LORENA VAZQUEZ-COLGADA DE TU MANO

Qué tristeza siente el alma cuando uno pierde la gracia; en cuántas ocasiones caemos en desgracia; cuánto dolor encuentra nuestro corazón al saber que muchas veces, por debilidad o por la causa que sea, perdemos ese divino tesoro.

Trato de recordar algún momento en esta vida que me haya generado alguna pequeña imagen de lo que se siente; buscando y revolviendo recuerdos pasados creo que le encontré una pequeña similitud. Cuando era pequeñita y mi madre me dejaba en la escuela, esa angustia de alejarme de ella, que era mi seguridad, mi cobijo, el amor en una persona, yo la veía irse; y yo allí paradita, observándola alejarse de mi… Esa sensación se parece en algún punto, y salvando las distancias, a esta sensación de perder la gracia, ver cómo mi alma se queda sola, se queda sin el cobijo, se queda sin el Amor…

Si las pérdidas humanas nos provocan este vacío, y sabemos que no dependen de nosotros el mantenerlas con vida, conservarlas a nuestro lado, si nos acercan a este sentimiento tan grande de vacío, cuánto más a cuando perdemos la amistad de nuestro Amado, exponiéndonos a la posibilidad de no verlo, de no tenerlo, de no poder estar a su lado por toda la eternidad.

¿Qué hacer, si tenemos la triste caída que nos separa de Nuestro Amor, si caemos en ese abismo de no tener más su amistad? En ese momento, ¡pedir alas y volar para recuperarlo! Pedir al dolor que le parta el corazón en millones de pedacitos por haberle apartado de Nuestro lado, llorar amargamente por devolverle mal a Quien sólo nos da bienes, y con humildad pedir perdón, pedir perdón por Amor, suplicar por tanta ingratitud. Sabernos débiles y poquita cosa, pero a la vez grandes porque Él nos hace grandes, ¡porque nuestras almas valen su Bendita Sangre! Volar completamente a buscarlo, a recuperarlo, a tomar su mano para quedarnos allí asidos con fuerza.

Señor, mi amado bien, ¡cuántas veces he caído, me he desalentado, me he sentido tan ingrata por no responder con amor a tus gracias!, ¡cuántas veces he arrastrado mi alma en el barro del pecado poniendo en riesgo el perderte a Vos! ¡Cuántas veces he sido yo en ese Calvario clavando tus pies y manos, traspasando tu costado, siendo uno de tus verdugos…! ¡Cómo me duele, Señor, cómo me pesa! Mis lágrimas no alcanzarían nunca para llorar tantos olvidos, tantos desprecios, tanto desamor…

Pero Tú, Señor mío, Tú siempre recibes mi corazón en tus manos, siempre me esperas, siempre me llamas, siempre me perdonas… Por esto y tanto más eres el Amor hermoso, el Amor de los amores.

Toma mi mano, Señor; es pequeñita y débil, pero tómala con fuerzas como cada día lo has hecho, yo me aferraré fuertemente a la tuya; y ahí me quedaré. Y si dices que me quede colgada de ella, colgando de ella permaneceré…

Gracias Señor por tu Amor, por tu Misericordia, gracias por ser mi Señor, mi Dueño, mi Rey, mi Padre, mi Dios.