Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DOMINGO DE RAMOS

Sermones-Ceriani

DOMINGO DE RAMOS

En aquel tiempo, Acercándose Jesús a Jerusalén, luego de llegar a la vista de Betfagé, cerca del monte de los Olivos, despachó a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Id a esa casa que se ve enfrente, y al instante encontraréis una asna atada y su pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Si alguno os dijere algo, respondedle que los ha menester el Señor, y al punto os los dejará llevar”. Todo esto sucedió en cumplimiento de lo que dijo el Profeta: “Decid a la hija de Sión: Mira que viene a ti tu rey lleno de mansedumbre, sentado sobre una asna y su pollino, hijo de la que está acostumbrada al yugo”. Los discípulos hicieron lo que Jesús les mandó; y trajeron el asna y el pollino, y los aparejaron con sus vestidos; y le hicieron sentar encima. Y una gran muchedumbre de gentes tendían por el camino sus vestidos; otros cortaban ramos de los árboles, y los extendían por donde había de pasar. Y las turbas que iban delante, como las que iban detrás, clamaban, diciendo: “¡Hosanna al Hijo de David, bendito sea el que viene en nombre del Señor!”

Con este Domingo de Ramos comenzamos la Semana Santa, la Gran Semana del Año Litúrgico.

San Juan Crisóstomo dice que se la denomina así, no porque tenga más días que las demás, ni que los días tengan mayor número de horas, sino por la grandeza de los misterios que en ella se celebran.

Y este nombre es tan apropiado a esta Semana, que por extensión se llaman también Santos a cada uno de los días que la componen; y así decimos, Lunes Santo, Martes Santo, etc…

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Pues bien, el hecho que narra el Evangelio tiene lugar el día diez de Nisán, cinco días antes de la Pascua, coincidiendo con nuestro Domingo de Ramos.

El simbolismo de esta entrada triunfal de Jesús en Jerusalén es la designación y preparación festiva del Cordero, que tenía lugar cinco días antes de la Pascua.

Jesús, el Cordero de Dios, es aquel día designado como víctima para la redención del mundo.

Al día siguiente del convite habido en casa de Simón el leproso, salió Jesús de Betania para hacer su triunfal entrada en la ciudad de Jerusalén.

Entre ambas ciudades, y ya cerca de Jerusalén, se hallaba la aldea de Betfagé. Es entonces cuando toma Jesús la iniciativa de la manifestación triunfal. Es un designio divino en que aparece el Señor y el Profeta que quiere públicamente ser reconocido y aclamado por Mesías.

Envió entonces Jesús a dos discípulos, diciéndoles: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego, al entrar allí, hallaréis una asna atada, y con ella un pollino atado, sobre el que no montó aún hombre alguno: desatadlos y traédmelos.

Jesús, que siempre había recorrido a pie los duros caminos de la Palestina, quiere ahora entrar en la populosa ciudad montado: es su voluntad decidida de manifestarse como Mesías.

Presentación de carácter religioso, como lo demuestra el hecho de que monte en un pollino que nadie ha utilizado aún para este fin, como se hacía con los animales que se consagraban a Dios.

San Mateo y San Juan señalan en este hecho la realización de una profecía: Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por medio del Profeta Isaías: Decid a la hija de Sión: Mira que viene a ti tu rey lleno de mansedumbre, sentado sobre una asna y su pollino, hijo de la que está acostumbrada al yugo.

He aquí que viene a ti tu Rey, manso… Viene a nosotros, no para que le temamos por su poder, sino para que le amemos por su mansedumbre. Por ello no viene sentado sobre carroza de oro, vestido de brillante púrpura; ni monta indómito caballo, amador de luchas y batallas, sino sobre un asnillo, amigo de la paz.

En el uso del asnillo hay una razón de simbolismo: la paz, la mansedumbre, la humildad…; la naturaleza del Reino mesiánico viene figurada en ello, por oposición a los caballos de guerra, ricamente engalanados y fuertemente protegidos, símbolo de la fuerza y del orgullo de los conquistadores humanos.

Pudo utilizar ricas coberturas para adornar su montura, y se contentó con las pobres capas de sus discípulos; pudieron alzarle en vilo las muchedumbres entusiasmadas y entrarle así triunfalmente en la ciudad, y quiso que fuesen sus Apóstoles los que penosamente le ayudaran a cabalgar sobre el humilde asnillo.

Se puso la comitiva en marcha; y una gran muchedumbre, que había seguido a Jesús desde Betania, y los que desde Jerusalén habían salido a recibirlo, tendió sus vestidos en el camino.

Es señal de gran honor.

Otros cortaban ramos de árboles, y los esparcían por el camino, como acostumbraban los antiguos hacerlo en las pompas solemnes.

Así llegaron las multitudes, ya llenas de entusiasmo, al punto del Monte de los Olivos, desde el cual que se domina plenamente la ciudad y en que se inicia la bajada hacia el torrente Cedrón.

Entonces se hizo clamoroso el entusiasmo: toda la muchedumbre de discípulos, llenos de gozo, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todas las maravillas que habían visto.

Los gritos de la multitud serían variadísimos, y todos expresivos de la mesianidad y de la realeza de Jesús: ¡Hosanna al Hijo de David!, prosperidad y salud para el real descendiente de David, para que pueda llevar a feliz término la obra del Reino mesiánico… ¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega de nuestro padre David!… ¡Paz en los cielos!, porque nos ha venido la reconciliación con Dios… ¡Hosanna, salvación desde los cielos, para el pueblo, y gloria en las alturas!, efecto de la salvación mesiánica.

Se compendian en estos gritos todas las glorias y todos los anhelos del pueblo de Israel, porque de la descendencia del gran rey David debía nacer el Mesías, que debía fundar el reino espiritual definitivo y eterno.

Es espléndido el marco para la glorificación de Jesús: todo Israel se ha congregado en la capital para la gran fiesta de Pascua. Los olivos del monte y las palmeras, que abundaban en el valle de Cedrón, prestaron a las multitudes el símbolo del triunfo.

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En medio de la gloriosa sencillez de la entrada de Jesús en Jerusalén, se producen tres episodios que presagian, por una parte la gran catástrofe de la pasión y muerte del Señor, y por otra la espantosa ruina de la ciudad y pueblo deicidas:

Primero, un pequeño diálogo habido entre Jesús y los fariseos.

Segundo, la predicción de la ruina de Jerusalén que hace Jesús.

Tercero, la manifestación del encono de los príncipes de los sacerdotes y escribas por la glorificación del Señor.

Todo lo sucedido hasta aquí no hizo más que acuciar la envidia y los celos de los fariseos, que se incitaban mutuamente, y se lamentaban, y se reprendían por su desidia en no haber ya llevado a ejecución los designios de Caifás de perder a Jesús; se decían unos a otros: ¿No veis que nada adelantamos? Mirad que todo el mundo se va en pos de él; su triunfo es nuestra ruina.

La turba del pueblo, dice San Agustín, conturba a la turba de los poderosos.

¿Por qué recriminan éstos el hecho de que el mundo siga a quien es Autor del mundo? Es el grito antiguo de los envidiosos enemigos de Jesús; a medida que crecen las insidias contra Él, asciende Él mismo y aumenta su gloria.

Pero algunos de los fariseos que estaban entre la gente, no contentos con excitarse unos a otros contra el Señor, osaron acercarse a Jesús, y le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos; no consientas que te vitoreen y te reconozcan por Mesías; no debes tolerar que te adulen.

Pero Jesús les contesta sin ambages que ha llegado la hora de la proclamación pública de su mesianidad: Os digo que si éstos callaren, las piedras darían voces, es decir, tan imperiosa es la necesidad de que se cumpla el decreto del Padre sobre mi glorificación, que se cumplirá, aunque debiesen hablar las piedras.

Se hallaba ya la comitiva en la vertiente occidental del Monte de los Olivos, desde la que se dominaba la ciudad en todo su esplendor y grandeza.

La maldad de los poderosos fariseos y las fatales consecuencias que les acarreará, causan vivo dolor al Corazón de Jesús. Lloró y se lamentó en alta voz, por la desgracia de la ciudad que tanto amaba, por la que tanto había trabajado, a la que Dios había colmado de dones y promesas, habiendo ella, no obstante, preferido la ruina a la salvación que por él debía venirle.

Lloró Jesús la ruina de la pérfida ciudad porque ella no quiso conocer su futura ruina.

No sólo lloró, sino que, con palabras que aparecen entrecortadas por los sollozos, habló diciendo: ¡Si tú conocieses, siquiera en este tu día, en el que ante ti, como haciéndote un supremo llamamiento, dan estas multitudes espléndido testimonio de mi dignidad, lo que puede atraerte la paz, que soy yo mismo reconocido como Mesías que te trae la salvación, y los bienes de la paz que de ella derivan! Mas ahora, por tu voluntaria ceguera, está oculto a tus ojos el bien que pudieras recibir y el mal que te fuera dado evitar. ¡Ah, si tú conocieses… lo que puede atraerte la paz!

Dios se había acercado a Jerusalén para visitarla por medio de los Profetas, del Bautista y, por sí mismo, en la Persona de su Hijo Jesús. Pero la ciudad que mató a los Profetas y que desconoció al Bautista, va también a matar, después de haberle desconocido y repudiado, al mismo Hijo de Dios…. De aquí la gran catástrofe…

Y prosigue Jesús formulando una terrible profecía en frases cortadas, breves, unidas sólo por la copulativa y, cuya lectura es de efecto abrumador: Porque vendrán días sobre ti, de gran adversidad, en que tus enemigos te circunvalarán, haciéndose fuertes en sus trincheras; y te pondrán cerco, encerrándote dentro de un muro; y te estrecharán por todas partes, reduciendo el ámbito de tus defensas; y te derribarán en tierra, nivelándote con el suelo; y a tus hijos que están dentro de ti, también los derribarán, matándolos; y no dejarán en ti piedra sobre piedra

La razón de la gran ruina está en haber despreciado el día de la visita del Señor, que no es otro que la vida pública de Jesús, su predicación y milagros.

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Entró, por fin, Jesús en Jerusalén, y la conmoción de la ciudad fue profunda. Fue como una sacudida divina la que sufrió la gran ciudad y la inmensa multitud que en ella moraba aquel día.

Para expresar este fenómeno moral, el griego usa un vocablo equivalente a un temblor de tierra: se conmovió toda la ciudad… Los primates, sacerdotes, escribas y fariseos, sintieron indignación contra Jesús y miedo del pueblo que así se manifestaba en su favor; el pueblo se emocionó ante la aparición del famoso profeta.

Harto conocido era Jesús en Jerusalén; con todo, brota s su paso por las calles, atestadas de multitudes, una pregunta que revela ignorancia afectada o desdén: ¿Quién es éste? Se descubre en la pregunta la insidia de los enemigos de Jesús.

Y los pueblos, que ante el temor de los magnates ya no hablaban con espontaneidad ni libertad, respondían sin embargo: Este es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea.

La respuesta, fría, contrasta con la efusión y el sentido mesiánico que rebosan las aclamaciones de los acompañantes de Jesús.

Y entró Jesús en el Templo de Dios, donde terminó la clamorosa ovación. Entró en el Templo, porque así estaba profetizado por el Profeta Malaquías, y porque era la víctima que debía ser inmolada al quinto día, y quiso presentarse en el lugar de la inmolación.

Mas los príncipes de los sacerdotes y los escribas se indignaron al ver las maravillas que hizo, las curaciones obradas, y a los niños que gritaban en el Templo y decían: ¡Hosanna al Hijo de David!

Era esto como una provocación al afectado orgullo de los fariseos; y en el mismo santuario, que era como su fortaleza moral.

Por ello se indignaron, y le dijeron, intentando apagar el clamor de aquella ovación infantil: ¿Oyes lo que dicen éstos? Es blasfemia proclamarte Cristo; debes cohibirlos.

Y Jesús les dijo: Sí, oigo estas voces, las apruebo y las acepto.

Y para dar más fuerza a su aseveración, afirma que con los vítores de aquellos infantes se realizan las palabras del Salmo: ¿Nunca oísteis que de la boca de los niños infantes y de pecho sacaste perfecta alabanza?

Es Dios, por consiguiente, quien pone en boca de los niños la confesión de la mesianidad de Jesús.

No pudieron menos de recordar aquellos enemigos irreconciliables de Cristo las palabras que siguen a las pronunciadas por Jesús: Para que reduzcas a silencio al enemigo vengador; y verían en ello una velada amenaza de Jesús, que no debía tardar en realizarse.

Y dejándolos, en su ceguera incurable, se marchó fuera de la ciudad, y se fue a Betania, con los doce Apóstoles, a reponerse de las fatigas del cuerpo y del espíritu en casa de sus amigos. Y se quedó allí, pernoctando, para volver a la ciudad al día siguiente.

Los dejó en su perversidad y dureza, porque mejor se reprime la ira y la malicia de los hombres callando y retirándose que respondiendo; porque las palabras y razones excitan la ira, no la calman.

Nosotros, por nuestra parte, haremos nuestra Procesión de Ramos, vitoreando a Jesús, al mismo tiempo que consolándolo y acompañándolo en su moderna soledad…