PARÁBOLA DEL FUERTE ARMADO
«Nadie puede saquear la casa del Fuerte Armado y sus alhajas si primero no ata al Fuerte, y entonces podrá si acaso saquear su casa» (Mc. III, 27).
Cristo refutó paciente y elegantemente esta nueva imputación, con la parábola del Reino Dividido, que hemos visto. Los puso ante este dilema: «en cualquier caso entonces, el Reino (atención a esta palabra) de Satanás va a su fin: si Yo echo a Satanás en virtud de Satanás, su Reino estaría dividido, como una nación en guerra civil; mas si lo echo en virtud mía propia, entonces está vencido. Y éste es el caso; porque «nadie puede saquear la casa del Fuerte y sus presas… » Pinta al diablo como a los Reyezuelos orientales que moraban lujosamente en sus palacios fortificados, rodeados de guardias y tropas: para hacer pillaje del Palacio, como era uso en las guerras, primero había que opugnarlo. Pero en la parábola dijo algo más que una simple refutación «ad hórninem»; dijo que el diablo en la tierra era el «Fuerte Armado» y defendía su casa; es decir que el Reino del Diablo estaba fuertemente fortificado en el mundo; y que Él, Cristo, había venido a vencerlo y desarmarlo, Cristo lo apellidó sin exageraciones, sin duda, el Fuerte, e1 Príncipe de este Mundo, el «Poder» o el Monarca de las Tinieblas; y ese poder lo sintió en sí. El misterio de la Redención del hombre, san Agustín siempre lo expone así: el demonio adquirió poder mortífero sobre la raza de Adán por el Pecado; y lo perdió porque hizo dar muerte injustamente a un hombre sin pecado. La Pasión de Cristo fue la batalla en que el Masfuerte, hecho a prima faz Masdébil, saqueó la casa del Fuerte: «ce Prince à la tête ecrassée», dice Bloy.
El diablo es poderoso. El diablo ha hecho al hombre tal como hoy es. El diablo ha provocado la más grande obra de Dios, la Redención; y es muy probable que haya contribuido a la Creación en alguna forma.
«El cielo del diablo es el mundo» -dice agudamente Víctor Delhez; este planeta donde puede obrar, y manda («todo esto es mío y a quien yo quiero se lo doy»). En el infierno no puede cambiar nada; aquí sí.
«O el diablo no puede tanto, o bien Dios no puede tanto como dicen», es un pensamiento que escarabajea la mente moderna; por haberse entibiado su fe en Dios; e incluso en el diablo, aunque menos. El último aliento de una religión que perece es el culto de Satanás, nos atestigua la historia. Y ojalá no lo atisbáramos hoy día. En Buenos Aires hay «misas negras». ¿No lo creen? Yo lo sé.
Algunos se desesperan ante el mal en el mundo y dan en creer que quien realmente puede es el diablo; por ejemplo en la obra del hábil novelista, cuentista y teatrero que es Sornmerset Maugham, tan leído; en el fondo de ella late la idea de que «el mal es realmente el más poderoso».
En la obra del igualmente eximio poeta yanqui O. Henry, late la idea de que el diablo no puede nada. Puede que ninguno de estos dos grandes artistas lo sepa; y el saberlo yo, no significa que tenga más talento que ellos.
Contra esa creencia, llámese como se quiera, Cristo afirmó que el diablo existe, que puede tocar a los hombres incluso con enfermedades, y que tiene las patas aquí firmemente asentadas; y que el único que lo puede es Él. En suma, enseñó que el hombre no vive «en la naturaleza» sino en otro mundo especial, la Supernatura. Sería más cómodo quizá vivir en la natura pura, ideal de los paganos, como los habitantes de Marte, según el novelista C. S. Lewis («Out ofthe silent Planet»), pero no vivimos en Marte, ni hay habitantes en Marte tampoco.
El yanqui Henry tiene una habilidad portentosa para escribir novela, bien que no tanta como su actual sucesor Fredick Brown, aunque esto parezca imposible. Lástima que tuvo que ganarse la vida divirtiendo a un pueblo un poco sonso, que ha apostado a lo natural todo cuanto tiene y vale. Si el hombre es natural, entonces, o el Bien es natural y el Mal es accidental y artificial; o bien viceversa.
Henry (o sea W. Sidney Porter, ése fue su nombre) que fue un hombre de buen corazón, eligió (tuvo que elegir) que el Bien es natural y el Mal realmente no existe: la tesis teológica que sublevó a Schopenhauer.
El hombre se compone de dos desequilibrios, equilibrados en forma inestable.
El que examina la doctrina cristiana con sus decantadas «paradojas» (y aceptándola como revelación divina) se encuentra con que Dios ha curado un desequilibrio con otro desequilibrio, tirando mucho en dirección contraria, como si dijéramos: así como se endereza un árbol torcido. De ahí que la Iglesia, creación del pacífico Jesús, entró en el mundo con signo bélico: Iglesia «militante». «No he venido a traer la paz sino la espada».
Todas las doctrinas modernas, que son herejías cristianas, se basan sobre el «hombre natural»; y fracasan por la base, porque el hombre natural no existe.
Los optimistas como Rousseau creen que el hombre «es naturalmente bueno». Los pesimistas como Schopenhauer creen que es naturalmente malo. Y resulta que el hombre en el estado actual es naturalmente nada. Están especulando sobre un estado que nunca existió, el «estado de natura pura», que es una mera hipótesis teológica, que históricamente jamás se ha realizado. Desde que creó al hombre, Dios lo elevó al orden sobrenatural; por qué, yo no lo sé: porque quiso. Bien pudo crear a los habitantes de Marte (si existen, cosa que no creo) en el estado de natura pura, como imagina el novelista teólogo Lewis.
Esto no escapó ni siquiera a los sabios paganos y está estampado en el fondo de la filosofía griega: «el hombre es un animal innatural», dijo Aristóteles.
Naturalmente, sobre esa especulación moderna sobre la nada (el «hombre natural») no se puede edificar nada que no se derrumbe, como el liberalismo; o que no lleve a estados netamente inhumanos, como el comunismo.
«Yo canto al hombre moderno» -dijo Walt Whitman, y un compositor yanqui escribió sobre su poema una cantata que se llama «El Credo Americano». (También el Arzobispo de New York, Spelman escribió un libro -dos millones de dólares- con ese título.) Ambos (no digo el Arzobispo) celebran algo que no existe, «el hombre natural», que es muy bueno, buenito; pero cuando le da por matar negros o pieles rojas…
«Yo canto al hombre moderno». «Yo me canto a mí mismo». «Yo canto a América» (del Norte). «Yo canto a la Nacionalidad». «Yo canto al eléctrico cuerpo». «Yo canto a la Democracia», todos estos son poemas o versos de W. Whitman en «Leaves of Grass»; de los cuales el más pintoresco es el «Song of Myself» (Canto de mí mismo) que tiene 52 partes extáticas y megalómanas con 1220 versos, o lo que sean: porque versos no parecen.
«¡Americanos! ¡Conquistadores! ¡Que marche lo humanitario! ¡Más adelante! ¡La centuria avanza! ¡Libertad! ¡Masas! ¡Para vosotros este programa de cantos!» (Estos son tres «versos»)
. Naturalmente, esto no es TODA Norteamérica. Estaríamos frescos. Éste es uno de tantos «pseudoprofetas» de hoy, uno de los más desmelenados… y melenos; con talento poético, no lo niego.
Canta en estro informe y bárbaro al «hombre natural»; no diré la razón por qué no cantó a la «mujer» natural. Tan malo como eso o peor, aunque más lógico, es ver a los hombres como lobos («el hombre es el lobo del hombre», horno hómini lupus) o bien como santos («el hombre es buenito, la sociedad lo corrompe») cuando lo que hay en la realidad es una cosa injertada, un híbrido. Es curioso, pero la actual natura humana se parece a esos seres compuestos que inventó la mitología griega, los centauros, los faunos y las sirenas, para no hablar de los «semi-dioses», Hércules y Teseo; o los «semi-diablos», como por ejemplo los Titanes.
Pascal dijo: «El hombre no es ni ángel ni bestia; de ahí que cuando quiere angelizar, bestializa». Mas si le hubieran preguntado: ¿No hay en su natura un descenso hacia la animalidad? ¿Y no hay como un injerto de ángel?, hubiera respondido que sí; y que ése era el concepto cristiano del hombre, que los santos tenían injertos de Dios y los demoníacos injertos del diablo; y que somos o lo uno o lo otro en diversísimos grados.
La Caída original y la Regeneración (cuasi artificial por así decirlo) por la Gracia son los dos polos de la doctrina cristiana, y cada uno es un misterio sensu proprio; es decir, una cosa que si el intelecto humano presume comprender, se estrella. Tiene que aceptarlos a ojos cerrados (supuesta su revelación por Dios) y razonar a partir de allí, como estamos haciendo. Son las dos fronteras de la Religión, de toda Religión.
Tomemos para ilustrarlo, la virginidad, esa novedad absoluta del cristianismo. Dios decidió nacer de una virgen, y la Iglesia predicó después que la virginidad voluntaria era un estado superior al matrimonio. He aquí los hechos. ¿Qué puede significar eso?
Para hacerse hombre Dios evita el acto conyugal como si fuese algo vitando; y sin embargo, Él lo inventó y en el Jardín de Edén declaró era una cosa buena. El acto conyugal es el medio de la generación y el nacimiento, que son buenos; y por tanto su medio necesario no puede ser malo. Y no obstante, la Iglesia aconseja desechar incluso el fin, que es bueno, con objeto de no usar el medio, como si el medio fuese horriblemente malo; tanto que por no usarlo conviene (es cosa mejor) incluso desechar una cosa buena e importantísima. Y de ahí no la apea nadie. Para decirlo en una palabra, pondré la de don Royo al salir del sermón:
-Dios tuvo un Hijo; y ese Hijo bajó a la tierra, y se puso a predicar que la perfección estaba en NO tener hijos…
Éstas parecerían contradicciones manifiestas; parecería que la Iglesia está constituida por dos herejías contrarias, que ella condenó. Por un lado, parece creer que «la carne», el instinto, la vida, la naturaleza, son del todo buenos, como los pelagianos; de ahí que la alabe Chateaubriand; y por otro, que la carne es mala y creación del diablo, como los maniqueos: de ahí que la apruebe Schopenhauer. O bien, tener dos doctrinas, una para la masa y otra para un grupo de escogidos; que era exactamente lo que profesaban tener los albigenses y «cátharos», maniqueos del siglo XIII, que fueron exterminados a sangre y fuego.
La única salida es que entre el Paraíso y nosotros HA PASADO ALGO; mejor dicho, dos algos: una «caída» misteriosa que ha desplazado el centro de gravedad de la natura humana hacia lo animal, que forma parte délla; y una «redención» igualmente misteriosa, que no restauró al hombre hacia un estado de equilibrio natural (como el que goza el animal) mas lo tironeó hacia un estado superior al hombre-natura. En suma, en vez de amigar el cuerpo y el alma, parece que Dios los desamigó más; los puso en lucha declarada, y désa lucha resulta el único equilibrio dable al hombre en esta vida; y lo que es más curioso, LA PAZ: «paz en la guerra», que dijo Unamuno.
Basta considerar que un hombre que ha hecho voto de castidad tiene que decir NO miles o millones de veces a un impulso natural que es muy fuerte; y encima, insidioso; y para poder hacer eso tiene que fabricarse una vida en cierto modo artificial; aunque la gala del religioso es volverla cuasi natural.
Si la doctrina cristiana no hubiese triunfado en el mundo, o en Occidente al menos, y eso durante 19 siglos, consiguiendo resultados positivos e incluso extraordinarios, sería cuestión de aventada como uno de los monstruos más raros que ha parido el delirante intelecto humano; que es justamente una idea de muchos de nuestros queridos coetáneos. Pero… «la única religión contra la natura, contra el sentido común, contra los placeres… es la religión que única ha existido desde siempre» -observa Pascal.
Los hechos que están allí, ese «milagro moral» como dice el Concilio Vaticano, nos fuerzan a tragar que ella ha sido pensada por un intelecto aun más delirante que el del hombre: un intelecto que sabe más que el hombre de las cosas del hombre; para el cual son realidades obvias lo que para nosotros son paradojas… o disparates.
Contra la condenación del consejo (no mandato) del voto de castidad, a causa de su «absurdo», a saber: renuncia al uso de un medio bueno, no obstante ordenarse a nobilísimo fin, (lo cual configura al sentir «natural» un perfecto disparate) la única respuesta posible es:
«Tiene que haber sucedido esto: ESE MEDIO SE HA VUELTO FIN, ha suplantado al fin, se ha puesto por encima del fin; y por tanto SE HA VUELTO (en un sentido) MALO. Como no es empero del todo malo, puede ser corregido; como no es ya del todo bueno, puede ser abandonado y repudiado, incluso renunciando a su natural e importante fin; mas eso solamente para obtener otro fin mayor SOBRENATURAL o trascendental.
De otro modo, es mejor usarlo… y corregirlo. Los que no son capaces de creatividad espiritual, magüer mínima (como el personaje Fulgencio de nuestro «Benavides») deben casarse y no hacerse frailes. No deben ser admitidos a las órdenes sagradas. La infecundidad actual de la Iglesia (por lo menos en la Argentina) se debe en gran parte a que hay en ella, incluso en los altos rangos, demasiado célibe de la 1a y 2a clase, que dijo Cristo.
Ese medio bueno vuelto malo (descangallado, ensoberbecido, usurpador) es la CONCUPISCENCIA (o «libido», que le dicen hoy) de la cual incansablemente dice san Agustín que es un mal: que no es un pecado en sí, pero que es un mal; y lo que es curioso, el hereje de Freud dice incansablemente lo mismo. (La «concupiscencia» no es el apetito simple, como existió en Adán, sino tal como existe hoy en el hombre).
Basta mirar el cine, la video, las revistas, las novelas, el teatro, la conducta mundana, e incluso algunas filosofías y… la Dirección General de «Cultura» para ver que la concupiscencia se ha arrogado el puesto del último fin del hombre; es decir, que simplemente promete la FELICIDAD… que no puede dar. Esto que se ve en nuestros días, se veía en tiempo de san Agustín; y más o menos siempre. Es una usurpación invencible. Si eso ha sido producido por un pecado, el pecado de Adán, quiere decir que el pecado es una cosa que… ayúdeme a pensar. No se puede pensar del todo, de tan seria que es.
El contraataque de Cristo al Usurpador (que Él lo llamó el Fuerte Armado) fue éste: «Tú quieres ser el todo en todo. Muy bien: yo te dejo del todo. Aquí queda eso»; hablando de este ejemplo particular, pero en todo lo demás es lo mismo, «déjalo todo». Y añadió que esto es posible al hombre con Dios; dejado solo el hombre, no le es posible. Todo el tremendo aparato de la dogmática con sus «paradojas», el desprecio de las riquezas, la promesa del ciento por uno, la infaliblez del Papa, cuaresmas, canónigos, cancilleres, cardenales, confesiones y comuniones, vocación al martirio, las órdenes religiosas, el cielo eterno y el eterno infierno; todas esas Pasiones, Muertes y Resurrecciones, vienen a respaldar el contraataque al Pecado; y eso es simplemente el estar Dios con uno: el creer todo eso; … menos en los canónigos, lo cual es libre.
Callo otras cosas más profundas acerca de la virginidad religiosa voluntaria: este aspecto de contraataque heroico al Pecado de Origen en sus efectos, me basta aquí.
¿Por qué Dios no salvó al hombre de otra manera? Él sabrá; yo confieso que no lo sé. Pero el hecho es que no lo salvó de otra manera. El Pecado desequilibró al Hombre; y Dios salvó al Hombre no aniquilando al Pecado y sus efectos (para lo cual posiblemente habría que aniquilar al hombre, es decir, al Libre Albedrío) sino en cierto modo desequilibrándolo más; poniendo en él algo sobrehumano, en virtud de lo cual pudiera llegar a decirse: «¡Oh félix culpa!» es decir, haciendo entrar al pecado mismo en la economía de la salvación, como Napoleón hacía entrar los movimientos del enemigo en su marcha a la victoria. «Etiam peccata? Ita: audeo dicere, etiam peccata». «Para lo que aman a Dios, todo se convierte en bien» -dice san Pablo. ¿También los pecados? Sí, me atrevo a decir, los pecados también -comenta san Agustín.
Los que lo salvan de otro modo (suprimiendo mentalmente el Pecado) son los actuales «naturalistas» -y fracasan: porque «hay un solo Nombre sobre la faz de la tierra en el cual el hombre pueda ser hecho salvo -saluddonado- y es el nombre de Jesús»;- y añadió san Pedro: «al cual vosotros crucificasteis».
Es curioso que en todo el Evangelio, Jesús no bromea jamás con el diablo, como hacemos nosotros (dicen los irlandeses que san Duncán le atrapó al diablo las narices con unas tenazas). Supongo que porque es el Príncipe de este Mundo y el Verbo haciéndose hombre se había sub-puesto en el Mundo y justamente para derrotarlo desde adentro: ningún Capitán capaz bromea acerca del enemigo. El siglo XX ha convertido al diablo en un chiste; pero eso mismo es un chiste del diablo.
«Que los cristianos suframos está bien; pero ¿por qué sufren los animales?» -esta reflexión del paisanito no es sonsa. Ella ha preocupado a los teólogos ingleses (ingleses tenían que ser, amantes de los caballos, los perros y los micifúes) y en el fondo, aunque trivial, está conectada con el tremendo problema del Mal en el Mundo. Si el dolor físico es consecuencia y fruto, y su única utilidad es preservar o purificar del pecado ¿por qué han de sufrir los animales?
La idea de que la Deidad pueda tener algún gozo en el sufrir de las criaturas -que arbolaron los Estoicos- surge; ella obsedió durante siglos a las religiones sombrías; y abre una brecha en la noción de la Bondad supremamente infinita; y empiezan a rugir los versos de Baudelaire: «La negación de san Pedro»:
«Y el Señor con sus límpidas diademas
¿No se burla de nuestros anatemas?
¿Turbarán mis blasfemias los confines
Que guardan los sonrientes Serafines?
¿O arrullarán como un rumor lejano
El sueño del Tirano?
Oh, deben ser magnífica armonía,
Los gritos del suplicio y la agonía
Del mártir… deben ser vino preciado
Que a Dios en tantos siglos no ha saciado.
¡Oh, recuerda, Jesús, cuando vivías
Y en el huerto Oliveto padecías:
De rodillas rezabas
Y en sangre sudorosa te bañabas
Y en el Cielo, reía
Dios, que tus oraciones percibía
¡Junto con el chirrido de los clavos
Que hundían en tu carne los esclavos…!
Baudelaire sabía la respuesta a esto por el solo hecho de calificarlo de «blasfemia». Mas ¿por qué han de sufrir también los animales? NO SUFREN, sencillamente; en el sentido que el verbo SUFRIR tiene para nosotros. Lean cualquier tratado bueno de psicología animal, y verán que el bruto tiene sensibilidad pero no tiene «consciencia» del propio Yo. Ellos no pueden decir: «Yo estoy sufriendo; y hace mucho que sufro; y mañana sufriré todavía; y quien sabe cuánto más tiempo». Sienten la pena en este momento; mas si en el próximo momento se ha ido, ha quedado aniquilada para siempre, pues su huella en la memoria no es pena. No es el estado nuestro; es un estado… del que no tenemos experiencia; pero sabemos que de él no podemos decir propiamente:
«Este animal pena» sino más bien: «hay pena en este animal». Notaré que algunos santos Padres suponen que parecido es el estado de los dañados del infierno; cuestión en la cual no me meto, no sea que salga algún teólogo español y me agarre a ponchazos.
Pero al fin ¿por qué hay pena en ellos también, que no pecan? Por razón del Príncipe deste Planeta. Toda la creación terrestre siguió en su suerte a Lucifer, su Amo natural; y a Adán, su Amo sustituto renegado. Si Dios creó a Satán para regir a este planeta (que es la única explicación desta oscura palabra de Cristo), entonces al crear la tierra la creó en colaboración con él (un momento) como a través de él; que por habitud cuasi substancial estaba ya unido a ella; aun cuando la creación haya tenido lugar después de su rebelión y pecado (pudo haber sido junto) pues es sabido que el pecado no destruye las naturas, sólo las desvía. No quiero decir que el acto creador haya sido comunicado a un ángel (lo cual niegan posible los teólogos) sino que circuló a través de él, como pasa continuamente por ejemplo en la innumerable procreación humana; de la cual Borges se escandaliza continuamente que sea hecha a través de la concupiscencia. Bien, que tenga paciencia, sin eso él no existiría; y es un bien que exista.
Dios obró pues conforme a la situación existente y a través de causas segundas, como suele; y entonces la acción creadora produjo en la tierra también los «abrojos y espinas»; y a través del influjo del Primer Pecador y Homicida desde el Principio, los carnívoros, los microbios, los mosquitos y las víboras -imagen y semejanza suya. Justamente el mandato de Adán fue «conservar el Paraíso y trabajarlo» (Gen. 11,15) es decir, reconquistar él y su progenie en una conquista redentora secular «la tierra» llena de abrojos y espinas y convertirla paulatinamente en Edén: ir extendiendo lentamente ese rinconcito milagrosamente privilegiado de la Creación según Dios. Adán con su progenie fue creado para reconquistar el mundo de manos del Fuerte Armado -anular la obra de Satán. Falló Adán, se pasó al enemigo; y tuvo que entrar a tallar el segundo Adán, Cristo.
No crean que esto es teología maniquea; es teología católica… en estado conjetural e hipotético.
Aquí viene bien la conversación que tuvo con san Agustín un maniqueo. Le preguntó: -«En la resurrección de la carne ¿resucitarán también los mosquitos?» Dijo el santo: «No me opongo» -«Ah, sí ¿Y entonces qué?» -«No tengo dificultad en conciliar una resurrección de los mosquitos con una resurrección de los réprobos… » dijo el austero Africano.
no. Ese mismo maniqueo fue el que le preguntó otro día, que ya el «Gurú» estaba cansado: -«¿Qué hacía Dios antes de crear el mundo?» -«Preparaba el infierno para los que preguntan macanas» -fue la respuesta.
Se non e vera e bene trovato.
La solidaridad de los humanos en el sufrimiento es una cosa patente a vista de ojos. «Pagan los justos por los pecadores», dice el pueblo; y «nuestros padres comieron la pera y nosotros tenemos la dentera» -dice la Escritura. Cristo no se puso a responder los grandes problemas teológicos de: «¿por qué sufren los niños? ¿por qué sufren los animales? ¿por qué sufren los justos?» -se contentó con sufrir él mismo; y con hacerlo en apariencia «injusto» a su Eterno Padre; pues también salta a los ojos que la inescrutable justicia de Dios se parece tal vez extrañamente a las injusticias de los hombres. Que mi entendimiento es más chico que Dios, no es pedirme mucho el que yo crea eso.
-Miento. Cristo respondió una vez por todas a las susodichas preguntas.
-«Maestro, ¿quién pecó, este hombre o sus padres para que naciera ciego? -Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifestara en él la gloria de Dios».
El principio del monólogo del «Gran Inquisidor» de Dostoiewsky fue respondido de una vez por todas en esta palabra. Autoritativamente, Cristo afirmó que el Poder y el Amor pueden compensar satisfactoriamente a cualquier dolor de la tierra, por atroz o inexplicable que parezca. Juan Karamázov sostenía allí, si recuerdan, que el horror de la niñita despedazada por los perros del Boyardo no podía ser compensado ni por las Siete Jerarquías del Paraíso: quiere decir simplemente que Juan Karamázov ve menos que Dios lo cual no me extraña.
Veremos un día por qué la Infinita Equidad necesitaba pasajeramente vestir las apariencias de la Iniquidad.
