PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN DE LA IIª DOMÍNICA DE PASCUA

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

Domingo del Buen Pastor

Sólo las palabras en azul forman parte del Evangelio de esta Domínica. El contexto se agrega y se explica para aprovechar mejor las enseñanzas de este décimo capítulo del Evangelio según San Juan.

En verdad, en verdad os digo, que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, mas sube por otra parte, aquél es ladrón y salteador. Mas el que entra por la puerta, pastor es de las ovejas. A éste abre el portero. Y las ovejas oyen su voz, y a las ovejas propias llama por su nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera sus ovejas, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no le siguen, huyen de él; porque no conocen la voz de los extraños.

Esta parábola les dijo Jesús. Mas ellos no entendieron lo que les decía.

Y Jesús les dijo otra vez: En verdad, en verdad os digo, que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos vinieron, ladrones son y salteadores, y no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta. Quien por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.

El ladrón no viene sino para hurtar, y para matar, y para destruir. Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan con más abundancia.

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. Mas el asalariado, y que no es el pastor, del que no son propias las ovejas, ve venir al lobo, y abandona las ovejas y huye; y el lobo arrebata y dispersa las ovejas. Y el asalariado huye, porque es asalariado, y porque no tiene parte en las ovejas.

Yo soy el Buen Pastor: y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, como el Padre me conoce, así conozco Yo al Padre, y doy mi vida por mis ovejas.

Tengo también otras ovejas, que no son de este aprisco; es necesario que Yo las traiga, y oirán mi voz, y será hecho un solo rebaño y un solo pastor.

Por eso me ama el Padre: porque yo doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita; mas yo la doy de mi propia voluntad; poder tengo para darla; y poder tengo para volverla a tomar.

En este pasaje del Evangelio, Jesús habla a los fariseos, continuando el discurso precedente, cosa que debe tenerse en cuenta para entender bien esta parábola del Buen Pastor.

Esta alocución del Señor a los judíos fue motivada por la curación del ciego de nacimiento; por lo tanto, está íntimamente ligada a ella.

Jesús había dicho: Yo he venido a este mundo para un juicio: para que vean los que no ven; y los que ven queden ciegos.

Al oír esto, algunos fariseos que se encontraban con Él, le preguntaron: ¿Acaso también nosotros somos ciegos?

Y Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado. Pero ahora que decís: “vemos”, vuestro pecado persiste.

Y como continuación de su pensamiento y denuncia del mal accionar farisaico, les expuso la parábola:

En verdad, en verdad os digo, que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, mas sube por otra parte, aquél es ladrón y salteador. Mas el que entra por la puerta, pastor es de las ovejas. A éste abre el portero. Y las ovejas oyen su voz, y a las ovejas propias llama por su nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera sus ovejas, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no le siguen, huyen de él; porque no conocen la voz de los extraños.

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Este portero tan importante es el divino Padre. Él es quien abre la puerta a las ovejas que van hacia el Buen Pastor. Porque, así como nadie va al Padre sino por Jesús, nadie puede ir a Jesús, si el Padre no lo elige y no lo atrae.

Nótese que Jesús no solo es el Pastor bueno, sino que Él es también la puerta.

Esa puerta que el Padre nos abre, es, pues, el mismo Hijo, porque el Padre nos lo dio para que por Él entremos a la vida y para que Él mismo sea nuestra vida.

Tal es la parábola, que les dijo Jesús, pero ellos no comprendieron de qué les hablaba.

Entonces Jesús prosiguió:

En verdad, en verdad os digo, que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos vinieron, ladrones son y salteadores, y no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta. Quien por Mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar, y para matar, y para destruir. Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan con más abundancia.

Los fariseos se jactaban de no ser ciegos. Por eso propone el Señor la parábola de su rebaño y de la puerta, por donde se ha de entrar en el redil.

Ellos leían, y en sus lecturas nombraban a Cristo, esperaban que hubiera de venir, y no le reconocían teniéndole presente; ellos se jactaban de ser videntes o sabios, y negaban a Cristo, y no entraban por la puerta. Y si hacían algunos adeptos, no era ciertamente para salvarlos, sino para sacrificarlos y matarlos.

El ladrón y salteador quiere hacer suyas a las ovejas ajenas; y quiere hacerlas suyas por el robo, no para salvarlas, sino para matarlas. Es ladrón, porque llama suyo a lo que no lo es, y es salteador, porque mata las que ha robado.

Todos los que han venido son ladrones y salteadores. ¿Qué entiende el Señor por todos los que han venido?

Todos los que han venido extraños a Él.

Pero las ovejas no los han escuchado. Antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo hubo justos que creyeron en Él, que había de venir, como nosotros creemos en Él después de haber venido.

Cambiaron los tiempos, pero no la fe. La misma fe une a ambos, tanto a quienes creían que había de venir como a quienes creyeron y creen que ha venido. Ciertamente que en distintos tiempos, pero sabemos que ambos entraron por la única puerta de la fe, es decir, por Cristo.

Por lo tanto, cuantos en aquel tiempo creyeron a Abrahán, a Isaac, a Jacob, a Moisés, o a otros Patriarcas, o a los Profetas que predicaban a Cristo, eran ovejas y escuchaban la voz de Cristo: no una voz extraña, sino la voz de Él mismo.

Si la voz de los profetas era la voz del Pastor, ¿cuánto más lo sería la pronunciada por la lengua misma del Pastor? Pero no todos la escucharon.

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Sigue la exposición del Señor con la parte propia del Evangelio de hoy:

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. Mas el asalariado, y que no es el pastor, del que no son propias las ovejas, ve venir al lobo, y abandona las ovejas y huye; y el lobo arrebata y dispersa las ovejas. Y el asalariado huye, porque es asalariado, y porque no tiene parte en las ovejas.

Yo soy el Buen Pastor: y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, como el Padre me conoce, así conozco Yo al Padre, y doy mi vida por mis ovejas. Tengo también otras ovejas, que no son de este aprisco; es necesario que yo las traiga, y oirán mi voz, y será hecho un solo rebaño y un solo pastor.

Aquí deseo destacar tres elementos principales:

Primero: los cuidados solícitos del Buen Pastor por sus ovejas y la disponibilidad de dar la vida por ellas, si fuere menester, cuando dice: Yo soy el Buen Pastor.

Segundo: la fuga del mercenario y la rapiña del lobo, cuando añade: El mercenario, que no es pastor y al que no pertenecen las ovejas.

Tercero: el recíproco conocimiento del pastor y de las ovejas: Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a Mí.

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El cuidado solícito del Buen Pastor por sus ovejas

Yo soy el Buen Pastor. Con toda razón Cristo puede decir: Yo soy, porque para Él nada es pasado y nada es futuro, sino que todo le es presente.

Pastor deriva del verbo pasco, apacentar y alimentar; y Cristo diariamente, en el Sacramento del Altar, nos apacienta con su Cuerpo y su Sangre.

Jesucristo nos apacienta cada día con las doctrinas evangélicas y los Sacramentos de la Iglesia y, con su brazo extendido en la Cruz, nos reunió.

El buen pastor da su vida por sus ovejas. Manifiesta la característica del buen pastor; y eso es lo que hizo Cristo.

Esta es la prueba de amor al Padre y a las ovejas. Así también San Pedro, después de haber protestado su amor por tres veces, recibe la orden de apacentar a las ovejas y morir por ellas. Por esto el Señor le dice tres veces: ¡Apacienta, apacienta, apacienta!, y no ¡Esquila, esquila, esquila!

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Fuga del mercenario y rapiña del lobo

En cambio, el mercenario, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona a las ovejas y huye; y el lobo arrebata y dispersa a las ovejas. El mercenario huye, porque es mercenario y no le importan las ovejas.

De este modo resultan cuatro figuras: el buen pastor, el ladrón y salteador, el mercenario y el lobo.

Es ladrón y salteador el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas. La puerta es Cristo: no entra por Cristo el que busca sus cosas y no las de Cristo.

El término ladrón deriva de esconder (en latín, latere). El término salteador, fur deriva de furvus, oscuro.

El ladrón es aquel que se esconde para despojar y matar a los incautos; el salteador es aquel que durante la oscuridad de la noche arrebata las cosas ajenas.

Es ladrón y salteador aquel que, por ambición, asume el honor sacerdotal, sin ser llamado por Dios. El que consigue alguna prelatura por simonía, es ladrón, porque usurpa por medio del dinero el oficio de pastor, y aprovecha para apropiarse de lo ajeno. Hace suyas a las ovejas, que robó al Señor. Es ladrón, porque se esconde bajo la apariencia de la santidad. Se presenta como oveja, mientras es un lobo; y de esa manera despoja a los incautos de sus virtudes y los mata en el alma.

El mercenario, por su parte, es llamado así porque está contratado por la merced o el pago; y representa al prelado que sirve únicamente en la Iglesia por los premios temporales.

Este mercenario no es pastor sino simulador.

El mercenario es el espíritu de los negocios. Acicateado por estas espuelas, como un mercader, vende a precio fijo la gracia de Dios, que debe ser distribuida gratuitamente; y así transforma la casa de Dios en un mercado.

El mercenario tiene en mano una balanza falsa, porque predica de una manera y vive de otra; obra de una manera y ostenta otra.

La balanza pende en equilibrio con un fiel entre dos platos. Los dos platos son el desprecio del mundo y el deseo del reino celestial. El fiel es el amor de Dios y del prójimo. Esta es la auténtica balanza, que pesa con exactitud, dando a cada uno lo suyo: al mundo el desprecio, a Dios la adoración, y al prójimo el amor.

El mercenario no es mencionado entre los buenos, pero es de alguna utilidad; ni se llamaría mercenario si no percibiera el salario del patrón.

Hay en la Iglesia algunos prelados de quienes dice el Apóstol San Pablo que buscan sus propios intereses y no los de Jesucristo. Con lo cual quiere decir que no aman gratuitamente a Cristo, que no buscan a Dios por Dios, que van en pos de las comodidades temporales, ávidos del lucro y deseosos de honores humanos.

Pero también los mercenarios son necesarios. Hay muchos en la Iglesia que, buscando comodidades terrenas, predican a Cristo, y por ellos se deja oír la voz de Cristo. Las ovejas siguen no al mercenario, sino la voz del Pastor, oída a través del mercenario.

Ya el mismo Señor señaló a los mercenarios cuando dijo: En la cátedra de Moisés se han sentado escribas y fariseos; haced lo que os dicen, pero no imitéis sus obras. Pero, si intentasen hablar de lo suyo propio, entonces no los escuchéis, ni obréis de acuerdo con sus enseñanzas. Escuchad la voz del Pastor en la voz de los mercenarios.

El lobo es llamado así porque tiene tal fuerza en las garras que, cualquier cosa que estruje, deja de vivir. Tiende acechanza a las ovejas y las asalta a la garganta, para estrangularlas rápidamente.

El lobo es figura del diablo y del tirano de este mundo, sobre el cual el diablo cabalga.

El mercenario, al verlo llegar, abandona a las ovejas y huye; y el lobo las arrebata y dispersa. El uno abandona y el otro arrebata; el uno huye y el otro dispersa.

El mercenario y el diablo están unidos por algún tipo de amistad y trabados como por un pacto. Dice el diablo al prelado lo que dijo el rey de Sodoma a Abraham: Dame las almas; lo demás: la lana, la carne y la leche, tómalo para ti.

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Mutuo conocimiento entre el pastor y las ovejas

A la irresponsabilidad del pastor falso, Jesús opone la conducta del pastor verdadero, diferenciándose del ladrón y del mercenario: conozco a mis ovejas, marcadas por mi carácter. Ellas tienen el nombre del pastor y el nombre de su Padre, escrito en su frente.

A todos los que estén marcados con este sello, el Señor los reconocerá y ellos reconocerán al Señor. Por esto dice: Yo conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a Mí, como el Padre me conoce a Mí y Yo al Padre.

El Hijo conoce al Padre por sí mismo, y nosotros lo conocemos por medio del Hijo. Por esto dice en otro lugar: Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel al que el Hijo lo quiera revelar.

El Señor conoce a los suyos; conoce a los que tiene previstos, a los predestinados. Conoce, pues, el Señor quiénes son los suyos: ésas son las ovejas.

El Pastor las conoce según la predestinación, según esa presciencia de Dios, según la elección de las ovejas antes de la creación del mundo.

Según esta presciencia y predestinación de Dios, ¡cuántas ovejas están fuera y cuántos lobos dentro!

¡Cuántas ovejas fuera! Por ahora escuchan la voz extraña, siguen a los extraños.

Del mismo modo, ¡cuántos que dentro cantan las alabanzas de Dios le han de blasfemar!; ahora están en pie, después han de caer. Estos no son ovejas.

Hay una voz del pastor, en la cual las ovejas no atienden a los extraños; y las que no son ovejas no oyen a Cristo. No desatiende esta voz la oveja propia; la extraña no la oye. Pues Cristo le da esta voz para que permanezca con Él hasta el fin; pero deja de oírla si no persevera con Él hasta el fin.

Voz excelente, verdadera, pastoral; ésta es la voz de salvación. Fácil es oír la voz de Cristo, fácil es alabar el Evangelio; pero perseverar hasta el fin, es propio de las ovejas que oyen la voz del Pastor.

No sabes cuándo acabará tu vida, pero Él sí lo sabe. Si eres oveja y perseveras hasta el fin, serás salvo.

Por esta razón, los suyos aprecian esta voz, los extraños no la escuchan.

¿Quién otro puede llamar a sus ovejas por su nombre y llevarlas de aquí a la vida eterna sino Aquel que conoce los nombres de los predestinados?

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En consecuencia dice: Yo soy la puerta; el que por Mí entrare se salvará; y entrará y saldrá, y hallará pastos. En estas palabras declara con evidencia que no sólo el pastor, sino también las ovejas deben entrar por la puerta.

Hay, pues, no sólo una entrada buena, sino también una salida buena, por la puerta buena, que es Cristo.

Mas ¿cuál es esta laudable y bienaventurada salida?

Entrar por Cristo sería pensar según la fe misma, y salir por Cristo, obrar exteriormente, es decir, delante de los hombres por la misma fe.

Por eso dice que ha venido para que tengan vida, o sea, para que tengan la fe, que obra por la caridad; y por esta fe entren en el redil para que vivan, ya que el justo vive de la fe; y la tengan más abundante quienes, perseverando hasta el fin, salen por aquella puerta que es la fe de Cristo, porque mueren como verdaderos fieles y tendrán la vida con mayor abundancia al llegar allí adonde les precedió el pastor y donde nunca volverán a morir.

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Hablando Nuestro Señor Jesucristo a sus ovejas, tanto a las presentes como a las futuras, a aquellos y a nosotros y a cuantos después de nosotros han de ser ovejas suyas, les manifiesta quién es el que les ha sido enviado.

Todas, pues, oyen la voz de su pastor, que dice: Yo soy el Buen Pastor. No hubiera dicho bueno, si no hubiera pastores malos. Los pastores malos son ladrones y salteadores, o, cuando más, mercenarios.

Debemos indagar, distinguir y conocer todas las personas que aquí ha mencionado.

Entre los buenos están, por lo tanto, la puerta, el portero, el pastor y las ovejas; y entre los malos, los ladrones, los salteadores, los mercenarios y el lobo.

Quizá alguno piense que, no habiendo Él venido a nosotros y habiendo enviado a otros, nosotros no oímos su voz, sino la voz de quienes fueron enviados.

No. Arrojad de vuestro corazón tal pensamiento, pues también Él está en aquellos que envía. Y añade: Oirán mi voz.

Aquí vemos cómo Él habla por la voz de los suyos, y por medio de aquellos que envía es oída su voz.

A nosotros nos corresponde reconocer su voz y seguirle…