CONSERVANDO LOS RESTOS II
Decimoséptima entrega

OTROS HEREJES
1. Gerardo Segarelli y Fra Dolcino. Cuando la herejía albigense podía darse por extinguida, vemos rebrotar en el norte de Italia una tendencia sediciosa y heterodoxa, que tenía raíces antiguas en aquella tierra; la secta de los Apostólicos. Nada tenía que ver con otras del siglo anterior, que se daban el mismo nombre y que enseñaban errores semejantes a los de los cátaros en Colonia hacia 1143 y en Soissons hacia 1144.
Los apostólicos de Italia más bien se han de emparentar con los valdenses y con los más exaltados discípulos de Joaquín de Fiore.
Era su jefe o iniciador Gerardo Segarelli (o Segalelli), nacido en Parma hacia 1260, hombre de poquísima cultura y de alocada imaginación. Por sus excentricidades de carácter no fue admitido en la Orden de Frailes Menores. Creyéndose llamado por Dios para reformar la Iglesia, fundando un nuevo colegio apostólico, comenzó a reclutar discípulos que observasen la pobreza más absoluta, porque la de los franciscanos decía que no era bastante perfecta.
Desprendióse del poco dinero que tenía, y vestido con el traje, un poco extraño, con el que había visto pintados los apóstoles, salió por calles y plazas mendigando y predicando penitencia a la manera del Bautista, cuyas palabras deformaba ignorantemente al repetir: Penitenzagite ! Penitenzagite !
A fin de hacerse niño, como dice el Evangelio, y así entrar en el reino de los cielos, tuvo la ocurrencia de hacerse circuncidar y fajar y amamantar como un recién nacido. Y aun se atrevió a innominables hazañas con objeto de demostrar su inconmovible castidad.
Gentes de la ínfima capa social y moral —si hemos de creer a Fra Salimbene, que parece regodearse irónicamente en esta caricatura de los verdaderos Espirituales— marchaban en pos de Segarelli, sin organización alguna, rústicos y vagabundos, idiotas y holgazanes, hombres y mujeres.
Su fanatismo fue causa de que Honorio IV en 1286 condenase aquel movimiento de falsos apóstoles. Segarelli en Parma fue encerrado en prisión, si bien parece que el obispo, compadecido, lo retuvo en su palacio como bufón. Como sus secuaces continuasen predicando contra la Babilonia apocalíptica, Nicolás IV renovó en 1290 la condenación de los apostólicos. Varios de ellos, obstinados, fueron quemados en la hoguera por decreto del Consejo municipal de Parma en 1294. El mismo Segarelli, sometido a proceso, fue condenado a cárcel perpetua. Finalmente la Inquisición lo entregó a las llamas en 1300.
Cierto Ricardo predicó en España doctrinas análogas; otros se extendieron por Alemania y fueron condenados en el concilio de Würzburgo de 1287.
Al mes de la muerte de Gerardo Segarelli, vemos que en Italia toma la dirección de los apostólicos un fraile elocuente, audaz, de indudable talento natural, a quien llamaban Fra Dolcino, nacido cerca de Novara.
Él fue quien formuló los principios que latían en la vida de Segarelli, proclamando la necesaria reforma de la Iglesia, la emancipación de la jerarquía eclesiástica, la oposición de la Iglesia espiritual a la carnal. Insistía en que todos los clérigos debían guardar absoluta pobreza, como los apóstoles, y en que el Evangelio se ha de entender al pie de la letra. Dividía la Historia universal en cuatro periodos: el primero comprendía el Antiguo Testamento hasta la venida de Cristo; el segundo, la Iglesia de los mártires, época de fervor, hasta San Silvestre; el tercero, la decadencia de la Iglesia, a pesar de estériles tentativas reformatorias de San Benito, San Francisco y Santo Domingo; el cuarto, desde Segarelli, electo de Dios, hasta el fin de la Iglesia. Anunció que Bonifacio sería el último papa; entonces vendría el anticristo, y en 1305 se inauguraría el reinado del Espíritu Santo.
Tres veces lo apresó la Inquisición y tres veces lo puso en libertad, después que Fra Dolcino abjuró sus errores. Obligado a salir de las ciudades italianas, se refugió primero en Trento y luego en Dalmacia, de donde regresó en 1304, acompañado siempre de cierta Margarita (que para los iniciados llevaba el nombre místico de María, de significación casi divina), a la que llamaba hermana espiritual.
En las cercanías de Novara predicó su doctrina, llegando a acaudillar una turba de más de 1.500 hombres y mujeres, que vivían del robo y del pillaje. No pudiendo vencerle por otros medios, el obispo Rainerio de Vercelli, por orden de Clemente V, pregonó contra él una Cruzada, y congregando un ejército, le declaró sañuda guerra, sitiándole en el escarpado monte Zebello. Al cabo de dos años logró rendirlo por hambre y cogerlo prisionero el 23 de marzo de 1307. Tanto él como su compañera Margarita, con otros muchos, murieron entre tormentos, sin retractarse.
2. Begardos y beguinas. No están aún bastante claros los orígenes del begardismo y del beguinismo. Las beguinas parecen algo más antiguas que los begardos. Su país de nacimiento debe buscarse en las diócesis de Lieja y Colonia; el de su florecimiento fue todo el territorio de los Países Bajos, oeste de Alemania y norte de Francia.
Como en Italia el espíritu evangélico se manifiesta entre los siglos XII y XIII con una fuerte predilección por la virtud de la pobreza, así en los Países Bajos el fervor cristiano del pueblo se señala por el cultivo especial de la continencia y virginidad. De este modo se explica que en aquellas provincias norteñas tantas doncellas y viudas, y de otra parte tantos hombres que no sentían vocación para el claustro, se recogiesen a guardar vida de castidad en comunidades menos cerradas y severas que las de los monasterios. Los primeros centros de beguinas deben situarse, según parece, en el círculo de personas piadosas que hallamos en torno a la Beata María de Oignies (+ 1213), ciudad de Nivelles, y en el ambiente espiritual de las monjas cistercienses y premonstratenses, hacia 1200 o poco antes.
Eran los beguinajes una especie de beaterios, donde mujeres piadosas, libres de votos religiosos y tan sólo con promesa de castidad y obediencia, vivían en comunidad bajo la dirección del párroco o de un fraile de la localidad. Las muchachas que deseaban seguir esa vida no entraban en el beguinaje sino después de una prueba de noviciado de dos años.
Se comprende que en aquella época de las Cruzadas quedasen viudas no pocas mujeres jóvenes, las cuales podían recogerse en los beguinajes. Dedicábanse al cuidado de los enfermos, a la enseñanza de las niñas, a dar albergue a los peregrinos, a amparar a las viudas y huérfanos, a oficios manuales y a fomentar en sí y en otros la piedad religiosa bajo la obediencia de una «maestra general», asesorada de un consejo de mujeres prudentes.
Como algunos de estos beguinajes se convirtieron en centros de heterodoxia, el concilio de Vienne (1311) los prohibió; mas como otros muchos gozaban de buena fama, fueron permitidos por Juan XXII y aún subsisten algunos en Bélgica y Holanda.
Es absolutamente falsa la opinión de que las beguinas hubiesen sido fundadas por Santa Begga, hija de Pipino de Landen y muerta en el año 694. Tampoco se puede sostener hoy día que el fundador fuese el presbítero de Lieja y ardiente predicador Lamberto Il Beges (o le Bègue, el Tartamudo), que falleció en 1189. En Lieja no hubo beguinas antes de 1207.
La primera vez que aparece el nombre de beguina es en Cesáreo de Heisterbach, refiriéndose a un hecho del año 1199. Tampoco tiene probabilidad la teoría de que la palabra beguina se derive de beggen (orar, pedir, mendigar).
Probablemente beguino y beguina fueron apodos de significación heterodoxa, con los que el pueblo designaba a ciertos herejes; después pasaron a significar los adeptos de un movimiento de fervor religioso. Y de ahí el confusionismo que se nota en la literatura eclesiástica antigua al emplear este vocablo.
Según J. van Mierlo, especialista en la materia, beguino y beguina proceden etimológicamente de «al-biggen-sis»; por eso originariamente tienen la significación de «hereje». Hasta 1243 no sabemos que la palabra beguino aparezca con buen sentido religioso. Entre 1209 y 1215 aparece algún texto en que los albigenses son denominados beggini. Y el mismo Lamberto Il Beges, de quien se dijo que había fundado y dado nombre a las beguinas, probablemente recibió el nombre de Il Beges (después le Bèghe) no porque fuese tartamudo, que ciertamente no lo era, sino porque se le acusaba de herejía, y por eso se le llamó Lambertos haereticus; creemos, pues, que su sobrenombre Il Beges es una corrupción de albigensis.
El nombre de begardo es más reciente que beguino, pues no lo encontramos hasta la segunda mitad del siglo XIII. Fácil sería derivarlo de Beggaert (el que ora o pide), pero como en los textos más antiguos aparece en diferentes formas, y alguna vez se escribe beginhardus, parece que debe considerarse como la forma masculina, germanizada, de beguina.
Comunidades de begardos o beguinardos no tardaron en organizarse en los Países Bajos, a semejanza de las beguinas, y de allí se extendieron a las naciones limítrofes. En 1253 hallamos una comunidad en Brujas. Vivían juntos, aunque sin comunidad de bienes. Se ocupaban en oficios manuales, especialmente en el tejido de la lana, acaso por imitar a San Pablo, y aunque al principio contrajeron grandes méritos por su caridad y laboriosidad, pronto se dejaron contagiar —mucho más que las beguinas— de ideas heterodoxas, poniéndose en contacto con los «Hermanos del libre espíritu». En 1277 (no 1227) el concilio de Tréveris ordenó que de ningún modo predicasen las gentes iliteratas, begardos o conversos. En 1290 los begardos fueron detenidos como herejes en Colonia y Basilea. En febrero de 1306 el arzobispo de Colonia los identificaba con otros heterodoxos Apostoli vulgariter appellati. El nombre de begardo vino a significar lo mismo que hereje, o bien fanático y de fingida piedad, siendo aplicado a muchos que en su origen nada tenían de común con los begardos.
Clemente V en el concilio de Vienne (1211) condenó sus errores, que eran los mismos que más tarde enseñarán los alumbrados y quietistas.
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia. Los monoteletas
Octava entrega: Segunda fase del monotelismo: 638-668
Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente
Décima entrega: El error adopcionista
Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación
Duodécima entrega: Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI
Decimotercera entrega: El cisma de oriente
Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)
Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía
Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses
