LUIS MANZANO: MONSEÑOR STRAUBINGER CALUMNIADO – 3ª PARTE

Johann_Straubinger

MONSEÑOR STRAUBINGER CALUMNIADO

Teníamos la ESPERANZA… etc., etc.

 

(III)

Continuando con mi análisis del artículo publicado por «SPES» el 16 de Marzo del corriente Año del Señor, voy a profundizar particularmente el asunto de la nota al versículo 6º del Apocalipsis, pues como surge del programa propuesto por el Padre Ceriani (https://radiocristiandad.wordpress.com/2012/12/23/especiales-de-cristiandad-con-el-p-ceriani-dic-2012-parte-final-20-46-2221/), y de las indagaciones que he realizado, existen dos versiones de esa nota.

***

La primera, la original, es de la edición de La Biblia platense de 1946, y la transcribo en la columna de la izquierda. La he dividido en párrafos numerados para mejor cotejarla con la posterior; a su vez, he enumerado esos párrafos y he resaltado en amarillo el número asignado a los que no aparecen en la edición del Año del Señor 1948 ni en las ediciones del presente siglo, y también los que han sufrido variaciones de magnitud. La nota de la edición del siglo XXI, correspondiente con la del Año del Señor 1948, también la he dividido en párrafos numerados, asignándole a los que se identifican con la edición anterior los mismos números, y listando los restantes con las letras del abecedario destacadas en color turquesa. Dicen, pues, las notas:

NOTA 1946

1) La segunda muerte es la condenación eterna. La explicación de este término la da el mismo Apóstol en el versículo 14.

2) Y reinarán con Él mil años: una respuesta dada en la «Revista Bíblica» dice a este respecto que las voces milenio y milenario se prestan a confusiones. Muchos aún creen que se aplican a los que esperaban el fin del mundo para el año mil, o sus proximidades, como el célebre Apringio de Beja en su Comentario al Apocalipsis (531-548), que decía fundarse en las 70 semanas de Daniel, iniciadas antes de Cristo, o como San Beato Liébana «que presagió que el mundo se acabaría en el año 800» (Vega). Todos los exégetas modernos están de acuerdo en que el periodo del encierro de Satanás no puede tomarse en sentido absoluto, porque al final es nuevamente soltado el diablo por un tiempo (versículos 3 y 7: cfr. 22, 5). También coinciden todos en que ese encierro de Satanás se producirá algún día. Donde las opiniones divergen, es en cuanto a sostener si ese reinado establecido por Cristo se manifestará entre su segunda venida y el juicio, o tan sólo después en el reino de la gloria, y si tal vez la Iglesia ha de identificarse con ese tiempo de paz imperturbable en que el diablo «no anda más engañando a las gentes» (v. 3). Muchos Padres antiguos, entre ellos Papías, San Justino, Tertuliano, San Hipólito, Lactancio, San Victorino, San Teófilo, etc., siguen la primera opinión, y San Ireneo, el cual invocaba a los «presbíteros» discípulos de San Juan, la defendía como una «verdad de fe tan cierta como la existencia de Dios y la resurrección de la carne» (Dom Leclerq: Dict. de Arch. et Lit.). Posteriormente varían los criterios, y San Agustín declaró que la abandonaba a causa del abuso que de ella hacían los milenaristas carnales. San Jerónimo escribe, con respecto a esas opiniones, que «aunque no las sigamos no podemos, sin embargo, condenarlas, porque muchos varones eclesiásticos y mártires así lo dijeron. Cada uno abunde, pues, en su sentido y resérvese todo para el juicio del Señor».

3) La Sagrada Congregación del Santo Oficio puso fin a muchas discusiones declarando recientemente que un reinado del Señor, en forma corporal o visible, no se puede enseñar con seguridad (tutto doceri non potest).

4) Sin embargo, quedan todavía muchos aspectos del problema sin solución.

5) Fillion, citando a Vigouroux, observa que es éste uno de los lugares más obscuros de la revelación misteriosa hecha a San Juan y agrega: «Después de haber leído páginas muy numerosas sobre estas líneas, no creemos que sea posible dar sobre ellas una explicación enteramente satisfactoria.»

6) No sería, pues, una actitud razonable, ni conforme a las enseñanzas del Sumo Pontífice, el mirar la declaración antes referida como un motivo de retraimiento en el estudio de las profecías escatológicas de la Biblia, sino que, por el contrario, como dice Pío XII, deben redoblarse tanto más los esfuerzos cuanto más intrincadas aparezcan las cuestiones, y especialmente en tiempos como los actuales, que los Sumos Pontífices han comparado tantas veces con los anuncios apocalípticos (cfr. 3, 15 s. y nota), y en que las almas, necesitadas más que nunca de la palabra de Dios (cfr. Am. 8, 11 y nota), sienten la necesidad del misterio y buscan como por instinto refugiarse en los consuelos espirituales de las profecías divinas (cfr. Ecli. 39, 1), a falta de las cuales están expuestas a caer en las fáciles seducciones del espiritismo, de las sectas, la teosofía y toda clase de magia y ocultismo diabólico. Quien tiene participación en la primera resurrección, dicen Nácar Colunga, «que es este premio especial de los mártires, tiene asegurada la resurrección final, porque el Señor ha dicho: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. ¿En qué consiste este reinado especial de los mártires con Cristo? A nuestro juicio, en lo que se halla simbolizado por la aureola de gloria de que la Iglesia rodea a los mártires, y los rodea sobre todo en los primeros siglos, en que sólo los mártires eran objeto de culto y de veneración. Entonces sólo ellos reinaban en la Iglesia con Cristo, y con Él regían la Iglesia, y este es el poder que a ellos se otorga.

NOTA 1948

5) Con el cual reinaron los mil años: Fillion dice a este respecto: «Después de haber leído paginas muy numerosas sobre estas líneas, no creemos que sea posible dar acerca de ellas una explicación enteramente satisfactoria».

a) Sobre este punto se ha debatido mucho en siglos pasados la llamada cuestión del milenarismo o interpretación que, tomando literalmente el milenio como reinado de Cristo, coloca esos mil años de los vv. 2-7 entre dos resurrecciones, distinguiendo como primera la de los vv. 4-6, atribuida sólo a los justos, y como segunda y general la mencionada en los vv. 12-13 para el juicio final del v. 11. La historia de esta interpretación ha sido sintetizada en breves líneas en una respuesta dada por la Revista Eclesiástica de Buenos Aires (mayo de 1941) diciendo que «la tradición, que en los primeros siglos se inclinó en favor del milenarismo, desde el siglo V se ha pronunciado por la negación de esta doctrina en forma casi unánime».

3) La Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio cortó la discusión declarando, por decreto del 21 de julio de 1944, que la doctrina «que enseña que antes del juicio final, con resurrección anterior de muchos muertos o sin ella, nuestro Señor Jesucristo vendrá visiblemente a esta tierra a reinar, no se puede enseñar con seguridad (tuto doceri non posse)».

b) Para información del lector, transcribimos el comentario que trae la gran edición de la Biblia aparecida recientemente en Paris bajo la dirección de Pirot-Clamer sobre este pasaje: «La interpretación literal: varios autores cristianos de los primeros siglos pensaron que Cristo reinaría mil años en Jerusalén (v. 9) antes del juicio final. El autor de la Epístola de Bernabé (15, 4-9) es un milenarista ferviente; para él, el milenio se inserta en una teoría completa de la duración del mundo, paralela a la duración de la semana genesiaca: 6.000 + 1.000 años. S. Papías es un milenarista ingenuo. S. Justino, más avisado empero, piensa que el milenarismo forma parte de la ortodoxia (Diálogo con Trifón 80-81). S. Ireneo lo mismo (Contra las herejías V, 28 3), al cual sigue Tertuliano (Contra Marción III, 24). En Roma, S. Hipólito se hace su campeón contra el sacerdote Caius, quien precisamente negaba la autenticidad joánea del Apocalipsis para abatir más fácilmente el milenarismo». Relata aquí Pirot la polémica contra unos milenaristas cismáticos en que el obispo Dionisio de Alejandría «forzó al jefe de la secta a confesarse vencido», y sigue: «Se cuenta también entre los partidarios más o menos netos del milenarismo a Apolinario de Laodicea, Lactancio, S. Victorino de Pettau, Sulpicio Severo, S. Ambrosio. Por su parte, S. Jerónimo, ordinariamente tan vivaz, muestra con esos hombres cierta indulgencia (Sobre Isaías, libro 18). S. Agustín, que dará la interpretación destinada a hacerse clásica, había antes profesado durante cierto tiempo la opinión que luego combatirá. Desde entonces el milenarismo cayó en el olvido, no sin dejar curiosas supervivencias, como las oraciones para obtener la gracia de la primera resurrección, consignadas en antiguos libros litúrgicos de Occidente (Dom Leclercq)». Más adelante cita Pirot el decreto de la SS. Congregación del S. Oficio, que transcribimos al principio, y continua: «Algunos críticos católicos contemporáneos, por ejemplo Calmes, admiten también la interpretación literal del pasaje que estudiamos. El milenio sería inaugurado por una resurrección de los mártires solamente, en detrimento de los otros muertos. La interpretación espiritual: Esta exégesis —sigue diciendo Pirot— comúnmente admitida por los autores católicos, es la que S. Agustín ha dado ampliamente. Agustín hace comenzar este periodo en la Encarnación porque profesa la teoría de la recapitulación, mientras que, en la perspectiva de Juan, los mil años se insertan en un determinado lugar en la serie de los acontecimientos. Es la Iglesia militante, continúa Agustín, la que reina con Cristo hasta la consumación de los siglos; la primera resurrección debe entenderse espiritualmente del nacimiento a la vida de la gracia (Col. III, 1-2; Fil. III, 20; cf. Juan V, 25); los tronos del v. 4 son los de la jerarquía católica y es esa jerarquía misma, que tiene el poder de atar y desatar. Estaríamos tentados —concluye Pirot— de poner menos precisión en esa identificación. Sin duda tenemos allí una imagen destinada a hacer comprender la grandeza del cristiano: se sienta porque reina (Mat. XIX. 28; Luc. XXII, 30; I Cor. VI, 3; Ef. I, 20; II, 6; Apoc. I, 6; V, 9).»

1) La segunda muerte: El Apóstol explica este término en el v. 14.

Ver en adjunto ejemplares escaneados de ambas notas.

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Voy a ir analizando las dos variantes, párrafo por párrafo, cotejando lo comparable y comentando todo, en especial los cambios entre una y otra nota.

A) Fragmento 1) 1946, en ambas notas:

NOTA 1946

1) La segunda muerte es la condenación eterna. La explicación de este término la da el mismo Apóstol en el versículo 14.

NOTA 1948

1) La segunda muerte: El Apóstol explica este término en el v. 14.

No hay diferencias sustanciales.

B) Fragmento 2) 1946, sólo en ésta, aunque tiene cierta semejanza con el párrafo b) de 1948, y por eso se confrontan:

NOTA 1946

2) Y reinarán con Él mil años: una respuesta dada en la «Revista Bíblica» dice a este respecto que las voces milenio y milenario se prestan a confusiones. Muchos aún creen que se aplican a los que esperaban el fin del mundo para el año mil, o sus proximidades, como el célebre Apringio de Beja en su Comentario al Apocalipsis (531-548), que decía fundarse en las 70 semanas de Daniel, iniciadas antes de Cristo, o como San Beato Liébana «que presagió que el mundo se acabaría en el año 800» (Vega). Todos los exégetas modernos están de acuerdo en que el periodo del encierro de Satanás no puede tomarse en sentido absoluto, porque al final es nuevamente soltado el diablo por un tiempo (versículos 3 y 7: cfr. 22, 5). También coinciden todos en que ese encierro de Satanás se producirá algún día. Donde las opiniones divergen, es en cuanto a sostener si ese reinado establecido por Cristo se manifestará entre su segunda venida y el juicio, o tan sólo después en el reino de la gloria, y si tal vez la Iglesia ha de identificarse con ese tiempo de paz imperturbable en que el diablo «no anda más engañando a las gentes» (v. 3). Muchos Padres antiguos, entre ellos Papías, San Justino, Tertuliano, San Hipólito, Lactancio, San Victorino, San Teófilo, etc., siguen la primera opinión, y San Ireneo, el cual invocaba a los «presbíteros» discípulos de San Juan, la defendía como una «verdad de fe tan cierta como la existencia de Dios y la resurrección de la carne» (Dom Leclerq: Dict. de Arch. et Lit.).
Posteriormente varían los criterios, y San Agustín declaró que la abandonaba a causa del abuso que de ella hacían los milenaristas carnales. San Jerónimo escribe, con respecto a esas opiniones, que «aunque no las sigamos no podemos, sin embargo, condenarlas, porque muchos varones eclesiásticos y mártires así lo dijeron. Cada uno abunde, pues, en su sentido y resérvese todo para el juicio del Señor».

NOTA 1948

b) Para información del lector, transcribimos el comentario que trae la gran edición de la Biblia aparecida recientemente en Paris bajo la dirección de Pirot-Clamer sobre este pasaje: «La interpretación literal: varios autores cristianos de los primeros siglos pensaron que Cristo reinaría mil años en Jerusalén (v. 9) antes del juicio final. El autor de la Epístola de Bernabé (15, 4-9) es un milenarista ferviente; para él, el milenio se inserta en una teoría completa de la duración del mundo, paralela a la duración de la semana genesiaca: 6.000 + 1.000 años. S. Papías es un milenarista ingenuo. S. Justino, más avisado empero, piensa que el milenarismo forma parte de la ortodoxia (Diálogo con Trifón 80-81). S. Ireneo lo mismo (Contra las herejías V, 28 3), al cual sigue Tertuliano (Contra Marción III, 24). En Roma, S. Hipólito se hace su campeón contra el sacerdote Caius, quien precisamente negaba la autenticidad joánea del Apocalipsis para abatir más fácilmente el milenarismo». Relata aquí Pirot la polémica contra unos milenaristas cismáticos en que el obispo Dionisio de Alejandría «forzó al jefe de la secta a confesarse vencido», y sigue: «Se cuenta también entre los partidarios más o menos netos del milenarismo a Apolinario de Laodicea, Lactancio, S. Victorino de Pettau, Sulpicio Severo, S. Ambrosio. Por su parte, S. Jerónimo, ordinariamente tan vivaz, muestra con esos hombres cierta indulgencia (Sobre Isaías, libro 18). S. Agustín, que dará la interpretación destinada a hacerse clásica, había antes profesado durante cierto tiempo la opinión que luego combatirá. Desde entonces el milenarismo cayó en el olvido, no sin dejar curiosas supervivencias, como las oraciones para obtener la gracia de la primera resurrección, consignadas en antiguos libros litúrgicos de Occidente (Dom Leclercq)». Más adelante cita Pirot el decreto de la SS. Congregación del S. Oficio, que transcribimos al principio, y continua: «Algunos críticos católicos contemporáneos, por ejemplo Calmes, admiten también la interpretación literal del pasaje que estudiamos. El milenio seria inaugurado por una resurrección de los mártires solamente, en detrimento de los otros muertos. La interpretación espiritual: Esta exegesis —sigue diciendo Pirot— comúnmente admitida por los autores católicos, es la que S. Agustín ha dado ampliamente. Agustín hace comenzar este periodo en la Encarnación porque profesa la teoría de la recapitulación, mientras que, en la perspectiva de Juan, los mil años se insertan en un determinado lugar en la serie de los acontecimientos. Es la Iglesia militante, continúa Agustín, la que reina con Cristo hasta la consumación de los siglos; la primera
resurrección debe entenderse espiritualmente del nacimiento a la vida de la gracia (Col. III, 1-2; Fil. III, 20; cf. Juan V, 25); los tronos del v. 4 son los de la jerarquía católica y es esa jerarquía misma, que tiene el poder de atar y desatar. Estaríamos tentados —concluye Pirot— de poner menos precisión en esa identificación. Sin duda tenemos allí una imagen destinada a hacer comprender la grandeza del cristiano: se sienta porque reina (Mat. XIX. 28; Luc. XXII, 30; I Cor. VI, 3; Ef. I, 20; II, 6; Apoc. I, 6; V, 9).»

Veamos el párrafo del Año del Señor 1946: Monseñor Straubinger transcribe libremente la última frase del versículo, que dice literalmente (según su propia traducción): «… con el cual [Cristo] reinarán los mil años.». La variación no altera la locución, que responde también al comentario a la nota al versículo 2, donde Monseñor Straubinger destaca que los «mil años» aparecen en los versículos 2, 3, 4, 5, 6 y 7 de este capítulo; no es un dato menor, porque esta expresión está en el origen de las diversas interpretaciones llamadas «milenaristas», y es uno de los decorados de fondo de este capítulo XX.

A continuación menciona la «Revista Bíblica» —por él fundada y publicada— y un comentario que apareció en la misma, sobre los vocablos «milenio» y «milenario». La diferencia entre ambas palabras, que no se ve muy clara en este pasaje, se precisa de inmediato: Según el texto de esta nota, y también a mi entender, los del «milenio» son aquellos «… que esperaban el fin del mundo para el año mil, o sus proximidades,… «: Apringio de Beja, San Beato Liébana y otros.

Los «milenarios», son los que tienen otras opiniones divergentes, en torno a dos posiciones: Un reinado establecido por Cristo ubicado, en la primera alternativa, entre la Parusía y el Juicio Final, o, en la segunda opción, después, en el reino de la gloria.

Antes de seguir adelante, hago una digresión con respecto a la «Revista Bíblica»: Algunos lectores, incluido yo mismo, creíamos que esta publicación era la misma que se menciona, en el párrafo a) de la nota de 1948, como «Revista Eclesiástica». El hallazgo del siguiente artículo: https://aciesordinata.wordpress.com/2012/08/31/perolas-em-meio-a-lama-da-rede-x/, nos ha permitido discernir que se trata de dos publicaciones distintas. El Padre J. Sily desarrolla el artículo de la Revista Bíblica —de autoría de Monseñor Straubinger— y destaca que, en el mismo, el propio Monseñor Straubinger invoca a la «Revista Eclesiástica», citando el Padre J. Sily el pasaje que luego se ha de volcar en la nota de 1948 de La Biblia platense, del siguiente modo: «en el N.º 503 de Mayo de 1041, pág. 261-263, se expone con admirable claridad y objetividad el problema… la tradición, que en los primeros siglos pareció inclinarse en favor del milenarismo, desde el siglo V se ha pronunciado por la negación de esta doctrina en forma casi unánime«.

Lo destacado es lo que habría volcado Monseñor Straubinger en su artículo en la «Revista Bíblica» y en la nota 6, pero hay una sutileza en la utilización, por parte del Padre J. Sily, de la expresión «pareció inclinarse», en lugar de «se inclinó», que son las palabras transliteradas por Monseñor Straubinger, de su propio artículo, en su nota 6.

Todo el artículo del Padre J. Sily constituye una nutrida refutación, bastante viciada de parcialidad, de lo dicho por Monseñor Straubinger en su elaboración en la «Revista Bíblica», por lo que esta expresión modificada no debe extrañarnos, dentro del juego de rebajar la adhesión de los Padres antiguos con respecto al Reino de los Mil Años. Sencillamente, decir que los primeros promotores de la verdadera fe «parecieron inclinarse» en favor del milenarismo, atenúa la verdadera situación de los primeros años de la Iglesia: Los Padres antiguos se inclinaron por la interpretación de un reino de mil años, en la Tierra y presidido por Nuestro Señor Jesucristo.

En realidad, la modificación efectuada por el Padre J. Sily muestra la impotencia de los que combaten esa antigua posición: Como no pueden negar que la Patrística primera dio abundantes muestras de adherir al milenarismo bíblico —haciendo simplemente aquellos Padres una interpretación literal del capítulo XX del Apocalipsis— necesitan adulterar textos para darle a la realidad un aire distinto. O sea, la mixtificación institucionalizada, heredada ahora por el Profesor Carlos Nougué.

Volvamos a la nota de 1946, ya en presencia de la profecía sobre el encierro de Satanás, que de acuerdo con los versículos 3 y 7, no será absoluto (como bien precisan Monseñor Straubinger y «Todos los exégetas modernos… «), lo que ya permite aventurar un par de preguntas inquietantes para los antimilenaristas: ¿En qué tiempo de la historia de la Creación, hasta ahora, Satanás estuvo encerrado, en prisión, por un tiempo largo, determinado por añadidura y asimilable a un milenio? Consecuentemente, ¿en qué época la Iglesia omitió en su predicación, hasta el presente, uno de los tres factores tentadores de los hombres, uno de los enemigos del alma: El mundo, el diablo y la carne?

La respuesta es evidentemente única para ambas preguntas: Esas dos cosas nunca ocurrieron, por lo tanto el encierro no definitivo de Satanás debe ocurrir, porque así lo anunció Nuestro Señor en el Libro del Apocalipsis. Esta es una, de entre otras evidencias, que demuestra, a mi criterio, que el Reino Milenario está aún por venir.

En cuanto a la pregunta: «… si tal vez la Iglesia ha de identificarse con ese tiempo de paz imperturbable en que el diablo «no anda más engañando a las gentes» (v. 3).», es muy oportuna, porque vale la pena destacar que en todo el Apocalipsis no aparece la Iglesia como tal, ni el Papa, ni los Cardenales, Obispos y Sacerdotes. Sólo aparece la Pequeña Grey que es, desde luego, lo que podemos llamar impropiamente la congregación de los elegidos, pero no con una organización como ha tenido la Iglesia desde la Redención hasta el presente (por eso no es estrictamente una «congregación», sino un rebaño disperso de individuos aislados), lo cual permite preguntarse, a su vez, si le faltarán a los elegidos los sacramentos y la predicación, tanto durante la Gran Tribulación como en el tiempo siguiente. Ver al respecto la importante nota de Monseñor Straubinger al versículo 3 del capítulo XV del Apocalipsis.

Consecuentemente, en esa era inmediata posterior al Anticristo, donde el diablo no andará engañando a la gente, porque estará encerrado, en prisión, ¿habrá una iglesia que coincida con ese tiempo, o será otra especie de organización —tal vez análoga, quizás superior— que suministrará lo que la Iglesia le ha aportado a sus fieles: predicación y sacramentos?

El hecho de que esa época pudiese ser presidida por Nuestro Señor de modo visible y presente entre sus fieles, explicaría una posible variante en la administración de gracias de tipo sacramental, y de predicación clerical, por cuanto el mismo Cristo sería el Sumo Sacerdote presente a todos los hombres habitantes de ese Reino, no sólo dándoles los auxilios y gracias sacramentales, y predicando por Sí mismo, sino también dándose a los hombres por vía de otro modo sacramental, cuyo cauce no nos es posible aventurar, pero que puede ser viable, teniendo en cuenta la probable situación, omnipresente y perceptible a los sentidos, de Nuestro Señor entre sus elegidos. Es una hipótesis que, por supuesto, depende de la presencia de Cristo en cuanto al alcance de la percepción sensible.

Siguiendo con la nota, y ya habiendo compendiado muy bien Monseñor Straubinger la opinión patrística original sobre el Reino Milenario, incluyendo la terminante opinión de San Ireneo —fundada sobre la tradición proveniente del mismo Sagrado Autor del Apocalipsis— paso a lo que dice de San Agustín y San Jerónimo; repito el pasaje:

«Posteriormente varían los criterios, y San Agustín declaró que la abandonaba a causa del abuso que de ella hacían los milenaristas carnales. San Jerónimo escribe, con respecto a esas opiniones, que «aunque no las sigamos no podemos, sin embargo, condenarlas, porque muchos varones eclesiásticos y mártires así lo dijeron. Cada uno abunde, pues, en su sentido y resérvese todo para el juicio del Señor».»

Estos dos juicios de grandes santos y Doctores de la Iglesia confirman aún más el interés por develar este difícil asunto del Reino Milenario. San Agustín fue milenarista, en el sentido denigrado por el Profesor Carlos Nougué; es decir, el Obispo de Hipona creía —como tantos Santos Padres de los primeros tiempos que habían interpretado en ese sentido este capítulo XX— que iba a haber un Reino Milenario en la Tierra, entre la derrota del Anticristo y el Juicio Final, y que en él reinaría visiblemente Nuestro Señor Jesucristo.

San Agustín no abandonó esta posición porque fuese errónea o herética, sino, como bien expresa en este pasaje Monseñor Straubinger, a causa del abuso que de ella hacían los milenaristas carnales.

A su vez, San Jerónimo tampoco condena esa opinión; para él tampoco es errónea ni herética, sino que simplemente no la sigue, y reconoce que muchos varones eclesiásticos y mártires así lo dijeron. Culmina el Padre de las Ciencias Bíblicas, según precisa Monseñor Straubinger, recomendando el estudio del sentido de esta cuestión, encomendándonos siempre al Señor.

Es muy interesante la calificación que se le da al milenarismo mitigado, así llamado en la carta dirigida por la Sagrada Congregación del Santo Oficio al Arzobispo de Santiago de Chile, el 11 de Julio de 1941; pero acerca de eso, juntamente con un breve desarrollo sobre las censuras eclesiásticas, me extenderé en una próxima entrega.

Para concluir esta, me referiré a la locución latina con que Monseñor Straubinger cierra el párrafo correspondiente al documento del Santo Oficio, en la nota del Año del Señor 1946: Tutto doceri non potest, que sería la frase final de la carta referida.

Esta expresión tiene dos errores, seguramente atribuibles al editor, a algún copista o al corrector, y no al egregio exégeta alemán que dominaba el latín con maestría.

Estos son errores que Usted, Profesor Carlos Nougué, Traductor de Filosofía, Teología y Literatura (del francés, del latín, del español y del inglés), según su propio sitio especializado (http://estudostomistas.blogspot.com.ar/2014/03/ultima-semana-de-inscricoes-para-turma.html), no habría pasado por alto si hubiera acudido a las fuentes, para respetar a los autores de lo que plagió, aunque yerren el editor u otros intervinientes ajenos al comentarista; o mejor aún, para señalarle a quien fuese el autor del desaguisado —con la delicadeza que utilizaba su mentor, Santo Tomás de Aquino— el yerro detectado.

La expresión correcta es «tuto doceri non posse«, tal como apareció en las ediciones del Año del Señor 1948 en adelante.

La palabra «tutto» no existe en latín. Y en el Nuevo Diccionario Latino-Español Etimológico de Don Raimundo de Miguel y el Marqués de Morante (Sáenz de Jubera, Hermanos, editores, Madrid, 1929), leemos, en la página 955, la definición de «tuto»:

Tuto (de tutus), adverbio. Seguramente, sin peligro.

En la sección de sinónimos latinos de la misma obra, página 69, se puede leer:

Tutus, secürus, incuriõsus. Seguro, sin cuidado. Tutus, seguro, sin peligro, que nada tiene que temer  Secürus (sine curà), seguro, que no tiene ningún temor. El primero designa la seguridad objetivamente, y se dice de una persona o cosa que realmente está en seguridad; el segundo se toma subjetivamente, y se dice no del que está sino del que se cree en seguridad. Tutus supone previsión y prudencia; secürus sirve para expresar por eufemismo la idea de la imprevisión. Este último designa la ausencia del temor y de la inquietud meramente como estado del alma; mientras que incuriõsus la presenta manifestada en hechos prácticos como signo de la indiferencia. Un hombre sin enemigos y que por consiguiente nada tiene que temer de ellos, está tutus; el que los tiene, pero se cree al abrigo de sus ataques, está secürus; el que los mira con indiferencia manifestando tranquilidad en sus actos exteriores, es incuriõsus. El tutus no corre realmente peligro alguno; el secürus puede correrle, pero no le ve; el incuriõsus le desafía en cierto modo mirándole con indiferencia. En el primero resalta la idea de la cordura; en el segundo la de la imprudencia, en el tercero la de la temeridad.

En cuanto al segundo término erróneo, vemos en la página 719 del mismo diccionario:

Possumpotes, potüi, posse [de potis = capaz y sum = soy]. Poder, hallarse en estado de, tener facultad o potestad; tener poder, ascendiente, influencia, autoridad… Potest fiěri ut fallar (Cicerón), posible es que yo me engañe. Potest (se entiende fiěri), ut alĭi ita arbitrēntur (Plauto), posible es que otros opinen así.

Aquí se denota claramente que no es lo mismo posse (facultad personal que se posee) que potest, una posibilidad que aparece como exterior al sujeto y a sus facultades.

O sea:

Según la frase errónea, y respetando el adjetivo de «seguro» o seguridad, se leería: «El milenarismo mitigado no es posible enseñarlo con seguridad

Según la frase correcta, sería: «El milenarismo mitigadono puede ser enseñado con seguridad

Con lo cual queda en claro, en la variante exacta, que la restricción se dirige a limitar a los que enseñan, y no —como podría interpretarse de la palabra «potest»— que la inseguridad es una circunstancia ajena a la voluntad de los maestros.

Así se lee mejor y se entiende perfectamente la censura, tanto de la respuesta del Santo Oficio al Arzobispo de Santiago de Chile, como del decreto del 21 de Julio del Año del Señor 1944; volveré sobre este tema.

Hasta la próxima entrega.

Luis Ricardo Manzano

Director Ejecutivo

Radio Cristiandad