desanimarse es falta de conocimiento de la perversidad del mundo y del poder de nuestros enemigos: el mundo, el demonio, la carne. Debemos conocer su poder, para saber cómo actuar. Nuestra voluntad contra ellos nada puede sino se apoya en Dios que le da un poder invencible.

d) desanimarse es falta de humildad… un gran orgullo: es el amor propio desilusionado que busca vencer por sus propias fuerzas.

e) es falta de confianza en Dios y una gran cobardía: los santos se han dejado llevar por Dios. La desesperación es miedo al esfuerzo, al sacrificio.

f) desanimarse es una tontería: ¿qué es peor, cometer una falta o dos faltas? Lo último. Y eso hacemos cuando nos dejamos llevar por el desánimo por un pecado, una caída. Con el desánimo agregamos un pecado más a nuestra cuenta…, y por eso es el camino más corto para ir al infierno. Es principio de la desesperación, el peor de los pecados, el pecado de Judas…

LAS VIRTUDES DE LA JOVEN CATÓLICA

Mucho habría que decir acerca de las virtudes que toda joven debe practicar, pero vamos a hacer aquí una breve enumeración de las principales; de las cuales, las tres primeras constituyen la belleza al alma, y las restantes revelan la santidad de la misma.

La humildad

La humildad no consiste en esconder los talentos y virtudes, en creerse inferior de lo que uno es, sino en reconocer lo que nos falta y no vanagloriarnos de lo que tenemos: es reconocer los fueros de la verdad.

La humildad nos hacer ver la grandeza de Dios, el mérito de los demás y nuestro propio lugar.

No debemos olvidar que es imposible practicarla sin la ayuda de la gracia.

¿Por qué nos cuesta tanto? Porque no nos conocemos, no tenemos el valor de estudiarnos a nosotros mismos, porque tenemos miedo de descubrir nuestra propia miseria. Si lo hiciéramos sinceramente, diríamos: no soy nada, no puedo nada, no valgo nada.

Motivos para ser humildes:

1) Dios concede su gracia únicamente a los humildes: aunque sólo sea para obtener la gracia de Dios es indispensable la humildad.

2) Si nos comparamos con Dios, no somos más que pobres mendigos: nuestra dependencia de Él es absoluta.

3) La humildad es la raíz de todas las virtudes:

de la fe: la inteligencia por la humildad reconoce verdades que la superan.

de la esperanza: el soberbio todo lo espera de sí y si no puede, desespera. Solo el humilde confía totalmente en Dios.

de la caridad: en el orgulloso solo hay amor de sí mismo, egoísmo, arrogancia, vanidad.

de la pureza: «Nadie puede permanecer puro sin un don especial de Dios», dice la S.E. Y si Dios se aleja de los soberbios, ¿quién podrá conserva entre ellos la pureza? La impureza es su castigo habitual.

del celo por Dios y las almas: para el bien se necesita la ayuda de Dios, que sólo asiste al humilde. Sin la humildad no se puede ser santo.

4) La humildad es la fuerza del hombre: si no tenemos fuerzas, Dios concurre en nuestro auxilio.

Es la explicación del poder de los santos.

5) Para ser humildes consideremos quienes somos:

Nuestro ser: no nos pertenece; y nuestro obrar: nada podemos…

6) El ejemplo de Jesucristo, Dios que se humilla. Miremos a Cristo crucificado por la soberbia de los hombres, mi propia soberbia, y exclamemos ¡Oh alma orgullosa, deja por una vez de lado todas las vanidades de tu pretendida grandeza!

La pureza

«Bienaventurados los corazones puros» porque ellos verán a Dios.

Sólo Cristo pudo hablar así. Las almas rectas inmediatamente sienten el deseo de alcanzar esta promesa: Ver, lograr ver a Dios por la práctica de la pureza.

Es una virtud hermosísima, porque imprime en el semblante algo que cautiva y atrae, que inspira simpatía respetuosa.

Dios mismo se deja atraer por la pureza.

Es la virtud creada por Dios, Él solo podía hacerla florecer.

Es la virtud mejor recompensada, no sólo en el Cielo sino ya en la tierra, porque da al semblante una modesta serenidad que hace pensar en los Ángeles; da a la mirada, una claridad encantadora; al corazón, una ternura que sólo ella puede mantener; a la voluntad, un poder, una energía inigualable; a la inteligencia, una elevación, una mirada de águila; al mismo cuerpo, un vigor especial.

Otorga libertad y alegría: libertad de las cadenas del vicio; alegría porque el alma viciosa es un alma triste y cobarde…

La pureza no se adquiere sin una serie de luchas victoriosas, pero dilata el corazón.

Si los Ángeles son puros por naturaleza, el hombre lo es por virtud. Aquellos no tiene que luchar, nosotros debemos sostener cada día un difícil combate para conservarla, pero en el que esperamos triunfar por la fe y nuestra confianza en Dios.

Las tentaciones contra la pureza siempre nos asechan.

En la Odisea, Homero narra las hazañas de Ulises. Una de ellas nos dice que debía pasar cerca de unas sirenas, sembradoras de la muerte, y que para no ser seducido, se hizo atar al mástil del barco y ordenó a los marineros taparse los oídos con cera para que no oyeran sus pérfidos cánticos.

La joven católica no debe dejarse seducir por el canto de la sirena de la impureza y para ello nada mejor que atarse firmemente a la Cruz de Cristo. Allí está nuestra fuerza y nuestra seguridad.

Esta clase de tentaciones las han sufrido los más grandes Santos, San Jerónimo, San Bernardo.

No deben perturbarnos las malas imágenes, los malos pensamientos: si la voluntad no los busca, no consiente, no son pecado.

Muchas veces, la tentación es un bien (prueba, fortifica), y sentir no es consentir.

Si la tentación dura mucho no por ello creamos que hemos consentido. Si no tengo la seguridad de haber consentido hay que desechar todo temor. Si me disgusta es señal de que no he querido consentir.

Los medios para combatirla: acudir a Dios, no perder la serenidad, cambiar de ocupación, huir de la ocasión, cuidarse de las malas lecturas (novelas modernas), no jugar con la tentación, la humildad, la imitación, la confianza en la Virgen, la comunión, la mortificación, la vigilancia.

La sencillez

Cuando los apóstoles discutían acerca de quién ocuparía el primer puesto en el reino de los cielos, Nuestro Señor tomando un niño les dice: «Si no os hicieseis iguales a este niño, no entraréis en el reino de los cielos».

En el niño no hay malicia alguna, dice lo que piensa, cree todo lo que le dicen, camina buenamente, francamente, en línea recta. Ese es el modelo que Cristo nos quiere hacer ver.

La sencillez a la que Cristo nos invita es esa virtud por la cual el alma se dirige rectamente a Dios, rectamente a la verdad, rectamente hacia su deber.

Teniendo en cuenta solo su voluntad, despreciando el juicio de los hombres. Hablando de tal manera que nuestras palabras, por su franqueza, equivalgan a un juramento. Encaminados de tal manera al cumplimiento de nuestros deberes, que estemos dispuestos a cualquier sacrificio.

El alma sencilla es abierta, leal, cándida, llena de claridad; ve pronto y claro, no sospecha; con su franqueza y rectitud desconcierta y vence las astucias.

El alma sencilla huye de las alabanzas y el ruido.

Al alma sencilla Dios la ama, y todos la quieren, vive llena de confianza, de valor y tranquilidad.

Sus enemigos son:

1) la vanidad, el peor peligro de la juventud.

2) La mentira.

3) La hipocresía.

La Caridad

Esta virtud nos manda:

Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos.

El mandato de amar al prójimo es un mandato nuevo dado por el mismo Cristo a sus apóstoles y en ellos a todos los católicos: «Hijitos míos, un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado».

Es un mandamiento: es decir se impone a nuestra voluntad, nos obliga.

Es nuevo: Cristo lo trajo a la tierra, y solo Él podía imponerlo a los hombres: «amad a los enemigos, haced el bien a aquellos que os hagan mal».

Es mandato de Cristo, que junto con la obligación, da la gracia para poder cumplirla.

Es mandamiento universal, alcanza a todos los hombres.

Es supremo, va unido al primero, amarlo a Él por sobre todas las cosas…

La caridad nos prohíbe el juicio temerario (tener sin fundamento serio un juicio desfavorable acerca de los actos y palabras del prójimo). El juicio temerario importa bajeza del alma, antipatía, gran ligereza, falta de justicia, de sabiduría, de rectitud.

Prohíbe también la murmuración (decir del prójimo sin necesidad un mal que es verdadero pero que no se debe divulgar), es un pecado contra la justicia, el honor, la reputación del prójimo.

Es un pecado muy extendido. Si sabemos lo que hacemos demostramos gran malicia del alma, si no lo sabemos, no por eso deja de ser grave. Si robamos dinero nos parece mal, cuanto peor es robarle la reputación a otro.

La caridad nos prohíbe la calumnia (hablar de otra persona acusándola falsamente y procurando que se difunda la acusación).

Es peor que los anteriores, culpable desde su origen, que es el odio y la envidia.

La caridad prohíbe la envidia: amor propio que quiere tenerlo todo, egoísmo que no quiere repartir con nadie, deseo de ser amado solo y sin rivales, dolor secreto del bien ajeno, alegría ruin ante sus desgracias. La envidia denota pobreza de corazón, trastorna la inteligencia y el juicio, el alma. Ha trastornado el cielo (Lucifer), y la tierra (la tentación del demonio fue por envidia a Adán y Eva).

Por último, la caridad prohíbe el escándalo, que es una acción u omisión que puede llevar al prójimo a ofender a Dios. Si el buen ejemplo empuja al bien, el malo, lleva a pecar.

La bondad

La bondad nos hace darnos a los demás sin consultar ningún interés.

Es el desbordamiento de un hombre en los demás; se puede ser caritativo, compasivo, sacrificado, pero sin tener ese perfume de amabilidad, de delicadeza que constituye la bondad.

Hay además en la bondad, una manera de darse especial, un encanto que disimula el favor, una transparencia que permite ver el corazón; el hombre bueno es el que se parece más a Dios y lo que desarma más a los hombres.

Ser buenas, es lograr la felicidad para nosotras mismas y la da a los demás.

Queremos ser amadas, seamos buenas.

La bondad es dulce, y humilde. Es indulgente e ingeniosa. La bondad es compasiva y alegre.

Debemos ser buenos en nuestros pensamientos, en nuestras obras, en todas las acciones de la vida: que ellas traduzcan la bondad del alma, sean espejo, reflejo de nuestro corazón bueno.

La alegría

Toda alma católica respira alegría, todo el cristianismo es alegre, lleva en sí la alegría de su nacimiento, de Belén…

Alegría del todo especial que produce las grandes obras de renunciamiento y sacrificio. El ejemplo nos lo dan los mártires de los primeros siglos.

Todo católico debe ser alegre: si no hay alegría algo sucede. La alegría es consecuencia de nuestra fe, de las promesas de Dios, de la esperanza que guardamos en el corazón, del amor infinito que Dios nos tiene, de las gracias sin número que nos prodiga, del destino que nos prepara.

Es una virtud que exige esfuerzo, violencia contra la propia inclinación.

La tristeza, en cambio, es mezquindad del corazón, debilidad del alma que dispone al mal.

Una joven triste es un contrasentido, no es propio de su edad, y mucho menos puede serlo por su condición de católica.

La generosidad

Virtud enérgica y valiente, imprime a nuestra voluntad la fuerza para resistir, para sufrir y obrar según el deber de cada una, según nuestra fe, según Dios. A pesar de las pruebas, del desaliento, nos lleva hacia adelante sin dejarnos abatir, sin temblar.

En algunas la generosidad puede estar ayudada por una naturaleza privilegiada, por gracias especiales, pero ante todo es una virtud que exige esfuerzos, renunciamientos y luchas.

Debemos ser generosas en el cumplimiento del deber de cada día.

¿Por qué no tenemos fuerza para cumplir el deber monótono y a veces duro de cada mañana?

Porque nos falta la presencia de Dios. Pensemos que Él nos llama y que Él es quien nos da la orden cada mañana: Haced esto hoy…y así cada mañana. Eso nos va a ayudar a ser generosos, valientes, a pesar del sacrificio, de la dificultad. Esa es la verdadera generosidad.

Ser generosos en los sufrimientos físicos y morales: el dolor es un instrumento divino que va moldeando nuestras almas.

La obediencia

En la juventud se la confunde con servidumbre, nos da miedo, porque tenemos una idea equivocada de lo que es.

No es la sumisión ciega y maquinal a un poder tiránico. ¡No! La obediencia es el dar libremente el sí de nuestra voluntad, ante una autoridad superior. Y como toda autoridad viene de Dios, en definitiva, obedecer es inclinarse ante Dios.

Ese es el verdadero concepto de obediencia; y así, lejos de encadenar la voluntad, la ennoblece, lejos de debilitarla, la fortifica, nos hace maduros, responsables.

Quiera o no el hombre debe obedecer: si no obedece a Dios, termina obedeciendo al poder, ahora sí tiránico, de sus pasiones, de sus vicios. Creyéndonos libres, somos más esclavos que nunca, porque estamos, quedamos sometidos a las cosas inferiores.

Debemos ver a Dios en la persona de nuestros superiores: padres, profesores, confesores, y a todo el que represente la autoridad divina respecto a nosotros.

Los frutos de la obediencia son: una absoluta seguridad, porque el que obedece no se equivoca en obedecer. Una dirección que podemos seguir sin vacilación, una fuerza indomable porque robustece la voluntad.