RADIO CRISTIANDAD: HOMENAJE AL PADRE CASTELLANI

Conservando los restos

En el combate de resistencia

REVERENDO PADRE LEONARDO CASTELLANI

1981 – 15 de marzo – 2018

37º Aniversario de su muerte

Hemos seleccionado algunos pasajes entresacados de dos escritos publicados en su libro Decíamos Ayer.

A MODO DE PRÓLOGO

* El filósofo, como el médico, no tiene remedio para todas las enfermedades… A veces, todo lo que puede dar como solución es oponerse a las falsas soluciones… Puede, con el pensamiento, poner obstáculos para retardar una catástrofe; pero en muchos casos no puede sino prever la catástrofe; y a veces debe callarse la boca, porque ve que de todos modos no le van a hacer caso, y lo van a castigar encima…

* La firma de las Actas de Chapultepec, o sea el tratado con Panamérica, que pretende fundar en el continente una especie de Superestado intitulado Panamérica o Unión Americana, es una desgracia nacional, equivalente a una guerra perdida; y quizá peor. Es la ruptura con nuestra tradición hispánica. Es la consumación de la apostasía nacional de 1889. Es el emprendamiento del albedrío nacional a una nación lejana, protestante y atea. Es una claudicación.

* Esta claudicación se ha querido cohonestar con dos principios francamente lastimeros, a saber: uno, el de la Política Realista («no podíamos menos, no podemos vivir aislados, hay poderosas razones de Estado»… etc); otro, el de la Religión Democrática («hay que obtener la paz y la felicidad del género humano por los caminos del derecho, la justicia y el progreso»… etc.).

* Nos han atado al carro de los que hoy edifican una babélica y falaz Paz Universal, basada no en Dios y su Iglesia, sino en las solas fuerzas del Hombre descristianizado. La pagaremos nosotros los débiles esa paz, tanto si se consigue como si no se consigue. Y por desgracia para el mundo, es posible que se consiga.

* «Todo lo que hemos hecho —dijo Percy Franklin, o sea Silvestre IV, el último Papa— no ha podido evitar una pacificación del mundo sobre una base que no es Cristo. La intención de Dios y de sus Vicarios ha venido enderezada desde hace siglos a reconciliar a los hombres por los principios cristianos; pero rechazada una vez más la Piedra Angular, que es Cristo, ha surgido una unidad sin semejante y enteramente nueva en Occidente. Esto es lo más peligroso y funesto, precisamente por el hecho mismo de contener tantos elementos incontestablemente buenos. La guerra, según se cree, queda extinguida por largo tiempo, reconociendo al fin los hombres que la unión es más ventajosa que la discordia. Los bienes materiales se aumentan y amontonan, en tanto que las virtudes vegetan lánguidamente, despreciadas por los gobernantes y negligidas, en consecuencia, por las masas. La filantropía ha reemplazado a la caridad, la hartura de goces y comodidades a la esperanza de los bienes invisibles; la hipótesis científica a la fe…» (R. H. Benson, The Lord of the World, II parte, capítulo II, párrafo IV).

Esto dijo Silvestre IV; o mejor dicho, esto dirá dentro de algunos años, si la hipótesis de la pacificación en el Anticristo se verifica. Hacia esa pacificación se han apresurado solícitamente a comprometer al país y su limpia tradición nuestros representantes del pueblo. ¡Qué importa! ¡Ya verán ustedes los camiones y autos que nos van a mandar en seguida los Estados Unidos! Esto es lo que llaman política realista, los barcos cargados de ferreterías que nos mandarán en seguida en cambio de nuestro honor católico y español.

* En la presente edad no será la Iglesia, mediante un triunfo del espíritu del Evangelio, sino Satanás, mediante un triunfo del espíritu apostático, quien ha de llegar a la pacificación total (aunque perversa, aparente y breve) y a un Reino que abarcará todas las naciones; pues el Reino mesiánico de Cristo será precedido del reino apóstata del Anticristo.

* La gran apostasía parece que comienza a perfilarse en el mundo, porque las impulsiones de la herejía han adquirido por fin volumen cósmico. Y esas impulsiones la Argentina ni puede substraerse a ellas ni tiene tradición de haberse resistido mucho.

Hay que despertar pues y cargar las armas; el «peto de la fe, la espada de la Palabra de Dios, el yelmo de la buena voluntad», y ojalá que esta prueba de Dios sirva para depurar y encender nuestro adormilado catolicismo. Porque no nos engañemos: Chapultepec es un tratado político militar, pero enraizado en una ideología religiosa, y de consecuencias directamente religiosas.

* La respuesta del teólogo es que si lo único que uno puede hacer en un momento dado es malo, dañoso o perverso, no hay que hacer nada y marcharse del lugar que uno ocupa antes de violar la ley moral, aunque sea por omisión.

— Yo no puedo hacer más. Ninguno está obligado a hacer más de lo que puede.

— Pero todo hombre está obligado a PODER LO QUE DEBE.

* Lo cierto es que las grandes marejadas de la tormenta del Occidente han alcanzado a la Argentina y la han encontrado impreparada. La oleada de esta guerra le ha roto el mástil con la bandera, la ha desmantelado a bordo y ha dañado la obra muerta. Cuando pasa una desgracia así, uno debe acudir a salvar lo que queda y a reparar lo perdido, si es posible. Y en último caso, salvar la vida, si el barco no es posible. Salvar la vida en el presente caso, significa la salvación en sentido religioso: salvar su conciencia. Porque no os engañéis, la contienda en que actualmente se debate el mundo es, en el fondo, religiosa.

* Siendo esto así, los responsables de la firma del pacto protestante-masónico podrían decir: «¿Qué obligación tenemos nosotros de ser más católicos que el Arzobispo, quiero decir, más papistas que el Papa?» Pero ¿qué significa hoy ser católico? Hoy día son católicos Casal Castell, Constancio Vigil, los que escriben la revista Orden Cristiano y por poco que me apuren hasta don Samuel Yankelevich y el Presidente Roosevelt. La Iglesia no es actualmente, como fue en su principio, una pequeña sociedad cerrada, como un célula comunista, cuyos componentes se conocían mutuamente, obedecían estrictamente a una cabeza y cuando no cumplían eran puestos fuera de la comunión, excomulgados. La palabra católico, así como muchas de las ceremonias y signos exteriores de la religión de Cristo, así como algunas de sus ideas fundamentales separadas del tronco total, así como toda su dogmática vaciada por dentro y vuelta mitología, se han convertido en bienes mostrencos de que cualquiera puede echar mano hoy día. Este fenómeno viene del protestantismo, que con su principio del libre examen autorizó a cada quisque hacer de la religión mangas y capirotes al propio sabor y gusto. En tiempo de San Pablo ya existían lo que él llama los falsos hermanos —periculum in falsis fratribus. Pero en la forma y en la extensión de hoy, la situación es nueva. Sobre ese fenómeno que se puede llamar el desalambrado de la Iglesia, se está injertando la peor falsificación de la fe que han visto los siglos, análoga a la falsificación del cristianismo que hicieron Lutero, Calvino y Knox; pero esta vez de una sutileza y una potencia increíbles.

* Conozcamos pues la situación de una buena vez: el Estado, que en el mundo moderno tiende a separarse de la nación (pese a todas sus proclamaciones de democracia) y a convertirse dentro de ella en un organismo parasitario, nido de tiranías, ha dejado en la Argentina de ser católico, aunque cuando le venga en gana haga política clerical, que es la falsificación de una política católica.

Y la prueba de que ha dejado de ser católico es que no se guía ya por los principios elementales de la moral católica en la producción de los actos más solemnes y trascendentales de su función rectora; como es eminentemente una declaración de guerra.

* Mis amigos, mientras quede algo por salvar; con calma, con paz, con prudencia, con reflexión, con firmeza, con imploración de la luz divina, hay que hacer lo que se pueda por salvarlo. Cuando ya no quede nada por salvar, siempre y todavía hay que salvar el alma.

* («¿Qué me importa a mí de vuestros cines, de vuestros teatros, de vuestras fiestas, de vuestros homenajes, de vuestras revistas, de vuestros diarios, de vuestras radios, de vuestras milongas, de vuestras universidades, de vuestros negocios, de vuestras politiquerías, de vuestros amores, de vuestros discursos, oh rumiantes de diarios, empachados de cine y ebrios de palabrerías? Dentro de pocos años os espero en el Cementerio»).

* Es muy posible que bajo la presión de las plagas que están cayendo sobre el mundo, y de esa nueva falsificación del catolicismo que aludí más arriba, la contextura de la cristiandad occidental se siga deshaciendo en tal forma que dentro de poco no haya nada que hacer, para un verdadero cristiano, en el orden de la cosa pública.

Ahora, la voz de orden es atenerse al mensaje esencial del cristianismo: huir del mundo, creer en Cristo, hacer todo el bien que se pueda, desapegarse de las cosas criadas, guardarse de los falsos profetas, recordar la muerte. En una palabra, dar con la vida testimonio de la Verdad y desear la vuelta de Cristo. En medio de este batifondo, tenemos que hacer nuestra salvación cuidadosamente.

* Los primeros cristianos no soñaban con reformar el sistema judicial del Imperio Romano, sino con todas sus fuerzas en ser capaces de enfrentarse a las fieras; y en contemplar con horror en el emperador Nerón el monstruoso poder del diablo sobre el hombre.

* Ni con juicio oral, ni con el juicio político, ni con la Suprema Corte van a curar nada, mientras los argentinos de hoy seamos lo que somos, esencialmente descangallados, mientras perdure el desorden y el histerismo actual y la gran maquinaria invisible de ese desorden y ese histerismo, vigilada celosamente por el Ángel de las Tinieblas.

* Pero eso sí, que no pongan sobre esa maquinaria, ni sobre lo que es puramente terreno, que todo es mortal y contaminado, ni a la Persona de Cristo, ni su Nombre, ni su Corazón, ni la imagen inviolable de la Mujer que fue su Madre. Con esto sí que no hay reconciliación. Contra esto hay guerra perpetua. Mientras yo tenga vida, mi función es luchar contra el error religioso, la mentira en el plano de lo sacro y el Padre de la Mentira. Sin eso, no puedo salvar mi alma, ni me es lícito dormir, ni comer siquiera.

* Yo no sé de cierto si estamos o no cerca del fin del siglo, tal como estoy cierto de que yo estoy cerca de dejar pronto este encantador Siglo Veinte. Pero lo sospecho. Y lo deseo. El fin del siglo es el retorno de Cristo. Para ver el retorno de Cristo vale la pena pagar la entrada. Cristo anunció que esa entrada no sería barata. Pero que valía la pena.

Veni, Domine Jesu

HABLA EL VIGÍA

* ¿Para qué seguimos? ¿Para qué obstinarse frente a lo imposible? ¿No dice la Escritura que hay tiempo de hablar y de callar? ¿Y no es tiempo de callar cuando una histeria colectiva hace inútil toda argumentación o consejo, cuando las fuerzas ciegas de la materia tienen su hora y están decididas a aprovecharla?

Seguimos hablando para que siga respirando la Patria.

Mientras habla una nación, no está muerta; aunque esté con el alma en un hilo.

Lo que decimos non vendrá a ninguna consecuencia ni producirá nada: sea.

Pero sola en medio de la oscuridad, nuestra nación necesita hablar alto para no tener miedo.

Para que el día de mañana cuando el historiador diga: «La prepotencia del dinero y la furia de la ambición con el carnerismo de la ignorancia y el miedo hicieron meter la cola entre las piernas o agitarla en innobles zalemas al amo a todos los argentinos…» para que entonces se pueda decir: NO A TODOS, para eso hablamos. Hubo un año en el cual se profirieron las más capitales mentiras de obra y de palabra, al Año de la Victoria, de las Listas Negras y de la Paz Permanente para todo el género humano: y todos los argentinos enmudecieron. NO TODOS. Es menester que la Argentina de los próceres, de Garay y Roque González, no muera del todo ni un solo instante. Por eso hablamos. Por eso seguimos.

* Mientras nosotros hablemos todavía, no estamos muertos los países del Plata. Ahora, si por la desunión absurda entre los argentinos, la desidia de los magnates y capitostes y la extraordinaria capacidad de nuestra clase dirigente para no poder nada y no dirigir nada, a nosotros nos eliminan del mapa, ya pueden ustedes pegar el grito de los males actores en los dramas calderonianos: ¡Muerto soy!, y acudir para el funeral a los sacerdotes del Morir habemus. O por mejor decir, ni siquiera los van a dejar gritar ni acudir a nadie. Con nuestro silencio, la vieja Argentina suena en silencio, SI ESO FUERA POSIBLE.

Quizá porque hemos vivido una vida próspera y un poco muelle, los argentinos somos ineptos para unirnos en sociedad, a no ser para hacer daño (o sea asociación ilícita, como diría el juez Albardacín); y además estamos muy acostumbrados a ser, en lo material, lo intelectual y lo moral, muy bien servidos gratuitamente. El argentino como el español no ayuda a nadie ni agradece nada, porque se cree ÉL SOLO, sobre todo en cuestiones de cultura, religión o patria.

* Pero ahora vienen tiempos de masas, de inmensos movimientos colectivos, de colaboración no solamente entre hombres y entre clases, sino entre naciones y entre continentes. Si no somos capaces de unirnos los argentinos, somos menos que nada, y más valía que siguiéramos siendo una colonia de España.

Si no valemos a superar nuestros míseros prejuicios, odios, injurias, ofensas, rencores, envidias, represalias, puntilloserías, venganzas y egoísmos, estamos listos como nación independiente.

* Y concretamente aplicando a nuestro diario: no nos van a aplastar. Pero si por fatalidad llegaran a aplastarnos, para lo cual no se van a parar en villanía más o menos, no piensen que la Argentina va a seguir lo mismo. Con nosotros caería algo esencial a la Patria.

Los bonzos que nos han tratado de locos; los mercaderes que han ignorado cómodamente nuestra existencia ocupados en calcular sus rentas; los talegudos que nos miran como a locos mientras defendemos el orden que ellos parasitan; los acomodados para quienes somos leve distracción matinal indiferente; junto al gran rebaño de los carneros: cuando desaparezca esta trinchera que son nuestras almas, se encontrarán ellos frente al enemigo que menosprecian ciegamente; y ellos, ellos tienen algo que perder.

Lo que nosotros tenemos que perder, ya lo hemos dado hace tiempo por perdido. No nos pueden quitar más que la vida. Y hay maneras de perder la vida que no son sino ganarla, como es perderla por Dios, o perderla por el Bien Común, que es una cosa que se supo de antaño en la Argentina.

Pero lo otros, los bonzos, los mercaderes, los talegudos, los acomodados, los carneros, llámense o no se llamen católicos, esos tienen un miedo atroz de perder la vida, y un miedo peor aún de perder el dinero.

* Se está formando una nueva religión ante nuestros ojos; y una nueva religión necesita sacrificios de sangre, sea de mártires, sea de animales… Antes se creía que la Iglesia era el Arca Única de salvación; ahora la Iglesia no es más que una de las tres o cuatro Ramas del Cristianismo Democrático; y otra rama muy digna de consideración es el comunismo.

* Argentinos, el día que nos veáis desaparecer aplastados por la crueldad y la mentira, poned las barbas en remojo. Hasta ese día habéis tenido patria.

* De todos los hombres que viven actualmente en la Argentina, ninguno será feliz; pero a todos se les ofrece la opción de vivir una vida más o menos limpia y morir en su ley; o de vivir y morir como el animal inmundo en la pocilga y para el matadero. Argentinos: Ninguno de los hombres que viven actualmente podrá escapar a esa opción.

Para quien no la conoce o la ha olvidado, va la siguiente fábula, tomada de su libro Camperas.

APRIETA

Se agarraron al fin en una mañana tostada por un sol de enero, se agarraron como todo el mundo en el ribazo sabía que se tenían que agarrar, hasta el infelicísimo, el distraidísimo Tatú.

− ¿Sabe que su amiga, compadre Apereá, la-que-refala-sin-ruido, está buscando y me parece que va a encontrar?

− ¡Por amor de Dios, hable bajo! −dijo el Cobaya, que tiembla de oír solamente el nombre de la venenosa.

− Yo no le tengo miedo, aunque tampoco la trato −dijo el Cascarudo−; pero me parece que la Iguana Verde le va a dar el vuelto.

− ¡Ojalá Dios quiera! −silbó arriba el Cachilo−, ¡ojalá la mate! La Iguana es mi amiga… No puede subir a los árboles. Pero temo que no la pueda.

− ¡Amalaya se coman las dos! −dijo el pobre Cobaya palpitante.

− Amén, compadre. Pelearse se tienen que pelear, porque el ribazo es chico para dos matreros de esa ralea que comen los dos lo mismo y no poco cada día −dijo Tatú Mulita.

− ¡Cristo, allá están! −gritó el Conejito de Indias, hundiéndose como un rayo en su cueva, porque se oyó a lo lejos el matraqueo siniestro y furioso del crótalo de la víbora.

Se habían agarrado. Sobre la curva sinuosa y parda de un caminito de perdiz venía el Lagarto corriendo un ratón; estaba la Cascabel acechando una rana, y se toparon. Ninguno de los dos iba a torcer, ninguno de los dos iba a retroceder. ¿Podían retroceder? La Cascabel estaba enroscada en una negra bola repugnante, resorte tensionado y potentísimo que arrojaría su cabeza chata como un lanzazo sobre su enemigo, así éste moviese no más un ojo; la Iguana, aplastado el cuerpo contra el polvo y estremecida en convulsiones de ira, saltaría fulminante sobre su nuca, al primer descuido de la guardia. Parecía que ninguno de los dos se movía; y sin embargo la Víbora se contraía y replegaba todavía más, hinchándose su cuerpo negruzco como un brazo que hace fuerza; y la boca abierta y feroz del Lagarto se iba aproximando imperceptible, línea por línea, punto por punto, con precaución infinita, jadeante, crispada…

¿Cuál de los dos ha saltado? Tan fulmíneo ha sido el golpe que el ojo más sutil no hubiera podido distinguirlo. Ha sido un mezcolarse instantáneo de miembros, escamas, anillos, colas que golpean furiosas, patas verdes que arañan, vientres blancos, lazos mortíferos que se anudan, cuellos que forcejean, un solo monstruo disforme y proteico que agoniza frenético revolcándose en el polvo…

De manera que yo, que en ese momento caí al ribazo, rifle al hombro y descuidado, no supe a lo primero qué cosa era aquella horrible que forcejeaba en la arena: si un grifo asqueroso, mitad saurio y mitad víbora, o bien una serpiente con patas y dos colas…

Ajajá… El Lagarto es el que ha mordido. Ahora veo su cabeza entre los anillos mortíferos. El Lagarto ha agarrado a la Víbora y la sacude convulsivamente para quebrarle el espinazo…

¡Horror! El golpe del Lagarto no ha sido certero. El cogote agilísimo se ha zafado y en vez de aferrar las vértebras cervicales, los dientes sólo han cazado la espalda; y la boca letal de la Venenosa se vuelve fatídicamente, haciendo un arco muy cerrado, hacia la garganta blanca y blanda de la Mordedora, a la altura del hombro, y las dos mandíbulas se abren espantosamente, en un ángulo tan abierto como un pulgar y el índice de un hombre, para dar el mordisco último.

El momento es supremo. La Iguana aprieta con todas sus fuerzas cerrando los ojos. Tan furiosa está que uno puede salir de detrás del árbol, todo espantado y sin resuello, y aproximarse al montón cautelosamente para ver si el mordisco agarra.

Clack. Se cerró como un resorte el estuche de la muerte, y las dos espinas de marfil en cuya punta centellea una gotita de veneno pasaron como saetas a un milímetro del cuello de la Iguana. La Iguana aprieta.

Clack, clack, clack. Los mordiscos se multiplican isócronos, metódicos e infructuosos, mientras la Venenosa se crispa para deslizar su espalda un milímetro no más, el milímetro que falta, de la tenaza de la otra. Pero la Iguana aprieta más, con los maxilares que crujen como si se quebraran. Las dos comprenden con toda claridad la situación. Un milímetro más o menos es la muerte para la una o la otra.

Apretar. Zafarse. Con todas las fuerzas de la desesperación, aunque crujan los huesos y se corten como piolines los tendones. Aprieta. Tira.

¡Ay! iAy! Los anillos de la Cascabel han hecho presa en el torso −el cuello está defendido por las patas delanteras− y aprietan ahogando, mientras la cabeza siempre tira y las mandíbulas venenosas suben y bajan automáticamente. La Iguana abandona toda defensa y se deja estrujar y ahogar, salvo el apretar con su boca que sangra y babea. Todos los pájaros han cesado de piar y los bichos de correr, al estribor del crótalo que suena agitándose convulso, como una canción macabra. Hay un silencio fúnebre en el sauzal del ribazo…

¡Adiós! La Iguana se ha tumbado de lado. La creyera muerta en el abrazo terrible a no ser por su boca que no cede. Toda su vida se ha reconcentrado en sus mandíbulas. Y en las dos manos que protegen el cogote del lazo corredizo. Y aprieta.

¿Qué pasa? La Víbora ha soltado a su enemigo, que ni resuella por no soltarla: su cuerpo negruzco se desparrama por la arena como un látigo a quien la desesperación del último esfuerzo sacude. ¿Qué intenta? La Iguana gime de dolor, con gemidos de niño, porque las mandíbulas y el cuerpo le deben doler horriblemente; pero aprieta.

Aja, la Víbora buscaba un apoyo; y ahora, anudando la cola a un raigón, prueba otra táctica, la última, y hecha un puente en el aire, desesperadamente tira.

La Iguana sin soltar es arrastrada por el ímpetu, con las cuatro patas hundidas como puntales en la arena, en línea recta primero, después a un lado, después a otro. El cuerpo de la Víbora se anuda y parece que se va a romper. Y los dientes venenosos se alzan de nuevo, y caen de nuevo, y la piel del cuello es atrapada y yo no puedo contener un grito.

Y los dientes se alzan de nuevo y entonces veo que me he engañado: los colmillos sólo han arañado la piel. Y entonces −todo esto en un segundo−, la Víbora se sacude con una especie de grito de rabia, muerde otra vez, cruje… y se dobla como un junco, por el punto en que la Iguana la aferra. El espinazo ha cedido. Peractum est.

El cuerpo ondula todavía con las convulsiones de la muerte y el estuche ponzoñoso muerde el aire. Pero la Iguana sabe que la Víbora no puede ya hacer fuerza, que está perdida. Y espera pacientemente sin soltar, diez minutos, quince, veinte, que los movimientos languidezcan y la chispa de los ojos maléficos se apague. Y después suelta y salta a un lado. Y entonces me ve a mí.

Yo creí que era insolencia mirarme a mí fijamente y no huir, insolencia de vencedor; y estuve por darle un tiro. Pero era cansancio, la pobre, con la boca abierta, sin poder cerrarla y las patas tiradas por el suelo, como si todos sus huesos estuviesen desencajados. Dio tres o cuatro pasos borrachos hacia el agua y se tumbó de nuevo. Entonces bajé el rifle no queriendo gratificar con un tiro −lo que hubiera sido, al fin y al cabo, una gratitud de hombre− a quien me había hecho el servicio de suprimirme ese tremendo habitante ignorado del ribazo, donde yo iba todos los días a tumbarme en la gramilla con un libro. Y dije mirando a la Iguana, agonizante de cansancio:

− ¡Oh, Iguana! Hay momentos en la vida en que Dios quiere que uno agarre con los dientes y apriete hasta romperse la mandíbula, pena de la vida. Dios mío, yo te ruego que, si es posible, no me pongas en esos trances y me des enemigos pequeños. Pero si no es posible, yo te ruego que me des gracia para apretar y no soltar, para apretar hasta la muerte.