Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Fiesta de San Juan Evangelista

Sermones-Ceriani

SAN JUAN EVANGELISTA

Después de San Esteban, el Protomártir, el más próximo junto al pesebre del Señor es San Juan, el Apóstol, Evangelista y Profeta.

Era justo que fuese reservado el primer puesto al que amó al Emmanuel hasta el punto de derramar su sangre en su servicio.

Pero, después del sacrificio sangriento, el más noble y valeroso, el que mejor conquista el Corazón de Jesucristo, es el sacrificio de la virginidad.

Ahora bien, así como San Esteban es reconocido como prototipo de los Mártires, San Juan aparece ante nosotros como el Príncipe de los Vírgenes.

El martirio le valió a San Esteban la palma y la corona; la virginidad mereció a Juan sublimes privilegios.

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Juan tuvo la honra de nacer de la estirpe de David, en la misma familia de la purísima María.

Compartió ese honor con su hermano Santiago el Mayor, hijo como él del Zebedeo, y con Santiago el Menor y San Judas, hijos de Alfeo.

Era Juan natural de Betsaida, pequeña población situada cerca del lago de Genezaret, y habitada por rudos marineros y pescadores.

Zebedeo, su padre, patrón de una barca, ejercía su profesión en el lago en compañía de sus dos hijos.

Salomé, su madre, es mencionada en tres escenas del relato evangélico:

En la primera se muestra como la mujer judía imbuida en ideas temporales, tan extendidas entre los de su nación; el amor materno la tornó ambiciosa y deseaba para sus hijos los dos primeros puestos en el reino terrestre de Israel.

La segunda vez la hallamos en la Vía Dolorosa, con María Santísima y Juan, su hijo.

Por último, la contemplamos en la madrugada de la Resurrección camino al sepulcro.

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Cuando el Precursor abandonó el desierto y fue a predicar la penitencia a orillas del Jordán, se le juntó el hijo de Zebedeo, el cual al oír los apremiantes sermones del Bautista, acabó de prepararse para el próximo advenimiento del Mesías.

Hallándose cierto día el Bautista con dos de sus discípulos, vio a Jesús que por allí pasaba, y señalándolo con la mano, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos que esto oyeron marcharon en pos del Salvador.

Volviéndose entonces Jesús vio que le seguían y les pregunto: ¿Qué buscáis?

Respondieron ellos: Maestro, ¿dónde habitas?

Repuso Jesús: Venid y lo veréis.

Se fueron con Él, vieron su morada y pasaron en su compañía lo restante del día y la noche siguiente.

¡Oh día y noche felices! —exclama arrobado San Agustín— ¡Quien nos repitiera los celestiales coloquios de que fuisteis testigos!

Uno de esos venturosos discípulos del santo Precursor se llamaba Andrés, hermano de Simón Pedro; el nombre del otro lo calla el relato evangélico; por modestia no quiso San Juan escribir su propio nombre al narrar la primera entrevista o conversación que tuvo con el Hijo de Dios.

Después de esta entrevista, se separaron Juan y Andrés del Divino Maestro y volvieron a sus quehaceres de pescadores.

No habían oído aun la poderosa voz de Jesús, que al llamar a los hombres les da fuerza de voluntad para abandonarlo todo y seguirle.

Pero en breve iba a sonar para ellos la hora de la vocación.

Caminaba Jesús, algún tiempo después, por la ribera del mar de Galilea cuando vio a Andrés y a su hermano Simón en ocasión en que echaban las redes en el lago, pues ambos eran pescadores, y les dijo: Seguidme y os hare pescadores de hombres. Al instante dejaron los dos la barca y las redes y le siguieron.

Pasando más adelante vio en otro navío a los dos hijos de Zebedeo, es decir, a Santiago y a Juan, los cuales, con su padre, recomponían las redes de pescar.

Los llamó así mismo, y ellos dejaron en el barco a su padre con los operarios y le siguieron.

San Juan siguió, pues, a Cristo en la flor de la juventud sin volver la vista atrás; fue objeto de una ternura particular por parte del Corazón de Jesús, y en tanto que los demás fueron simplemente Discípulos y Apóstoles, él fue el Amigo del Hijo de Dios.

El sacrificio de la virginidad que Juan ofreció al Hombre-Dios fue, según lo proclama la Iglesia, el motivo por el que el Hijo de Dios le amó singularmente.

Convienes pues, destacar aquí, en el día de su fiesta, las gracias y privilegios que se derivaron para él de esta celestial predilección.

Sólo ésta palabra del santo Evangelio: El Discípulo a quien Jesús amaba, dice más en su admirable concisión, que todos los comentarios.

Sin duda, Pedro fue elegido para ser Jefe de los demás Apóstoles y fundamento de la Iglesia; fue más honrado; pero Juan fue más amado.

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Cierto día, habiendo de pasar el Señor por la ciudad de Samaria, de camino para Jerusalén, despachó a algunos delante de sí para que preparasen lo que habían de comer; pero los samaritanos, que conocieron que eran judíos, no quisieron recibir al Salvador.

Indignados Juan y Santiago por tal afrenta, y encendidos en celo excesivamente fogoso —lo que les valió el sobrenombre de Boanerges, o hijos del trueno— dijeron a Jesús: ¿Quieres que mandemos que llueva fuego del cielo y los abrase? Pero Jesús, vuelto a ellos, los reprendió, diciendo: No sabéis de qué espíritu sois.

En otra oportunidad, concertada Salomé con sus hijos, fue a encontrar a Jesús y le habló de este modo: Maestro, quisiéramos que nos concedieses todo cuanto te pidamos. ¿Qué queréis?, les preguntó; y prosiguió Salomé: Dispón que estos dos hijos míos tengan su asiento en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Mas Jesús, conociendo de dónde venía la petición, nada respondió a la madre, sino que se volvió a los hijos y les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo tengo que beber?

Ambos hermanos, sin entender perfectamente el sentido de la divina pregunta, pero, sospechando que les exigiría algún generoso sacrificio, respondieron: Podemos.

El Salvador, rasgando entonces el velo de lo futuro les predijo el martirio: Mi cáliz, sí que lo beberéis, pero el asiento a mi diestra o siniestra no me toca concederlo a vosotros, sino que será para aquellos a quienes lo ha destinado mi Padre.

Hermosa lección recibieron Juan y Santiago en esta circunstancia; no hay enseñanza más elevada, pues encierra en sí la ciencia sublime de la inmolación completa y absoluta; la ciencia del martirio, con todo lo que tiene de abnegación.

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Leyendo el Sagrado Evangelio, uno se va dando cuenta de que San Juan ocupa entre los Apóstoles un lugar de predilección, como ya hemos dicho.

Para Juan parece que reserva Jesús las más tiernas efusiones de su Corazón. Se diría que multiplica las ocasiones para manifestarle la ternura especial de su amantísimo Corazón.

Lo toma por testigo de escenas misteriosas que no quiere realizar en presencia de la muchedumbre, sino apartado de ella, y aun lejos de las miradas de los demás Apóstoles.

Con Pedro y Santiago asiste a la resurrección de la hija de Jairo, y ve por vez primera a su Divino Maestro encararse con la muerte y mandarle devuelva su presa.

Algún tiempo después lleva Jesús a sus tres Apóstoles privilegiados, Pedro, Santiago y Juan, al monte Tabor; se transfigura en su presencia y les muestra su gloria.

Pero hay un instante, en la Última Cena, víspera de la Pasión, en que el Sacratísimo Corazón de Jesús, desbordante de amor, parece querer transfundirse en el alma del Discípulo. En efecto, Juan reclina suavemente la cabeza sobre el costado de Cristo; y cierra los ojos corporales para que su alma vea mejor los tesoros espirituales ahí encerrados; esta bebiendo, en su misma divina fuente, la doctrina de amor que después difundirá por el mundo entero; y bebe también la firmeza y la constancia que nos admirarán unas horas después cuando, sin desfallecer, seguirá a Jesús hasta el Calvario.

Allí permanecerá en pie junto a su madre, y María Magdalena, y María, la mujer de Cleofás, haciendo compañía a la Madre Virgen y Reina mártir que, traspasada por la espada del dolor, llora a su Hijo.

Momento solemne es este.

Jesús ve a María, su madre, y al Discípulo amado junto a Ella. Mujer —dice— ahí tienes a tu hijo. Y después, mirando al Discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquel punto encargase de Ella el Discípulo.

Así, siguiendo la bella observación de San Pedro Damiano, a Pedro se le confía la guarda de la Iglesia, Madre de los hombres; mas a Juan le será confiada María, la Madre de Dios.

Él la guardará como bien propio, a su lado hará las veces de su divino Amigo; la amará como a su propia madre; y será amado por Ella como un hijo.

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Justo era que, después de haber participado de los tormentos de la Pasión, tuviese parte también en los gozos de la Resurrección.

El tercer día, después de la muerte del Señor, fue María Magdalena al sepulcro con Salome, y, habiéndolo hallado vacío, volvió apresuradamente a la casa donde Juan y Pedro estaban, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sé dónde lo han puesto.

Con esta nueva se conmovieron los dos Apóstoles y se encaminaron al sepulcro. Corrían ambos a la par; mas Juan, que era más joven, corrió más aprisa, y llegó primero. Habiéndose inclinado vio los lienzos aplanados, pero no entró; después que Pedro hubo entrado, el también entró, y vio y creyó.

Durante los cuarenta días que mediaron entre la Resurrección y la Ascensión, multiplicó Jesucristo sus apariciones para que los Discípulos quedasen bien convencidos de la realidad del portentoso milagro.

Estaban pescando en el lago de Genezaret, cuando se presentó Jesús en la orilla; pero no lo reconocieron. Renovó el Maestro el prodigio de la pesca milagrosa, y de pronto cayó en la cuenta el Discípulo Amado y dijo a Pedro: Es el Señor.

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Después de la venida del Espíritu Santo, no se ausentó San Juan de Jerusalén tan pronto como los demás Apóstoles, pues tenía que velar por la divina Madre, inestimable tesoro que nuestro amantísimo Redentor le había confiado antes de abandonar la tierra.

Según consta por la Tradición, vivía en su casa del monte Sion, en compañía de la Sacratísima Virgen María, de la que también pudo llamarse hijo predilecto.

¡Qué sublimes coloquios habría entre aquellos dos corazones! Es de creer que Juan ofrecería cada mañana el Santo Sacrificio, y que la Virgen asistiría al mismo y recibiría el Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesús.

Después del tránsito de Nuestra Señora, dejó Juan definitivamente la Ciudad Santa y fue a establecerse en Asia Menor, conforme estaba previsto en el reparto que del mundo se hicieran los Apóstoles.

Le había precedido San Pablo en aquellas comarcas, en las que predicó con gran fruto; y él completó la obra del gran Apóstol; fundó y organizó iglesias en las principales ciudades, y fijó su residencia en Éfeso, desde donde dirigía a todos los fieles de Oriente.

En breve tiempo transformó aquellas florecientes regiones. El culto de Diana, antes tan extendido, sobre todo en Éfeso, parecía poco menos que extinguido.

Se alarmaron con esto los sacerdotes de los falsos dioses y denunciaron al Santo Evangelista ante el procónsul romano, que lo hizo prender y lo envió al emperador Domiciano acusado de mago, menospreciador de los dioses y sacrílego.

El emperador ordenó que le azotasen, le llevasen a un lugar cerca de Roma, conocido más tarde con el nombre de Puerta Latina, y allí le diesen muerte arrojándole en una caldera de aceite hirviendo.

Mas el Señor convirtió tan horrible suplicio en refrigerio, y el invicto Apóstol salió de la tina más fuerte y vigoroso que había entrado.

Atribuyó Domiciano este milagro a artificio de magia, pero no se atrevió a dar muerte al Santo y lo desterró a Patmos, islote estéril de las Espóradas, en el mar Egeo, para que trabajase en las minas. Sucedió esto en el año 95.

Mientras sus brazos extraían el mineral de hierro, sus predicaciones arrancaban a la idolatría a los muchos que le rodeaban y atendía a la porción del rebaño que se le confiara, previniéndolo celosamente contra la herejía y contra ciertas innovaciones peligrosas que el demonio comenzaba a suscitar.

Estando en aquel suplicio de las minas tuvo admirables ilustraciones y revelaciones del señor.

En el Apocalipsis describe el inspirado autor la serie de sucesos que en espíritu veía iban a realizarse.

Cada palabra encierra un misterio, dice San Jerónimo.

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En el 97, después de la muerte de Domiciano, habiendo anulado el Senado romano los decretos del tirano, pudo San Juan volver a Éfeso.

Queriendo la divina Sabiduría revelar el misterio del Verbo y confiar a la palabra escrita secretos que hasta entonces ninguna pluma humana había sido llamada a publicar, fue Juan escogido para ésta gran obra.

Pedro había muerto en la Cruz, Pablo había entregado su cerviz a la espada, los demás Apóstoles habían sellado sucesivamente su doctrina con su sangre; sólo San Juan quedaba en pie, en medio de la Iglesia; y la herejía, renegando de las enseñanzas apostólicas, trataba ya de destruir al Verbo divino, no queriendo reconocerle como Hijo de Dios, consubstancial al Padre.

Las Iglesias invitaron a hablar a Juan; y él lo hizo con lenguaje celestial.

Le instaron mucho sus discípulos a que pusiera por escrito cuanto les ensenaba del Señor. Antes de acceder ordenó tres días de ayuno y de oración. Durante ellos, recibió del Cielo orden para complacer a sus hijos espirituales. Entonces escribió su Evangelio, el más sublime de todos, aunque el postrero en el orden cronológico.

Los demás Evangelistas parecen caminar por la tierra con Jesús hombre, pero Juan, cual águila potente, se eleva muy por encima de los querubines y serafines y va a reposarse en el seno del Padre Eterno, cuya divina fecundidad revela cuando escribe: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios… y el Verbo se hizo carne; palabras que repite la Iglesia todos los días al final de la Misa.

No podría haberse hallado página más bella para la del día de Navidad.

Su divino Maestro había reservado para él, limpio de toda impureza, la gloria de escribir de su puño mortal los misterios que sus hermanos sólo tenían misión de enseñar: EL VERBO, DIOS ETERNO, y el mismo VERBO HECHO CARNE por la salvación del hombre.

De ahí se elevó como el Águila hasta el Sol divino; le contempló sin deslumbrarse, porque la pureza de su alma y de sus sentidos le habían hecho digno de ponerse en contacto con la Luz increada.

Del Discípulo Amado quedan también tres Epístolas. La primera es una especie de encíclica dirigida a las Iglesias del Asia Menor; en ella da rienda suelta a su gran celo apostólico. Las otras dos, cortísimas, rebosan de paternal bondad y parecen ser sus últimos escritos.

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Apóstol… Evangelista… Escritor sagrado, por sus tres Epístolas inspiradas por el Espíritu Santo; Profeta, por su misterioso Apocalipsis, que encierra los secretos del tiempo y de la eternidad…

¿Qué es lo que le ha faltado? ¿La palma del martirio? No se podría afirmar, porque, como hemos dicho, aunque no consumó su sacrificio, llegó a beber, con todo, el cáliz de su Maestro, cuando después de una cruel flagelación fue sumergido en una olla de aceite hirviendo.

Fue, pues, también mártir con el deseo y en la intención, si no efectivamente; y si el Señor, que quería conservarle en su Iglesia como un monumento de su aprecio a la castidad y de los honores que a esta virtud reserva, si el Señor suspendió milagrosamente el efecto de tan atroz suplicio, el corazón de Juan había ya aceptado el martirio con todas sus consecuencias.

Cargado de años y de méritos, se durmió en la paz del Señor, en Éfeso, según la Tradición, y a 27 de diciembre del año 101.

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Este es el compañero de San Esteban junto a la cuna en que honramos al divino Infante.

Si el Protomártir brilla por la púrpura de su sangre, la blancura virginal del hijo adoptivo de María ¿no es más deslumbradora que la de la misma nieve? ¿Los lirios de Juan no pueden mezclar sus inocentes destellos con el rojizo esplendor de las rosas de la corona de Esteban?

Ensalcemos, pues, al Rey recién nacido, cuya corte brilla con tan alegres y puros colores.

Ese celeste cortejo se ha formado a nuestra propia vista.

Hemos contemplado primeramente a María y a José, solos en el establo junto al Pesebre; apareció luego el ejército de los Ángeles con sus melodiosas legiones; en seguida llegaron los pastores de corazón sencillo y humilde; después, Esteban el Coronado, Juan el Discípulo predilecto; en espera de los Magos, van a venir otros todavía a aumentar el esplendor de la fiesta y a alegrar más y más nuestros corazones.