P. JUAN CARLOS CERIANI: SERMÓN PARA LA DOMÍNICA CUARTA DE PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

CUARTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

La Epístola de este Domingo está tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos, capítulo octavo, versículos 18 a 23:

Estimo, pues, que esos padecimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros. Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. Pues si la creación está sometida a la vanidad, no es de grado, sino por la voluntad de aquel que la sometió, pero con esperanza. Porque también la creación misma será liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre dolores de parto hasta el presente. Y no tan sólo ella, sino que asimismo nosotros, los que tenemos las primicias del Espíritu, también gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo, en Jesucristo Señor nuestro.

Para comentar este pasaje, tan hermoso y lleno de enseñanzas muy necesarias para los tiempos que vivimos, consagraré, Dios mediante, tres domingos seguidos.

Como hemos leído, San Pablo escribe de manera expresiva: la ansiosa espera de la creación desea vivamente.

Con esta redundancia indica la tensión de la viva espera de la creación, sometida a la vanidad…, a la servidumbre de la corrupción…

Y debemos entender que aquí se incluye también la propia creación sensible, como son los elementos de este mundo; pues la creatura sensible está ordenada por Dios a algún fin que sobreexcede la forma natural de ella misma.

Es decir, así como el cuerpo humano de los hijos de Dios se revestirá de la gloria sobrenatural, así también toda la creación sensible, en aquella gloria de los hijos de Dios, conseguirá cierta cualidad de gloria, de la cual hablan otros textos bíblicos: Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva

San Pablo muestra el término de la predicha expectación; pues no es vana su esperanza, porque también la creación misma será liberada de la servidumbre de la corrupción, para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

La propia creación será liberada de la servidumbre de la corrupción, o sea, de la mutabilidad, y esto para participar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios, para que así como son ellos renovados, así también sea renovada su habitación: Porque he aquí que Yo voy a crear nuevos cielos y nueva tierra, y de las cosas primeras no se hará más memoria ni recuerdo alguno.

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Para comprender en toda su profundidad esta verdad, es necesario remontarse al Edén. El libro del Génesis indica la condición del hombre en el Paraíso terrenal con tres rasgos de un esplendor inconcebible:

* la inmortalidad e impasibilidad corporal,

* el soberano dominio del instinto animal y sensual,

* una ciencia especial que le daba imperio sobre el reino animal.

Todo esto significaba la soberanía del hombre sobre su propia vida, sobre su mundo interno propio y sobre el mundo externo.

Nada más dice el Génesis; pero los Profetas posteriores amplían la estampa paradisíaca cuando predicen con detalles esplendorosos el futuro estado de restauración universal mesiánica, la cual culmina en la deslumbrante Nueva Jerusalén.

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Transcurramos rápidamente el camino que va del punto de partida al de llegada…

Como consecuencia del pecado, el hombre no sólo perdió la gracia y los dones preternaturales, no sólo quedó vulnerado en sus propias facultades, sino que también la creación sensible decayó y perdió aquella bondad especial de que Dios la había dotado en el Paraíso en consideración y provecho del hombre.

Por otra parte, Satanás adquirió cierto dominio sobre las criaturas, en perjuicio del antiguo señor, el hombre; y lo utiliza para su seducción y caída.

El Redentor quebrantó el poderío del demonio sobre la naturaleza; y, una vez vencido completamente el pecado (el último enemigo será la muerte, consecuencia del pecado), la naturaleza recobrará las cualidades que corresponden a la humanidad transfigurada: habrá un cielo nuevo y una tierra nueva.

Este triunfo final y definitivo de la Vida es mayor que la derrota, porque toda la naturaleza ha de ser finalmente restaurada a imagen del perdido Paraíso: He aquí que hago nuevas todas las cosas…

Hacia la redención cumplida, hacia la reducción de todas las cosas a su Cabeza Espiritual, hacia la recapitulación de todas las cosas en Cristo y por Cristo convergen todas la líneas de fuerza de la historia; y a ella se ordenan, gimiendo y delirantes, la creación entera y el corazón del hombre.

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San Pablo nos enseña, pues, que por el pecado, no sólo el hombre, sino toda la creación quedó sometida a la servidumbre y como en estado de abyección.

Pero, por la Redención, toda la creación ha como adquirido un cierto derecho a la adopción de hijos de Dios, y ha sido elevada a la dignidad de causa instrumental para la santificación del hombre, si éste sabe usar de ella con discreción.

Con hermosa y audaz prosopopeya, San Pablo nos presenta a toda la naturaleza, fijos y ardientes sus ojos, anhelando el día en que sea asociada a la restauración total del hombre.

Cuando este pecó voluntariamente, toda la creación fue sujeta a la vanidad, no de grado sino por Dios; y desde ese momento se siente como parturienta que gime, al verse desviada de su fin primero.

Hasta aquí la imagen es vigorosa y sublime, pero ¿quién desentraña su sentido? ¿A qué vanidad fue sujeta la creación? ¿Cuál será su restauración, concomitante a la del hombre?

Por un lado, ¿qué duda cabe de que la tierra ve perturbado su fin inmediato de ser trono real del hombre cuando éste es derrocado de su monarquía?

Por otra parte, ¿no es hermoso el pensamiento de San Pablo, que nos presenta la creación ansiosa de contemplar la gloria de los hijos de Dios, para asociarse a su tranquila libertad y participar de ella?

Pero es necesario ir más lejos y más profundo…

Cristo es el Verbo de Dios, por el cual fueron creadas todas las cosas.

Como Dios, es el principio y fin de todas ellas.

Como Hombre, es el que recapitula o reúne las cosas disgregadas por el pecado: Para reconciliar en Él todas las cosas, pacificándolas por la sangre de su cruz, las que están en la tierra y las del cielo.

Con el Nuevo Adán, la Humanidad tiene, pues, un nuevo Principio. Por eso Cristo es el Primogénito de toda criatura, la Cabeza.

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Para profundizar y comprender toda esta doctrina, especialmente el punto de llegada hacia el cual nos encaminamos, es muy importante leer y meditar el comentario que el Padre Lacunza hace de un texto del Apóstol San Pedro respecto, precisamente, de los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva.

La exégesis del padre Lacunza se encuentra en su libro Venida del Mesías en Gloria y Majestad, Tercera Parte, capítulos IV y V. Ya la he publicado como respuesta a las falsas apariciones en Akita.

Leamos primero todo el pasaje del Apóstol San Pedro, tomado de su Segunda Epístola, capítulo III, versículos 3-18:

Sabed, ante todo, que en los últimos días vendrán impostores llenos de sarcasmo, guiados por sus propias pasiones, que dirán en son de burla: «¿Dónde queda la promesa de su Parusía? Pues desde que murieron los padres, todo sigue como al principio de la creación» Porque ignoran intencionadamente que hace tiempo existieron unos cielos y también una tierra surgida del agua y establecida entre las aguas por la Palabra de Dios, y que, por esto, el mundo de entonces pereció inundado por las aguas del diluvio, y que los cielos y la tierra presentes, por esa misma Palabra, están reservados para el fuego y guardados para el día del Juicio y de la destrucción de los impíos.

Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años como un día.

No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión.

Pero el Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá.

Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la Parusía del Día de Dios, por el cual los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán?

Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en la que habite la justicia.

Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha.

La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente —como también las demás Escrituras— para su propia perdición.

Vosotros, pues, queridos, estando ya advertidos, vivid alerta, no sea que, arrastrados por el error de esos disolutos, os veáis derribados de vuestra firme postura.

Creced, pues, en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

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Al respecto, comenta el Padre Lacunza:

Con la venida en gloria y majestad del Señor Jesús, del Rey de los reyes, destruidos enteramente los cielos y la tierra que ahora son, comenzarán otros nuevos cielos y otra nueva tierra, donde habitará en adelante la justicia.

¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso quiere decir que los cielos y tierra, o el mundo universo que ahora son, dejarán entonces de ser, o serán aniquilados, para dar lugar a la creación de otros cielos y de otra tierra?

San Pedro dice que, así como el cielo y la tierra, que eran antes del diluvio universal, perecieron por la palabra de Dios y por el agua, asimismo los cielos y tierra que ahora son, perecerán también por la misma palabra de Dios y por el fuego.

Ahora bien, ¿qué fue lo que pereció por el diluvio de agua en frase de San Pedro?

Pereció en la tierra todo cuanto había en su superficie: perecieron todos sus habitadores, hombres y bestias, exceptuando solamente los pocos de cada especie que se salvaron en el arca de Noé.

Perecieron todas las obras que los hombres habían trabajado hasta entonces sobre la tierra. Pereció toda la belleza, toda la fertilidad, la disposición y orden admirable con que Dios la había criado para el hombre justo e inocente, no para el ingrato y pecador.

Si hablamos de los cielos de que habla también San Pedro, decimos lo mismo que acabamos de decir de nuestra tierra, esto es, que pereció.

¿Qué cielos eran estos? No otros que toda la atmósfera que circunda nuestro globo como parte suya esencial, la cual atmósfera se llama general y universalmente cielo.

Estos cielos perecieron con el diluvio en el mismo sentido en que pereció la tierra, es decir se alteraron, se deformaron, se deterioraron, se mudaron de bien en mal.

Habiendo llegado esta época terrible, se alteró tierra, mar y atmósfera, y todo quedó en esta alteración y desconcierto hasta el día de hoy.

Así pues, el Apóstol San Pedro habló en los términos más propios y naturales cuando dijo: La tierra y los cielos que eran antes del diluvio perecieron por la palabra de Dios y por el agua.

Y añade que los cielos y tierra que ahora son (ciertamente inferiores a los antediluvianos) perecerán también a su tiempo, no ya por el agua, sino por el fuego; viniendo en su lugar otros nuevos, que excedan en bondad y perfección, tanto física como moral, a los presentes y pasados.

En suma, así como estos cielos y tierra presentes, siendo en sustancia los mismos que los que había antes del diluvio son, no obstante diversísimos en su orden, en su disposición, en su hermosura, en sus efectos; del mismo modo, los cielos y tierra nuevos que esperamos, aunque sean en sustancia los mismos que ahora, serán sumamente diversos en todo lo demás.

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Los nuevos cielos y nueva tierra que esperamos, dice el Príncipe de los Apóstoles, los esperamos según la promesa de Dios.

Estas promesas de Dios se hallan claras y expresas en el capítulo LXV del Profeta Isaías.

Ciertamente, en el capítulo XXI del Apocalipsis se habla también magníficamente de estos nuevos cielos y nueva tierra; pero San Pedro no podía citar el Apocalipsis de San Juan porque se escribió muchos años después de su muerte.

Por otra parte, el mismo San Juan alude allí a ese lugar de Isaías.

Por lo tanto, para entender bien el conciso texto de San Pedro, así como también el de San Juan, debemos estudiar el texto de Isaías, donde se hallan como en su propia fuente las promesas de Dios, de que ahora hablamos.

Estas hablan, manifiesta y evidentemente, de la Jerusalén futura, y de las reliquias preciosas de los Judíos, como es fácil ver y comprender al punto, así por todo lo que precede en este mismo capítulo, como por todo cuanto se dice en los diez capítulos antecedentes.

Dice el Profeta Isaías:

Porque he aquí que voy a crear nuevos cielos y nueva tierra; de las cosas anteriores ya no se hará mención, ni habrá recuerdo de ellas.

Alegraos y regocijaos eternamente por lo que voy a crear; porque he aquí que yo voy a crear a Jerusalén (para que sea) alegría, y a su pueblo (para que sea un) gozo.

Me regocijaré en Jerusalén, y hallaré mi gozo en mi pueblo, y no se oirá más en ella voz de llanto ni de lamento. No habrá allí en adelante niño que viva pocos días, ni anciano que no llene sus días, pues morir niño será morir a los cien años, y el pecador de cien años será maldito.

Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán de su fruto. No edificarán para que otro habite, no plantarán para que otro coma; porque como los días de los árboles serán los días de mi pueblo, y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos. No se fatigarán en vano ni tendrán hijos para sobresalto, pues serán raza bendita de Yahvé, ellos y sus retoños con ellos. Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé.

El lobo y el cordero pacerán juntos, el león comerá paja como el buey, y la serpiente se alimentará de polvo; no harán más daño ni causarán la muerte en todo mi santo monte, dice Yahvé.

Y continua el Padre Lacunza: He aquí la grande y célebre profecía que evidentemente cita San Pedro cuando dice: nuevos cielos y otra nueva tierra, donde habitará en adelante la justicia.

Vemos aquí también unas de aquellas profecías, que han puesto en sumo cuidado y como en una verdadera tortura los mayores ingenios.

Estos en su sistema han imaginado dos modos de explicarla o, diremos mejor, de eludirla.

Dichas explicaciones, aunque diversísimas, convienen en el solo punto interesante: negar a esta profecía, así como a tantas otras, su propio y natural sentido, que entienden al punto los que saben leer.

La primer explicación, o el primer modo de eludirla, dice confusamente que estos nuevos cielos y nueva tierra de que habla Isaías, y después San Pedro y San Juan, son para después de la resurrección universal: que entonces se renovarán todas las cosas; que entonces, respecto de los bienaventurados, de las cosas anteriores ya no se hará mención, ni habrá recuerdo de ellas; que entonces no se oirá más en ella voz de llanto ni de lamento; que entonces…

Todo esto está bien; todo es tan verdadero como inútil por ahora y fuera de propósito.

Y tantas otras cosas particulares que anuncia expresamente esta profecía admirable, ¿qué sentido pueden tener? Parece que ninguno; pues todas se disimulan, y todas se omiten, porque no es dable explicarlas.

La segunda explicación, comunísima aun entre los intérpretes más literales, o que tienen este nombre, no pudiendo acomodar la profecía con todo su contexto a la bienaventuranza eterna de los santos, después de la resurrección universal (pues se habla en ella de generación y corrupción, de muerte o de pecado, de jóvenes y viejos, de edificios, de viñas, de árboles, de leones, de bueyes, de serpientes, etc.), se acogen finalmente, como al último refugio capaz de salvar el sistema, a la pura alegoría.

Mas es cosa verdaderamente admirable, ver el modo embarazoso, confuso y oscurísimo con que se explican, o con que no se explican, unos hombres tan grandes.

El sistema tiene, sin duda, toda la culpa.

Ved una muestra:

He aquí que yo (dice Dios) creo nuevos cielos, y nueva tierra.

Esto es (dice la explicación), creo un nuevo mundo metafórico; conviene a saber, la Iglesia de Cristo, que es mucho más amplia, más adornada, y más augusta que la sinagoga, y es como un nuevo mundo.

¡Qué verdad! Mas, ¡qué verdad tan fuera de tiempo y de lugar, y tan ajena a esta profecía!

Porque ved aquí que yo (dice Dios)  creo a Jerusalén por regocijo, y a su pueblo por gozo.

Esto es (dice la explicación) creo a la Iglesia de Cristo que se alegra y se goza en el Espíritu Santo.

No se oirá más en él voz de lloro, ni voz de lamento (dice Dios). No habrá allí más niño de días, ni anciano que no cumpla sus días: porque el chico de cien años morirá, y el pecador de cien años maldito será, etc.

Esto es (dice la explicación), en mi Iglesia todos llenarán sus días viviendo bien, y desempeñando rectamente los oficios y cargos de su edad; pero el que fuere en ella pecador, aun cuando tenga cien años, en nada se estimará; sino que será reprobado y maldito delante de todos.

¡Qué idea tan contraría a las que nos da nuestra historia, y también nuestros ojos y nuestros oídos!

Según los días del árbol (dice Dios), serán los días de mi pueblo, y las obras de las manos de ellos envejecerán. Mis escogidos no trabajarán en vano, ni engendrarán hijos para turbación (o no engendrarán hijos en maldición). Porque serán estirpe de benditos del Señor, y sus nietos con ellos.

El sentido es (dice la explicación), que mis fieles serán de larga vida, alegres, y bien sanos, lo mismo que si estuviesen en el estado primitivo de la inocencia, y comiesen los frutos del árbol de la vida.

El Padre Lacunza, por su parte, saca conclusiones:

Entonces se pregunta: las cosas que aquí se tiende a acomodar a la Iglesia presente, bajo el nombre de Jerusalén, ¿le competen a ella en realidad?

Estas cosas, hablando de la Iglesia, ¿son verdaderas? ¿No son todas visiblemente falsas?

Una profecía en que habla el Espíritu de Dios, ¿puede anunciar a la Iglesia presente, bajo el nombre de Jerusalén, cosas que no ha habido jamás en ella, ni las puede haber en la presente providencia?

Por ejemplo: que no se oirá en ella el llanto ni clamor; que no habrá joven ni viejo que no llene sus días, viviendo bien, y desempeñando rectamente los oficios y cargos de su edad; que todos sus fieles hijos vivirán muchos años, sanos y alegres, como si comiesen del árbol de la vida; que el que edificare una casa vivirá en ella; el que plantare una viña o un árbol gozará pacíficamente de sus frutos, sin temor de enemigos, etc.

Anuncios diametralmente opuestos hallamos a cada paso en los Evangelios; y la larga experiencia nos ha enseñado que estos anuncios de Cristo a su Iglesia, y aun a sus más fieles siervos, se han verificado con toda plenitud.

Más allá de que las miserias de la vida humana, la enfermedad, el dolor, el disgusto, la aflicción, el clamor, el llanto, etc., son males generales a todos los hijos de Adán, entrando incluso en este número los más inocentes, entre ellos los católicos romanos, los más fieles a Dios, los más justos y santos, a quienes se enderezan inmediatamente aquellas palabras del apóstol: los que quieren vivir piadosamente en Jesucristo, padecerán persecución; y aquellas del mismo Cristo: mas el mundo se gozará, y vosotros estaréis tristes… Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros.

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Dios mediante, el domingo próximo continuaremos con este comentario, e iremos avanzando en el conocimiento y aplicación de las promesas de Dios de nuevos cielos y nueva tierra, así como en las cosas que sucederán para esa época…, cosas que están reservadas para ella, según la profecía de Isaías.