PADRE JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA TERCERA DE EPIFANÍA

Sermones-CerianiTERCER DOMINGO DE EPIFANÍA

 Conmemoración de la Conversión de San Pablo

 

El tercer Domingo de Epifanía prima sobre la Fiesta de la Conversión de San Pablo, de la cual se hace conmemoración. Sin embargo, me ha parecido oportuno predicar sobre este Gran Apóstol.

Jesús, el Hijo de Dios, el Salvador de los hombres, había vertido su Sangre en el Gólgota y muerto en la Cruz, expiando los crímenes de la humanidad.

Los infieles judíos, los pérfidos fariseos, cantaban victoria y pregonaban su triunfo sobre aquel hombre, al que sus discípulos reconocían como al Mesías prometido.

Los sanedritas creían que ya no resonaría la voz de Jesús por aquellos campos de Judea, ni volverían a presenciar sus habitantes sus portentos; pensaban que, en adelante, ya no serían testigos de las predicaciones evangélicas que tanto contradecían y condenaban su doctrina y su conducta; soñaban en el triunfo definitivo de la Sinagoga sobre la Iglesia de Cristo.

¡Mas no!; la iniquidad no podía triunfar de la Verdad.

Jesucristo, verdadero Sol de Justicia, debía salir de su tumba más resplandeciente que el sol.

Aún resonará su voz divina y autoritaria en Palestina; aún podrán recrearse con sus enseñanzas aquellos súbditos fieles y aquellos Apóstoles que le han acompañado en sus correrías mesiánicas, y le verán un día subir al Cielo, glorioso y triunfante como Rey conquistador que sube a tomar posesión de su reino.

Los once discípulos se habían congregado en la falda del monte que Jesús les había indicado. Pronto llegó a ellos el Maestro y, al verle, le adoraron. Acercándose Él, amoroso, desplegó sus divinos labios y dejó caer estas palabras llenas de celo y de consoladora esperanza: “Todo poder se me ha dado en el cielo y en la tierra; id, pues, e instruid a todas las naciones del mundo, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto os he mandado.”

Pero los judíos no podían ver con buenos ojos este resurgimiento espiritual, no podían permanecer impasibles ante el seguro avance del cristianismo. Tenían que oponerse a este movimiento.

Pero, ¿cómo? La predicación de sus maestros y seguidores no lograba ni podía convencer a nadie porque estaba desprovista de la verdad. Mas lo que ellos no alcanzaban con las palabras querían obtenerlo con los hechos y por la vía de la fuerza; hechos inhumanos, vergonzosos y crueles… Empezaron, entonces, las persecuciones.

Por el fanatismo y ebrios de furor, los asesinos de Cristo quisieron hacer desaparecer de la faz de la tierra toda semilla de cristianismo.

Pero aquellos Apóstoles, llenos de fe en las palabras de su Divino Maestro y enardecidos por el celo de la gloria de Dios, se dispersaron por el mundo para sembrar la Buena Nueva y llevar a todas partes la lumbre de la Verdad.

A su paso por los pueblos iban haciendo nuevos prosélitos en favor de la buena causa; los cristianos aumentaban al compás de la predicación evangélica.

 

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Mientras tanto, la cosecha de las naciones gentiles está ya madura; ya es hora de la siega. Mas, ¿quién habría de ser el obrero de Dios?

Todos los Apóstoles tienen la misión de anunciar la salvación hasta las extremidades de la tierra; pero ninguno ha recibido todavía un título especial para ser Apóstol de los Gentiles.

San Pedro, el Apóstol de la Circuncisión, está destinado en particular a las ovejas extraviadas de la casa de Israel. Pero, como es Cabeza y fundamento, a él le corresponde abrir la puerta de la Iglesia a los Gentiles. Y lo hace con toda solemnidad, administrando el Bautismo al centurión romano Cornelio.

Con todo eso, la Iglesia se prepara; la sangre del Mártir Esteban y su última plegaria, van a lograr un nuevo Apóstol, el Apóstol de las naciones.

Saulo, ciudadano de Tarso, no ha visto a Cristo en su vida mortal, y sólo Cristo puede hacer un Apóstol.

Desde lo alto de los Cielos donde reina impasible y glorificado, llamará Jesús a Saulo para que le siga, como llamaba durante los años de su predicación a los pescadores del lago de Genesaret para que siguieran sus pasos y escuchasen su doctrina.

Comienza la gran obra el día de la conversión de Saulo, motivo de la Fiesta que hoy conmemoramos.

Hoy resuena la voz de Jesucristo, cuya maravillosa potencia hace, primero, de un judío perseguidor un cristiano, en espera de poder hacer un Apóstol.

San Gregorio Magno dice, en el libro de sus Diálogos, que es mayor milagro dar Dios vida a un alma muerta por el pecado que resucitar a un cadáver.

Aunque todas las conversiones de los pecadores son maravillas de Dios, sin embargo, de ninguna celebra la Iglesia fiesta particular, si no es de la de San Pablo.

En efecto, gran regocijo hubo en el Cielo por la conversión de un tan gran pecador como Saulo. No es maravilla que el Cielo hiciera tan gran fiesta por esta conversión, y que la Iglesia militante quiera participar de esta alegría de la Iglesia triunfante.

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El Patriarca Jacob había predicho ya esta transformación, cuando en su lecho de muerte revelaba a cada uno de sus hijos su futuro con el de la tribu que debía salir de ellos.

Judá fue el más honrado; de su raza real debía nacer el Redentor, el ansiado de las naciones.

También Benjamín fue preanunciado, en frases más humildes, pero con todo, elogiosas: él será el abuelo de Pablo, y Pablo el Apóstol de las Naciones.

El anciano había dicho: «Benjamín, lobo rapaz: por la mañana agarrará la presa; por la tarde distribuirá el alimento».

Él es, como dice San Agustín, quien con la fogosidad de su adolescencia se lanza como un lobo amenazador y carnívoro sobre el rebaño de Cristo.

Saulo en el camino de Damasco, es el portador y ejecutor de las órdenes de los pontífices del Templo, empapado en la sangre de Esteban a quien ha lapidado por mano de aquellos a quienes guardaba sus vestidos.

Y por la tarde, no arrebata la presa del justo, sino que con mano caritativa y tranquila distribuye a los hambrientos el alimento nutritivo; es el mismo Pablo, Apóstol de Jesucristo, abrasado de amor por sus hermanos, haciéndose todo a todos, hasta el punto de desear ser anatema por ellos.

Tal es la fuerza misteriosa del Emmanuel, siempre en aumento y a la que nada resiste.

Hoy, desde lo alto del Cielo, después de haber cumplido todos los misterios, queriendo demostrar que sólo Él es el Señor de los Apóstoles, y que está consumada su alianza con los Gentiles, se aparece a este Fariseo que cree ir tras la ruina de la Iglesia; destruye aquel corazón de judío y crea con su gracia un nuevo corazón de Apóstol, aquel vaso de elección, aquel Pablo que dirá en lo sucesivo: Vivo yo, mas ya no yo; es Cristo quien vive en mí.

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El Apóstol de los gentiles era un judío de la tribu de Benjamín. Circuncidado al octavo día de su nacimiento, según la ley, recibió el nombre de Saulo; pero como había nacido en Tarso de Cilicia, gozaba de los privilegios de ciudadano romano.

Entre los más encarnizados perseguidores de Cristo se hallaba la secta de los fariseos, a la que pertenecían los padres de Saulo, quien desde pequeño había bebido el odio más profundo a los seguidores del Divino Crucificado.

Sus padres le enviaron muy joven a Jerusalén, donde Gamaliel, un noble fariseo, le instruyó en la Ley de Moisés.

Saulo se convirtió pronto en un observante de la ley tan celoso, que podía apelar aun al testimonio de sus enemigos para probar hasta qué punto su vida se había conformado a las prescripciones legales.

Más tarde, sobrepasando a sus compañeros en celo por la ley y las tradiciones judías, que él identificaba entonces con la causa de Dios, Saulo se convirtió en enemigo y perseguidor de Cristo.

Con tales aprendizajes, resultó Saulo el mayor peligro de los cristianos, a los que buscaba y perseguía con afán desmedido.

Como los jefes de los judíos habían visto siempre en Jesucristo a un enemigo de la ley, no tiene nada de extraño que el fariseo Saulo estuviese convencido de que debía hacer la guerra al nombre de Jesús de Nazaret y que se hubiese convertido en el terror de los cristianos, ya que se entregó en cuerpo y alma a exterminarles.

El martirio de Esteban, al cual estuvo presente, lejos de enternecerle, aun le enardeció más, y le incitó a desear el mismo suplicio para todos los cristianos.

Se le veía inquieto; como un lobo que está acechando las ovejas; penetraba en los domicilios de los cristianos, los sacaba de casa y los conducía a las cárceles, donde los afligía con indecibles tormentos.

¿Quién iba a decir que este cruel tirano estaba en vísperas de ser trocado en un apóstol de aquel Señor a quien tanto perseguía? ¿Cómo podía nadie imaginarse que aquel lobo carnicero se vería muy pronto convertido en manso cordero? Pero lo que es imposible al hombre, es sumamente fácil a Dios.

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Lo apasionado de su persecución lo llevó a ofrecerse al sumo sacerdote para ir a Damasco, para arrestar a todos los judíos que confesaran a Jesucristo y traerles encadenados a Jerusalén.

Pero Dios había decidido mostrar su paciencia y misericordia con Saulo.

Siguiendo Saulo en su mal intento y perseverando en su maldad, ávido de la sangre de los inocentes cristianos, encontraba pequeños los estrechos límites de Palestina para dar rienda suelta al furor de su pasión, y pidió autorización para trasladarse a Damasco, ciudad enclavada allende el monte Líbano, en donde florecían más y más las virtudes cristianas y en donde quería el perseguidor segar los tiernos tallos que empezaban a crecer en el jardín de la Iglesia de Cristo.

Acompañado de varios servidores que debían cumplimentar sus órdenes, y destilando odio en su corazón, emprendió Saulo el camino hacia Damasco con aires de conquistador y ufanándose por anticipado de la rica presa que iba a lograr.

Pero éste fue precisamente el momento elegido por Dios para triunfar con su gracia de aquel enemigo suyo y convertirle en un vaso de elección.

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La comitiva avanzaba presurosa; a sus espaldas habían dejado la ciudad deicida de Jerusalén, y allá, en frente se divisaba Damasco, objetivo final del viaje.

Mas de repente se rasgaron los cielos, una cascada de luces vivísimas cegó a Saulo, el cual, como herido por un rayo, cayó sin poder levantarse del suelo, y atónito oyó una voz como de trueno que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Y él, más muerto que vivo, respondió: “¿Quién sois Vos, Señor?” Y el Señor le dijo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Dura y difícil empresa has tomado; en vano tiras coces contra el aguijón”.

Y Saulo, tembloroso y turbado, aún no repuesto del susto y como fuera de sí, dijo: “Señor, ¿qué queréis que haga?

Le mandó el Señor que se levantase y entrase en la ciudad, porque allí le dirían lo que había de hacer.

Los rayos divinos se escondieron, los cielos se replegaron, Saulo fue levantado sin ver nada a su alrededor aunque tenía los ojos abiertos… Y, por maravillosa contraposición, los ojos de su alma se iban abriendo cada vez más y empezaban ya a distinguir las claridades infinitas de la Verdad absoluta.

Acabada la visión y verificada la mutación escénica del exterior y la conversión del interior, Saulo fue conducido por sus compañeros de viaje a la ciudad de Damasco, y aquel que en el delirio de su fantasía se había imaginado una entrada ruidosa y apoteósica, iba atravesando las calles trémulo y avergonzado sin ver a la multitud que, en lugar de vitorearle y aplaudirle, le observaba curiosa y llena de compasión, por ver en tan lastimoso estado al hombre fuerte y vigoroso que todo lo llenaba con la fama de sus atrocidades.

Fue conducido a casa de un hebreo, y permaneció allí tres días ciego, sin comer ni beber, a causa de la honda impresión que le produjo la divina aparición. No quiso hablar con nadie en todo aquel tiempo.

Ayunaba y rezaba; el recuerdo de la muerte del diácono Esteban hería su alma con delirio escalofriante.

Allá, en el fondo de su interior, resonaba constantemente el eco del “¿Por qué me persigues?” La gracia iba penetrando en su alma como a torrentes.

Al tercer día, aquel pobre ciego, tuvo un sueño: le parecía que un hombre se acercaba a él, ponía las manos sobre su frente y le curaba.

Al mismo tiempo, Jesús se apareció a un hombre temeroso de Dios, de sólida virtud, un alma según la Ley, respetado por los mismos judíos; su nombre era Ananías; encargándole que fuese a la calle llamada Recta, y que en ella buscase a un hombre llamado Saulo, natural de Tarso, al cual hallaría en oración.

Ananías quedó sorprendido por este encargo, pues conocía muy bien la ferocidad de Saulo y sus malos intentos de ir a Damasco.

Pero el Divino Maestro le replicó: “Ve donde te mando; ese hombre es un vaso de elección, escogido por Mí para que predique mi doctrina delante de las naciones, delante de los Reyes de la tierra y delante de los hijos de Israel. Así, ya le tengo mostrado y prevenido lo mucho que ha de padecer por mi amor.”

Ananías obedeció la voz del Señor y se dirigió al lugar donde moraba Saulo. Una vez en presencia del ciego, extendió las manos sobre su cabeza, diciéndole: “Saulo, hermano, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me ha enviado a ti para que te restituya la vista y seas ungido del Espíritu Santo.”

Al mismo tiempo cayeron de los ojos de Saulo unas como escamas, y advirtió que veía de nuevo; luego se postró en tierra alabando a Jesucristo que, al tiempo que le curaba la ceguera del alma le devolvía la vista del cuerpo.

Saulo escuchaba atento las enseñanzas de Ananías: “El Dios de mis padres —le dijo éste— te ha escogido para conocer su voluntad, para escuchar la voz de su boca; porque tú serás su testigo, delante de todos los hombres, de cuanto has visto y oído… Pero, ¿qué tardas? Levántate, recibe el Bautismo y lava tus pecados invocando su Nombre.”

Allí mismo, levantándose Saulo, fue bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Y de este modo, aquel hombre viejo, Saulo, fue trocado en el hombre nuevo, Paulo, el gran Pablo, el Apóstol de las Gentes, que tanta gloria había de alcanzar a la Iglesia de Dios.

Permaneció San Paulo algunos días con los discípulos del Señor, preguntándoles por los milagros, vida, Pasión y muerte de su Maestro.

Con él la Sinagoga perdía al más celoso de sus defensores, y la Iglesia ganaba al más grande de sus Apóstoles.

Todo el ardor que ponía días atrás en la persecución, después lo manifestó en la predicación entusiasta de la doctrina de Cristo.

San Pablo recorrió Antioquía, Chipre, Pafos y Salamina; también evangelizó Tesalónica y Lidia, y confundió a los sabios del Areópago de Atenas; finalmente visitó España, desembarcando en Tarragona.

Sus numerosas Epístolas o Cartas constituyen un código sublime de la doctrina y los deberes del cristianismo.