MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:
SANTA EDWIGIS, DUQUESA DE POLONIA, VIUDA.

Santa Eduwigis, mucho mas ilustre por el resplandor de su virtud, que por la nobleza de su sangre, fue hija del príncipe Bertoldo, duque de Carintia , marqués, de Moravia , conde del Tirol; y de Inés, hija de Rotlech, marqués del Sacro Imperio.
Tuvo cuatro hermanos y tres hermanas: Inés, que fue la mayor, casó con Felipe Augusto, rey de Francia; la segunda con Andrés, rey de Hungría, y fue madre de santa Isabel; la tercera se consagró a Dios en religión, y fue abadesa de Lutzing en Franconia. Nació Eduwigis hacia el fin del siglo XII, habiéndola dotado Dios de tan dichoso natural y de tal conjunto de prendas, que no parecía posible princesa mas cabal. A la elevación de su nacimiento añadió tanta inocencia y tanta pureza de costumbres, que la nobleza de su alma fue muy superior a la de su augusta sangre. Desde la misma niñez manifestó un juicio muy maduro, tan inclinada a la virtud desde la cuna, que parecía haber nacido ya cristiana. Siendo aun niña, dispusieron sus padres que entrase en el monasterio de Benedictinas de Lutzing para su mejor educación; pero las monjas encontraron en ella mas asunto de admiración que necesidad de cultivo ni materia de enseñanza.
Todas las delicias de la santa Niña eran pasar largos ratos en la iglesia o estar de rodillas delante de una imagen de la santísima Vírgen; y aunque muy inclinada a la lectura, no hallaba gusto en otra que en la de libros espirituales y devotos. Nunca la deslumbró el esplendor ni la grandeza de su casa; y a poderse excusar de obedecer a los príncipes sus padres, jamás hubiera abrazado otro estado que el religioso, donde seria la mas humilde de las esposas de Jesucristo. Pero la providencia de Dios, que para confundir los falsos pretextos del mundo se complace en poner a su vista de cuando en cuando ilustres ejemplos de la mas elevada santidad en todos los estados, tenia destinada a Eduwigis para modelo de perfección en el del santo matrimonio.
Contaba solos doce años cuando la casaron con el príncipe Enrique, duque de Silesia y de Polonia: con el nuevo estado descubrió nuevas virtudes. Luego que se dejó ver en la corte, se declaró por la piedad, y lejos de contemporizar con el espíritu del mundo, que tanto reina en aquellas, jamás reconoció otras obligaciones que las que autoriza la Religión, ni otro mérito que el que se funda en la verdadera virtud; de manera, que hacían mal su corte a la Princesa los que se preciaban de mundanos.
Su primer estudio fue comprender el genio y las inclinaciones del Duque su marido, para dedicarse a servirle y complacerle. Logrólo tan perfectamente, que ganándole el corazón para sí, se le ganó para Dios; y aprovechándose del amor que el Duque la profesaba, consiguió hacerle uno de los mas cristianos y mas virtuosos príncipes de Alemania. Juzgó; y juzgó con acierto la Princesa, que el medio mas eficaz para encontrar la propia salvación era cuidar con el mayor desvelo de la cristiana educación de sus hijos, considerando esta por una de las primeras obligaciones de su estado.
Concedióle el cielo tres hijos y tres hijas: los primeros fueron Enrique, Boleslao y Conrado; las segundas Inés, Sofía y Gertrudis. Mientras estaba en cinta, una de sus devociones, consintiéndolo su marido, era vivir en continencia todos los nueve meses, pasando aquél tiempo en cierta especie de retiro. Tenia distribuidas las horas del día en la oración, en devociones particulares, en leer libros devotos y en ejercitar,obras de misericordia; siendo una de sus máximas que a la mayor elevación del nacimiento correspondía mayor elevación de las virtudes, y que las personas que mas descollaban sobre las otras estaban mas obligada a la eficaz persuasión del buen ejemplo.
Habiéndose encargado ella misma de criar a sus hijos en las máximas mas puras de la Religión y de la virtud, tuvo el consuelo de verlos a todos tan señalados por su ejemplar piedad, como por las demás grandes y nobilísimas prendas que los hicieron muy ilustres en todas las cortes de Europa.
Enrique su primogénito, y heredero de los Estados del Duque su padre, lo fue también de su virtud; tanto, que se mereció el renombre de Piadoso. No dedicó menos cuidado la virtuosa Princesa a arreglar toda su familia y casa ducal; damas, señoras de honor, criadas y criados inferiores, todos vivían con regla, todo olía a virtud, y todo publicaba por cierto aire de religión y de modestia la eminente santidad de la ama a quien servían. No podía verse sin mucha admiración que una princesa joven, adornada de todas las bellas prendas que tanto brillan en el mundo, en medio de una corte tan pomposa como lucida, adorada de un esposo magnífico y poderoso, estimada, respetada y aplaudida de todo el mundo, hallándose en lo mas florido de su edad, viviese mas como religiosa que como soberana, pasando los días en retiro y en ejercicios de austeridad y de penitencia. Pero lo mas asombroso fue que después de tener el sexto hijo supo persuadir al Duque su marido a que pasase el resto de su vida en perfecta continencia; y los dos esposos hicieron secretamente este voto de manos de su obispo. Desde aquel día así el Duque como la Duquesa hicieron portentosos progresos en el camino de la perfección.
Sintió Eduwigis inflamado su corazón con un nuevo incendio del divino amor; de manera que ya todos sus deseos, todas sus ansias, todos sus suspiros eran por el cielo, no considerándose ya sino como madre de los huérfanos, de las viudas y de los pobres. Todos los días sustentaba un gran número de ellos en su palacio, y muchos comían a su mesa sirviéndoles ella misma la comida; de suerte, que ya era dicho común en la corte, que la Duquesa solo se divertía visitando los pobres enfermos en los hospitales. Persuadió al Duque su marido que fundase a corta distancia de Breslau, capital de la Silesia, donde residían los dos, el grande y célebre monasterio de Trebnitz, que la santa Duquesa entregó a las religiosas del Cister. Dotóle el Duque ricamente; pero Eduwigis aumentó tanto sus rentas, que alcanzaban para mantener a mil personas. Eran recibidas en él todas las viudas y todas las doncellas que se querían consagrar a Dios. Al principio se contaban en la comunidad muchos centenares de monjas, a cuya frente estaba la princesa Gertrudis, hija de nuestra Santa y muy en breve aquel famoso monasterio fue escuela de perfección y asilo de la inocencia. Además de esto, hizo santa Eduwigis que se educasen en él muchas señoritas pobres y huérfanas, con otras muchas doncellas de inferior esfera, dando el hábito a unas, casando a otras, y proporcionando a todas medios muy oportunos para su salvación.
Nunca había gustado de galas; pero después que hizo el voto de continencia, se vistió mas llanamente; de manera, que ninguna mujer anduvo jamás vestida con mayor honestidad y modestia. Su ejemplo reformó muy en breve la vana profanidad de las señoras de la corte, como la ejemplar virtud del Duque corrigió las costumbres y la conducta de los cortesanos. Pasaba Eduwigis lo mas del tiempo dentro del monasterio de Trebnitz en compañía de las religiosas, con que sin mucha dificultad pudo conseguir el beneplácito de su marido para tomar también el hábito, aunque sin hacer los votos; bien que observaba todas sus reglas con mas exactitud que las mismas religiosas.
En nada quiso admitir la mas leve distinción. Abatíase a los mas humildes oficios, diciendo a las monjas: Vosotras sois esposas de Jesucristo, yo no soy mas que una de vuestras criadas, con que de obligación me tocan estos menesteres. En virtud de este dictamen tomaba siempre el ínfimo lugar en el coro, en el refectorio y en todos los demás actos de comunidad; usando únicamente en esto del derecho que la daba el título de fundadora; ni jamás fue posible rendir su humildad a que admitiese otras preeminencias.
El tierno amor y el sumo agradecimiento que profesaba a Cristo crucificado la inspiraban un deseo tan encendido de padecer mucho por su amor, que costó trabajo a sus directores poner algunos límites al rigor de sus penitencias. Siendo joven, delicada y de flaca complexión, maceraba tanto su carne, que tocaba ya la raya de cierto inocente exceso. Ayunaba todos los días a excepción de los domingos y fiestas mas principales del año, y se prohibió absolutamente toda comida de carne. En una grave enfermedad el legado de la Silla apostólica en Polonia la mandó que usase de todo género de alimentos: obedeció, pero aseguró después que esta delicadeza había ejercitado mas su paciencia que toda su dolorosa enfermedad. Los domingos, martes y jueves comía pescado y leche: los lunes y sábados solamente legumbres; y los miércoles y viernes ayunaba a pan y agua. Ni de día ni de noche se desnudaba un áspero cilicio que la rodeaba la cintura, y estaba todo teñido de sangre cuajada. Andaba con los pies descalzos por la nieve y por el hielo, cuyo rigor abriéndoselos en grietas, descubría los sitios por donde pasaba, dejando en ellos ensangrentadas las huellas. La cama de respeto era correspondiente a su alta representación; pero era de respeto y nada mas, porque ella no usaba de otra que de unos humildes sarmientos. Eran excesivas sus vigilias; apenas descansaba dos o tres horas, y levantándose a Maitines, pasaba lo restante de la noche en oración y en otras devociones, las que interrumpía para mortificarse con sangrientas disciplinas, de cuya fervorosa crueldad daban buen testimonio las paredes salpicadas de su sangre. Si sus indisposiciones la precisaban a mitigar algo estos rigores permitiéndose algún alivio, admitía por cama un brazado de paja cubierta con una gruesa manta. Extenuóse tanto su cuerpo al continuado tesón de una vida tan penitente, que pareció un esqueleto animado. Todas las mañanas oía cuantas misas se celebraban en la iglesia del monasterio, con tanta devoción, que la pegaba aun a los mas indevotos: comulgaba con mucha frecuencia, y sentía en la Comunión aquellos dulcísimos consuelos con que regala el Señor a las almas fervorosas y mortificadas. Pero no hay virtud sobresaliente sin pesadas cruces, no hay Santo sin grandes pruebas. Conrado, duque de Kirne o de Cima, entró en las tierras del duque de Polonia Enrique, marido de nuestra Santa: dióse la batalla, y en ella quedó este herido y prisionero.
Sintió vivísimamente Eduwigis este desgraciado suceso; pero sin que por eso se alterase su tranquilidad, contentándose con decir a los que trajeron tan melancólica noticia, que esperaba en Dios ver muy presto al Duque restituido a su libertad y sano de sus heridas. Pero resistiéndose Conrado a poner en libertad al duque de Polonia, sin embargo de las razonables condiciones que se le propusieron para ajustar la paz, se vio precisado el joven Enrique, primogénito de la Santa, y heredero presuntivo de los Estados, a levantar un poderoso ejército, para que hiciese la fuerza lo que no había podido la negociación, Horrorizada la piadosísima Duquesa de la sangre que se había de derramar, se determinó a pasar ella misma a la corte de Conrado a exponer su persona para salvar a los demás. Apenas la vio en su presencia el duque de Kirne, cuando apoderado de un respetuoso terror, y olvidado de aquella fiereza con que se había mostrado inflexible, concedió a la Princesa todo cuanto le pidió, se ajustó la paz, y puso en libertad al duque de Polonia. Murió este virtuoso Duque poco tiempo después. y todos admiraron la constancia, el tesón y la superior virtud de la Duquesa.
Vióle espirar con ojos enjutos; y como las religiosas de Trebnitz mostrasen su excesivo dolor, explicándole en copiosas lágrimas, las dijo con una santa entereza: Todos debemos recibir con humilde rendimiento, en vida y en muerte, las amorosas disposiciones de la divina Providencia.
Tres años después quiso también el Señor ejercitarla heróica constancia de Eduwigis con otra prueba no menos dolorosa en la muerte del duque Enrique el Piadoso, su hijo primogénito, que murió en una acción contra los tártaros. Llególa al alma esta pérdida, pero la llevó con tanta resignación y con tanta serenidad, que tuvo pocos ejemplares, acreditando lo muerta que estaba la Duquesa a todos los desordenados movimientos de la carne y sangre. No obstante el grande estudio que ponía en ocultar a la noticia de sus hijas las extraordinarias gracias con que el Señor la favorecía y los celestiales consuelos con que la inundaba en la oración, no podían menos de dar bastantemente a entender estos divinos favores sus dulces lágrimas, sus tiernos suspiros y sus amorosos ímpetus.
Ni podía reprimir las lágrimas cuando se hablaba de Dios, ni otros podían reprimir las suyas cuando la oían hablar del amor de Jesucristo. Solo con oír pronunciar el dulce nombre de María se bañaba de gozo su semblante.
Favorecióla Dios con el don de milagros y de profecía, pronosticando el día de su muerte mucho tiempo antes de su última enfermedad; y aunque toda su vida fue una continuada preparación para aquella postrera hora, redobló su fervor cuando vio que se iba acercando. Mientras duró la enfermedad de que murió, la manifestó el Señor muchas cosas que jamás habla aprendido ni oído a persona humana. Quiso recibir los Sacramentos cuando parecía que ya estaba buena; pero presto conocieron todos que estaba bien informada de la hora de su muerte, pues poco después de haberlos recibido pasó tranquilamente al descanso del Señor el día 15 de octubre del año de 1243, habiendo vivido con cierta especie de milagro continuado cuarenta años enteros. entregada a penitentísimos rigores, que confunden sin excusa la delicadeza y la cobardía de las personas del mundo.
Fue enterrado su cuerpo en la iglesia del monasterio de Trebnitz con la pompa y con la solemnidad que era debida a tan santa como respetable princesa; y muy luego comenzó a hacerse glorioso su sepulcro al número y a la magnitud de sus milagros. Trabajóse sin cesar en los procesos de su canonización, que se celebró solemnemente el día 15 de octubre del año 1267, veinte y cuatro después de su muerte, por el papa Clemente IV; y aun se asegura que cuando el Papa estaba celebrando la misa para canonizarla, suplicó humildemente a Dios que se dignase dar vista a cierta doncella ciega en testimonio de la santidad de Eduwigis, y que en el mismo punto cobró su vista la venturosa doncella.
El año siguiente a los 17 de agosto el santo cuerpo fue elevado de la tierra, exhalando una suavísima fragancia, que llenó de admiración y de consuelo a todos los circunstantes. Encontráronse consumidas todas sus carnes, a excepcion de tres dedos de la mano izquierda, en que tenia asida una imagen de la santísima Virgen, que toda la vida había llevado consigo. Murió con ella en las manos, y la apretó con los tres dedos tan fuertemente, que no pudiéndosela arrancar, la enterraron también con ella. El papa Inocencio XI fijó su fiesta al día 17 del mismo mes.
Año cristiano
P. Juan Croisset
Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea
