HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Trigésimo novena entrega

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La Iglesia y los disidentes

Salgamos un tanto de los límites de las naciones católicas, para contemplar a la Iglesia en su acción con los disidentes.

LOS DISIDENTES: LA IGLESIA ORTODOXA

I. Los cuatro patriarcados orientales. Ya desde los principios del cristianismo se habían distinguido los cuatro patriarcados, de Antioquía, Alejandría, Jerusalén y Constantinopla.

Este último, aunque el último cronológicamente, fue muy pronto el más importante, y en el siglo XVII extendía su jurisdicción por todo el imperio turco, por Tracia, Macedonia, Albania, Montenegro y los territorios de Servia, Bulgaria, Rumania y Grecia; en el Asia Menor bajaba hasta el Taurus y Diarbekir. Su jerarquía contaba con 63 metropolitanos, 18 arzobispos exentos y de 60 a 79 obispos, es decir, unas 150 diócesis. En los años 1766 y 1767 se agregaron el patriarcado de Ochrida y el de Ipek con su respectiva jerarquía. El patriarcado de Constantinopla era designado con el título de ecuménico.

No obstante el odio que profesaban los griegos a los turcos, se veían forzados a depender de ellos, de donde provenían gran parte de sus defectos. Era espantoso, sobre todo, el de la venalidad. El patriarca, los obispos, los clérigos, obtenían sus cargos por medio del dinero. Si un cualquiera poseía lo suficiente para comprar la dignidad sacerdotal, podía ordenarse aun cuando no supiese leer ni escribir. Las ocupaciones no abrumaban al pope, pues se reducían a la celebración de los oficios divinos. Algún conato de liberación del yugo otomano terminó con el más completo fracaso. Mucho más sensible era la situación de los estudios eclesiásticos. Apenas quedaba el recuerdo de los antiguos grandes doctores de la Iglesia oriental o de los hombres eruditos de la Iglesia bizantina. Ni existían teólogos ni apenas teología. Una sola cuestión se agitó en el siglo XVIII: la validez del bautismo de los latinos y armenios. Los patriarcas Cipriano (1708-1709) y Jeremías III (1716-1726) reconocían la validez del bautismo por infusión, mientras que el sínodo de Constantinopla de 1722 se declaró por la necesidad de la inmersión. Con esto se indica una de las características de la Iglesia oriental en este período, que fue un odio creciente a todo lo católico. Así se explica que se llegaran a declarar nulos todos los sacramentos de los latinos. Sin embargo, esta opinión no tuvo mucho eco entre las Iglesias orientales, y fueron muchos los obispos que junto con el sínodo ruso defendieron la validez del bautismo latino.

Al lado del patriarcado ecuménico de Constantinopla, era mucho menor la significación del griego y copto de Alejandría, el de Jerusalén y el de Antioquía.

En Egipto apenas se podía decir que hubiera iglesia ninguna. El patriarca griego apenas tenía más que el título. La iglesia copta de Egipto apenas contaba con cuatro metropolitanos sin sufragáneos y diez iglesias.

Mayor consideración nos merece el antiguo patriarcado de Jerusalén. Comprendía a comienzos del siglo XVIII seis metropolitanos, con siete arzobispos exentos y un obispo; pero la mayor parte residía en los conventos griegos de la Ciudad Santa. Sin embargo, la Iglesia de Jerusalén, aunque tan reducida, tenía grandes posesiones territoriales en Valaquia, entre los rutenos y hasta en Rusia. Todo ello debido a la gran religiosidad de los príncipes y aun zares.

En la última parte del siglo XVII llegó a adquirir gran ascendiente el patriarca Dositeo II (1669-1707), el cual, entre otras cosas, cuando el patriarca de Constantinopla Cirilo Lucaris andaba en tratos con los protestantes, en el concilio de Jerusalén de 1672 se levantó decidido contra él. La Confessio de Dositeo contra las infiltraciones protestantes tuvo gran resonancia aun en la Iglesia rusa. En cambio, Dositeo se enredó en disputas con los franciscanos de Belén sobre la iglesia del Nacimiento y durante toda su vida fue enemigo de los latinos.

2. La iglesia rusa. En Rusia, la casa Romanov, que reinaba desde 1613, se propuso dilatar, como en tiempo de los Jaroslaw, los límites de las fronteras rusas. Así se comprenden las luchas del zar Alexio (1645-1676) y Pedro el Grande (1682-1728). Mas lo que conviene observar es que, a la par que las conquistas territoriales, crecía también la iglesia rusa ortodoxa. Así sucedió con Ucrania en 1667-1686. El cisma invadió esta región.

La iglesia ortodoxa y el Estado ruso vivían enlazados en íntima unión, caminaban como dos ruedas de un mismo engranaje; la dirección eclesiástica la llevaba el patriarca de Moscú. Entre los patriarcas de esta época sobresale el reformador Nikón (1652-1666). La iglesia rusa ejercía sobre los fieles gran influjo político y religioso, el cual, sin embargó, no radicaba en el celo apostólico o en la instrucción religiosa del clero; al contrario, los popes se contentaban con celebrar sus oficios religiosos y con echar sus bendiciones y conjuros. El episcopado, a las órdenes del zar, era el que dominaba despóticamente.

Con Pedro el Grande aumentó rápidamente la grandeza de Rusia. Con ardor y constancia y con resultados sorprendentes, formó una flota y un ejército, fomentó el comercio y la industria, y las ciencias cobraron nueva vida. El progreso fue asombroso; se dibujaba en el horizonte la monarquía absoluta; pero le faltaba dominar a la iglesia rusa. Para ello debía anular el poder patriarcal. Comenzó por dejar sin proveer la sede a la muerte del patriarca Adriano en 1700. Provisionalmente confió la administración eclesiástica al metropolitano de Sarez y después al de Raesan.

Pronto ordenó que a estos metropolitanos asesorasen los obispos residentes en Moscú. Con esta sombra de patriarcado se vivió por espacio de veinte años. Quien de hecho gobernaba era el zar. Pedro el Grande dio, por fin, el último paso; rompió la débil unión que existía entre el patriarca de Moscú y el de Constantinopla y sometió a la iglesia rusa a un sínodo que dependía enteramente de él. Parte de sus miembros residían en San Petersburgo y parte en Moscú, con lo cual su intervención era menos eficaz y más supeditada al zar. La nueva situación tuvo inmediatamente sus efectos en la vida pública; con su propia autoridad equiparó a todos los obispos y apenas consintió el título de metropolitano. La iglesia rusa recibió una organización enteramente nueva. Esta se debía en gran parte a Teófanes Procopowiez, quien, después de viajar mucho, se hizo monje; después fue profesor y sabio reconocido en la corte, mereciendo así que Pedro el Grande lo tomara como instrumento para realizar sus planes reformadores. Más tarde recibió del zar la dignidad episcopal, y en 1720 fue elevado a la dignidad arzobispal. Bien instruido en la teología de Occidente, vio claramente el estado de postración de la teología rusa. Esto le movió a trabajar por la renovación de los estudios.

Nombrado segundo vicepresidente del sínodo, Prokopowiez abrió las sesiones con un panegírico del zar y publicó una defensa de la nueva constitución eclesiástica. Su pluma incansable propuso nuevas reformas sobre la enseñanza, la formación de los monjes y del clero, escribió varias obras políticas y teológicas sobre la procesión del Espíritu Santo y organizó los estudios de la juventud. Entretanto fue designado presidente del sínodo y arzobispo de Nowgorod, es decir, fue constituido de hecho jefe espiritual de la iglesia rusa después del zar. Gracias a su actividad logró antes de su muerte, acaecida en 1736, ver al pueblo reconciliado con el sistema sinodal.

Pedro el Grande había impreso su impronta en el pueblo ruso. Con el tiempo menudearon los cambios; pero siempre la religión y la monarquía absoluta eran elementos inseparables e imprescindibles. Catalina II perfeccionó la obra de Pedro el Grande.

IGLESIAS PROTESTANTES

1. Tendencias sincretistas. En cuanto a los protestantes a mediados del siglo XVII, se marcaba una clara reacción contra la ortodoxia oficial, rebelándose contra la fe literal de los Padres de la Reforma. De este modo aparecen dos tendencias diversas: el sincretismo teórico y el pietismo práctico, que suscitaron profundas disensiones y rudas polémicas.

Por lo que a la primera tendencia se refiere, este sincretismo tenía su asiento principal en la Universidad de Helmstedt. Su jefe y adalid fue Jorge Galixtus (1586-1656), a quien seguía un buen número de distinguidos teólogos protestantes. Partiendo de la distinción entre dogmas fundamentales y doctrinas secundarias o verdades teológicas, sostenían que a ninguna iglesia le faltaban los dogmas necesarios para salvarse. Así, pues, se había de fomentar la concordia y amor entre todas las iglesias y evitar toda lucha y polémica. Existen, además, otras cosas en que se diferencian las diversas iglesias, las cuales pueden ser de mayor o menor importancia, de manera que algunas de ellas pueden llegar a ser obstáculo de la unión, y otras, en cambio, no tienen apenas trascendencia.

Poco a poco, esta tendencia sincretista, que aún se atrevía a invitar a la unión a la Iglesia católica, llegó a adquirir tal importancia, que dentro del campo católico se levantaron contradictores. Entre ellos son dignos de notarse Bertoldo, Nihuisius y el jesuita Vitus Erbermann. También de parte de los protestantes se opusieron algunos teólogos en nombre de la ortodoxia.

En esta polémica distingue Veinticinco fases: la primera, desde el coloquio de Thom, en 1645, hasta la muerte de Calixtus, en 1656; la segunda son cinco años de relativa paz; la tercera, desde el coloquio de Kassel, en 1661, hasta la imposición de silencio a los teólogos sajones, en 1669; la cuarta comprende otros cinco años de relativa paz; la quinta es la última campaña de Calow por imponer el Consensos repetitus fidei vere lutheranae, hasta 1686. La Universidad de Jena y otras luteranas rechazaron de plano las tendencias sincretistas. Hasta 98 errores señalaron los ortodoxos luteranos en el sistema calixtino.

Con Juan Fabricius salió de nuevo a la palestra la Universidad de Helmstedt. En 1707 publicó su Declaracio theologica, en que afirmaba que en lo esencial la Iglesia católica no tenía error.

Estas ideas pacifistas dominaron en la Universidad de Helm-stedt y cosecharon varias conversiones al catolicismo, como la de la princesa Isabel Cristina, convertida en 1707, que casó con el emperador José I, y la del duque Antón Ulrico de Braunschweig, convertido en 1710.

También el predicante de Leipzig Adam Bernd (1676-1748) enseñaba en 1726 que ni entre los católicos ni entre los calvinistas había principio alguno fundamental digno de ser condenado o que exigiera retractación; los errores eran accesorios y accidentales. Por otra parte, los reformados tenían fuerte apoyo en la Universidad de Marburg, en la corte de Prusia y en Sajonia desde la conversión al catolicismo de Federico Augusto.

2. Tendencia pietista. Ya de antiguo en el seno del luteranismo despuntaron las primeras tendencias pietistas. Uno de sus primeros portavoces fue el predicante francés Labadie, el cual comenzó a reunir a sus fieles en salones particulares en vez de la iglesia. Del catolicismo había pasado al calvinismo en 1650, y, después de predicar en Montauban y Ginebra, pasó en 1666 a Middelburg (Zeelandia); allí inauguró sus reuniones privadas, en que se ventilaban temas bíblicos. En sus escritos L’exercice prophétique y Manual de piété enseñaba que se había de buscar y practicar la piedad, no en la iglesia, sino en casa; no por medio de los sacramentos, sino en la palabra de Dios. A pesar de la persecución, sus conventículos se multiplicaron y tuvo egregios partidarios, que se dividieron en varias ramas. Citemos a Pedro Poiret, cartesiano; Pedro Jurieu y Pontiano von Hatteni, el cual enseñaba que después de la satisfacción de Cristo ya no existía el pecado.

Otro de los primeros gérmenes del pietismo es la secta de los llamados hermanos de los ángeles, que nació en Alemania y pasó luego a Holanda. Distinguíanse por la continencia, oración y aplicación de todos los trabajos de esta vida en remisión de los pecados del mundo, con el fin de aplacar la ira de Dios. Su fundador era Juan Jorge Gichtel, de Ratisbona, muerto en 1710. En realidad no llegó a adquirir gran importancia.

A pesar del juramento que en los cantones suizos se hacía contra los pietistas, arminianos y socinianos, poniendo en práctica cierto sistema inquisitorial o comisión religiosa, el pietismo se extendió en Suiza gracias al prudente predicante Samuel Lutz (1674-1750).

También en Alemania se habían hecho algunos conatos de romper la rigidez de la teología luterana, substituyéndola por una piedad más íntima y privada. En esta campaña hablan participado los teólogos Arndt y Schupius. Pero quien organizó y dio impulso a este movimiento fue Felipe Spener (1635-1705), lo que suele designarse con el nombre de pietismo.

Educado en Estrasburgo con maestros enemigos del sincretismo calixtino, y persuadido de su sacerdocio espiritual, predicaba lleno de espíritu la Biblia y se mostraba excelente catequista y cura de almas, principalmente de los pobres. Comenzó a tener en su casa sus Collegia pietatis, donde reunía dos veces a la semana almas deseosas del bien; clamaba contra el juego, la danza, las conversaciones libres, el boato y el lujo, los pleitos y los viajes innecesarios. En 1675 publicó sus Experiencias, especie de programa de vida, bajo el título de Pia desideria.

Sus aspiraciones, según Veit, eran seis: una predicación más adaptada de la palabra de Dios, dejándose de disputas escolásticas ; mejor empleo del ministerio sacerdotal; recalcar la doctrina de que no basta el saber, sino que hay que obrar; suavizar el concepto de hereje y extraviado; educar más espiritualmente a los futuros predicantes, los cuales, si no llevan una vida espiritual, no son estudiantes de teología, sino filósofos de cosas sagradas; la teología de Tauleío y el libro de la Imitación de Cristo debe ser su alimento. Como sexto punto proponía una predicación más sólida, dirigida a enfervorizar el corazón.

Pronto empezaron a multiplicarse los Collegia pietatis en Augsburgo y otras ciudades. Discípulos aventajados se dieron a propagar esta ideología, como Hermann Francke en Leipzig, quien llegaba a reunir centenares de oyentes. La recién fundada (en 1639) Universidad de Halle fue un centro del pietismo. Colegios semejantes se fundaron en Würtemberg y en la Pomerania o Prusia oriental. Un gran propagador de las ideas pietistas fue Conrado Dippel con sus escritos satíricos contra las disquisiciones de las escuelas protestantes luteranas. No menos original se mostró Godofredo Arnold en su Historia imparcial de la Iglesia y de las herejías, en que trata de justificar a los herejes, exponiendo sus atenuantes.

Pero en el seno mismo del pietismo surgieron algunas disputas, como la del terminus gratiae peremptorius, en que intervino, por parte de la ortodoxia protestante, la Universidad de Leipzig; asimismo, la cuestión del adiaforismo, en la que los pietistas rígidos sostenían como cosas prohibidas y no indiferentes, o adiáforas, el juego, la danza, el tabaco, los vestidos modernos, la lectura de novelas, etc. En estas luchas, el pietismo llevó las de perder, pues tenía contra sí los consistorios y las universidades, menos la de Halle, que estaba de su parte.

Para oponerse a este movimiento pietista se planeó la unión de luteranos y calvinistas reformados. Los adalides fueron el canciller de la Universidad de Tubinga, Cristóbal Mateos Pfaff, y Miguel von Lons; pero los celantes luteranos reclamaron con toda su alma contra esta concordia de Cristo con Belial.

Ciertamente, el pietismo, con su antidogmatismo, llevaba al indiferentismo religioso a pesar de su tendencia afectiva y seudomística. Así lo demostró la conferencia que en 1721 tuvo el pietista Wolf sobre la filosofía de Confucio, que Wolf admitía como sana. Conrado Dippel y Juan Tennhardt eran los corifeos de este indiferentismo dogmático de la mística pietista, que al mismo tiempo iba acompañada de síntomas alarmantes de visionarismo y profetismo.

Los Collegia pietatis degeneraron en reuniones secretas de tendencia alquimista, teosófica o de carácter humanístico, político y social.

3. Sectas en el continente. En medio de estas tendencias ideológicas surgieron multitud de sectas, que no es fácil clasificar, pero que conviene citar, por lo menos las principales. Las primeras son derivaciones del pietismo.

Los Herrnhütter.— Las ecclesiolae de Spener no tendían a la escisión en la mente de su fundador, pero eran un gran peligro. Y, efectivamente, un pietista de la escuela de Spener, el conde Nicolás Luis von Zinsendorf, aunque personalmente tampoco pensaba en separarse, pero, al ponerse en contacto con los emigrantes bohemios y moravos descendientes de los husitas, fundó la secta de los Herrnhütter, comunidades autónomas de pietistas, en que convivían sin lazo de credo fijo emigrantes moravos, luteranos y reformados. El centro de la secta fue la finca de Zinsendorf, llamada Herrnhut, junto a Berthelsdorf. En 1727 se organizó este movimiento; Zinsendorf y Wattewille serían los jefes, asesorados por doce ancianos; se practicaba una piedad de tinte familiar, con sus pequeños coros de solteros, solteras, viudos y casados. Varios de estos coros de solteros se transformaron en hermandades o asociaciones. En 1731 se dio a la organización un carácter más eclesiástico, con obispos, diáconos y acólitos. Los Herrnhütter se esparcieron pronto hasta por tierra de misiones. Zinsendorf mismo fue un gran peregrino, extendiendo su fundación por América, Inglaterra, Holanda.

Mennonitas. La secta de los mennonitas pretendía fundar una ecclesiola de selectos, imbuidos en los principios bíblicos, sin odios ni guerras, ni servicio militar, ni juramentos, ni autoridades. Su dogma no estaba bien determinado; su culto consistía casi exclusivamente en la oración y el canto. A los convertidos se les exigía ser re-bautizados. Su expansión mayor fue por Holanda, entre los restos de los antiguos anabaptistas. Una disputa sobre los efectos de la excomunión los dividió en dos bandos; los rígidos querían que la excomunión separase hasta los esposos y los padres e hijos.

Con el tiempo se fraccionaron en varias sectas, que llevan el nombre de su jefe, como los Apostoolen, por su jefe Samuel Apostool, predicante de Amsterdam…

Los Swedenborgianos. El sueco Manuel Swedenborg (+ 1772) fundó la iglesia de la Nueva Jerusalén, engendro seudomístico, nacido de la educación recibida en su familia. Su padre era un predicante sentimental, que se creía en íntimo contacto con el mundo angélico. Con esto, en el ánimo del niño se despertó un anhelo hacia la vida interior con ciertos conatos místicos y supuestas luces internas. De ahí su inclinación a la especulación, a la contemplación con exterioridades extáticas. Aun en sus estudios de física, matemáticas e ingeniería, buscaba el elemento místico, Por la Pascua de 1744 creyó ver a Cristo, que le animaba a fundar la Nueva Jerusalén. Se gloriaba de haber estado en el cielo y en el infierno; pero en el cielo dice que no vio a Lutero, ni a Melanchton, ni a Calvino.

Swedenborg destruye por completo el dogma de la Trinidad, del pecado original, de la muerte vicaria de Cristo y de la resurrección de la carne; admite una sola persona en Dios, la cual, en cuanto tomó carne, se llama Cristo, y en su actividad santificadora es el Espíritu Santo. La redención la concibe un poco a lo gnóstico, como una lucha de liberación entre los buenos espíritus y Satanás. Divide Swedenborg la historia del mundo en cuatro períodos o iglesias: el antediluviano, el asiático-africano, de predominio idolátrico; el mosaico y el cristiano, el cual se subdivide en varias etapas, a saber, la antenicena, la griega, la romana, la protestante.

Este es un retorno al cristianismo primitivo. Del Nuevo Testamento sólo admite los cuatro Evangelios y el Apocalipsis. En la interpretación de la Biblia reina la alegoría más pueril.

4. Los disidentes ingleses. El anglicanismo, desde su origen, albergaba en su seno elementos heterogéneos. Era una mezcla de elementos católicos y protestantes. De la Iglesia católica conservaba la jerarquía; los principios protestantes en gran parte los había tomado del calvinismo. Ya desde el siglo XVI, pero sobre todo en el siglo XVII, varios elementos habían manifestado su disconformidad con este carácter de la iglesia nacional, Eran los Dissenter o puritanos, que pronto formaron tres grupos bien marcados: los presbiterianos, los independientes o congregacionalistas y los baptistas. El odio al Pontificado y a los restos de catolicismo en la Iglesia oficial les dio vida.

Los presbiterianos nada querían saber de la supremacía del rey en asuntos religiosos ni de la organización episcopal de la Iglesia. Las comunidades habían de estar regidas por presbiterios, sobre los cuales existían los sínodos y la asamblea general.

Los independientes hacían de cada comunidad un todo completo; habría tantas iglesias como comunidades. Los baptistas llevaban la libertad individual hasta exigir que cada cual, al llegar a su mayor edad, se determinase sobre la religión que le placía, recibiendo entonces el bautismo, que sólo entonces podía administrarse. Su doctrina era la calvinista en todo su rigor. Esta secta se propagó principalmente en los Estados Unidos.

En tiempo de la restauración de Carlos II, cuando el Acta de Uniformidad de 1662 restableció el episcopalismo como única organización eclesiástica, estas sectas sufrieron cruda persecución. El mismo régimen persecutorio rigió durante el reinado de Jacobo II. Por eso muchos puritanos emigraron a Estados Unidos. Varios de estos puritanos se pasaron en el siglo XVIII a los arminianos y socinianos, pues les disgustaba el rigorismo excesivo puritano en materia de justificación y predestinación. Pero, a su vez, este arminismo y socinianismo degeneró en latitudinarismo y deísmo. En cambio, el presbiterianismo, con su odio feroz a Roma, pudo mantenerse y dominar en Escocia.

Los cuáqueros. Los cuáqueros, que se llamaban asimismo hijos o amigos de la luz, fueron apodados cuáqueros o temblones, bien sea porque su fundador siempre tenía en sus labios palabras de terror sobre la ira divina, bien porque en sus reuniones los adeptos comenzaban a temblar al recibir la divina ilustración. Los fundó Juan Jorge Fox, primero zapatero y después pastor, quien desde 1647 se creyó llamado a predicar la penitencia. Pronto reunió varios adeptos, que sobresalieron en la secta, como Roberto Barclay, Guillermo Penn y otros.

El espíritu del cuaquerismo de la primera etapa hasta 1660 estaba impregnado de cierto milenarismo espiritual. Cristo está presente en sus santos y se comunica de cuando en cuando a cada uno de un modo especial.

Sus reuniones eran singulares. En silencio se reunían para orar y en silencio se retiraban, cuando el Espíritu Santo no se había dignado comunicarse a ninguno de la comunidad. Pero el día de la Visitación, el agraciado, entrando en un estado de temblor al percibir la presencia del Espíritu, hablaba y profetizaba según su inspiración. Por aquí se ve que esta secta no necesitaba ni sacerdotes, ni predicantes, ni sacramentos, ni culto especial. La justificación es la impresión de Cristo en nosotros.

Los cuáqueros posteriores eliminaron esas supercherías temblonas y sólo conservaron su rígida moral; los juegos de azar, el teatro, el baile, la música, las novelas, la diversidad de clases sociales, quedaban prohibidos. Los pleitos los arreglaban amigablemente. Su campo de expansión fueron los Estados Unidos.

Los metodistas. Pueden ser designados como los pietistas de Inglaterra. En 1720 se constituyó en Oxford una peña de estudiantes, Juan y Carlos Wesley, Morgan y Kirkham, que consagraban el do-mingo no sólo a la lectura de los clásicos, sino también a la lectura y comentario de la Biblia y a la visita de enfermos y pobres. Entre otros apodos ridículos que les aplicó el vulgo, uno fue el de metodistas, por su vida ordenada, que luego les ha quedado. En 1735, Carlos Wesley hizo un viaje por Norteamérica, donde se encontró con los Herrnhütter, quienes le hablaron sobre su teoría de la hora providencial para cada uno. Carlos creyó que su hora providencial fue el año 1739, y desde entonces se dio celosamente a la propaganda de su idea.

Por otra parte, Juan Wesley, con sus dotes de gran organizador y su trato social exquisito, dio cuerpo a aquel movimiento pietista, ritualista y místico, impregnado de celo proselitista. El principal cometido de los metodistas sería la elevación moral y religiosa de las masas populares por medio de la instrucción, el ejercicio de la beneficencia y las misiones entre infieles.

En su fanatismo religioso, Juan Wesley creía que ni las autoridades de países católicos debían tolerar a los católicos, pues el catolicismo es un paganismo que mata toda fe y toda moral. En 1741, la secta sufrió una escisión; se separaron los whitefieldianos de los wesleyanos por sus ideas encontradas acerca de la perfección y de la predestinación. Whitefield sostenía la predestinación calvinista.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI

Decimotercera entrega: El cisma de oriente

Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)

Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía

Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses

Decimoséptima entrega: Otros herejes

Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval

Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval

Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo

Vigésimo primera entrega:  El movimiento husita

Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)

Vigésimo tercera entrega:  El pontificado romano en lucha con el conciliarismo

Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea

Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia

Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica

Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero

Bula Exurge Domine

Bula Decet Romanum Pontificem

Vigésimo octava entrega: Desarrollo ulterior del movimiento luterano hasta la confesión de Augsburgo (1530)

Vigésimo novena entrega:  El luteranismo en pleno desarrollo hasta la paz de Ausgburgo 

Trigésima entrega: Causas del triunfo del protestantismo

Trigésimoprimera entrega:  Calvino. La iglesia reformada

Trigésimosegunda entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo

Trigésimotercera entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo (cont,)

Trigésimocuarta entrega: Movimientos heterodoxos y controversias. Los disidentes

 Trigésimoquinta entrega: Las sectas sismáticas orientales

Trigésimosexta entrega: La iglesia y el absolutismo regio

Trigésimo séptima entrega: España y Portugal. El regalismo

Trigésimo octava entrega:  El imperio alemán. Febronianismo y Josefinismo