Jose Tissot, Misionero de San Francisco de Sales
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO II
DEBEMOS APROVECHAR NUESTRAS FALTAS PARA AMAR NUESTRA MISERIA
1. «El más alto grado de humildad, dice San Francisco de Sales, no consiste sólo en reconocer voluntariamente nuestra miseria, sino en amarla y complacerse en ella; y esto no por falta de ánimo ni de generosidad, sino para exaltar más la Majestad divina y tener en más al prójimo que a nosotros mismos»
Santa Magdalena de Pazzis dice: «La humildad no es otra cosa más que un continuo conocimiento de nuestra nada, y un continuo gozo en medio de todo lo que nos proporciona un desprecio de nosotros mismos.» A este «alto grado» pueden y deben elevarnos nuestras faltas; la luz con que ellas iluminan nuestra miseria no sólo deben dárnosla a conocer, sino que deben también hacérnosla amar. «Todos somos capaces de caer en las imperfecciones en que caen los demás, y de ninguna manera debemos admirarnos por caer en ellas; si algunas veces pasamos un tiempo sin caer en ninguna falta, otras veces tendremos muchas caídas, y cometeremos muchas y grandes imperfecciones, de las que debemos aprovecharnos por el desprecio propio que nos pueden proporcionar»
«Si fuese posible ser tan agradables a los ojos de Dios siendo imperfectos como siendo perfectos, deberíamos desear ser imperfectos, para mantener en nosotros, de esta manera, la santa humildad»[135]. «Nuestras faltas son una gran parte de nuestro fondo para la eternidad; el amor al abajamiento que nos proporcionan constituye como la urdimbre de este fondo, que es preciso tejer con la trama necesaria para que no se agujeree pronto. Pero, si en vez de amar este abajamiento, nos impacientamos, esta inquietud es el espíritu del demonio. Nuestras faltas nos son tan provechosas, que todo lo que no adelantamos por ineficacia de nuestra voluntad, lo suple el fruto que sacamos de ellas. La vida es una serie de caídas de las cuales debemos levantarnos en seguida, diciendo: no lo haré más. Este modo de obrar ilumina, fortifica y estimula. Las faltas no perjudican cuando se reparan de esta manera, pues, se gana por humildad lo que se perdió por cobardía». La verdad es que somos miserables y que, haciendo abstracción de os dones de Dios, a nosotros no nos pertenece más que la nada y el pecado. Debemos sentirnos dichosos reconociéndolo y viéndolo reconocido por nuestros hermanos, cuando esto puede hacerse sin escándalo, del mismo modo que un hombre enamorado de la ciencia, se siente feliz cuando ha descubierto una verdad científica y la ve demostrada y aceptada por sus semejantes. Un sentimiento contrario sería tan opuesto a la lealtad como a la
humildad, y caería bajo la censura del ReyProfeta: ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? (Salm 4, 4.).
2. No es sólo por «respeto a la verdad», continúa el Obispo de Ginebra, el motivo por el que la humildad cristiana inspira «la alegría de no ser nada, y de no ser estimado en nada»[137];más que por esto, es por respeto «a las humillaciones del Verbo encarnado». El Cordero de Dios, al vestir su inocencia adorable con las ropas del pecado, se dignó aceptar nuestra condición caída, en todo o que no es pecado (Hebr 4,15) El Evangelio nos dice las profundidades de abajamiento hasta donde voluntariamente descendió, y los oprobios con que quiso ser agobiado; pero siglos enteros de meditación no serían suficientes para hacernos comprender el ansia de humillaciones que llenaba su divino Corazón, y que le impulsaba a ir en busca de las ignominias más sangrientas, como quien va a un banquete, en su calidad de aparente pecador. El alma verdaderamente cristiana siente la necesidad de participar en este banquete de oprobios al lado de su Amado. Ella, que es la culpable, no puede resignarse a dejar que el inocente apure, él solo, el cáliz de las humillaciones; quiere también su parte; y la dicha de poner sus labios donde ha puesto los suyos su Dios, su Salvador, transforma en bebida deliciosa la hiel más amarga.
A esto hay que añadir que las humillaciones, como observa San Bernardo, son el camino indispensable que hay que seguir para llegar a la humildad; y por consiguiente, un alma convencida, como debe estarlo, de la necesidad de esa virtud, tiene que amar y buscar las humillaciones como el viajero que quiere llegar a su destino desea y busca el camino que a él conduce. Por último, como veremos en el capítulo siguiente, nuestra miseria se nos hace amable también porque nos atrae con más abundancia las misericordias del Corazón de Dios.
Desde todos estos puntos de vista podemos utilizar nuestros pecados, para fomentar en nosotros el amor a nuestra miseria. Lo que nuestro Señor aceptaba y buscaba con avidez, como ofrecido por los pecadores, lo apreciaremos nosotros como tributo rigurosamente proporcionado a nuestra cualidad real de pecadores. Cada una de nuestras caídas será un escalón más para ayudarnos a bajar en la estimación de nosotros mismos, y en las exigencias de nuestro egoísmo, hasta «el último lugar» (Lc 14, 10) que nos corresponde, y donde desgraciadamente, nuestra soberbia invencible nos mantendrá todavía muy por encima de Aquel que quiso ser «el último de todos, el oprobio de los hombres y la abyección de la plebe» (Is 53; Salm 21).
3. Será grande el provecho que saquemos de nuestras faltas, si nos hacen amar nuestra miseria; nuestro amable Santo, buscando siempre en la humildad el termómetro de la santidad, admite sin dificultad que un alma, utilizando así sus caídas, puede estar por encima de otra menos propensa a caer: «puede suceder que una Hermana que tropieza frecuentemente y comete muchas imperfecciones, sea más virtuosa y más agradable a Dios, o por su grandeza de ánimo que conserva en medio de sus imperfecciones, sin dar cabida a la inquietud y a la impaciencia, o por la humildad que de ello saca, o por su amor a su miseria, que otra que tenga una docena de virtudes naturales o adquiridas, con menos ocasiones de ejercitarse y trabajar, y por consiguiente, quizá con menos ánimo y menos humildad que la anterior, que es tan propensa a caer. San Pedro fue elegido para ser cabeza de los Apóstoles, aunque estaba sujeto a muchas imperfecciones, de manera que las cometía incluso después de haber recibido el Espíritu Santo; pero no obstante estas faltas, tenía siempre gran ánimo y no le causaban asombro, por eso nuestro Señor lo hizo su lugarteniente y le favoreció más que a todos los demás, de manera que nadie
hubiese tenido razón para decir que no merecía ser puesto más alto que San Juan o que os demás Apóstoles»
Santa Juana Francisca de Chantal gustaba repetir estas enseñanzas de su bienaventurado Padre: «Mi muy querida hija—escribía a la Hermana FA. de la Cruz, de Fésigny—, vuestros desalientos son una pura tentación, porque, decidme, ¿Qué provecho os reportan y qué motivos tenéis para ellos? ¿Pensáis que está en nuestro poder estar tan atentas a Dios que no cometamos ninguna falta? Para esto sería necesario ser un ángel; os ruego, pues, que soportéis la condición de esta miserable vida, pero sin ansiedades ni inquietudes, y cuando faltéis a la fidelidad, humillaos sin desaliento. Esa humillación y ese amor a vuestro propio menosprecio, con tranquilidad y sosiego, será más agradable a Dios que vuestras quisquillosas fidelidades.»
4. Nuestro Santo Doctor parece tener tal miedo de vernos descuidar las ocasiones de despreciarnos a nosotros mismos, que quisiera proporcionárnoslas incluso cuando nuestras faltas son dudosas. En estos casos, nos aconseja que nos inclinemos por o más meritorio, es decir, por lo más desfavorable para nuestro amor propio y lo más útil y provechoso para la santa humildad.
«Como consejo general añado que, cuando no sabemos discernir si hemos cumplido nuestro deber y tenemos duda de si habemos ofendido a Dios, nos humillemos rogándole que nos perdone y pidiéndole más luces para otra vez; y olvidando totalmente lo que ha pasado, volvamos a nuestra tarea ordinaria. Ponerse a indagar con curiosidad e insistencia si hemos obrado bien o mal, proviene indudablemente del amor propio, que desea convencerse de que hemos respondido bien, cuando en realidad el amor puro de Dios nos está diciendo: —¡Qué miserable y cobarde has estado! Humíllate, apóyate en la misericordia de Dios, pide siempre perdón, y así, haciendo un nuevo propósito de fidelidad, sigue adelante trabajando en tu aprovechamiento»[139] Esto mismo dice el autor de la Imitación:«Señor, más provechosa me es vuestra abundante misericordia para alcanzar perdón de mis pecados, que mi pretendida justificación para defender o oculto de mi conciencia.»
5. No es solamente en el fuero íntimo y oculto de nuestra alma, donde nuestras faltas, poniéndonos de manifiesto nuestra miseria, nos dan motivo para amarlas y humillarnos; con frecuencia, el prójimo es testigo de nuestras caídas, ve al descubierto nuestra fragilidad y nuestra miseria. Entonces, a la humillación interior se añade la humillación exterior. Debemos aceptar y amar o mismo la una que la otra, y así podremos doblar la suma de nuestros ganancias espirituales. Así o hacía el noble y piadoso personaje que varias veces hemos citado: «Ya sabéis —escribía a un amigo— mi último arrebato y fuisteis testigos de él… Mi consuelo es que caí en esta falta en presencia de mis amigos y así conocerán o que soy. Me da mucha pena haber desagradado a Dios siendo infiel a su gracia, pero me alegro de la humillación y la acepto agradecido. La felicidad de ser tenido por vil en el concepto de los demás es grande, y es agradable para quienes con eso quieren ayudar a reparar la injuria hecha a Dios. Convencernos firmemente de que somos la pura nada y muy frágiles es el provecho que debemos sacar de nuestras imperfecciones. No sabéis o útil que es para mí el que aparezcan mis miserias, pues esto me sirve para descubrir todas estas verdades. La verdad es que no soy más que nada, miseria, flaqueza, y en mayor medida de lo que yo puedo entender.»
No es posible practicar mejor los sublimes consejos del autor de Fiotea. Por o demás, con el tacto que distingue a este amabilísimo Santo, tiene cuidado de defender os derechos de la verdad, aconsejándonos no simular defectos, con el pretexto de buscar la humildad (a menos que se trate de una especial inspiración, como la tuvieron algunos
Santos), y los derechos de la caridad, recomendando que se repare el escándalo y la ofensa que nuestra falta haya podido causar a nuestros hermanos. «Si por un arrebato de ira o de disolución he llegado a decir palabras inconvenientes, ofendiendo a Dios y al prójimo, me arrepentiré de todo corazón y quedaré lleno de pesar por esa ofensa, procurando repararla cuanto pueda; pero no dejaré por eso de abrazar gustoso la humillación y el desprecio que para mí resulta, de manera que, si pudiera separar lo uno de lo otro, detestaría ardientemente el pecado y conservaría humildemente mi miseria»
«Sin embargo, hija mía, fijaos bien en lo que voy a deciros: Aunque debemos amar la humillación que se sigue del mal, no por eso hay que dejar de poner remedio al mal. Tengo que hacer todo lo que esté en mi mano para curar la úlcera que tengo en la cara, pero mientras la tenga, aceptaré que los hombres se aparten de mí y la humillación que eso me proporciona. En cuanto al pecado, es preciso que guardemos con más rigor todavía esta regla: he caído en tal o cual desorden; me pesa; pero me conformo gustoso con la humillación que de ello me resulta, y si pudiera separar lo uno de lo otro, me quedaría con la humillación y rechazaría el mal del pecado»
Y si nuestros esfuerzos para reparar la ofensa hecha a nuestros hermanos o el escándalo que hayamos podido darle, llegasen hasta reconquistar por completo su estimación y a levantarnos en su opinión tan altos como si no hubiéramos caído, en este caso, obligados por el deber de apartar «nuestra miseria de su vista, ocultémosla guardándola en lo íntimo de nuestro corazón»
En todo cuanto la caridad y el deber del buen ejemplo pueda permitirlo, nuestro Santo no quería que nos privásemos de los beneficios de la humillación exterior: «Quisiera…, en lo que se refiere a nuestros defectos, que no nos tomásemos el trabajo de ocultarlos; porque no somos mejores por no dejarlos aparecer. Vuestras hermanas no creerán por eso que no los tenéis; posiblemente las imperfecciones que tengáis encubiertas serán más peligrosas que si estuviesen al descubierto y os produjesen confusión, como se la produce a las que son más fáciles de dejarlas al descubierto. No debéis asombraros ni desanimaros cuando cometéis imperfecciones a la vista de vuestras hermanas, sino por el contrario, podéis estar contentas de que os tengan por lo que sois»
6. Incluso en el caso de tener algún cargo, aunque parece que el que lo desempeña debe cuidar de su reputación ante sus inferiores, el fundador de la Visitación, con la prudencia debida, quiere que se aproveche la humillación donde quiera que se encuentra:
«Me preguntáis… si la Superiora o la Directora no deberá mostrar resistencia a que las hermanas vean sus faltas, y qué es lo que debe decir cuando una hija vaya a acusarse con sencillez ante ella de algún juicio o pensamiento desfavorable que haya tenido; por ejemplo: si alguna ha pensado que la Superiora ha corregido con pasión: »Pues os digo que lo que debe hacer en esa ocasión es humillarse y recurrir al amor de su miseria; y si la hermana estuviese un poco turbada al decir esto, la Superiora deberá aparentar serenidad, desviando la conversación y ocultando aquella humillación en su interior. Porque es preciso tener cuidado de que nuestro amor propio no nos haga perder la ocasión de ver que somos imperfectos y de humillarnos, y, aunque se omita el acto exterior de humildad por temor de apesadumbrar más a la pobre hermana que ya lo está bastante, no hay que dejar de hacer el acto interior; pero si, por el contrario, la hermana no estuviese turbada al acusarla, me parecería bien que la Superiora confesase con sencillez que había cometido una falta, si fuese cierto; si la hermana estuviese equivocada, es bueno que se le diga con humildad, pero guardando siempre, como una joya preciosa, la humillación de que la juzguen imperfecta.
»Esta pequeña virtud del amor a nuestra humillación, no debe jamás alejarse ni un paso de nuestro corazón, porque tenemos necesidad de ella a cada momento, por muy adelantados que estemos en la perfección; tanto más, cuanto que nuestras pasiones renacen algunas veces, incluso después de haber vivido largo tiempo dedicados a Dios, y después de haber hecho grandes progresos en la vida interior. »Las hermanas no deben admirarse de que la Superiora tenga imperfecciones, ya que el mismo San Pedro, Pastor como era de la Santa Iglesia, y superior universal de todos los cristianos, cayó en una falta tan grande, que tuvo que ser corregido, como dice San Pablo (Gal 2, 11.). Del mismo modo, la Superiora tampoco puede extrañarse de que vean sus faltas, sino que debe imitar la humildad y la sencillez con que San Pedro aceptó la corrección de San Pablo, no obstante ser superior. No se sabe qué es más admirable, si el valor de San Pablo al corregir a San Pedro, o la humildad con que San Pedro se sometió a la corrección que se le hizo por algo en lo que él creía haber obrado bien y con rectitud de intención»
Santa María Magdalena de Pazzis, viendo un día la alta opinión que de ella tenía una de sus novicias, se puso a contarle entre sollozos sus faltas y sus tentaciones, y después de haberse presentado como la peor de las criaturas, añadió: «Os he dicho esto, hija mía, para que sepáis qué maestra os ha tocado en suerte. Si Dios no me hubiera traído a un claustro, hubiese acabado mis días en una cárcel o en un patíbulo; rezad por mí para que obtenga la salvación por la bondad gratuita de Dios.»
Más cerca de nosotros, por el tiempo y el lugar en que vivió, una digna hija de San Francisco de Sales, elevada al cargo de Superiora de un monasterio, decía confidencialmente a una de las hermanas: «Lo que me alegra es que mi condición de Superiora mantendrá en mí la santa humildad, porque mis numerosas faltas estarán más a la vista que en la oscuridad de una celda.»
Con mayor razón, el obispo de Ginebra quería que cuando se tiene la dicha de ser inferior, se abracen con decisión las humillaciones exteriores, y se burlaba duramente de las almas que en esto eran blandas y cobardes. «Soy despreciada y me enojo; esto mismo hacen los pavos reales y los monos. Soy despreciada y me regocijo; así obraban los apóstoles».«¿Sabéis lo que debemos hacer cuando somos corregidos y humillados Tomar esta mortificación como una sabrosa fruta y guardarla en nuestro corazón, besándola con toda la ternura de que seamos capaces»
7. Creemos haber demostrado, con la doctrina de San Francisco de Sales, todo el provecho que nuestra santa humildad puede sacar de nuestras caídas. Haciendo que nos conozcamos mejor y amando nuestra miseria, pueden levantarnos desde el abismo que ellas mismas han abierto, hasta un alto grado de las más necesarias de las virtudes, y pueden llegar a ser para el alma el principio de un nuevo esplendor. Según el texto de Job (11, 17) y el pensamiento de San Bernardo, «el alma pecadora aparecerá tanto menos vil a los ojos de Dios cuanto más lo sea a los suyos propios, por el recuerdo de sus pecados»
Debemos aprovechar así nuestras faltas y, como dice Fenelón, nos servirán rebajándonos a nuestros ojos más que las obras buenas consolándonos. «Las faltas siempre son faltas; pero nos colocan en un estado de confusión y de conversión a Dios que nos hace gran bien.»
«Hay algunas sustancias que aparentemente manchan los vestidos, y que sin embargo sirven para quitar las manchas. Este es el empleo que hacen los justos de sus pecados, al mismo tiempo que los detestan. Los utilizan para purificar su alma de la soberbia, que es el mayor de los pecados»
Sepamos utilizar nuestras faltas de este modo, en cuanto las cometamos, al mismo tiempo que las borramos por la penitencia. Debemos igualmente utilizarlas cuando su recuerdo venga a entristecernos. Hay hierbas de muy mal olor, que después de bien secas, llegan a exhalar un aroma agradable. Hagamos lo mismo con los pecados de nuestra pobre vida.
( Continuará)

