MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA
Hoy nos encomendamos a:
SAN CONRADO DE PARZHAM (1894 p.c.)
En su aspecto exterior, la vida de este humilde hermano lego capuchino no tiene nada de romántica. Nació en el pueblecito bávaro de Parzham. Sus padres eran piadosos y sencillos, pero no demasiado pobres; Conrado fue el noveno y último de sus hijos. Desde los primeros años se distinguió por su laboriosidad y su gran devoción a la Madre de Dios. Después de la muerte de sus padres, ingresó en el convento de los capuchinos, cuando tenía treinta y un años. En 1852 hizo los votos solemnes. Poco después, sus superiores le enviaron a Altótting, sitio famoso por el santuario de Nuestra Señora.
Durante cuarenta años ejerció ahí el santo el oficio de portero. La abundancia de peregrinos le proporcionaba mil oportunidades de practicar la caridad, la paciencia, el tacto y el celo apostólico. Plenamente unido con Dios y olvidado de sí mismo, San Conrado se distinguió, en efecto, por la práctica de esas virtudes. Poseía el don de leer en los corazones y, en algunas ocasiones, predijo acertadamente el porvenir.
Consumido por el trabajo, enfermó gravemente en 1894 y murió el 21 de abril del mismo año. Tal vez el mejor testimonio sobre la excepcional virtud de San Conrado sea que, aunque su proceso de beatificación se vio interrumpido por la guerra de 1914-1918, fue canonizado en 1934, apenas cuarenta años después de su muerte.
Vida de los Santos
Alban Butler

