
“Una mentira repetida muchas veces se termina transformando en una verdad” esta frase de Lenin, a quien Stoddad califica como “genio manchado”; es propia de los seres perversos que utilizan todos los recursos para difundir el mal y causar el mayor daño posible… sin escrúpulos de ningún tipo, consciente y premeditadamente. Lo trágico de esta “verdad leninista”, es que hoy en día; encuentra miríadas de borregos pensantes a la moda, que creen todo lo que se dice o se insinúa en contra del sano juicio, sin asomo; no digamos ya de un espíritu crítico inspirado por el amor a la verdad o deseo de perfección, pues carecen de ambas realidades extra mentales, sino de una relación mínima de lógica reflexiva que permita encadenar una afirmación cualquiera con su causa originaria y los efectos connaturales que produce ineludiblemente. Es como si estrictamente en lo medular de la asociación de ideas… no supieran sumar dos más dos.
La insanía mental llega a tanto en estos días, que es imposible para los borregos aludidos, que se puedan imaginar que ciertos acontecimientos, circunstancias, y preocupaciones de la contingencia existencial de los seres humanos; hayan sido resueltos positivamente y en forma más perfecta; en un tiempo anterior a esta idílica edad de progreso y “democracia”. Más aún, no entra por ningún lado en sus elucubraciones intelectuales (escasas por cierto) que la Iglesia católica –la “intransigente y retrógrada” por antonomasia- haya sido la causa o haya tomado parte activa en la superación o solución de estas problemáticas que porfiadamente –a pesar de ellos y del progreso de las mal llamadas libertades modernas- una y otra vez nos cubren con su sombra.
Ya iremos dando luces sobre estas afirmaciones. Pero antes de entrar en materia -como punto de partida- mencionemos una perogrullada que para nosotros los que -por la Gracia de Dios- hemos aprendido a sumar; constituye una realidad azas funesta e indesmentible: LA SUSTITUCIÓN DE LOS VALORES Y DERECHOS DIVINOS POR LOS DE PURA INDOLE HUMANA. ¿Cómo hemos devenido a vivir esta desgracia? O mejor dicho ¿Cómo ha venido a transformarse en una realidad viviente…?
El proceso en su decurso histórico es ampliamente conocido como para entrar a describirlo. Lo medular frente al asunto éste, es paradojalmente, recordar que hemos olvidado lo que en forma tan encomiable señala el padre Osvaldo Lira, esto es; “que una vez borrado el influjo de Dios en el orden político y social se ha dejado sentir sin contrapeso el reinado agresivo y tiránico de un racionalismo abyecto y envilecedor, y en consecuencia, absolutamente incompatible con la vigencia normal de nuestros valores específicos humanos. Es de sobra sabido que la esencia o naturaleza humana adquiere sus mejores condiciones de existencia dentro del clima de la gracia deiformante. Esto quiere decir muy claramente que, entregada a sus solas condiciones naturales, queda inhabilitada, en cierto modo, para dar de sí todo aquello que le es perfectamente natural… volvemos a insistir que es aquí donde reside el misterio de la trascendencia de la vida de la gracia. Por lo demás, nos lo dicen las mismas Sagradas Escrituras. El pecado original no nos hace tan solo carecer simplemente de esa vida divina que el mismo Dios, al crearlo, ha infundido en nuestro primer padre Adán, sino además, vernos PRIVADOS DE ELLA. El pecado original insistimos en ello una vez más, no es una pura y simple negación, en nosotros, de la vida de la gracia, sino una privación hecha y derecha –aunque misteriosa- de esa vida. Esta última consiste en la carencia de una perfección exigida por la naturaleza misma del ente que carece de ella, como la carencia del sentido de la vista en una persona racional, en los mamíferos superiores o en las aves, mientras que esta misma antedicha carencia pasa a constituir una simple negación en una roca, por ejemplo. Y es esta aparentemente contradictoria coexistencia de una PRIVACION con una TRASCENDENCIA donde reside este misterio sobre el cual apenas se insiste muy de cuando en cuando. Y es asimismo aquí también donde podemos descubrir el aspecto más complejo del naturalismo exacerbado de que hoy en día adolecen esas mismas naciones que, en épocas pasadas, pudieron calificarse justamente de católicas.”
Esta larga cita del filósofo tomista hispanoamericano más importante del siglo XX, el sacerdote chileno Padre Osvaldo Lira, nos trae implícitos dos efectos subsecuentes con el enunciado que hemos entregado como punto de inicio. Estos efectos que más bien son dos deformaciones mentales monstruosas son, a saber; los siguientes: el rechazo de Dios ha originado el sofisma de que la perfección de la vida humana radica en el hombre mismo y que esta vida misma, en sí; con el ineludible vínculo de necesidad que la relaciona con el mundo circundante, en donde todos vivimos, actuamos y operamos, no solo, no es distinta y superior a este mismo mundo en naturaleza, ser y existencia, sino que además, para mayor abundancia; este mismo entorno está librado del influjo de Aquel ser necesario que lo está manteniendo en su existir. Esto equivale a decir, en lenguaje intraducible para los incautos y lumbreras modernas que han sacado diploma de expertos en la contradicción y el absurdo; que la suma en el tiempo de seres contingentes (los seres humanos) da como resultado: ¡¡la preexistencia y la razón de ser de lo que existía antes del acto mismo de existir de ellos mismos!! Este absurdo no solo significa que el efecto (el hombre y el mundo) es superior a su causa (Dios), sino que además el efecto (cualquier efecto por deducción lógica) puede autoproducirse sin necesidad de una causa.
De creer todos estos absurdos… se puede, de tener la libertad de hacerlo… se tiene (existen millones que hacen gala de esta erudición que a nosotros nos convierte en bienaventurados ignorantes) pero de que sean una VERDAD… o de que tengan en la realidad elementos para recibir una calificación positiva… es harina de otro costal.
Llegados a esta encrucijada entre el absurdo grotesco y la sana doctrina de siempre, es donde entra en juego la Iglesia Católica y su institución señera: la Santa Inquisición. Por un lado el derecho canónico, (el preconciliar por supuesto) preservando el buen juicio tan escaso en estos días; asegura que la libertad de conciencia es el más preciado bien del hombre e inmiscuirse en ella equivale a un acto de fragrante usurpación. Debemos mencionar aquí que -esta verdad jurídica-histórica- nunca es exhibida como galardón de la Iglesia, sino que al contrario, se le acusa de forzar y coartar la libertad de conciencia, cuando en verdad para ella; la conciencia humana solo tiene como última contraparte jurídica… a Dios. Él es el llamado a exigir cuentas, de esa libertad de creencia y de juicio, propias y exclusivas de nuestra naturaleza (puesto que de Él, las hemos recibido). No obstante, esto no significa que entre el pensar y el hacer no media más que la libertad. Pues median las categorías trascendentales del pensamiento metafísico, la verdad lógica y ontológica, el bien y los dos dedos de frente que en las augustas testas modernistas coronadas de estulticia babeante… son inmedibles.
Sino que explicado de otro modo viene a significar, que yo; en mi fuero interno puedo creer las galimatías más absurdas que pueda concebir, como por ejemplo; que los animales son representaciones de dioses o que poseen derechos, que debemos adorar a la madre naturaleza, que el alma humana no existe, que la vida sobrenatural es una quimera, que el hombre es uno con el universo, que la materia es eterna, que Dios no existe, etc., etc. Pero de allí, a que aquello que yo he concebido en mi afiebrado intelecto tenga algún vínculo con lo real y pueda relacionarse de algún modo con la verdad y por tanto, digno de ser creído; exteriorizado, difundido, practicado y enseñado como fuente de la realidad y de la vida y en consecuencia; que exhiba atribuciones incontestables y coercitivas las que a su vez; informen, expliquen y dictaminen en esencia y en valoración el orden social… hay mucho trecho…demasiado.
Nadie tiene libertad para exteriorizar todo aquello mencionado fuera de su insana conciencia, pues el precio de hacerlo conlleva violentar en primer lugar; la realidad tal cual es concebida por el intelecto en su rol de aprehender, y segundo; violentar las entidades de los seres y su existir tal cual como “realmente son y existen” que es como salieron de las manos de Dios, quien además; se las está insuflando permanentemente. Lo contrario es exhibir una indigencia mental propia de los enajenados y hacer gala de una libertad que no tiene nada de libre; por el contrario, subyuga el libre albedrio a la “sin razón”.

En lo anteriormente señalado se resume y explica en gran parte el papel que jugó la Santa Inquisición y demuestra que la única institución humana que nos ha preservado de todos estos extravíos que si solo fueran pensamientos calenturientos; no extrañarían mayor peligro; pero que al agraviar inconmensurablemente a nuestro Creador y producir la pérdida irremediable de nuestra alma, los dimensiona en su verdadero sentido; es la Iglesia Católica. Ella es la única que a lo largo de los siglos ha hecho patente su celo por preservar nuestro sano juicio y conservar intacta la esencia y existencia que hemos recibido de Dios (en el reconocimiento de su naturaleza imperfecta y su consecuente capacidad de perfección por medio de la gracia).
Grafiquemos esta libertad de conciencia y el freno externo que la realidad y la verdad le impone y que la Iglesia defiende, con uno de los ejemplos más trágicos para la cristiandad: las tesis de Lutero.
Sin mediar ésta reconocida libertad de conciencia restringida por lo real y lo verdadero que la iglesia aprobaba; Lutero jamás podría haber dado a conocer a la luz pública sus absurdas tesis que en palabras De Le Bon no resisten análisis (el libre examen y la predestinación entre otras sandeces). No obstante por lo mismo… la tuvo. Pero se le llamo dentro del contexto de esa libertad de conciencia que se le respetaba, a dar las pruebas necesarias mediante las cuales él se había formado el convencimiento interno necesario para afirmar que lo rebelado por Dios tenía otro sentido distinto a lo afirmado y creído hasta el presente. Se le llamó a argumentar y al estar su argumento disociado del buen juicio y de la verdad (y por cierto de la tradición), también se le llamó a retractarse -en nombre de Dios y la verdad- y se le dijo que no tenía por tanto derecho a modificar la realidad del orden sagrado y del depósito de la fe, tal cual como pervivían hasta el momento. Cosa que no hizo por un acto de soberbia demoniaca, con las consecuencias que todos conocemos.
Comparativamente con el presente podemos señalar lo siguiente:
1.- en la época de Lutero, el desarrollo de la vida en sociedad incluidos los cinco ordenes en que se desenvuelve –político, social, económico, moral y cultural- estaba imbuido por la certeza absoluta de la existencia de Dios. Nadie ponía esto en duda… ni
siquiera Lutero, seamos honestos en aquello. Hoy en día los absurdos doctrinarios que se discuten sobre el origen y la naturaleza del hombre y el mundo; campean impunes sobre la mas abyecta indiferencia sobre la existencia de Dios.
2.- La iglesia en su momento rescató lo que pudo de la cristiandad, aunque ésta dolorosa herida; redujo su ámbito geográfico e histórico considerablemente. Pero la contrarreforma demuestra que la Iglesia cumplió con creces su deber. Hoy en día las pobres almas; las más débiles e indefensas, carecen en absoluto de una defensa en regla contra los extravíos de los diletantes del pensamiento y los declarados desembozadamente enemigos de Dios, que pervierten, corrompen, mienten, engañan y estafan a destajo con el fin de anular las categorías del correcto pensar y del único creer y servir a Dios verdaderos: los que la madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana nos enseña. Y esto, desgraciadamente… a pesar de la misma Iglesia.
He aquí un ejemplo que hace hervir la sangre y desear que la Santa Inquisición regrese en gloria y majestad no tan solo para juzgar… a los profanos herejes:

No obstante, todos estos absurdos modernos mencionados (incluidos por cierto los de Lutero) y que son solo algunos de los más connotados, forman parte del mundo en que vivimos y son constitutivos de una realidad contranatura que por lo mismo se enseña con fórceps. Y el pináculo de la suma sincrética de estos absurdos ofensivos a Dios y denigrantes para nuestro intelecto, nos dice que existen tantas verdades como tantos seres contingentes existen y que por absurdo y contradictorio que sea con lo anterior, añade sin ruborizarse; que la naturaleza de la verdad es… una magnitud, o lo que viene a ser lo mismo; que nace y descansa en la mayoría “democrática”.
Para describir esta tragedia que nos toca vivir, nuevamente recurrimos al Padre O. Lira: “No nos hallamos, por tanto, ante un movimiento predominantemente ético o humano capaz, por lo mismo, de proclamar el predominio del espíritu sobre la materia, sino en presencia de una corriente hipócrita, cuya sola y única preocupación consiste en procurar destruir hasta los últimos vestigios del predominio de los valores sobrenaturales en la vida habitual y corriente de los hombres.” (…) “El orden católico, constituido por la presencia más o menos viva de Dios y lo divino en el desarrollo individual y colectivo de la vida de los hombres –presencia que a pesar de sus lacras y defectos, fue efectiva durante largos siglos- se ha visto reemplazado por un orden profano que no es tan solo eso, sino que además, se halla animado por una inquina satánica hacia todo cuanto, de uno u otro modo, llegue a referirse a Dios. Odio, que alcanza su paroxismo a partir de los episodios demenciales de la Revolución Francesa. Por desgracia estos se han visto reiterados posteriormente, porque tales episodios son las manifestaciones de un espíritu revolucionario, que la clarividencia de De Maistre califica de satánico”.
Sirva todo lo señalado hasta ahora para exponer con mayor claridad la siguiente demencial locura. Que en el ambiente de la especulación intelectual, este escenario presente que nos encuentra frente a la pérdida de las categorías trascendentales del pensamiento metafísico, la fe, la verdad, la razón y el buen sentido; se pretende a pesar del “detalle” que implica la ausencia de estas circunstancias en la formación de un juicio y en la discriminación del bien del mal ; lograr alcanzar un pensamiento que justifique, valore, de sentido y oriente al ser humano en medio de una clara y violenta dicotomía entre lo que extensamente la realidad mundanal nos ofrece como ejemplos de “forma de vida” -y no diremos ya con lo que creemos en forma personal- sino con aquello que nutre y perfecciona en forma objetiva la naturaleza humana: lo bueno, justo, verdadero y bello; y que la tradición católica siempre ha enseñado.
Entremos en materia pues, plantemos bandera y en palabras de Henri Hello, os decimos buenos cristianos para reafirmación y mayor gloria de vuestra fe y a vosotros herejes modernos contumaces; para vuestro mayor escarnio y vergüenza y a quienes
retamos además, a osar desmentirnos; que el punto a defender es el siguiente: “La vigilancia de la Inquisición fue legítima y necesaria para la salvación de las almas, para la paz social y para el reino de Dios. Por ello, los pueblos cristianos amaban la Inquisición que protegía su fe y garantizaba el orden público.
“Así, España, gracias a su Inquisición especial, pudo impedir toda penetración de los principios deletéreos del protestantismo, salvando de ese modo su unidad.
“Fue solo en el siglo XVI, con los frutos de la Reforma, cuando comienzan los ataques a este tribunal especial creado hacía tres siglos.
“Hay que tener el coraje de decir la verdad y refutar la calumnia. De todos los tribunales, el de la Inquisición fue, el que ofrecía las mejores garantías de justicia y de equidad, y el único que hizo uso de la misericordia.”
Al respecto no pretendemos hacer una apología exhaustiva de la Inquisición, y mucho menos con los escasos pero contundentes antecedentes que entregaremos; deseamos devolver el sano juicio a los enajenados que exasperan con su timorata intelectualidad servil. Sino solo demostrar que la Iglesia, a través de toda su historia; por medio de las más variadas instituciones –en el caso que estamos exponiendo, la Santa Inquisición- se ha preocupado como una verdadera madre por aquellos más
desposeídos, débiles e indefensos seres que carecen de los medios para defenderse con propiedad, tanto material, intelectual y espiritualmente. Y que en estos loables, encomiables y desinteresados menesteres, siempre ha sido una adelantada, una maestra, una guía luminosa contra el mal, el error, el abuso y el pecado. Siendo precisamente esta circunstancia; por la que ha sido combatida por aquel ser “padre del engaño y la mentira” que siempre co-inspira para arrebatar del redil de nuestra madre, a las ovejas que le han sido dadas en custodia, ayudado por aquellos de sus más aventajados discípulos que al presente, son “legión” (en número y en sentido literal de realidad espiritual demoníaca).
Significativo es entonces y causa de orgullo que todos los dardos del mal apunten contra ella y su obra siempre en todo tiempo y lugar. (El demonio ataca siempre en donde es más patente y provechosa la obra para la salvación de las almas, nada nuevo hay en esto). Y significativo es también el hecho histórico de que nunca una institución fue y sigue siendo tan difamada como la Santa Inquisición.

No daremos cuenta de la naturaleza y número de las infamias que los incautos y los malintencionados creen a pie juntillas. Son de dominio público y corren paralelas a las calumnias sobre la obra civilizadora de la madre patria España (léase conquista de América: conquista para Cristo). Al respecto, basta señalar una salvedad en honor a la objetividad: todas las infamias tienen por partida doble, elementos suficientes para descalificarlas y sentar los precedentes al menos de una imparcialidad inobjetable sin mucho esfuerzo mental y trabajo de investigación histórica. En primer lugar, la pulcritud legal de los españoles; herencia romana, sumada a la extraordinaria grandeza en la profundidad ontológica, teológica, moral y espiritual en el tratamiento del sujeto-objeto de la legislación; el hombre, herencia medieval-tomista; hacen posible que en ambos hechos históricos; la construcción por parte de España de América, es decir; de un nuevo mundo (algo que los anglo-sajones no pueden alardear puesto que ellos levantaron colonias-factorías al mejor modo de los fenicios) y la defensa de la civilización cristiana-europea por parte de la Inquisición; (civilización que los anglosajones han ayudado a destruir) están respaldados por MILES Y MILES DE FOLIOS,LEGAGOS,ACTAS,ARCHIVOS Y OTROS DOCUMENTOS, donde se da cuenta con diligencia exhaustiva de los hechos que tanto preocupan a los difamadores: juicios, querellas, normativas legales, tribunales y su jurisprudencia, naturaleza del derecho aplicado (fuentes objetiva y subjetiva), etc. Y por otra parte, los hechos por sí mismos hablan con la verdad. Para muestra dos botones, primero; La compañía de las Indias Orientales poseía un sistema de control aduanero tan efectivo, que hacía imposible la venida a América de facinerosos y delincuentes de cualquier ralea. Al contrario de Inglaterra, donde eran recibidos por su “graciosa majestad” quien les daba patente de “corsos” para saquear al imperio español, siendo luego ennoblecidos por sus “honorables y destacados servicios a la corona”. En segundo lugar, tenemos “La Historia Crítica de la Inquisición Española” de Llorente, quien después de haberla escrito quemó los archivos con el fin de hacer imposible su verificación objetiva e histórica. Este sacerdote apóstata, liberal, carbonario, traidor a España, afrancesado defensor de la dinastía bonapartista terminó huyendo a Francia, desde donde fue expulsado precisamente por sus actividades carbonarias, es una muestra de la “objetividad y rigurosidad” de los que difaman a la Santa Inquisición.
Solo adheriremos a las ficticias e insustentables calumnias, tres circunstancias dignas de mención como reflexión a tomar en cuenta para una mayor holgura del sano raciocinio que nos guía, puesto que estas tres realidades forman la base de todos los juicios difamatorios.
1.- Severidad en el juicio a la obra de la Iglesia en general y a la Santa Inquisición en particular; Extemporaneidad en el juicio a la Santa Inquisición y Dicotomía y tergiversación en la valoración de la obra de la iglesia y la del mundo secular.
En lo que respecta a la vara con que se ha medido y se sigue midiendo a la Santa Inquisición, es notorio que se le juzga de una manera distinta a como se juzga al resto de las instituciones formadas por los mismos imperfectos y falibles humanos. Se olvida por otro lado intencionalmente, que el poder y la misión que la iglesia se arroja, son de naturaleza espiritual. Por tanto, no dispone de los medios coercitivos jurídicos (mandar, permitir, obligar) ni potestades legislativas, ni prerrogativas políticas para inculcar sus principios en y a la sociedad. Sin embargo, estas limitaciones mundanas, no han sido óbice para la gran y enorme obra civilizadora de la Iglesia. Mencionemos por ejemplo, que siglos antes que los Estados laicos legislaran sobre materias sociales, la Iglesia con hombres pertenecientes a sus filas, y apoyada por otros; inspirados por su santa doctrina, creó los hospicios, las escuelas y orfanatos para niños abandonados, los asilos para orates, los hospitales, etc. En la edad media, en la época en que las grandes órdenes monacales forjaban Europa, al mismo tiempo alimentaban en amplios y salubres comedores a los indigentes y en consecuencia estos no eran ni en número ni en presencia la cantidad abrumadora con la que se encontró en su época San Vicente de Paul. Por otro lado, este gran Santo fue tan efectivo en su plan para reducir la indigencia en Paris, que su logística operacional y clasificación en estratos, fue copiada por el Estado francés y hoy en día sigue vigente en casi todo el mundo.
Son muchos los ejemplos que se pueden dar, pero lo que queda claro aún con los escasos que hemos señalado, es que si a la iglesia se le pide más con los escasos recursos que cuenta, no se le reconoce que por contrapartida; logra más que el mundo con todos los medios que este dispone para su obra. Y en este sentido, la obra de la Inquisición, aunque de naturaleza espiritual, abarcó también, por lógica consecuencia; los ámbitos de lo moral, cultural, material e intelectual y su natural transposición al orden social, todo ello como reflejo de una concepción trascendental de la naturaleza humana; consecuentemente se preocupó de que los más débiles no solo no fueran esquilmados y puestos en indigencia escandalosa, y que el crimen y la usura se propagaran sin freno alguno alterando el orden social y el bien común; sino además, que fueran desorientados y perdidos en la ordenación hacia su destino final que no es otro que la salvación de sus almas. Y lo hizo empleando el buen juicio, la caridad y la misericordia. De esta forma, la justicia que ella impartía, estaba atemperada por aspectos de la dignidad humana de índole espiritual, que ni por asomo se empleaban (y se emplean) en la justicia ordinaria contemporánea a su existencia y a la nuestra. No obstante, se le acusa injustamente y sin ninguna prueba, de una crueldad sádica, y de una inclemencia llena de odio a los que “pensaban o creían en forma distinta a su doctrina”, y de una inmisericordia que se solazaba en la tortura, pero nada de esto se le achaca a la justicia ordinaria y si sus enemigos fueran tan imparciales y exudaran el amor a la verdad y a la justicia que dizque perfuma sus juicios; ¿Por qué no hacen el mismo reproche a los tribunales de la época cuyo “proceso” o instrucción jurídica encaminado a descubrir la verdad consistía en la pagana y cruel costumbre germánica de las ordalías… (se torturaba con fuego al acusado)?
Tomemos a Voltaire para refrendar esto último. Este paladín de los impíos, enlodó sobremanera a la Inquisición con su pluma llena de odio a la Iglesia. Empero, el buen y católico De Maistre sacó a la luz lo absurdo de sus aseveraciones del siguiente modo. “Sin embargo –dice De Maistre-, es una verdadera apología de la Inquisición la que él hace, a pesar suyo, en estas líneas”: “En España, dice, no hubo, en los siglos XVI y XVII, ninguna de esas revoluciones sangrientas, de esas conspiraciones, ninguno de esos crueles castigos que se veían en las demás cortes de Europa. Ni el Duque de Lerna, ni el Conde de Olivares derramaron la sangre de sus enemigos en el cadalso. Allí los reyes no fueron asesinados como en Francia, ni perecieron a manos del verdugo como en Inglaterra. Finalmente, SIN LOS HORRORES DE LA INQUISICIÓN, NO HABRÍA HABIDO ENTONCES NADA QUE REPROCHAR A ESPAÑA.”
De Maistre adosa a este juicio histórico de Voltaire lo que sigue: “No sé si se puede ser más ciego. Sin los horrores de la Inquisición, nada tendría que reprocharse a esta Nación ¡que no ha escapado sino por la Inquisición a los horrores que han deshonrado a las demás! Es para mí un verdadero deleite el ver así al genio castigado, condenado a descender hasta el absurdo, hasta la estupidez, para castigarlo por haberse prostituido al error.” Henri Hello añade por su parte: “Instituida para la defensa de la religión y de la patria, la Inquisición salvó la fe de España; ahorró a la Nación el azote de las guerras civiles e impidió su ruina total.”
