Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

Sermones-Ceriani

SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

El Evangelio de este Segundo Domingo después de Pascua está tomado del capítulo décimo de San Juan, versículos 11 al 16, pero es muy provechoso leer el contexto, tanto el que le precede como el que le sigue inmediatamente:

En verdad, en verdad os digo, quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Mas el que entra por la puerta, es el pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas oyen su voz, y él llama por su nombre a las ovejas propias, y las saca fuera. Cuando ha hecho salir todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz. Mas al extraño no le seguirán, antes huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.” Tal es la parábola, que les dijo Jesús, pero ellos no comprendieron de qué les hablaba. Entonces Jesús prosiguió: “En verdad, en verdad os digo, Yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos han venido antes que Yo son ladrones y salteadores, mas las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta, si alguno entra por Mí, será salvo; podrá ir y venir y hallara pastos. El ladrón no viene sino para robar, para degollar, para destruir. Yo he venido para que tengan vida y vida sobre-abundante. Yo soy el pastor, el Bueno. El buen pastor pone su vida por las ovejas. Mas el mercenario, el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, viendo venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa; porque es mercenario y no tiene interés en las ovejas. Yo soy el pastor bueno, y conozco las mías, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre—; y pongo mi vida por mis ovejas. Y tengo otras ovejas que no son de este aprisco. A esas también tengo que traer; ellas oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor. Por esto me ama el Padre, porque Yo pongo mi vida para volver a tomarla. Nadie me la puede quitar, sino que Yo mismo la pongo. Tengo el poder de ponerla, y tengo el poder de recobrarla. Tal es el mandamiento que recibí de mi Padre.”

Esta parábola y alegoría es una de las más bellas del Evangelio, y una de las páginas más consoladoras de toda la Sagrada Escritura; tiene, además, un profundo contenido polémico.

Es decir, contra el monopolio de la rectoría espiritual de los fariseos sobre el pueblo —al que apartaban del Mesías—, Jesucristo contrapone que Él es la única Puerta para ir a los fieles, y el único Pastor al que han de seguir todos para salvarse.

Jesús la pronunció después de la tremenda amenaza a los fariseos: Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.

Algunos fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: ¿Es que también nosotros somos ciegos? Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: «Vemos», vuestro pecado permanece.

El enlace de los conceptos es natural: aquellos hombres se arrogaban el título de conductores o pastores únicos de Israel; daban los pastos que les placían a ellos; admitían y echaban del redil a quienes querían, sancionando con la expulsión de la Sinagoga a quien creyese que Jesús era el Mesías.

Jesús reivindica para sí, exclusivamente, el título de Pastor Legítimo; al mismo tiempo que condena a sus adversarios de falsos pastores.

Para hacerlo, nada más natural que esta parábola, pues la vida pastoril ocupa un lugar principalísimo en la historia, en las costumbres y en la misma literatura del pueblo de Dios.

Se llamaba pastores a los que ejercían autoridad en el pueblo de la teocracia; pero, de una manera especial, era Dios el Pastor de Israel por antonomasia.

Isaías nos representa a Dios con la amabilísima figura del pastor solícito, y Ezequiel contrapone los malos pastores a Dios, Buen Pastor. Correlativamente, el pueblo era la grey de Dios Pastor.

En esta espléndida visión de los Profetas aparece la distinción entre Dios y el Mesías: Yahvé envía a éste para que apaciente su grey. Ambos son Pastores.

Pero Dios Pastor y el Mesías Pastor se identificarán en Jesús, el Buen Pastor de la grey cristiana, porque Jesús es el Hijo de Dios y es el Mesías.

Jesús, pues, es el Pastor que ha suscitado Dios en el Reino Mesiánico para gobernar el divino aprisco. Es Dios y es Mesías; por ambos títulos le corresponde el nombre de Pastor de la nueva grey.

Por eso Jesús se llama a Sí mismo, en forma enfática, el Buen Pastor.

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Viniendo ya a la parábola, Jesús comienza diciendo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, mas sube por otra parte, aquél es ladrón y salteador.

La alegoría está tomada de la vida pastoril, muy común entre los judíos; por esto pudieron todos fácilmente entenderla en todos sus detalles.

Desde comienzos de primavera se dejaban libres los rebaños en las estepas de Judea y Perea; por la noche eran recluidos en recintos cerrados por empalizadas o muros de barro; en ambos casos tenía el corral una puerta, al cuidado de un hombre, que velaba durante la noche para defender el rebaño de posibles robos. Los pastores solían retirarse del redil, e ir a la tienda.

Dentro de una misma cerca se encerraban rebaños de distintos dueños. Para entrar al redil, el pastor lo hacía por la puerta, que le abría el portero. Entraban por la mañana los ovejeros y cada cual llamaba a sus ovejas, que obedecían a la voz de su pastor. Este llamaba por su nombre a las ovejas propias y las sacaba del redil para llevarlas a buenos pastos. Y marchaba delante de ellas, y las ovejas le seguían, porque conocían su voz. Mas al extraño no le seguían, antes huían de él, porque no reconocían esa voz de los extraños.

En cambio, el que pretendía venir para robar o hacer una venganza en las ovejas de su vecino, ése lo hacía calladamente; no entraba por la puerta; entraba por otra parte. Es ladrón, que usa de astucia, y salteador, que usa incluso de violencia.

Son todos deliciosos detalles, que delatan un fino observador y narrador.

Ahora destaca el Evangelista un rasgo de la psicología de los fariseos: Esta parábola les dijo Jesús. Mas ellos no entendieron lo que les decía. No comprendieron que pudiese referirse a ellos el contraste que establecía Jesús entre el buen pastor y los ladrones; les cegaba la soberbia, porque se reputaban los pastores insubstituibles del pueblo de Dios.

Como toda parábola o alegoría exige saber qué es lo que con ello se quiere enseñar o ilustrar, y los fariseos no reconocían que ellos fuesen salteadores espirituales del rebaño guardado en el redil de Israel; Cristo se los va a exponer y explicar en un doble aspecto: el de la Puerta y el del Pastor.

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Nuestro Señor comienza la explicación identificándose, alegóricamente, con la puerta del redil: En verdad, en verdad os digo, que yo soy la puerta de las ovejas.

El contexto exige que se refiera, no a las ovejas, que eventualmente entrarían o saldrían por Él, sino a los pastores, que querían regir religiosamente a Israel.

Es claro que es a través de Cristo que entran las ovejas en la Iglesia; pero es por Cristo que deben ser constituidos los pastores: Por eso agrega: Todos cuantos vinieron, ladrones son y salteadores, y no los oyeron las ovejas.

La contraposición es muy clara con los que vinieron antes de Él, a los cuales las ovejas no los oyeron; porque no entraron por Él; esos ladrones están contrapuestos a las ovejas.

La alusión es, pues, a los fariseos que, contemporáneamente, se arrogaban el oficio de pastores.

Todos cuantos vinieron, ladrones son, en presente. Ellos, los fariseos, son los que no buscan más que su provecho, explotando al pueblo; y las ovejas, los seguidores de Jesús, no les oyeron.

Él es, pues, la puerta para ingresar, lícita, digna y provechosamente, a regir el rebaño religioso de Israel.

Pero sucedió que todos los que vinieron a esta obra de rectoría religiosa eran ladrones y salteadores, y continúan siéndolo…

Pero, aunque vinieron con estas pretensiones, las ovejas no les oyeron.

¿Quiénes eran éstos? Naturalmente no se refiere a la legítima autoridad del Antiguo Testamento, puesta por Dios mismo. No se refiere Cristo a los que vinieron a Israel en períodos muy anteriores a Él; sino que, con el Mesías presente, ya no cabía otra licitud para ir religiosamente a Israel mas que por medio de Él.

Los fariseos vinieron a ser para Israel ladrones y salteadores, que boicotearon el ingreso del pueblo en la fe de Cristo Mesías.

El mismo Cristo se compadecerá un día de las muchedumbres que, desorientadas religiosamente, estaban fatigadas y decaídas, como ovejas sin pastor.

Yo soy la puerta, repite Jesús con énfasis, por donde entran pastores y ovejas, pueblo y jerarquía.

Quien por mí entrare, será salvo; bajo la protección divina estará seguro de toda malévola incursión.

Y entrará, y saldrá y hallará pastos, en lo que expresa la facilidad, la seguridad, la abundancia de la vida espiritual que por la doctrina, sacramentos, etc., nos dará el buen Pastor.

No lo hace así el ladrón, que no viene sino para hurtar, y para matar, y para destruir: éste no entra por la puerta del llamamiento de Dios; no busca sino el torpe lucro; no procura el incremento del rebaño, sino que es ocasión de la ruina espiritual de las ovejas.

El que se acerca al rebaño sin entrar por Cristo, es ladrón y salteador; no está capacitado por Jesús para su oficio; por eso su obra, que en el contexto son los fariseos contemporáneos de Nuestro Señor, no es otra que venir para robar, matar y destruir la fe en Cristo, y, en consecuencia, la vida, que sólo Él dispensa.

Jesús ha venido para dar la verdadera vida espiritual; más que la vida, la saciedad y el regalo del bien vivir: Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan con en abundancia; es la perfecta participación del Espíritu Santo.

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El segundo cuadro que Cristo presenta, alegorizando la parábola, es anunciarse Él como el Buen Pastor. Con ello quiere decir que en Él se encuentran las condiciones eminentes de un pastor espiritual digno de este nombre.

Sigue, pues, Jesús contraponiéndose a los malos pastores.

Aquí comienza propiamente el pasaje evangélico de este Domingo: Yo soy el buen Pastor… soy el Mesías, que he venido para apacentar el pueblo de Dios.

Y dos veces va a usar aquí este tema, en el que expresará varios aspectos de su obra de Buen Pastor.

El primero es que el buen pastor da su vida por sus ovejas. Con ello se expresa la solicitud del Buen Pastor, Cristo. Característica del buen pastor es exponer y dar la vida por sus ovejas; lo hicieron Jacob y David. Jesús da la suya como precio de la redención del mundo.

Pero frente al buen pastor está el pastor asalariado, que no puede tener, naturalmente, esta estima por el rebaño. Y así, al ver venir al lobo, que es el enemigo tradicional de las ovejas, abandona el rebaño, poniéndose a salvo, y el lobo las arrebata y las dispersa.

La figura del pastor asalariado, no es un simple recurso literario de contraste, sino una alusión intencionada a los malos pastores de entonces en Israel, los fariseos, ya que instintivamente se piensa en ellos por la estructura del pasaje.

Frente a estos malos pastores, Cristo es para su rebaño el Buen Pastor, que de tal manera lo vigila y apacienta, que hasta llega a dar su vida en provecho de sus ovejas.

Es la enseñanza y la profecía de la muerte redentora de Cristo.

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El segundo aspecto de su obra de Buen Pastor es el conocimiento que Él tiene de sus ovejas, lo mismo que el que ellas tienen de Él.

No tenemos un Dios como los dioses paganos; que se desentienden de los mortales. Nuestro Dios nos conoce a cada uno por su nombre, vela con Providencia amorosa sobre todos y nos atiende con un Corazón paternal.

Pero el Evangelio nos dice, no sólo que conoce Jesús a sus ovejas, sino que éstas Le conocen a Él. He aquí la señal que nos dará a entender si pertenecemos o no a la grey de Cristo.

Es conocimiento recíproco de amor; y cuanto más se conocen recíprocamente, más se aman, porque el conocimiento engendra amor, y el amor, conocimiento.

Cuán íntimo sea este conocimiento, lo expresa con altísima comparación: Como el Padre me conoce, así conozco yo al Padre. Esta vida íntima, de conocimiento y amor, que une al Padre y al Hijo, une también, aunque en otra forma y medida, a Jesús y sus ovejas.

Jesús y el alma están unidos porque Jesús le comunica vida de su vida, por la gracia santificante, y vida de conocimiento y amor por la fe y la caridad.

Si queremos, pues, que el Señor nos reconozca, que no pasemos inadvertidos a sus ojos, ser de sus elegidos, démonos a conocer de Él.

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Un tercer aspecto de la obra de este Buen Pastor es que tiene que extender su solicitud a la universalidad del rebaño.

Las otras ovejas, contrapuestas a las que ya tiene en el redil, son los gentiles.

Jesús traspasa los límites del pueblo de Dios, para indicar que tiene fuera de él numerosas ovejas: Tengo también otras ovejas, todas las naciones gentiles, que no son de este aprisco, del pueblo de Israel. Es necesario que yo las traiga, con los lazos del amor, porque mi Padre me las ha dado en herencia.

Dulce y consoladora promesa, que se ha realizado ya en nosotros, y continuará realizándose en tantísimos descarriados, ya que Jesús no deja nunca de ejercer su oficio de Buen Pastor. Roguemos por ellos.

Y oirán mi voz, en la predicación de los Apóstoles, y será hecho un solo rebaño y un solo pastor, la Iglesia católica, formada por todas las naciones del mundo convertidas a Cristo.

Y así no habrá más que un Pastor, el único, el Buen Pastor, que conduce al cielo, a la vida, a un único rebaño. Es a un tiempo la enseñanza de la vocación universal de las gentes y la profecía de su incorporación al rebaño de Cristo.

Pero esto era dar también cumplimiento a las profecías mesiánicas sobre la función pastoral del Mesías. Lo que era un modo de evocar sobre sí el valor mesiánico de las profecías, y, al conectarse con ellas, presentarse como el Mesías-Pastor.

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Un cuarto aspecto de Cristo, el Buen Pastor, es que da su vida en provecho de las ovejas.

En esta expresión está manifiesta la alusión a su muerte sacrificial redentora. El Divino Pastor confirma con su Sangre el amor que profesó a su grey. Pero se alude a tres aspectos de esta muerte de Cristo.

Uno es el aspecto triunfal de ésta: muere para resucitar. Da su vida para tomarla de nuevo.

Otro aspecto es la libertad con que muere. Nadie le quita la vida por fuerza, sino que Él la da libremente. Tanto para dar su vida como para tomarla de nuevo resucitado, el Padre le dio potestad.

Por último, para esta obra Cristo tiene un mandato del Padre. Cristo en toda su obra no hace más que obedecer el plan del Padre.

¿Qué más pudo hacer el Buen Pastor que no lo hiciera? Con su muerte en la Cruz ha dado el último toque a nuestro corazón. Nuestro amor ya no puede pertenecer a otro que a Él.

¿Por qué, pues, buscamos amor fuera de Aquél que murió por nosotros? ¿Por qué no acabaremos de renunciar a toda amistad que no sea conforme con el querer de Jesús?

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Resumamos:

Jesús es el Buen Pastor, no es mercenario; las ovejas le pertenecen. Por eso se interesa por ellas, y venciendo todos los obstáculos, las lleva al aprisco, es decir, a la Iglesia, arca divina, fuera de la cual no hay salvación posible.

Nosotros, que éramos de las ovejas errantes, nos volvimos un día a ese Pastor y Obispo de las almas, y Él nos condujo al lugar de salvación.

Jesús es, además de guía, puerta del aprisco. Quien entra por esa puerta, se salvará…

A las ovejas redimidas con la Sangre de Cristo se han acercado en todo momento falsos pastores, pretendiendo engañarles con una falsa salvación.

Son los pseudoprofetas… Los apologistas de la cultura sin Dios; los liberales; los adalides del materialismo en todas sus formas; los cultivadores de la halagadora moral del placer; los modernistas; los que ponen en sus banderas a un Cristo redentor del proletariado; los que afectan profesar admiración a la Iglesia, pero no ven en Ella más que una organización humana, discípula del humanismo…

En realidad, son ladrones y salteadores, pues no se atreven ni quieren entrar por la puerta, que es el Hijo de Dios. No vienen más que para hurtar, matar y destruir.

De esos tales, las verdaderas ovejas huyen, porque no conocen la voz de los extraños.

Debemos adherir de tal forma al verdadero Pastor y seguirlo tan íntimamente que lleguemos a penetrarnos de su voz, de manera que jamás la confundamos con otra extraña. Porque hay ladrones que saben imitar de tal modo la voz del Pastor que engañan admirablemente a los incautos. ¡Cuántas almas sencillas, candorosas, son víctimas de estos salteadores!

Medicina para ese mal no existe sino una. Que se acerque el cristiano a Jesús, a su Iglesia, a la Revelación, a la Tradición, al Magisterio infalible y perenne; que se alimente de sus pastos deliciosos, que son los Sacramentos; que acuda con frecuencia al abrevadero de la oración; y poco a poco el espíritu de Cristo ira expeliendo el espíritu revolucionario; caerán las escamas de sus ojos cegados; la intimidad con Jesús le hará conocer su voz, y, como por encanto, cambiará sus ideas deletéreas y reconocerá la falacia del demonio.

Poco o mucho, todos nos engañamos, y seguimos al príncipe de este mundo, en vez de seguir al Buen Pastor. Lloremos nuestro descarrío, y rindamos al Pastor y Obispo de nuestras almas nuestra adhesión sin límites y nuestra fidelidad hasta la muerte.

Recemos, pues, con la intención de la Iglesia, la Oración Colecta de este Domingo:

Oh Dios, que con la humildad de tu Hijo levantaste al mundo caído; concede a tus fieles perpetua alegría; para que hagas gozar de los eternos goces a los que libraste de los peligros de la muerte perpetua.