EL LAVATORIO DE PEDRO

Francisco Durán Vivas
O
Llegó a Pedro, y él, esquivo,
dijo: No admito, Señor,
que se haga a un pecador
un favor tan excesivo.
¿Quién soy yo que le recibo?
¿Quién eres tú, Rey del cielo,
que vistes humano velo,
siendo Hijo de Dios vivo?
O
No consentiré ni puedo
sufrir que lave mis pies
quien Señor del mundo es,
que enseñó Juan con el dedo:
de quien más que absorto quedo
mirando su majestad
y viendo la indignidad
que de mi bajeza heredo.
O
Como el misterio no entiende,
el ser lavado rehusa
Pedro; pero Cristo acusa
así a Pedro, y le reprende:
Déjate lavar, atiende,
porque de verdad te digo
que no será más mi amigo
quien excusarlo pretende.
O
No resistas arrojado
lo que ves hacer aquí,
que más me agradas si así
de mi mano estás lavado.
Entonces Pedro: ¡Oh sagrado
Redentor! ¡Oh suma Alteza!
Mis manos lava y cabeza
¡Oh Cordero inmaculado!
O
Lávame, porque el candor
me restituyan tus manos,
tú que eres de los humanos
Formador y Salvador
Sol de divino esplendor
y Luz de Luz engendrada,
indeficiente, increada,
con eterno resplandor.
O
No tienen necesidad,
dijo, los que están lavados
más que de lavar cuidados
que dio alguna liviandad.
En vosotros no hay maldad
que necesite esos modos:
limpios estáis, mas no todos,
porque en alguno hay fealdad.
O
