ASCENCIÓN DE JESUCRISTO A LOS CIELOS
Ya se acabaron las penas, ya se puso término a los sufrimientos; vemos al Salvador resucitado, glorioso y triunfante.
Aquella corona de espinas la ha cambiado por una diadema de gloria; las manchas de sangre, por rubíes de luz; los cardenales de las llagas, por galas de victoria; las burlas e improperios de los judíos, por aplausos de los Ángeles; la dolorosa muerte, por una vida bienaventurada.
Contemplemos en el Cuerpo glorificado aquellas cinco llagas, que resplandecen como soles y arrojan rayos de vivísima luz; son otros tantos hermosos arcos iris de paz entre Dios y los hombres; trofeos gloriosos por haber vencido la muerte, el pecado, el infierno y al mismo demonio…
En suma, el Cuerpo de Cristo, tan despreciado, injuriado y despedazado, está ahora tan hermoso, tan lleno de gloria, que si en el Cielo no hubiese otra cosa que contemplar sino la Sacrosanta Humanidad, el solamente verla bastaría para hacer un paraíso.
Tanta gloria le ha granjeado la Pasión, cuanto la felicidad, no sólo es inmensa por la grandeza de los bienes, sino también eterna por la perpetua continuación de los gozos.
El Salvador resucitado, después de haber consolado a sus discípulos con varias apariciones, se fue con ellos al monte Olivete, donde les dijo aquellas profundas palabras: Yo voy a prepararos un lugar en el Cielo; vendré de nuevo a veros y llevaros conmigo, para que estéis vosotros donde yo estoy; y poco a poco, a la vista de todos se fue levantando y subiendo al Cielo.
Tenían los discípulos fijos y llenos de lágrimas sus ojos en aquel maravilloso y amado objeto, hasta que una nube, resplandeciente como el sol, se lo quitó de la vista, pero no de los corazones, que quedaron siempre amantes y deseosos con ansia de aquella felicísima gloria; de suerte que ni sabían hablar de otra cosa que de acabar presto la vida por gozar de la gloriosa presencia del Salvador.
Mas, ¿qué entendimiento podrá comprender la fiesta y el triunfo con que fue recibido el Redentor en el Cielo?
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Toda la corte celestial le salió al encuentro para acompañar a su Señor, que volvía de la guerra victorioso y teñido de su gloriosísima Sangre.
¡Con qué júbilos y aplausos le acompañaron hasta que, subiendo por sobre todas las angélicas jerarquías, se sentó la Sagrada Humanidad a la diestra del Padre en el más elevado trono de la gloria! ¡Qué inefable dignidad!
Alegrémonos, pues, con gozo espiritual, y con acción de gracias celebremos gran fiesta, levantando los ojos a aquella altura de gloria, en que está colocado el Salvador.
Que no abatan deseos terrenos aquellos corazones que Dios eleva y convida a los celestiales bienes.
Que no ocupen los bienes de la tierra, caducos y transitorios, aquellos espíritus que están escogidos para los eternos.
Pasemos por entre las cosas temporales, de modo que nos comportemos como peregrinos en este valle de lágrimas, y recordemos siempre que caminamos hacia la amada Patria, luchando, militando, contra los enemigos del alma.
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Después de asociarnos Jesucristo a su vida de resucitado, nos hace participar del misterio de su Ascensión.
¿Cuál es la gracia especial de este misterio? San Pablo nos responde: Dios nos ha concedido un asiento en los cielos por Cristo Jesús.
El gran Apóstol nos dice en términos muy explícitos, que Dios nos ha hecho sentar con Cristo en el reino de los cielos.
Por lo tanto, acompañemos, mientras aquí vivamos, a Cristo en el Cielo por medio de la fe, esperanza y caridad, de suerte que podamos seguirle corporalmente el día señalado por las promesas eternas.
Es esto lo que la Iglesia nos hace pedir en la Colecta de la fiesta: Vivir desde ahora ya en deseo en el Cielo, adonde creemos que nuestro Redentor y Jefe ha subido.
Así, un año tras otro, la Iglesia propone a nuestra consideración la representación de los acontecimientos que sobresalen en la vida de su Esposo; nos hace contemplar estos misterios, de los que cada año resulta nueva luz para nosotros; nos manifiesta los sentimientos del Corazón de Cristo, y cada año penetramos más en las disposiciones interiores de Jesús.
La Liturgia reproduce en nosotros todos estos misterios de nuestro divino Salvador; apoya nuestras peticiones para que nos veamos favorecidos con la gracia especial, propia de cada uno de los misterios realizados y vividos por Cristo.
De este modo adelantamos por la fe y la caridad, por la imitación de nuestro divino modelo, expuesto sin cesar a nuestra consideración, en el proceso de esa transformación sobrenatural, que es el fin de nuestra unión con Jesús.
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Jesús había terminado su misión en la tierra. Descendido del Cielo para predicar el reino de Dios, rescatar a la humanidad caída y fundar la nueva sociedad de los hijos de Dios, no le faltaba más que transformar a los continuadores de su obra en otros Cristos, dotándolos del divino Espíritu que hablase por su boca y obrase por sus manos.
Pero, como tantas veces lo había anunciado, no debía enviarles el Espíritu Santo, sino después de su vuelta al Padre y de su glorificación en los Cielos.
Al cabo de cuarenta días empleados en celestiales comunicaciones con los Apóstoles, Jesús les ordenó volver a Jerusalén y esperarle en el Cenáculo donde vendría a encontrarlos.
La Santísima Madre de Jesús se encontraba con ellos, rodeada de las santas mujeres, que siempre le hacían compañía, y cierto número de discípulos privilegiados.
Temían todavía la cólera y vejaciones de los fariseos deicidas; pero el divino resucitado estaría con ellos y sabría defenderlos contra sus enemigos. Si los convocaba a Jerusalén, sería sin duda para hacerlos testigos de un nuevo triunfo…
¿Habría llegado, tal vez, la hora de la restauración del reino de Israel? A pesar de todas las instrucciones de su Maestro sobre el reino de Dios, la preocupación nacional acerca del reino temporal del Mesías se mantenía arraigada en el espíritu de los Apóstoles.
El cuadragésimo día después de la resurrección, estando reunidos en el Cenáculo, Jesús apareció en medio de ellos, y en actitud familiar se sentó a la mesa con los asistentes.
A ellos tocaba ahora anunciar a todos su resurrección como prueba irrefutable de su divinidad y del origen divino de la religión santa que el Padre, por medio de su Hijo hecho hombre, intimaba a todo el género humano.
Ruda sería la tarea; tanto más cuanto que los poderosos del mundo no guardarían más miramientos con los discípulos, que los que habían tenido con el Maestro. Pero Jesús no abandonaría a sus delegados; les enviaría el Espíritu de lo Alto, que les llenaría de su luz y les penetraría de su fuerza.
Les ordenó no dejar Jerusalén, sino esperar allí al divino Espíritu que les revestiría de celestial fortaleza. Sólo entonces comenzaría su misión, inaugurar su ministerio en Jerusalén, allí mismo en donde iban a recibir aquel bautismo de fuego.
Alentados por estas recomendaciones y promesas, los Apóstoles se imaginaron que, con la venida del Espíritu Santo, el reino del Mesías iba a comenzar. Señor, le preguntaron, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?
Jesús no respondió a la pregunta, dejando al Espíritu Santo el cuidado de levantar aquellas almas terrenas; pero les repitió lo que ya les había dicho sobre su reino: No os corresponde a vosotros el saber los tiempos y momentos que tiene el Padre reservados a su poder soberano.
Los Apóstoles pensaban en las profecías sobre la restauración de Israel, que ellos, según se ve en su pregunta, tomaban en sentido literal, como aquellos que glorificaron al Señor en el día de Ramos.
Nuestro Señor no les da contestación directa, sino que los remite a los secretos que el Padre tiene reservados a su poder. El Espíritu Santo no tardaría en revelarles, después de Pentecostés, el misterio de la Iglesia, previsto desde toda la eternidad, pero oculto hasta entonces en el plan divino; y sin el cual no podrían cumplirse las promesas de los Profetas.
Relativamente a la misión apostólica, Jesús agregó: El Espíritu Santo va a descender a vuestras almas y entonces daréis testimonio de mí en Jerusalén, luego en toda la Judea, después en Samaría y hasta en los confines del mundo.
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Concluida la comida, el Señor Jesús les condujo fuera de la ciudad hacia el lado de Betania. Ciento veinte personas acompañaban al divino triunfador. El cortejo siguió el valle de Josafat, y Jesús marchaba majestuosamente en medio de los suyos. Los Apóstoles, los discípulos, las santas mujeres agrupadas alrededor de la divina Madre, le seguían con santa alegría, pero con los ojos humedecidos en lágrimas ante el pensamiento de que el buen Maestro iba pronto a dejarlos.
Jesús atravesó el torrente de Cedrón donde sus enemigos le abrevaron con sus fangosas aguas; luego, dejando a la izquierda el jardín de Getsemaní, teatro de su mortal agonía, subió al monte de los Olivos. Llegado a la cima, echó una última mirada sobre aquella patria terrestre donde había morado treinta y tres años, desde su nacimiento en el establo de Belén hasta su muerte en la Cruz del Gólgota.
Habiendo venido hacia los suyos, estos no le habían recibido. Pero, se acercaba la hora en que la raza humana, vivificada por su Sangre, le adoraría como Dios. Más allá del océano, su mirada abarcaba aquel Occidente donde sus Apóstoles llevarían presto su nombre bendito, enarbolando el símbolo de la redención en la cumbre misma del Capitolio.
Fijos en Él todos los ojos, no se hartaban de contemplar aquella faz radiante, aquella mirada llena de bondad y de ternura que vagaba por el auditorio como para dar a cada uno el último adiós.
Luego, levantó las manos para impartir a todos una bendición postrera, y mientras postrados a sus pies los bendecía, su Cuerpo glorificado, puesto en movimiento por un acto de su divino poder, se levanta de la tierra y se eleva majestuosamente al Cielo.
Mudos de sorpresa y admiración, Apóstoles y discípulos le siguieron largo tiempo con la vista, hasta que al fin una nube le cubrió sustrayéndolo a sus miradas.
Y como no acababan de seguirlo con sus ojos en el lugar por donde le habían visto desaparecer, dos Ángeles vestidos de blanco, se presentaron diciéndoles: Varones de Galilea ¿qué hacéis aquí mirando al Cielo? Este Jesús que acaba de separarse de vosotros para subir al Cielo, descenderá de allí un día como le habéis visto subir.
Venido a la tierra bajo la forma de siervo para salvar a los hombres, bajará a ella por segunda vez con la majestad del Rey de los reyes para juzgarlos.
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Y Jesús continuaba subiendo hacia el trono de su Padre.
Bien pronto se vio rodeado de legiones innumerables de almas que, detenidas en el Limbo durante largos siglos, esperaban que el nuevo Adán les abriese las puertas del Cielo.
A la cabeza de aquellos fieles de la Antigua Alianza, marchaban los dos desterrados del Edén que nunca olvidaron al Redentor prometido a su raza; y luego, los Patriarcas Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y los Profetas. Tras estos, venían las santas generaciones de alma recta y cuyo corazón puso su confianza en Aquel que había de venir.
David ha pintado con su maravilloso lenguaje la llegada del triunfador a la cumbre del empíreo.
Así como a las puertas del Edén vigilaban dos Arcángeles para impedir la entrada a nuestros primeros padres, así los Ángeles del cielo velaban a las puertas del Paraíso para abrirlas al nuevo Adán.
De súbito, oyeron el cántico triunfal del ejército de Santos que escoltaban a Jesús:
— Príncipes, decían estos, abrid vuestras puertas; abríos, puertas eternas, para que entre el Rey de la gloria.
— ¿Quién es este Rey de la gloria? Preguntaron los Ángeles.
— Es el Señor, replicaron los Santos, es el Dios fuerte y poderoso, es el Dios invencible en las batallas; abríos, puertas eternas, es Él, es el Dios de las virtudes.
Y las puertas se abrieron y Jesús se encontró en medio de las milicias celestes que también le aclamaron como a su Jefe, desde largo tiempo esperado.
Y en efecto, por los merecimientos del Cristo, las adoraciones y alabanzas angélicas llegarían en adelante hasta el Eterno más dignas de su majestad infinita, así como también, por los mismos méritos, se llenarían los vacíos abiertos en sus filas por la caída de los ángeles prevaricadores.
Entró, pues, Jesús en el Cielo, como Rey de los Ángeles y como Rey de los hombres.
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David cuenta también cómo Jesucristo fue acogido por su Padre cuando se presentó delante de su trono.
El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra.
Y el Padre le recordó que tenía derecho a tal honor, primero, porque es su Hijo, igual a Él: Yo te he engendrado antes de la aurora; y luego, porque, como hijo del hombre, es vencedor del mundo y del infierno, y es Rey de la humanidad rescatada: Siéntate a mi diestra y te sirvan de escabel tus enemigos.
En virtud de su dignidad real, el Cristo fue investido de un triple poder:
Primero, de establecer su reino en todos los pueblos y sobre toda la tierra.
En segundo lugar, del eterno pontificado.
Por fin, el Padre confirió al Hijo la suprema judicatura.
Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que Yo haga de tus enemigos el escabel de tus pies.
El cetro de tu poder lo entregará Yahvé diciéndote: Desde Sion impera en medio de tus enemigos.
Tuya será la autoridad en el día de tu poderío, en los resplandores de la santidad; te engendró del seno antes del lucero.
Yahvé lo juró y no se arrepentirá: Tú eres Sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec.
Mi Señor está a la diestra de Yahvé. En el día de su ira destrozará a los reyes. Juzgará las naciones, amontonará cadáveres, aplastará la cabeza de un gran país. Beberá del torrente en el camino; por eso erguirá la cabeza.
Hijo de Dios, se hizo hombre, se hizo esclavo, se hizo semejante al gusano de la tierra que es hollado bajo el pie; y por esto, Dios le ha exaltado y le ha dado un Nombre sobre todo nombre, a fin de que, al Nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el Cielo, en la tierra y en el infierno.
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Y este mismo Jesús, sentado a la diestra del Altísimo, es a quien los Apóstoles van a glorificar en este mundo y cuyo Reino van a predicar en toda la tierra. Ese mismo Reino que Él establecerá cuando venga por segunda vez a la tierra.
Los judíos, los romanos, los apóstatas, les harán una guerra sin tregua; pero ¿quién podrá vencerlos, si Jesús está con ellos?
Dice el Rey David:
¿Por qué se amotinan las gentes, y las naciones traman vanos proyectos? Se han levantado los reyes de la tierra, y a una se confabulan los príncipes contra Yahvé y contra su Ungido. Rompamos, dicen, sus coyundas, y arrojemos lejos de nosotros sus ataduras. El que habita en los cielos ríe, el Señor se burla de ellos. A su tiempo les hablará en su ira, y en su indignación los aterrara: Pues bien, soy Yo quien he constituido a mi Rey sobre Sion, mi santo monte. ¡Yo promulgaré ese decreto de Yahvé! Él me ha dicho: Tú eres mi Hijo, Yo mismo te he engendrado en este día. Pídeme y te daré en herencia las naciones, y en posesión tuya los confines de la tierra. Con cetro de hierro los gobernarás, los harás pedazos como a un vaso de alfarero. Ahora, pues, oh reyes, comprended; instruíos, vosotros que gobernáis la tierra. Sed siervos de Yahvé con temor y alabadle, temblando, besad sus pies, antes que se irrite y vosotros erréis el camino, pues su ira se encenderá pronto. ¡Dichoso quien haya hecho de Él su refugio!
Muchos siglos antes de Jesucristo se anuncia en este “oráculo profético” la conjuración que, si bien se inició en Israel contra el cetro de Jesús, ha continuado desde entonces contra sus discípulos; y sólo en los últimos tiempos asume plenamente la forma aquí anunciada: la apostasía de las naciones, en vísperas del triunfo definitivo del divino Rey; triunfo que el final de este Salmo nos promete.
En efecto, los versículos 5 y 12 se refieren al Gran Día de Yahvé, tan frecuentemente anunciado por los Profetas, y que revela, en su lejano misterio, la Primera y la Segunda Venida del Mesías.
Llegado el momento previsto en el Salmo 109, el Padre lanzará este anuncio como un “quos ego” y en respuesta a la rebeldía de los poderosos.
El Decreto paterno anuncia la nueva era de inocencia y de justicia en Jerusalén, estándole sujetas las naciones extranjeras.
Esta glorificación como Hijo de Dios otorgada al Mesías es una consecuencia natural y como una extensión de su generación eterna. Es, en efecto, lo que Jesús esperaba del Padre al pedirle para su Humanidad Santísima aquella gloria que en Ti mismo tuve antes de que el mundo existiese.
Maravilloso don que Él quiere también para nosotros, y que disfruta ya como Sacerdote para siempre, esperando que el Padre le ponga sus enemigos como escabel de sus pies.

