DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Quinta entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

 

Continuación…

LOS PRECURSORES DEL PADRE LACUNZA

El Padre Lacunza no inventó el sistema teológico que lleva su nombre. Su originalidad consiste, no en haber hallado en la Biblia el sentido que nadie había imaginado, sino en haber combinado en forma de sistema consistente y lógico las interpretaciones de sus predecesores judíos, jansenistas y protestantes”. (1)

Antes de suscribirnos a este veredicto algo severo del Padre Vaïsse, será bueno que examinemos atentamente las relaciones existentes entre el sistema de Lacunza y otros a los cuales se lo ha aproximado.

El Abate Morrondo, quien reivindicaba la autonomía del pensamiento de Lacunza con relación a la teología judaica, admitía no obstante algunas semejanzas entre las ideas de nuestro autor y las esperanzas mesiánicas del pueblo judío. (2)

Para explicar estas analogías, no es indispensable recurrir a las hipótesis de una copia directa. Como los rabinos, Lacunza pudo sacar su teología de los profetas del Antiguo Testamento. El jesuita debió necesariamente concordar en algunos puntos con los exégetas judíos.

Se ha pensado desacreditar el milenarismo atribuyéndole un origen judaico. ¡Como si todo el cristianismo no tuviese sus fundamentos en la religión de Israel! Se olvida fácilmente que los que escribieron el Nuevo Testamento adoptaron, al menos parcialmente, el punto de vista milenario. (3)

En cuanto a la idea fundamental del libro de Lacunza (doble advenimiento del Salvador, en humildad primeramente y en gloria después), se sabe que es esencialmente bíblica. Se la encuentra entre los cristianos de los primeros siglos, ortodoxos y heréticos, entre los católicos y entre los protestantes de todos los tiempos.

Nada de sorprendente, en consecuencia, tiene lo que se puede encontrar a la vez en el jesuita Lacunza o en el judío convertido Rabí Samuel.

Se trata, en suma, de un terreno común en teología, y resulta difícil comprender el porqué de este reproche que un crítico chileno, Vicuña Mackenna, dirigió a Lacunza: “Según el sistema, el Mesías debía venir dos veces a la tierra, y no una sola como han juzgado los cristianos. La primera sería la venida de la pasión y ésta ya se habría cumplido, según las profecías. La segunda, de la gloria, sucederá más tarde en vista de los vaticinios que el autor deduce del Antiguo Testamento, y especialmente del Apocalipsis de San Juan”. (4)

Es verdad que Lacunza relacionó con la segunda venida del Mesías muchas profecías que la exégesis tradicional aplica a la primera. En esto se aproximaba a los rabinos, que esperan todavía el cumplimiento de los oráculos mesiánicos.

En el discurso preliminar, Lacunza reprochaba a los intérpretes católicos el haber restringido a la primera venida de Cristo casi la totalidad de las profecías bíblicas, no dejando nada, o casi nada, para la segunda.

Él creyó dar una prueba de equidad hacia Israel al reconocer francamente que la mayor parte de las profecías mesiánicas (todas las que tienen por objeto el Reino) esperan todavía su cumplimiento.

Mucho antes de Lacunza, Jean-Pierre Polier ya había escrito: “Sabemos que algunos han trabajado para llevarlos [a los judíos] a Cristo, pero… he notado también que han expuesto mal diversas profecías, y que tenemos el deber de justificar el real y pleno cumplimiento en el primer tiempo de su advenimiento, donde no hubo más que un ligero comienzo de muchas cosas, como la vocación de los gentiles… Luego, los profetas del Antiguo Testamento que hablan del asunto, consideran para la mayor parte el pleno y perfecto cumplimiento de lo que fue prometido para la época de su llamado, y para su segunda venida. Y los que se imponen el deber de justificar su pleno y perfecto cumplimiento en el primer tiempo se engañan, y las rechazan, porque ven bien que las cosas no pueden ser presas de la suerte. Y como estos pobres ciegos esperaron bajo el reino de su Mesías un estado maravillosamente glorioso y floreciente, el cual no han visto en el primer advenimiento, he creído que la única manera de librarlos de este escrúpulo es haciéndoles conocer por los profetas mismos, que ellos nos hablaron de dos reinos, y de dos advenimientos de Cristo, y que ese estado glorioso y floreciente de Cristo no nos fue prometido sino para su segundo reino, y para el tiempo de su llamado después de la abolición del anticristo”. (5)

Se ha visto que Lacunza se inspiró en el mismo literalismo que el rabino Aben-Ezra. También rechaza la interpretación tradicional de la cuarta monarquía (Daniel, 2) como el Imperio Romano.

Sobre este punto, igualmente, había sido precedido por Aben-Ezra. Lacunza reunió a Babilonia y Persia en una sola monarquía, de la cual hizo la primera. De este modo, Grecia constituyó la segunda, Roma la tercera y los bárbaros la cuarta.

La concordancia entre Aben-Ezra y Ben-Ezra (Lacunza) se limita a esto: los dos se niegan a aplicar a Roma lo que Daniel dijo acerca de la cuarta monarquía. Dudo que Lacunza haya leído el comentario de Aben-Ezra, pero debió conocer el punto de vista de ese rabino por intermedio de Juan de Maldonado. (6)

Hay otro punto sobre el cual la interpretación de Lacunza está más de acuerdo con los autores judíos que con los exégetas católicos. Para éstos la piedra que debe golpear y pulverizar la estatua metálica de Daniel 2, representa el reino espiritual del Mesías, inaugurado en el momento de su primera venida. Para Lacunza, como para la mayor parte de los exégetas judíos o protestantes, se trata indudablemente del reino que el Mesías establecerá cuando aparezca con gloria y majestad. (7)

Entre los antepasados espirituales de Lacunza se ha citado al abate Joaquín de Flora. Aunque Lacunza es literal y Joaquín es alegórico, ambos tienen en común el deseo de permanecer dentro de la ortodoxia católica y el interés en el libro del Apocalipsis. En las interpretaciones de las profecías de ese libro hay semejanzas en la escatología de Lacunza y la de Joaquín. No puede decirse, sin embargo, que Lacunza fue joaquinista.

También se trató de asustar a los lectores de Lacunza acusándolos de sostener ideas luteranas y calvinistas. Pero de este cargo, tuvo influyentes defensores.

El jansenismo fue otra fuente atribuida a la obra de Lacunza, debido a interpretaciones suyas del Apocalipsis que se parecían a las de ciertos discípulos de Jansenio. Pero estas similitudes son más bien coincidencias.

Notas:

(1) Emilio Vaïsse, El lacuncismo, pág. 17, nota 14. El presbítero chileno Urzúa ha defendido la tesis de la originalidad absoluta de Lacunza en un artículo de La Nación de Santiago, aparecido el 15 de junio de 1928.

(2) Cristino Morrondo Rodríguez, La proximidad de la catástrofe del mundo y el advenimiento de la regeneración universal, Jaén, 1922, pág. 194.

(3) “La distinción de las dos etapas en la introducción del reino mesiánico pertenece a la tradición apocalíptica y se funda en una combinación de antiguas profecías” (Alfred Loisy, Études Bibliques, pág. 280, 3ª ed., 1903).

(4) Vicuña Mackenna, en la Revista de Buenos Aires, 1871, tomo 24, pág. 95. Véase también lo que escribió Jorge Huneeus Gana en Cuadro Histórico, pág. 53, Santiago, 1910, respecto de la obra de Lacunza: “Con razón movió tan largo debate entre los escritores teólogos católicos, que no podían mirar impasibles que se tratara de probar con la misma Biblia y los evangelios que el Mesías debía venir por segunda vez a la tierra. Esta teoría del jesuita chileno, que en el fondo vino a resucitar la antigua doctrina de los milenarios, está sostenida con ingenio agudísimo, con elocuencia elegante y con erudición asombrosa”.

(5) Jean-Pierre Polier, Lavenue du Messie, Lausana, 1666, en el prefacio.

(6) Juan de Maldonado, S.J. (1536-1583), Commentarii in Propheta Jer., Bar., Ez., Dan., París, 1610. Maguncia, 1611. Aben-Ezra, Biblia Hebraica Rabbinica, Venecia, 1526, 1549,1568, 1617; Basilea, 1619 (Grecia y Roma, tercera monarquía; Islam, 4ª).

(7) Oecolampadius, In Dan., Ginebra, 1558, pág. 31; 1567, págs. 26, 27. Pierre Jurieu, Accomplissement des Prophéties, tomo 1, pág. 213, 3ª ed.

REACCIONES ANTE LA OBRA DEL PADRE LACUNZA

Acogida y polémicas en Italia

Se ha dicho, y con razón, que los anales de la bibliografía no registran muchos libros que hayan tenido la misma suerte que el de Lacunza, La venida del Mesías en gloria y majestad.

Pocas obras religiosas han suscitado tanta curiosidad, provocando viva admiración en unos y ardiente oposición en otros.

Agier ha reproducido una nota biográfica sobre Lacunza, recibida de Italia, pero sin darnos a conocer el nombre de su autor. Éste, que había escuchado en Milán la lectura del trabajo de Lacunza, no ocultaba su admiración hacia él, y declara haberse valido del testimonio de dos sabios religiosos: Ramón Ximénes, nacido en 1743, y Luis Carrillo y Sotomayor (1744-1822).

El jesuita Juan Crisóstomo de Aguirre Aséndigue, fallecido en 1808, fue uno de los primeros en combatir a su cofrade.

Bestard tuvo oportunidad de leer una carta dirigida a un personaje de Madrid, en marzo de 1800, cuyo autor, que aprobaba la obra de Lacunza, se veía obligado a admitir que la generalidad de los teólogos españoles que se encontraban en Italia no le eran favorables.

Lacunza encontró un serio adversario en Toribio del Caballín. Este jesuita español nacido en 1728, que no había leído sino un bosquejo de la obra de Lacunza, se apresuró a refutarlo en castellano. José Valdivieso, por su parte, hizo notar que el extracto utilizado por Caballín no había sido reconocido como suyo por Lacunza, y le hizo llegar una traducción en castellano, abreviada, hecha según un manuscrito latino. (1)

Caballín persistió, y escribió una nueva refutación. Dos jesuitas de la provincia de Quito, Ecuador, José Valdivieso (1735-1828) y Ramón Viescas (1731-1799), tomaron la defensa de Lacunza. Sus escritos circularon mucho tiempo bajo la forma de copias manuscritas que luego fueron publicadas en México. (2)

En una carta fechada en Sevignano el 7 de noviembre de 1814, el canónigo Manuel de Lubelza Sánchez de la Vega (1751-1832) agradece a Valdivieso por el placer que éste le proporcionó con la lectura de “nuestro buen Lacunza”. Según sus propios términos, estaba maravillado, arrebatado y aturdido. Felicita a Valdivieso por su apología.

Ramón Diosdado Caballero (1740-1830) escribió desde Rímini a Pedro Rodríguez (nacido en 1735), profesor del Colegio de Córdoba del Tucumán, Argentina, antes de la expulsión, y presbítero en Rávena, Italia, después de la misma, para manifestarle la viva admiración que le había producido la lectura de la obra de Lacunza. Le pedía insistentemente informaciones acerca de la vida y muerte de ese hombre incomparable. Se lamentaba de que, habiendo estado varias veces en Ímola, no había conocido a ese autor; hubiera querido besar, de rodillas, la mano que había escrito cosas tan sublimes. América, decía, ha dado al mundo un ángel que ha abierto un nuevo camino para favorecer el conocimiento de las Escrituras en general, y especialmente del Apocalipsis.

El jesuita chileno Pedro Sánchez, nacido en 1733, se dirigió a Valdivieso (Ímola, 26 de junio de 1801) para comunicarle la noticia del deceso de Lacunza. Muy sensible ante esta desgracia, sentía no poder presentar a Lacunza mil preguntas acerca de las Santas Escrituras. Pero dice tener algo de consuelo pensando en que si Dios se había llevado a Lacunza, dejaba a Valdivieso.

Recordaremos que el mexicano Narciso González había hecho preceder los dos primeros volúmenes de su traducción latina de la obra de Lacunza por un elogio en forma de carta dirigida al autor, y firmada por Christophilus Thocaltichenus. (3)

Esta carta fue reproducida en el comienzo de la edición de Londres, de 1816. Nuestro traductor había leído la obra que Ben-Ezra le hiciera llegar, obra que aún no había obtenido las opiniones favorables de los teólogos destacados. Añade que, imbuido como estaba de los errores corrientes, se había visto obligado a inclinarse ante la pura doctrina bíblica y que no le quedaba duda alguna.

Todo lector imparcial, dice, le dará la razón a Lacunza. Los que lo condenan lo hacen por ignorancia: son ciegos que conducen a otros ciegos. Conjetura que tal vez los judíos mismos lleguen a convencerse, después de haberlo leído, y que todos los cristianos se regocijarán por igual en la espera del Rey que viene.

La Biblioteca Nacional de Buenos Aires conserva copias de dos cartas del jesuita Joaquín Camaño y Bazán (1737-1820), quien no había leído más que la mitad del primer tomo de La venida.

La prolijidad del autor, dice, y el poco respeto que mostraba hacia los Padres de la Iglesia, lo habían desanimado y hecho renunciar a la lectura. Camaño rechaza el milenarismo, y la noción de un anticristo colectivo le parece una herejía. Estaba convencido de que la obra no sería impresa si el examen quedara a cargo de teólogos concienzudos. Y si llegase a ser publicada, los clamores del episcopado y de las órdenes religiosas la sacarían inmediatamente de circulación. Otros jesuitas “echaron pestes” –tal es la expresión de Camaño– contra la obra de Lacunza.

El más moderado, Domingo Muriel (1718-1795), había expresado su opinión en una carta. Declaraba que las ideas de Lacunza coincidían con las del nuevo Papías prohibido, vale decir, con Zoppi.

Según Camaño, José Guevara (1719-1806) nunca quiso leer a Lacunza. Añade que uno o dos chilenos acusaron a Lacunza de desvergüenza intelectual.

Otro jesuita había escrito a un amigo, diciéndole que la obra “infame” contenía 129 proposiciones erróneas.

Finalmente el gran Zacarías escribió al autor una carta de fuego reprobándole el querer salir al público con esa novedad: dicen que escribió así por mal informe, sin haber leído la obra. (4)

La nómina de las refutaciones y los ataques de que fue objeto la obra de Lacunza debe incluir también los siguientes trabajos: el del ex jesuita Agustín Martínez (1725-1787), mencionado por Bestard; un estudio anónimo en latín que se conserva en el Colegio de Stonyhurst (5); la obra de Segundo Heredia y Río (1777-1849) (6); y una refutación en italiano del franciscano español José Vidal y Galiana. (7)

Desde los primeros años del siglo XIX, la atención de algunos jansenistas se dirigió hacia la obra de Lacunza. El 12 de febrero de 1807 el Padre Pujati escribió desde Praglia al Padre Gregorio Suardi (1729-1809), para decirle que esperaba con impaciencia un resumen de la obra del jesuita americano que debía enviarle el Padre Camillo Varisco.

Antonio Codronchi (1748-1826), Arzobispo de Rávena y luego limosnero mayor de Napoleón en Milán, prestó la obra a Paolo Lamberto D’Allegre (1751-1821), Obispo de Pavía.

Pujati recibió el resumen esperado, pero éste no lo convenció. Más tarde, dedicó un capítulo a la refutación de Lacunza en su obra sobre el milenarismo moderno. (8)

La defensa del Padre Lacunza y del milenarismo fue tomada por otro jansenista, el Abate Luigi Giudici (1758-1835). El Abate Eustachio Degola (1761-1826) asignó a Lacunza un lugar honorable, al lado de los jansenistas Du Guet, Asfeld, Etémare, Joubert, Houbigant, Lambert y Agier. (9)

Jean Emmanuel (1799-1861), en una carta de Pavea del 12 de julio de 1854, nombra a sus maestros en exégesis: los mismos autores jansenistas, y la lista termina con el nombre de Lacunza.

El abate Giovanni Battista Vertua (1784-1855) había combatido el milenarismo. Pero se dejó ganar, él también, por las ideas de Lacunza, motivo de alegría para Emmanuel, que pudo escribir: “En Soresina, tenemos el venerable cura Vertua, del cual Ud. me pidió noticias. Vive aún, y está trabajando en una nueva edición de su Scienza Eminente di Gesù Cristo, con agregados importantes; entre otros, uno bastante largo sobre la opinión milenaria y sus concomitancias. Expone el argumento usado por Lambert, Lacunza y Agier”. (10)

Giuseppe Bayma (1816-1892), profesor del Seminario de Bertinoro (Forlí), puede figurar también entre los discípulos de Lacunza. (11)

Notas:

(1) A. F. Vaucher, “Un extracto de la obra del P. Lacunza”. Revista Chilena de Historia y Geografía, Santiago, No. 94, 1939, págs. 181, 182.

(2) Discursos varios en defensa de Juan Josafat Ben-Ezra, México, 1824.

(3)Teocaltiche, 75 km al ENE de Guadalajara.

(4) Carta de Camaño, del 29 de enero de 1793, publicada por Ricardo Victorica, Gaceta del Foro, págs. 217, 218. Buenos Aires, 30 de septiembre de 1928.

(4) Francisco Antonio Zacarías (1714-1795).

(5) Confutatio libri, cui titulus La venuta del Messia in gloria e maestà, ms.in-fol. 12 páginas.

(6) Segundo Heredia y Río, Allocutio ad litteratos adversus millenariorum moderatorum systema. Roma, 1827, 1828.

(7) La venuta del Messia in gloria e maestà, Roma, 1834, 2 volúmenes.

(8) Pujati, Esame de la opinione dai moderni millenari catt. riprodotta e difesa, Venecia, 1814, págs.100-108.

(9) Saggio di osservazioni sulla chiave dell Apocalisse (CódiceVaticano No. 13, 136 págs. 41, 42, 49).

(10) Carta al jansenista francés Ambroise Guélon (1796-1866), 12 de septiembre de 1853.

(11) Bayma, I settari moderni. Trattenimenti storico-profetici dell’anno 1856, ms. Curia vescovile di Bertinoro, 256páginas.

Reacciones ante la obra de Lacunza en Francia

Vendrá en majestad y gloria”, dijo el padre Bernard Lambert-Laplaigne hablando de Jesucristo. (1)

Como Lacunza, Lambert recomienda el estudio de las Escrituras y elogia igualmente su interpretación literal. Anuncia la apostasía de los gentiles, y la conversión y restauración de los judíos.

No se puede establecer con certeza un lazo de dependencia de Lambert a Lacunza. Pero estos dos teólogos, uno jesuita y el otro dominicano y jansenista, deben ser considerados como los más ilustres representantes del milenarismo católico moderno. Lambert se basó en el protestante Daniel van Breen y en el jansenista Michel Pinel.

El abate Grégoire hace alusión a la obra de Lacunza por primera vez en una carta a Eustachio Degola (París, 14 de julio de 1807): “El señor D’Allegre tiene la bondad de hacer copiar para mí un manuscrito interesante concerniente al retorno de los judíos. Tengo el primer volumen”. (2)

El 11 de agosto, Grégoire escribió a Degola, desde Sarcelles: “El señor Bary, que está aquí, me ha traído muchas noticias de Turín y de Milán, y además el primer volumen de una obra sabia y grande intitulada Messiae adventus cum gloria et majestate (La venida del Mesías con gloria y majestad), cuyo manuscrito original fue prestado al señor D’Allegre, nuevo Obispo de Pavía; ese prelado tuvo la bondad de hacérmelo copiar por entero”. (3)

Fue el abate Grégoire quien puso a Agier en contacto con el libro de Lacunza. El 24 de diciembre de 1810, Agier escribió de París a Degola: “Hace varios meses que estoy con la obra de Lacunza intitulada Messiae adventus cum gloria et majestate. La he leído dos veces; he hecho un extracto, y actualmente estoy escribiendo un análisis. Es una obra preciosa” (4)

El análisis apareció en 1818. El antiguo oratoriano Jean-Louis Rondeau (1759-1832), secretario de Grégoire, había prestado el análisis a Louis Bridou, fallecido en 1822; éste se lo había devuelto con una cartita fechada el 10 de septiembre de 1818, y un manuscrito de cuatro páginas donde se oponía al sistema de Lacunza, expuesto por Agier. (5)

Agier pone a Lacunza a la altura de Du Guet, Mérault y Joubert. (6)

La aparición del análisis de Agier fue seguida de una obra de Louis Silvy acerca de las profecías. Apropósito del restablecimiento de Israel, Silvy decía: “Se ha encontrado casi palabra por palabra ese razonamiento en el padre Lacunza”. (7)

Agier inició en la lectura de Lacunza a un amigo de Silvy, Jean-François Jacquemont. En una carta del 28 de mayo de 1824, Jacquemont escribió: “En cuanto al Apocalipsis del señor Agier, he encontrado en él grandes bellezas y grandes defectos… No dejo de admirarme de que él y Lacunza, su guía, hayan tenido tanta luz sobre los últimos tiempos”. (8)

Escribiendo a un sobrino, Sauveur Jacquemont (1793-1874), el viejo jansenista, mencionando las obras de Agier, agregó: “Si quieres ver también la del jesuita Lacunza, quedarás sorprendido por las ideas que la lectura de los profetas, y sobre todo de Daniel, le dieron acerca de los acontecimientos que esperamos”. (9)

¿Es a Lacunza –no nombrado– a quien Pierre Lachèze debe la idea del futuro restablecimiento de los sacrificios? “Acontecerá en ese tiempo como en los comienzos del cristianismo, en que los judíos mezclaban los sacrificios de la ley en el templo de Jerusalén con la observancia de la nueva ley aportada por Jesucristo”. (10)

Una de las interpretaciones más originales y más discutibles de Lacunza –la de las cuatro bestias de Daniel 7– ha sido adoptada por Pierre-François Delestre-Boulage. (11)

El abogado Antoine Madrolle no ocultaba su admiración por Lacunza, a quien asociaba con Lambert. (12)

J. André Pezzani (1818-1877), abogado en la corte imperial de Lyon, conocía el “libro notable” de Lacunza, al cual se acercaba en más de un aspecto. (13)

Entre el clero católico de su época, Gabriel Gras no era el único que se inclinaba al milenarismo: “Después de numerosos viajes, y ayudados por el conocimiento de muchas lenguas, nos hemos convencido de que en Francia, Italia, España, Inglaterra, Alemania y Polonia, el número de sacerdotes católicos y de fieles fervientes que admiten ese reino de Nuestro Señor sobre la tierra como una opinión bastante probable, y aun más probable que la opinión común, es mayor de lo que parece y de lo que se piensa generalmente”. (14)

Tenemos otro discípulo reconocido de Lacunza en Philippe-Auguste de Lambilly. Éste hace figurar a Lacunza en una lista de partidarios del reino futuro de Cristo, junto a Campanella, Ribera, Vieira y Agier. (15)

El pastor Antonio Antomarchi se ha esforzado porque el público protestante de habla francesa adopte las ideas escatológicas de Lacunza. (16)

Notas:

(1) Bernard Lambert-Laplaigne (1738-1813), Exposé des prédictions et des promesses faites à l’Église pour les derniers temps de la Gentilité, 11, pág.107. París, 1806.

(2) Ver Angelo De Gubernatis (1840-1913), Eustachio Degola, pág. 332. Florencia, 1882.

(3) Ver Pietro Savio, Devozione di Mgr. AdeodatoTurchi alla Santa Sede pág. 443. Roma, 1938. Autógrafo en los Archivos del Vaticano.

(4) Archivo Manzoni, Milán.

(5) Archivo Port-Royal, París. Véase una refutación de Lacunza en Dissertation sur l’avènement glorieux de Jésus-Christ. París, 1827.

(6) Pierre-Jean Agier, Commentaire sur l’Apocalypse, I, pág. LIX. París, 1823.

(7) Louis Silvy (1760-1847), Discours sur les promesses renfermées dans les Ecritures, et qui concernent le peuple d’Israël, pág. 59. París, 1818.

(8) François du Jacquemont (1757-1835), carta citada en un manuscrito anónimo: Réponse á quelques observations anciennes et nouvelles de M. Silvy sur le commentaire de M. Agier.

(9) Carta del 8-3-1830, en Eugène de Jacquemont, Une âme de Janséniste. François Jacquemont, pág. 393. Lyon, 1914.

(10) Pierre Lachèze, Le Retour des Juifs, pág. 329. París, 1846.

(11) Méditations religieuses et prophétiques, pág. 382 Tolosa, 1840. (2ª ed., págs. 457, 458.)

(12) Antoine Madrolle (1792-1861), La Grande Apostasie, pág. 285. París, 1850.

(13) Le Règne de Dieu, págs. 97-100. París, 1860.

(14) Gabriel Gras (1816-1895), De la venue glorieuse de Notre Seigneur Jésus-Christ, pág. 9. Niza, 1878.

(15) L’Église et les Prophètes, pág. 8, Nantes, 1868, II.

(16) Ben Ezra, 1934, 1963

Continuará…

 

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