HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Cuadragésima entrega

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EL JANSENISMO

Nos toca tratar aquí de la gran herejía de esta época, Mas antes de discurrir sobre el jansenismo propiamente tal, preciso es decir unas palabras acerca de Bayo y de su doctrina.

MIGUEL DE BAYO, MAESTRO LOVANIENSE

1. Planteamiento del problema. El misterio de la gracia divina y de la libertad humana atormentó siempre a Lutero, y fue uno de los más fundamentales en que erró lamentablemente el heresiarca, al atribuir en el problema de la salvación todo a la acción de Dios y nada absolutamente al libre albedrio. Es verdad que tales cuestiones venían de tiempo atrás inquietando a teólogos y filósofos, mas no se puede negar que Lutero las planteó con inusitado vigor y trató de resolverlas con tajante decisión, que hirió las mentes de muchos, dando al pavoroso problema tremenda actualidad.

La Universidad de Lovaina, florentísima por la protección que le dispensaron Carlos V y Felipe II, situada en excelente posición geográfica internacional y muy concurrida de alumnos de toda Europa, había sido de las primeras que abrieron sus puertas al humanismo; a un humanismo de tipo erasmiano, que quería abrazarse con la teología, allí intensamente cultivada, pero combatiendo los excesos de la escolástica, demasiado razonadora, y promoviendo la restauración de la ciencia sagrada por el estudio positivo de la Biblia y de la antigüedad cristiana. Alzándose esta Universidad en los Países Bajos, donde repercutieron desde primera hora todas las inquietudes protestantes, se explica que el problema de la gracia y de la libertad se plantease muy pronto, y con apasionamiento, en sus aulas.

Desempeñaba por entonces el cargo de canciller aquel insigne teólogo y apologeta de la fe contra los luteranos Ruardo Tapper, el cual salió en seguida en defensa de la libertad humana, amenazada, mientras otros profesores católicos preferían ensalzar la acción de la gracia.

Mientras Tapper se hallaba ausente de Lovaina por haber ido al concilio de Trento en representación de la Universidad, un profesor llamado Miguel de Bay (1513-1589), en latín Baius, reunía en torno de su cátedra a numerosos discípulos, a quienes entusiasmaba con sus nuevos métodos y doctrinas, criticaba severamente el método escolástico, diciendo que había que exponer el dogma en sus fuentes puras, sin tener en cuenta las aportaciones con que lo habían recargado los escolásticos medievales; sólo así la auténtica teología católica se haría aceptable a los protestantes.

Tal vez no hubieran ocasionado gran alboroto tales afirmaciones, cien veces repetidas por Erasmo y otros humanistas, si bajo ese método no hubiera esparcido Bayo doctrinas verdaderamente peligrosas y erróneas.

Menospreciando a Santo Tomás, y a los escolásticos, buscaba el dogma puro en la Sagrada Escritura y en los Padres antiguos, de los cuales su favorito era San Agustín. La doctrina del Doctor de Hipona sobre la gracia la interpretaba Bayo muy rigurosamente en un sentido muy afín al de los protestantes.

Considerando al hombre en su estado primitivo de justicia original, adornado con el don de la integridad y de la gracia santificante, Bayo negaba que esos dones fuesen preternaturales o sobrenaturales, sino que se le debían al hombre por razón de su naturaleza y, por tanto, los méritos del hombre en ese estado no debían llamarse gracia.

En este primer estadio de la cuestión, la doctrina de Bayo, como se ve, es de un optimismo que casi podría decirse pelagiano. Pero luego, considerando al hombre en el estado de naturaleza caída, después del pecado original, Bayo se resiente de un pesimismo casi luterano, pues afirma que la voluntad está tan esclavizada por el pecado original y por la concupiscencia —la cual para él es pecado formal—, que ya no tiene fuerza sino para el mal, y todo cuanto obra es pecado.

Consiguientemente, considerando al hombre en estado de naturaleza caída, pero ya reparada por Cristo, asevera que todo lo bueno que hace el hombre se debe solamente a la caridad teológica, sobrenatural, y todo amor que no sea sobrenatural es vicioso.

Incurrió además en otros errores; v. gr. al afirmar que solamente la violencia externa, no la necesidad interna, está reñida con la libertad natural del hombre; que de suyo no hay pecado venial, pues todo pecado merece la pena eterna; que puede darse caridad perfecta sin remisión del pecado, etc.

2. Primeras disputas en Lovaina. Al regresar del concilio Ruardo Tapper no pudo menos de alarmarse viendo las nuevas ideas que corrían por la Universidad, y se esforzó por ponerles un dique. Aunque, además de canciller, era inquisidor general de Flandes, no quiso emplear otros medios que los de la persuasión. En vano. A fin de reprimir el bayanismo, que se introducía en ciertos conventos, los franciscanos de Ath y de Nivelles entresacaron 18 proposiciones y las remitieron a la Facultad Teológica de París, la cual las censuró en 1560 como heréticas, falsas o por lo menos malsonantes. Bayo y los suyos las defendieron con textos de San Agustín. Pidieron los contrarios la ayuda del cardenal Granvela, primer ministro de Margarita de Parma, gobernadora de Flandes, y el cardenal obtuvo de Pío IV un breve por el que se imponía silencio a ambas partes.

La tranquilidad duró mucho tiempo. El cardenal Commendone, nuncio pontificio en Lovaina, les persuadió a las autoridades españolas que debían enviar a Bayo, junto con su amigo Hessels, al concilio de Trento en su tercera convocatoria. Así se hizo, con la esperanza de que el trato con los grandes teólogos tridentinos les haría modificar sus ideas. En esta tercera etapa del concilio no se agitó ninguna de las grandes cuestiones dogmáticas, no se habló una palabra de la gracia, del pecado original o de la libertad, y los dos lovanienses volvieron con sus opiniones intactas.

Aunque Bayo tenía prohibición de publicar sus teorías, hizo imprimir en 1563 ciertos opúsculos acerca del libre albedrío, de la justicia y la justificación. Ruardo Tapper había muerto, y el bayanismo se iba abriendo camino en la Universidad, teniendo ya de su parte a la mitad de los doctores.

Uno de los adversarios, Josse de Ravensteyn (Jodocus Tiletanus), por mediación del teólogo agustino Lorenzo de Villavicencio, logró llegar hasta Felipe II, y, por efecto de la intervención real (noviembre de 1564), varias proposiciones de Bayo fueron condenadas por las Universidades de Alcalá y Salamanca.

3. Condenación de la doctrina de Bayo. El mismo rey pidió al romano pontífice una decisión autoritativa. Esta no se dio hasta que subió al trono pontificio San Pío V, que, siendo inquisidor general, había entendido en la causa de Bayo. Después de pedir el parecer de varios teólogos, expidió la bula Ex omnibus afflictionibus (1º de octubre de 1567), por la que condenaba 79 proposiciones sacadas de los opúsculos de Bayo.

En atención a la fama de piedad y de ciencia de que gozaba Bayo, se omitió el nombre de éste en la Bula. La publicación del documento pontificio se hizo delante de los maestros de teología de la Universidad lovaniense, y todos, con el mismo Bayo, se sometieron humildemente.

Era tenido Bayo por hombre obediente a Roma, enemigo de los herejes y tan piadoso, que celebraba misa todos los días; mas a principios de 1569 escribió al papa diciendo que de las proposiciones condenadas, 30 eran ciertamente suyas, pero no censurables, porque estaban sacadas de la Escritura y de los Padres de la Iglesia. Respondió San Pío V confirmando su Bula e imponiéndole silencio absoluto.

La obediencia de Bayo no fue perfecta, pues al exigirle una abjuración el vicario general, se empeñó en defenderse, alegando que la misma Bula de San Pío V afirmaba poderse defender algunas de sus proposiciones. Aquí tiene su raíz la controversia sobre el Comma Pianum, pretendiendo algunos amigos de Bayo que en el texto de la Bula —que no llevaba ninguna interpunción— debía ponerse una coma después de la palabra intento y no después de la palabra possent. Pero ni el sentido natural del contexto ni los adjuntos históricos permiten interpunción semejante.

Insistía Bayo en que su doctrina era la de San Agustín y de la Escritura. El duque de Alba gobernaba con su rigor bien conocido las provincias de Flandes, y, temiendo brotasen nuevas herejías, suplicó al concilio provincial de obispos reunidos en Malinas (1570) se obligase a todos los doctores de la Universidad a subscribir la Bula pontificia y aceptar la condenación de las 79 proposiciones. Se quitaron de manos de los alumnos los libros en que se defendían aquellas doctrinas, y el mismo Bayo prometió someterse plenamente (1571).

Que seguía gozando de buena fama se ve por el hecho de que en 1575 fuera nombrado canciller de la Universidad. Con todo, el bayanismo no estaba extinguido, y un jovencito y brillante profesor que se llamaba Roberto Belarmino, y que enseñaba teología en el colegio de los jesuitas, impugnaba valientemente la doctrina bayana.

En cierto discurso público sostuvo Bayo la teoría de que la jurisdicción de los obispos procede directamente de Cristo, no del papa, y que la infalibilidad no se puede deducir de aquel texto: Ego autem rogavi pro te, ut non deficiat fides tua (Lc. 22, 32). Sin duda, lo que pretendía con estas opiniones era mermar la autoridad del sumo pontífice, que había condenado su doctrina.

Como surgiesen continuamente nuevas disputas, creyó necesario Gregorio XIII proceder con mayor severidad. Por eso mandó se publicase solemnemente la Bula de San Pío V, no promulgada antes sino ante los doctores de Lovaina. El portador de la nueva bula Provisionis nostrae (29 de enero de 1580) era el célebre teólogo español Francisco de Toledo, S. I., profesor del Colegio Romano y luego cardenal, de quien dijo Gregorio XIII al duque de Baviera que era indiscutiblemente el hombre más docto de su tiempo. Traía juntamente el encargo de hablar con Bayo y hacerle abjurar sus errores. Y con tal destreza, moderación y suavidad lo realizó, que el que hasta entonces se había mostrado pertinaz y apegado al propio juicio confesó sinceramente que estaba equivocado y que anatematizaba sus errores en el mismo sentido en que los anatematizaba el romano pontífice.

Lleno de admiración, declaró Toledo que nunca había visto tanta humildad unida a tanta erudición.

De la sinceridad de Bayo no se puede dudar. Gregorio XIII le manifestó su paternal benevolencia en un Breve. Que alguna amargura le quedó en el corazón al teólogo lovaniense, podría colegirse de la censura que hizo en 1587 de las tesis del joven jesuita Leonardo Lessio.

Miguel Bayo murió en 1589. De las cenizas del bayanismo, nunca del todo extinguidas, veremos cómo no tarda en surgir un hombre, o más bien un partido, que, apoderándose con increíble tenacidad y apasionamiento del semiprotestantismo de Bayo, se empeñará en llegar por caminos ortodoxos hasta el pesimismo luterano y calvinista.

Nos referimos a Jansenio y a sus secuaces.

PRIMERA FASE DEL JANSENISMO

1. Hacia el jansenismo. Las cuestiones sobre la gracia y la libertad seguían apasionando los espíritus. Dentro del dogma católico, dos tendencias se combatían, haciendo alarde de toda la ciencia teológica: una tenía por jefe a Domingo Bañes, O. P.; otra, a Luis de Molina, S. I.

Esta gran disputa —la más resonante que se conoce en la historia de la teología— estalló en Salamanca, en la defensa pública de unas tesis escolásticas, el año de 1582. Alcanzó proporciones gigantescas con la publicación del libro de Molina, Concordia liberi arbitrii cum gratiae donis, divina praescientia providentia, praedestinatione et reprobatione (Lisboa 1588), y fue causa de que todo el mundo, por lo menos en España y sus dominios, se dividiese en molinistas y bañesianos, tratándose mutuamente, en el ardor de la disputa, de calvinistas o de semipelagianos.

Clemente VIII avocó la causa a su tribunal, imponiendo entre tanto a las dos partes riguroso silencio. El Papa murió sin dirimir la contienda, a pesar del mucho trabajo que se tomó en las famosas Congregationes de Auxiliis.

Continuóse la discusión y controversia en presencia del Pontífice Pablo V, el cual ordenó por fin, después de consultar a personajes autorizados e imparciales, como el santo Obispo de Ginebra, que los disputantes se volviesen a sus casas, que el Papa daría a su tiempo la resolución conveniente y que cada una de las partes podía seguir defendiendo su doctrina, con tal que todos se abstuviesen de calificar o censurar la opinión contraria. Tal fue el decreto dado en aquella última congregación del 28 de agosto de 1607.

La Iglesia, pues, no creyó oportuno resolver autoritativamente el arduo problema. Y el problema no era puramente escolástico, sino que angustiaba a muchas almas, palpitaba en el ambiente de Europa desde la aparición de Lutero y Calvino, y aun en el siglo XV se había hecho sentir; recuérdese el tratado de Fr. Martín de Córdoba, O. S. A., sobre la predestinación; la controversia entre Pedro de Rivo y Enrique de Zomeren sobre los futuros contingentes: el Tractatus de futuris contingentibus, de Fernando de Córdoba, etc. Por eso San Ignacio en sus Ejercicios espirituales recomendaba tanto la cautela en hablar al pueblo de la predestinación.

Si a este ambiente se agrega la infiltración que en ciertos países se dejó sentir del rigorismo calvinista, particularmente en los Países Bajos y Francia, se explicará el origen de esa herejía que se llama jansenismo, y que no es otra cosa que un calvinismo mitigado, disfrazado de catolicismo. En lo dogmático procede directamente de Bayo, interpreta como él a San Agustín, y, en su afán de volver a la primitiva Iglesia, desconoce completamente el sentido de la tradición eclesiástica.

Es notable el empeño que los jansenistas tuvieron siempre de pasar por genuinos hijos de la Iglesia, a pesar de las condenaciones de la Santa Sede. Las demás herejías suelen alzarse frente a Roma y contra Roma. El jansenismo, aun cuando Roma lo proscribe, persiste en afirmar que él no se aparta del centro de la catolicidad.

Otra cosa notable que subrayaremos luego: a pesar de ser esta secta extremadamente rigorista, sombría, inhumana, se llevó siempre las simpatías, elogios y admiración entusiasta no sólo de los protestantes, sino de muchos católicos distinguidos, especialmente de los literatos —acaso por lo mismo que se les hacían antipáticos los jesuitas— y, lo que parece más paradójico, de los mundanos y de ciertos cristianos tibios e indiferentes.

La historia del jansenismo abarca dos etapas: la primera se extiende desde la publicación del Augustinus, de Jansenio (1640), hasta la paz clementina (1668), o sea hasta que los cuatro obispos rebeldes se sometieron a las decisiones de Roma; la segunda, desde la aparición de Quesnel (1701) hasta que se sometió el arzobispo Noailles de París (1728), aceptando la Bula Unigenitus.

La más interesante y larga es la primera etapa, y en ella podemos distinguir dos aspectos: el dogmático y el moral; el primero está sintetizado en el libro Augustinus, de Jansenio, y en los escritos de controversia a que dio ocasión; el segundo puede centrarse en el libro De la frecuente comunión, de Antonio Arnauld, y en las Provinciales, de Pascal. Alma de todo el movimiento hasta 1643 fue la enigmática figura de Saint-Cyran, como en el segundo período lo fue el oratoriano Quesnel.

2. La personalidad de Jansenio. En la Universidad de Lovaina las brasas del bayanismo seguían ardiendo bajo las cenizas. El heredero de las ideas de Bayo fue Cornelio Jansenio, o Janssens, nacido de linaje humilde el 28 de octubre de 1585, en el pueblecito de Acquoy (Holanda meridional). Estudió en Leerdam la gramática y en Utrecht las humanidades, empezando también allí la filosofía, que terminó en Lovaina bajo la dirección de los jesuitas. Siendo su confesor y director espiritual el célebre P. Egidio Conninck y conversando frecuentemente con el P. Bahusius, no es de maravillar que el joven universitario pretendiese entrar en la Compañía de Jesús, como lo había hecho ya su amigo Otón Zilly. Pero ni su carácter ni su salud dieron garantías a los superiores, por lo cual no fue admitido en la Orden, con íntimo disgusto y aun despecho de Jansenio, según cuenta Rapin.

Pasó en 1604 a estudiar teología en el Colegio Adriano de la misma Universidad, donde acaso alcanzó a oír las lecciones de Jacobo Janson, discípulo fiel y constante de Bayo. Lo cierto es que entonces, o después, escuchó una vez a Janson criticar la Bula de Pío V contra Bayo, y más tarde será Janson quien le orientará hacia el más rígido agustinismo. Tampoco es del todo cierta la afirmación de que en Lovaina conoció por primera vez a Duvergier de Hauranne, joven francés que se doctoró en teología el 26 de abril de 1604 bajo la presidencia del P. Marcos van Voerne, S. I.

¿Alistóse ya entonces Jansenio entre los que combatían a los jesuitas dentro de la Universidad, y especialmente entre los adversarios de la doctrina molinista, cuyo campeón lovaniense era el insigne Leonardo Lessio (Leys), tan aborrecido de los bayanos? No consta ciertamente.

Jansenio era hombre de estudio, no estaba adornado de extraordinario talento, pero sí de gran memoria y, sobre todo, de tenacidad y perseverancia en el trabajo. Psicológicamente nos lo describe Rapin como «espíritu duro, seco, helado», interesado y ambicioso, apegado al dinero; «tímido por temperamento, se tornaba fiero y acometedor cuando se le hacía resistencia».

Entregóse al estudio en Lovaina con tal ardor, que cayó enfermo, y los médicos le aconsejaron un clima más suave y benigno.

Por eso se trasladó a París en 1604, adonde por el mismo tiempo se había dirigido Duvergier de Hauraime, con quien se unió en la amistad más íntima y fraterna, no obstante las profundas diferencias temperamentales que separaban al flamenco del vasco-francés. Duvergier le llevaba a su amigo cuatro años, y como a tantos otros personajes que se le acercaban, logró cautivarlo con no sé qué raro prestigio. Por lo pronto le ayudó económicamente, buscándole una preceptoría con que pudiera continuar sin graves expensas sus estudios. Asistían ambos a las clases de la Sorbona y concentraban su atención en las cuestiones de la gracia y la libertad en el momento histórico en que se debatían en Roma las doctrinas opuestas de Molina y Báñez. Ya puede suponerse de qué parte se inclinarla Jansenio.

Un grandioso plan, concebido en secreto, unificaba los afanes de los dos amigos: ambos se sentían llamados a purificar la Iglesia de los errores y vicios que, según ellos, la afeaban desde que “la escolástica adulteró la sana y antigua teología de los Padres”. Jansenio trabajaría en restituir a la ciencia sagrada su prístina dignidad, limpiándola del filosofismo aristotélico, y Duvergier en restaurar la disciplina eclesiástica conforme a la severidad de los primeros siglos. En esta doble empresa, el enemigo principal contra quien debían armarse y a quien debían combatir con todos los medios era la Compañía de Jesús, cuyos doctores triunfaban en las cátedras y en los libros, y cuya espiritualidad se imponía dondequiera que los jesuitas tuviesen una casa, un templo, un colegio.

3. Años de preparación. Duvergier fue llamado a Bayona, de donde era natural, por su obispo, que le recompensó con una canonjía. Fiel a su amistad, no tardó en llamar a Jansenio, el cual se juntó con su generoso amigo en 1611. Juntos se retiraron a una casa de campo que Duvergier poseía en la costa, para consagrarse plenamente al estudio de la antigüedad cristiana.

Habiéndose fundado un colegio, cuya dirección pensaban las autoridades bayonesas confiar a la Compañía de Jesús, intervino Duvergier y propuso que el director fuese su amigo Jansenio. En efecto, Jansenio dirigió aquel colegio durante casi dos años; no más tiempo, porque esa ocupación le impedía dedicarse al estudio, como era su deseo. Así que no tardó en reunirse con su amigo en la pintoresca y apacible casa de campo, junto al mar, y allí continuaron ambos leyendo, examinando y analizando las obras de los Santos Padres. Dice Lancelot que con frecuencia trabajaban de doce a quince horas al día. «Fue aquello —comenta Sainte-Beuve— una indigestión de ciencia». Más tarde podrá ufanarse Jansenio de haber leído a San Agustín entero diez veces, y treinta veces los escritos sobre la gracia y el pelagianismo.

En 1617, con ocasión del cambio de obispo de Bayona, los dos amigos salen de aquella población para dirigirse a puntos muy distintos: Jansenio a Lovaina y Duvergier a Poitiers. Acompañaron a Jansenio dos sobrinos de Duvergier, llamados Barcos y Arguibel, que iban a hacer los estudios humanísticos en el Colegio lovaniense de la Compañía de Jesús, donde los había hecho su tío. En aquella ciudad, y por recomendación del doctor Janson, canciller de la Universidad desde 1614, obtuvo Jansenio el cargo de principal o director del Colegio de Santa Pulquería, explicó un curso de Sagrada Escritura en la Universidad, y en octubre de 1619 se doctoró en teología.

Duvergier había entrado en Poitiers como familiar del obispo y vicario general de la diócesis. En 1620 fue nombrado abad comendatario de la abadía benedictina de Saint-Cyran, y éste será en adelante el nombre con que todos le designen: l’abbé de Saint-Cyran.

Aunque corporalmente separados, los dos amigos vivían unidos espiritualmente, laboraban por el mismo ideal reformista y mantenían continua correspondencia epistolar. Se han conservado las cartas de Jansenio al abad de Saint-Cyran, no las de éste a aquél, y es lástima, porque Saint-Cyran era mucho más audaz e imprudente en sus expresiones; mas por eso mismo solía encargar a sus corresponsales que destruyesen sus cartas.

Las de Jansenio están llenas de expresiones enigmáticas y sibilinas; se ve que tiene miedo de hablar claro, pero su amigo le entiende. Con nombres fingidos y estrambóticos, que parecen arrancados de un libro de caballería, le habla de su gran tarea de restaurar el agustinismo en las cuestiones de la gracia (Pilmot, Cumar, Comir); con otros vocablos obscuros se refiere asimismo (Sulpice, Quinquarbre) a Saint-Cyran (Celias, Durillon), a los jesuitas (Chimer, Satan romaniste), a los oratorianos (Semir); trata con desprecio a los escolásticos, corruptores de la teología, y al mismo romano pontífice.

En 1617 comunica a Saint-Cyran que ha recibido algunos ejemplares del libro De república christiana, del célebre apóstata Marco Antonio de Dominis, antiguo arzobispo de Spalato, refugiado en Inglaterra, a quien llama «catholique a peu prés», que se querella contra el Papa por haber éste mermado el poder y jurisdicción de los obispos. Invitado Jansenio por la Universidad para refutar los errores de aquel apóstata, se negó rotundamente a ello. En 1620 le dice a su amigo que ha encontrado uno que le ha abierto los ojos sobre la doctrina de San Agustín y le pide informes sobre las opiniones de los jesuitas de Burdeos, La Fléche y París acerca de la gracia y la predestinación.

El mismo año escribe a Saint-Cyran aprobando la doctrina del sínodo calvinista de Dordrecht, tenido en 1618, y en el que se habían establecido las siguientes proposiciones: 1) que la predestinación se hace por un decreto de Dios, independientemente de los méritos del hombre; 2) que el Salvador no murió por todos los hombres; 3) que no se puede resistir a la gracia eficaz; 4) que la gracia suficiente no existe; 5) que si el fiel no persevera en la gracia, es por causa del pecado original, que implica la reprobación positiva de Dios. Las actas de este sínodo de Dordrecht las guardó siempre Jansenio en su biblioteca particular, y sin duda influyeron en sus propias ideas.

En una carta de 1621 dice a propósito de San Agustín: «Cada día me admiro más de este espíritu y de que su doctrina sea tan poco conocida entre los sabios, no de este siglo, sino de los pasados… No me atrevo a decir a nadie de este mundo lo que yo pienso de gran parte de las opiniones de nuestro tiempo, y particularmente de las que se refieren a la gracia y la predestinación, por temor de que Roma me haga la jugada que a otros ha hecho antes, hasta que la cosa esté madura y en sazón». Y poco después: «Cuanto más avanzo, más espanto me pone el negocio, de tal suerte que jamás tendré el valor de descorrer el velo».

Continuará…

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI

Decimotercera entrega: El cisma de oriente

Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)

Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía

Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses

Decimoséptima entrega: Otros herejes

Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval

Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval

Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo

Vigésimo primera entrega:  El movimiento husita

Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)

Vigésimo tercera entrega:  El pontificado romano en lucha con el conciliarismo

Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea

Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia

Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica

Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero

Bula Exurge Domine

Bula Decet Romanum Pontificem

Vigésimo octava entrega: Desarrollo ulterior del movimiento luterano hasta la confesión de Augsburgo (1530)

Vigésimo novena entrega:  El luteranismo en pleno desarrollo hasta la paz de Ausgburgo 

Trigésima entrega: Causas del triunfo del protestantismo

Trigésimoprimera entrega:  Calvino. La iglesia reformada

Trigésimosegunda entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo

Trigésimotercera entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo (cont,)

Trigésimocuarta entrega: Movimientos heterodoxos y controversias. Los disidentes

 Trigésimoquinta entrega: Las sectas sismáticas orientales

Trigésimosexta entrega: La iglesia y el absolutismo regio

Trigésimo séptima entrega: España y Portugal. El regalismo

Trigésimo octava entrega:  El imperio alemán. Febronianismo y Josefinismo

Trigésimo novena entrega: La Iglesia y los disidentes