CONSERVANDO LOS RESTOS II
Octava entrega

SEGUNDA FASE DEL MONOTELISMO: 638-668
III. Desde entonces, envalentonado Sergio con las dos cartas pontificias, se dirigió al emperador y le propuso un plan que hacía tiempo meditaba. Asegurado el apoyo de Roma y teniendo en sus manos al emperador, creyó llegado el momento de realizar la unificación religiosa de todo el Imperio.
1. La «Ekthesis» de Sergio. Para obtener esta unión real y efectiva, propuso a Heraclio la publicación de un decreto o fórmula de fe, denominada Ekthesis, que debía ser aceptada por todos y servir como lazo de unión de los cristianos. Así fue convenido con el emperador, y la Ekthesis fue promulgada en el mismo año 638. Afectando acomodarse a la norma dada por el Papa sobre el silencio acerca de una o dos energías, una o dos voluntades, ponía a ambas al mismo nivel y las rechazaba a ambas como peligrosas de herejía, «la primera, porque escandaliza a algunos, aunque se halla en los Padres; la segunda, porque conduciría necesariamente a defender dos voluntades opuestas». Luego, olvidándose de lo anterior, concluía que debían todos admitir en Cristo una sola voluntad, y esto no en sentido moral. Se ve, pues, claramente que, afectando huir las expresiones controvertidas, la Ekthesis proponía claramente el monotelismo.
Respaldada por el emperador y por el patriarca de Constantinopla, la Ekthesis se introdujo rápidamente en casi todas las regiones orientales. Los patriarcas de Antioquía y de Alejandría se unieron sin dificultad a Sergio de Constantinopla. Gran parte del episcopado oriental se plegó a la voluntad del emperador. Sergio la hizo triunfar fácilmente en un sínodo celebrado en su sede en 638. Después de su muerte, ocurrida en este mismo año, su sucesor Pirro lo hizo aprobar igualmente en otro concilio de 639. En Jerusalén mismo, el nuevo patriarca, Sergio de Joppe, sucesor de Sofronio, se adhirió al movimiento triunfante. En realidad, el monotelismo, sintetizado en la Ekthesis, triunfaba en toda la línea.
2. Principio de la oposición occidental. Sin embargo, este triunfo no era completo. Más bien diríamos que la Ekthesis, en vez de contribuir a cortar la discusión sobre las dos voluntades de Cristo, provocó de un modo especial la resistencia de los Romanos Pontífices sucesores de Honorio y la de todo el mundo occidental.
El papa Severino (640) pasó su corto pontificado sin obtener la aprobación del emperador bizantino; esto no obstante, según parece, anatematizó el monotelismo. Su sucesor, Juan IV (640-642), reunió en 641 un sínodo en la Ciudad Eterna y en él lanzó anatema contra esta herejía. La noticia fue comunicada al punto al emperador Heraclio; pero éste apenas tuvo tiempo de darse cuenta del hecho, pues murió en febrero de 641. Se afirma que, estando en el lecho de muerte, quiso librarse de la responsabilidad de la Ekthesis, echando la culpa de todo a Sergio.
Su hijo Constantino III y, sobre todo, Constante II (641-668) continuaron la lucha cada vez con más encarnizamiento. De nada sirvió la carta de Juan IV a Constantino III exponiendo la verdadera doctrina y defendiendo la ortodoxia del papa Honorio; de nada tampoco la defensa enérgica y sólida de San Máximo y de otros portavoces de la ortodoxia católica; de nada igualmente el avance arrollador de los árabes, que llegaron a poner en verdadero peligro la última metrópoli del Imperio. Constante II tomó como suya la Ekthesis y se empeñó en el triunfo completo del monotelismo. Mas con esto no hizo más que agudizar y prolongar más la lucha.
Varios acontecimientos marcaron un nuevo rumbo a todas estas discusiones. Pirro, patriarca de Constantinopla, sucesor de Sergio desde 638, tuvo que abandonar su puesto al advenimiento del emperador Constante II en 641 234. Su sucesor, Paulo II, emprendió con renovada furia la batalla en favor del monotelismo. El nuevo papa Teodoro I (642-649), por el contrario, tuvo interés en mantener la posición completamente ortodoxa del Pontificado. Por esto, al escribirle Paulo II dándole cuenta de su propio nombramiento como patriarca de Constantinopla y pidiendo su aprobación, el Papa le respondió notando la irregularidad de su situación, pues su predecesor Pirro vivía en el destierro y no había presentado ninguna renuncia. Paulo no hizo ningún caso de la actitud del Papa; más aún: como lanzando un reto contra Roma, agudizó más la lucha en favor de la Ekthesis y del monotelismo.
3. Se intensifica la oposición. San Máximo. Entretanto, precisamente desde 642, con el nuevo papa Teodoro I, no obstante la audacia del patriarca Paulo II, se intensificaba más y más la oposición por parte de los defensores de la ortodoxia. Ya no era sólo el Occidente. En Chipre y Palestina, en Siria, en Egipto y en todo el norte del África, el monotelismo tropezaba con una tenaz oposición. A la cabeza de la misma se hallaba el abad Máximo, ya conocido por sus intervenciones en favor de la ortodoxia. Ante la avalancha de la invasión árabe en Egipto, verdaderas caravanas de cristianos se refugiaban a lo largo del norte de África, llegando hasta Cartago. Entre los fugitivos había multitud de monoteletas, los cuales se entregaron a una propaganda fanática y escandalosa.
Mas precisamente uno de los refugiados en Cartago era el mismo abad Máximo, el cual se entregó de lleno a la defensa de la verdadera fe contra las maquinaciones de los herejes. El éxito fue ciertamente providencial. Pero el hecho más ruidoso fue la discusión realizada entre Máximo y Pirro, el patriarca desterrado de Constantinopla. Este era uno de los más decididos defensores del monotelismo, y al fin se avino a celebrar una discusión pública con el paladín de la ortodoxia, Máximo. Celebróse, pues, efectivamente, esta discusión en presencia del exarca y de los obispos de la provincia, y al final de la misma Pirro se declaró convencido por su adversario, haciendo inmediatamente su sumisión. Era el mes de julio del año 645.
Este acontecimiento tan extraordinario tuvo rápidas consecuencias. El año siguiente, 646, salió una solemne condenación del monotelismo, firmada por los obispos de Numidia, Mauritania y otras regiones del norte de África. Este acto de protesta y condenación de la herejía se hizo constar de un modo expreso delante del emperador y del patriarca Paulo II. Al mismo tiempo se escribió al Romano Pontífice Teodoro I una carta de adhesión. Con razón observan algunos historiadores el hecho de que, habiéndose inventado el monotelismo para unir más estrechamente al Imperio bizantino los territorios orientales, él fue la ocasión para que las provincias del norte del África se apartaran definitivamente de Constantinopla.
4. Nuevo decreto de unión: el «Tipo». Frente a todas estas resistencias, sobre todo a la deposición de Paulo II por el papa Teodoro, ideó Paulo un nuevo edicto de unión, que juzgaba más apto para obtener el triunfo del monotelismo. Esta nueva fórmula de unión fue denominada Tipo y debía sustituir a la Ekthesis. Su característica consistía en imponer silencio a las dos partes, prohibiendo severamente hablar de una o dos operaciones, energías o voluntades. En este punto, debían contentarse con los antiguos símbolos. El mal consistía en que se equiparaba a los dos extremos, la verdadera y la falsa doctrina. Mas, por otra parte, ¿cómo se podía imponer silencio en medio de la agitación y excitación existentes? Lo que se pretendía era que callaran los católicos fieles a Roma y, entretanto, que triunfase la política del patriarca Paulo II. El Tipo era, pues, francamente favorable al monotelismo.
De este modo, en vez de paz y unión, el Tipo intensificó más todavía la guerra y desunión existentes. De ambas partes se lanzaron a la lucha con nuevas energías. El nuevo papa Martín I (649-653) era el hombre providencial que debía marcar la conducta austera e inflexible de la Iglesia católica. Hombre de ciencia, enérgico y bien versado en la verdadera diplomacia, del tipo de San Gregorio Magno, Martín I, como apocrisiario o delegado pontificio que había sido de parte de Roma en Constantinopla, conocía perfectamente la mentalidad y el modo de ser orientales. Por eso se propuso desde un principio oponer a la duplicidad bizantina un sistema claro y definido, provocando con ello, sin duda, actitudes de apasionamiento y persecución que recuerdan los tiempos del más furioso arrianismo.
Alentado por el gran defensor de la fe, el abad Máximo, Martín I celebró ante todo en Letrán un concilio el año 649 241, en presencia de 105 obispos, y dando a la asamblea la máxima solemnidad, examinóse la conducta de los principales defensores del monotelismo, leyóse públicamente el texto de algunos de sus escritos, y en particular se discutieron las fórmulas de unión Ekthesis y Tipo. El mismo Papa hizo ver en un discurso cómo los Padres, y particularmente San León, enseñaban que la operación sigue a la naturaleza, con lo cual en Cristo hay dos operaciones y dos voluntades libres, si bien incontaminadas con el pecado. Finalmente, en veinte cánones, lanzó anatema contra los cabecillas del monotelismo, los tres patriarcas Sergio, Pirro y Paulo y los dos prelados más conspicuos, Teodoro de Farán y Ciro de Alejandría. Además prohibió solemnemente la Ekthesis y el Tipo, al que denominaba scelerosum Typum.
De este modo, a la intimación del Tipo de guardar silencio, atendiendo exclusivamente a los católicos ortodoxos, Martín I y los fieles defensores de la ortodoxia respondían anatematizando el monotelismo y proclamando la doctrina de las dos voluntades. Esto no significaba arrogancia, sino simple ejercicio de defensa de la verdad, pues no puede permitirse que sean equiparados la verdad y el error. Al mismo tiempo que en Roma se hacían estos actos de energía, el Papa enviaba a Constante II una carta llena de atenciones, pues en todo este asunto se había procurado cuidadosamente no mezclarlo en las discusiones y anatemas, los cuales iban dirigidos a los obispos y patriarcas.
5. Firmeza inquebrantable del Papa Martín I. Mas de nada iba a valer esta táctica de prudente diplomacia. El emperador Constante estaba enteramente envuelto en las mallas de la conjuración monoteleta y hacía causa común con el patriarca Paulo II. Precisamente entonces, el emperador, obligado a retirarse del norte de África y viéndose amenazado en la metrópoli, estaba decidido a reforzar sus posiciones en el Asia Menor y en la península Italiana. Así, pues, decidido a hacer pesar su autoridad sobre Roma, envió a su exarca Olimpio con la orden de apoderarse de la persona del Papa y vencer a todo trance su oposición. Habiendo fracasado Olimpio en ambos intentos, fue enviado otro exarca, Teodoro Calliopas.
El nuevo emisario de Constante II se presentó, en junio del año 653, apoyado por un poderoso ejército. Ante este despliegue de fuerza, el Papa se retiró a Letrán; mas, no obstante la gritería y protesta del pueblo, no pudo ofrecer seria resistencia, como tampoco le valió refugiarse en la basílica, pues ésta fue invadida por Calliopas y su gente, quienes se apoderaron violentamente del Romano Pontífice. La batalla entraba en su período más violento. La prisión de Martín I marca el principio de un martirio prolongado, que no terminó sino con la vida del Romano Pontífice.
El plan del emperador era conducir al Papa a Constantinopla, con el fin de forzarlo allí moralmente a someterse a su voluntad. Fue, pues, embarcado en el Tíber, y, después de tres meses de navegación, arribó por fin a la isla de Naxos, donde, a causa del deplorable estado de su salud y por otras razones, se vieron obligados a detenerse un año entero. Finalmente, en septiembre del año 654 llegó a Constantinopla. Más de tres meses tuvo que esperar entonces, internado en la prisión Prandiaria y sujeto a las más injustas vejaciones, después de lo cual fue presentado ante un tribunal completamente arbitrario e incompetente. Luego, bajo la inculpación de haber fomentado la rebelión del Occidente contra el emperador y apoyados en multitud de falsos testigos, lo condenaron por delito de alta traición.
En vano quiso él encauzar el proceso hacia el terreno religioso y discutir la cuestión del monotelismo. Sin atender para nada a sus deseos, se procedió contra él con la mayor brutalidad. Se le despojó de sus vestiduras sacerdotales; se le llenó de improperios y expuso a las burlas del populacho; se le echó una cadena al cuello, y en este estado de humillación se le arrojó en la cárcel llamada de Diomedes. Se refiere que, al entrar en la cárcel, dijo él al carcelero: «Haced de mí todo lo que queráis; cortadme a pedazos si queréis, mas no esperéis que entre jamás en comunión con la iglesia de Constantinopla». Y una antigua tradición atestigua que, dirigiéndose el emperador después de estas escenas a la cabecera del patriarca Paulo, gravemente enfermo y muy atormentado de escrúpulos, oyó que éste le apostrofó en estos términos: «Sí; una carga más contra mí en el terrible juicio que me aguarda. ¿No es una indignidad que un Pontífice sea tratado de esta manera?»
Los meses siguientes fueron un martirio continuado para el Pontífice. Mas como no se doblegara a los deseos del emperador, retractándose de todo lo decretado en el concilio de Roma y admitiendo el Tipo, finalmente, el 26 de marzo de 655 fue embarcado para Quersón, en Crimea, hoy Sebastopol, donde estuvo sometido a toda clase de privaciones y torturas, hasta que vino a librarle de ellas la muerte el 16 de septiembre. De los sufrimientos a que estuvo sometido en este destierro dan una idea las cartas que desde allí escribió y se han conservado hasta nuestros días. El pueblo cristiano comenzó a reverenciar su sepulcro como el de un santo y la Iglesia lo venera como mártir.
6. Segunda víctima del monotelismo: San Máximo. Como era de suponer, quien se atrajo de un modo especial la ira de los jefes monoteletas fue Máximo Confesor. Así, pues, al mismo tiempo que se apoderaban del papa Martín I, prendieron igualmente en Roma a este insigne adalid de la causa católica y a dos de sus más esforzados discípulos, Anastasio el Monje y Anastasio el Apocrisiario. Conducidos a Constantinopla el mismo año 653, fueron sometidos a las mayores vejaciones y a los más astutos interrogatorios. Particularmente contra Máximo se dirigen las más graves inculpaciones, incluso de carácter político. «Tú eres—le dicen— el único responsable de haber entregado a los sarracenos el Egipto, la Tripolitania y toda el África del Norte». De nada sirve la negativa más rotunda. Al fin se plantea la verdadera causa discutida. Se le intima que rechace el concilio de Letrán y admita el Tipo, sometiéndose al emperador. La contestación es la que se podía esperar: la negativa más rotunda. Se hace un simulacro de discusión teológica con Teodosio, arzobispo de Cesarea. Se le ofrecen toda clase de distinciones si acepta el Tipo. A los halagos siguen las amenazas y los malos tratos. Es desterrado a Salymbria y luego a la fortaleza de Peibera. De semejante manera son tratados sus dos impertérritos compañeros.
Después de siete años de sufrimientos y constantes torturas, se refiere que les arrancaron la lengua y cortaron la mano derecha, y en esta forma fueron exhibidos al populacho. Finalmente, trasladados al pie del Cáucaso, al fuerte de Lasica, murió allí San Máximo el 13 de agosto de 662. Es el segundo mártir ilustre contra la herejía monoteleta.
Como si Dios se hubiera aplacado con la sangre de estas víctimas, de hecho se fueron apaciguando cada vez más los ánimos y suavizando las relaciones del Oriente con el Occidente. El sucesor de San Martín I, San Eugenio (655-657), de carácter suave y pacífico, envió a sus delegados a Constantinopla, los cuales fueron seducidos por los orientales y firmaron un convenio, que no era otra cosa sino una variante del monotelismo. Desde Roma se protestó, y el Papa desaprobó la conducta de sus enviados. Probablemente el Papa Eugenio hubiera tenido que seguir a Martín I en su calvario; pero el desastre naval del emperador en el Fénix, frente a los árabes, estorbó los planes vengativos de Constante II.
El sucesor de Eugenio I, San Vitaliano (657-672), evitó la condenación expresa del Tipo, con lo cual se preparó el camino para una inteligencia. Invitáronle para ello de un modo especial las circunstancias del Imperio bizantino y el emperador Constante II, quien después de tantos descalabros había perdido su antigua altanería e intolerancia y deseaba una avenencia; más aún: ante la impopularidad creciente de que era objeto en Oriente, deseaba ganarse a los romanos. Por esto envió suntuosos regalos al nuevo Papa, hizo incluir su nombre en los dípticos de las iglesias y recibió con grandes honores a la embajada que Vitaliano envió a Constantinopla. Este acercamiento fue facilitado por la muerte del patriarca Paulo II y la constante presión de los árabes; pero en estas circunstancias y sin que se hubiera llegado a ningún convenio ni acto definitivo, el emperador Constante II fue asesinado en Siracusa el año 668 por uno de sus servidores.
IV. TERCERA FASE DEL MONOTELISMO: 668-681
Con la desaparición de los dos más poderosos partidarios del monotelismo, el patriarca Paulo II y el emperador Constante II, cambiaba por completo la situación de la Iglesia y de la ortodoxia, tanto más cuanto que el sucesor de Constante, su hijo Constantino IV Pogonato (668-685), era de convicciones enteramente ortodoxas y deseaba a todo trance mantener la buena inteligencia con Roma.
1. Preparación del Concilio sexto ecuménico. En presencia de la nueva situación, el papa Vitaliano pudo obrar con mayor energía. El acto más memorable que realizó con el nuevo emperador fue suspender el Tipo, logrando con ello que cesara la tensión entre las dos iglesias, oriental y occidental.
Los Papas Adeodato (672-676) y Domno (676-678) mantuvieron estas buenas relaciones iniciales con el emperador bizantino. El año 678, Constantino IV, movido por el deseo sincero de obtener una paz religiosa duradera, se aventuró por fin a proponer al Papa Domno la celebración de un concilio. Esta invitación la recibió su sucesor Agatón (678-681), que era el que había de realizar la unión definitiva. Sin embargo, tanto en Oriente como en Occidente, el terreno distaba mucho de estar bien preparado. Existían todavía muchos prejuicios de una parte y de otra, que impedían la reunión provechosa de una asamblea universal de la Iglesia.
Así, pues, con el objeto de disponer las cosas en Occidente, el Papa hizo que se celebraran varios sínodos, como los de Milán en Italia y Heathfield en Inglaterra. Pero el más importante fue el organizado y dirigido por él personalmente en Roma en la Pascua de 680. El Occidente estuvo representado en él con 125 prelados, los cuales redactaron las instrucciones que los legados pontificios debían llevar a Constantinopla y dos cartas para el emperador, una en nombre del concilio y otra en el del Papa. En ésta se incluía una especie de fórmula de fe o epístola dogmática, a la manera de la de San León, en la cual se declaraba claramente el dogma de las dos voluntades en Cristo y dos operaciones que no se oponen ni contradicen. De este modo, antes del concilio quedaba ya definida enteramente la materia que en él debía publicarse.
2. Concilio cuarto de Constantinopla, sexto ecuménico (680-681). Según parece, Constantino Pogonato no aspiraba a otra cosa que a una entrevista entre los representantes del Occidente y del Oriente a fin de llegar a un acuerdo. Pero las cosas se presentaron de manera que resultó un verdadero concilio universal. Incluso de Alejandría y Jerusalén, que se hallaban en manos de los árabes, pudo haber representantes legítimos. Sin embargo, la concurrencia al concilio varió bastante en las 18 sesiones que se celebraron.
Celebróse, pues, el Concilio desde el 7 de noviembre de 680 al 16 de septiembre de 681, bajo la presidencia de honor y la protección del emperador y con la presidencia efectiva de los legados pontificios y del patriarca Jorge de Constantinopla. Las sesiones tuvieron lugar en el palacio imperial, llamado Trullo, por lo cual este concilio es designado también como Trullanum primum. Las discusiones fueron en realidad difíciles y algunas de ellas dieron origen posteriormente a grandes y enconadas contiendas. El ambiente monoteleta era en verdad muy denso y contaba con partidarios decididos, como Macario de Antioquía y el monje Esteban. El mismo patriarca de Constantinopla tenía simpatía por el monotelismo.
Siguiendo la costumbre de estos concilios ecuménicos, se examinó detenidamente la conducta de los principales personajes que habían intervenido en toda la contienda y se siguió a cada uno de ellos un verdadero proceso, que a las veces se transformó en examen crítico sobre la autenticidad e integridad de los textos aducidos. Luego se presentaron los textos pontificios, particularmente la última epístola del Papa Agatón, que incluía una prueba completísima sobre el sentir de los Padres favorable a la doctrina católica de las dos voluntades y constituía una declaración expresa del dogma católico.
El resultado de todo fue que el patriarca Jorge de Constantinopla quedó plenamente convencido y aceptó la doctrina del Papa Agatón. Lo mismo hizo toda la asamblea, a excepción del patriarca Macario de Antioquía, el cual fue depuesto en la sesión novena. Como era natural, fue condenada expresamente la doctrina monoteleta, y, en consecuencia, se lanzó anatema contra los cabecillas del monotelismo: Sergio, Pirro y Paulo de Constantinopla y Ciro de Alejandría.
El Papa había hablado por la boca de Agatón, y cuando el concilio, con los 174 prelados que tomaron parte en la última sesión, reconoció solemnemente la autoridad suprema de la Silla de Roma, dio un nuevo testimonio de la unidad perfecta de toda la Iglesia. El primado de Roma salía robustecido de aquella larga prueba. Así se confirmaba en la carta que dirigía el concilio al Papa, al terminar la sesión decimoctava, pidiendo la confirmación de sus actas. Al dar su aprobación León II (681-683), que sucedió al Papa Agatón, recibía el concilio el sello que comunicaba a sus decisiones un valor infalible. El emperador aceptó igualmente los decretos del Concilio, firmando y sancionando sus actas.
3. El Concilio sexto ecuménico y el papa Honorio. El resultado del Concilio sexto no podía ser más satisfactorio para la causa de la ortodoxia católica romana. Sin embargo, al condenar a los cabecillas del monotelismo, el Concilio mezcló el nombre del Papa Honorio, con lo cual ha dado ocasión a largas discusiones y serias dificultades. Es lo que suele designarse como segunda parte de la cuestión del Papa Honorio. Efectivamente, si es cierto, como antes hemos expuesto, que el Papa Honorio no erró en la fe, y, por consiguiente, las dos cartas célebres no ofrecen dificultad seria contra la infalibilidad pontificia, pues no contienen ningún error dogmático, parece no puede librarse al Concilio de haber errado al lanzar anatema contra Honorio, equiparándolo a los demás heresiarcas. Porque, en realidad, el Concilio sexto tuvo a Honorio como hereje. Así, pues, ¿qué hay que decir a esto?
Algunos apologistas han intentado en diversas ocasiones la defensa del Concilio negando la autenticidad de las actas y defendiendo que la condenación del Papa Honorio es simplemente una interpolación posterior. Además, se ha insistido a las veces en la suposición de que las palabras del Concilio no constituyen en rigor ningún anatema, como el que se lanza contra los herejes propiamente tales. Ambas suposiciones tienen algún fundamento sólido, particularmente la segunda.
Pero, en todo caso, creemos que puede admitirse como suficientemente probada la autenticidad de las actas del Concilio sexto, y así concedemos que los Padres en él reunidos lanzaron contra el Papa Honorio un veredicto, que forma la base de todas las condenaciones de Honorio que más tarde se fueron repitiendo en la Iglesia. Sin embargo, es necesario examinar el verdadero alcance de la condenación expresada por el Concilio y dar a sus palabras la debida significación.
Las palabras en litigio son las siguientes: «Anathematizari praevidimus et Honorium… eo quod invenimus per scripta quae ab eo facta sunt ad Sergium, quia omnibus eius mentem secutus est et impia dogmata confirmavit».
Ante todo, no puede dudarse de esas expresiones, y, por consiguiente, los Padres del concilio atribuyen a Honorio el haber seguido la doctrina de Sergio. En esto erraron los Padres del Concilio sexto. Pero no por esto se puede atribuir un error al Concilio sexto en su calidad de Concilio ecuménico, que es lo único que tiene el privilegio de infalibilidad. La razón es la siguiente: el Concilio sexto sólo recibió el privilegio de infalibilidad cuando el Papa León II le mandó su aprobación y en tanto en cuanto fue aprobado por el Romano Pontífice. Ahora bien, al dar su aprobación este Papa, corrigió expresamente esta condenación del Concilio, dándole el alcance que correspondía a la realidad. Así, no daba como razón del anatema que Honorio hubiera seguido el error de Sergio, sino porque «hanc apostolicam Sedem profana proditione immaculatam fidem maculari permisit», es decir, porque permitió que la Sede Apostólica fuera afeada con una traición herética.
Por tanto, la condenación del Concilio sexto, que recibe la aprobación del Papa, y, por consiguiente, el privilegio de infalibilidad conciliar, tiene como fundamento un grave des-cuido del Papa, una falta grave de vigilancia, su negligencia en no cortar los pasos a la herejía. Es lo que expusimos en su debido lugar. Tal vez erraron los Padres del Concilio, creyendo ellos erróneamente que Honorio había seguido la doctrina del monotelismo; pero el decreto definitivo del Concilio, después de la aprobación pontificia, no contiene este error, sino que se ajusta exactamente a la realidad de los hechos.
Todo esto se confirma teniendo presente la siguiente observación: las instrucciones que los legados pontificios habían recibido del Papa Agatón contenían lo que acabamos de indicar: «Quae (Ecclesia Romana) per Dei Omnipotentis gratiam a tramite Apostolicae Traditionis numquam errasse probabitur, nec haereticis novitatibus depravata succubuit»: «Nunca podrá probarse que la Sede Romana, ayudada de la Omnipotencia divina, se haya apartado de la tradición o doctrina apostólica o sucumbido a ninguna novedad herética». Bien claramente se manifiesta el sentir del Romano Pontífice, que excluye todo error de todos los Romanos Pontífices; por consiguiente, también del Papa Honorio; y este sentir es el que impuso luego al Concilio.
En esta forma quedó luego durante toda la Edad Media la condenación del Papa Honorio, que repetía la Iglesia en diferentes ocasiones, y es lo que resume el Liber Diurnus con estas palabras: «Anatematizamos a Honorio, porque con su negligencia fomentó el crecimiento de los falsos asertos de los herejes».
4. Final de la cuestión del monotelismo. Así quedaba oficial y definitivamente terminada la cuestión del monotelismo, la última de las grandes cuestiones cristológicas, sutil ramificación del monofisitismo, que tan hondas raíces había echado en la Iglesia oriental. Como el emperador Constantino Pogonato puso inmediatamente todo su poder al servicio de la ortodoxia católica, ésta pudo abrirse paso en todas partes. El monotelismo tuvo un momento de respiro y rápida resurrección después de la revolución de 711 y del asesinato de Justiniano II, hijo de Constantino Pogonato. Pero ya no ha tenido importancia en la Iglesia oriental. Lo que de él quedó fue monofisitismo franco y manifiesto, que se ha conservado hasta nuestros días.
En cambio, el Concilio sexto tuvo una especie de aditamento, que conviene conmemorar aquí. Como los Concilios quinto y sexto ecuménicos no habían promulgado cánones disciplinares, el emperador Justiniano II (685-695), que deseaba unificar todo el derecho canónico sobre la base del derecho bizantino, quiso que se reuniera otro con la única finalidad de dictar las normas canónicas que la Iglesia necesitaba para su reforma y perfecta organización.
Este concilio se celebró durante el año 692 en el palacio imperial Trullo, por lo cual se le designa a veces como Trullanum secundum. Por otra parte, como era complemento de los Concilios quinto y sexto, es llamado comúnmente concilium Quinisextum. En él, conforme a su finalidad, se dieron 102 cánones disciplinares; mas, por desgracia, aparece en ellos claramente la tendencia bizantina a quererse imponer a la Iglesia de Roma. Por esto se llega en algunos a marcar la antítesis entre lo que practica la iglesia occidental y lo que prescribe la oriental. En realidad, todo el llamado concilio Quinisexto, con sus numerosos cánones, manifiesta un antagonismo estridente entre la iglesia oriental y occidental. Así se explica que no tuviera nunca la aprobación del Romano Pontífice, el cual se opuso constantemente a las pretensiones de supremacía de la iglesia bizantina. En Occidente se llamó a este concilio sínodo errático. Los orientales, en cambio, lo consideran como ecuménico.
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia. Los monoteletas
