
Señor, tú que conoces lo que ha sido mi vida,
–que hoy más que una llegada es una despedida–,
que llevas el conteo de todos mis cabellos
y guardas el futuro tras poderosos sellos,
que desde que me viste juguetear en la cuna
sabías que a mi infancia le seguiría una
procesión de zozobras y de contradicciones,
de lucidez y aciertos, de malas decisiones,
tú que has estado al tanto de todas mis caídas
–las que te han provocado tantísimas heridas–
por incumplir tus leyes, por eludir tus pasos,
que me has visto lidiando con triunfos y fracasos
y a pesar de mis faltas y habituales errores
siempre me has respondido con consuelos y amores;
tú que me has observado renquear como cristiano,
–que es cuando me has tomado más fuerte de tu mano–,
eludir tu presencia y olvidar tu sagrario
y esquivar esas cruces que abruman a diario,
tú que a fondo conoces mis íntimos detalles,
mis más altas colinas y mis profundos valles,
quiero pedirte que ahora que marcho hacia el ocaso
tengas misericordia de este breve repaso
de humanas decepciones que a través de los años
me han hecho tambalearme sobre rotos peldaños.
Perdóname. Ya es hora de entregarte mi vida
con la paz del que acaba su misión bien cumplida.
Renuncio a mi pasado y aspiro a tu futuro
como quien suelta un fardo para brincar un muro.
Toma, Señor, mi alma, entre tus santas manos
y ayúdame a ser otro de tus fieles cristianos,
aquellos que te siguen sin mirar hacia atrás
confiados en que un día estarán donde estás.
Que vencida la carne, que vencida la muerte
me quede el infinito para poder quererte.
