
A LA ENCARNACIÓN DEL VERBO
«Es carne de mi carne —dijo Adán—
la que llevas, y huesos de mis huesos;
varona con donaires que serán
comitiva de todos mis sucesos.»
Pero aquella que Dios le dio de amiga,
prometida de su sencillo afecto,
es la que se mudó por su enemiga;
el cortejo de todos sus defectos.
Así ¡ay!, fue el convite de su esposa
el que echó por la Tierra la maldad,
cuando Adán aceptó tan engañosa
sugerencia, contraria a la Verdad.
«Como dioses seréis», fue el seductor
llamamiento del ángel infidente;
y así Adán, la creatura del Señor,
malogró su talante de inocente.
Desde entonces el suelo le es hostil,
gana el pan con su frente sudorosa;
por seguir las argucias del reptil
ha perdido sus gracias candorosas.
El Señor lo formó del simple barro,
dándole aquel espíritu pueril
que extravió ¡costosísimo desgarro!
por caer del ofidio en el redil.
Y si Dios lo creó desde aquel fango,
a ese cieno lo condenó a volver,
postergando aquel primoroso rango
que a su estirpe le quiso conceder.
Ya no tiene los dones de su origen,
y acarrea por la vida terrena
tentaciones y pesos que le afligen
diariamente, por aquella anfisbena.
Y su cónyuge carga con el peso
de sentirse atraída y dominada
por quien fuera el camueso del camueso;
por el que secundó su claudicada.
Son también dolorosas sus preñeces,
aunque tengan por fruto descendencia;
aunque entre esos infantes que ella mece
surgirá de su falta la Clemencia.
Así, del Edén fuera y desterrados,
nuestros padres cayeron a este valle,
mas no por Dios quedaron descuidados,
ni dejó que Belial los avasalle.
Él también castigó a aquella serpiente
asignándole el polvo por pitanza,
el arrastre por modo de moviente,
y entre todo animal la destemplanza.
Pero inserto entre tanta maldición
dio el Señor el más célico mensaje:
«Enemiga serás de esta pitón
y abatirá tu alcurnia a su linaje;
ella te rondará tu calcañar,
acechando tu vida y tu pureza;
pero como primor de mi heredad,
tú al final pisotearás su cabeza.»
Pasaron años, siglos y milenios,
Noé, Abrahán, más patriarcas, y Moisés,
hasta que Nuestro Padre con su genio
decretó que era la hora de El Que Es.
Cuando el tiempo llegó a su plenitud,
suscitó, de entre todas, la Bendita,
y a Gabriel delegó Su Excelsitud
la misión de hablar a su Favorita:
«Felicítate, Tú, de gracia llena;
el Señor —no trepides— es contigo,
y ha dispuesto vencer a la gehena
con tu Prole, que en su nombre bendigo.
Él será de los grandes el Mayor,
Hijo del Dios Altísimo ha de ser;
de David el sitial le hará favor,
y su reino no habrá de fenecer.»
«¿Cómo haré pues no admito Yo varón
que se allegue hasta mí?, lo he prometido;
sólo a Dios le he brindado el Corazón,
mi pureza y candor; al Bienquerido.»
«Yahvé ha de cubrirte con su manto;
la progenie de Dios concebirás,
será entonces del Espíritu Santo
lo que en tu seno puro llevarás.
Tu pariente, Isabel, ha concebido,
a pesar de su edad de senectud;
a pesar de sus años devenidos,
que para Dios son todo juventud.
Hete aquí que ya está en su sexto mes
la que estéril se tuvo en calidad,
no existe para Dios ningún revés
que se oponga a su santa voluntad.»
«Aquí estoy, soy la esclava del Señor,
a su santo querer me he de adherir;
aunque indigna soy de tanto favor,
que sea todo conforme a tu decir.»
Y así fue que en su sacrosanta entraña
el Dios vivo se dispensó encarnar;
y en esa sobrenatural hazaña,
desde allí vino al hombre a rescatar.
Y por eso pudo decir María:
«Glorifica mi espíritu al Señor;
y mi alma, feliz en este día,
se solaza en quien es mi Salvador;
Todas las futuras generaciones
me tendrán por dichosa en sus memorias,
porque Dios me asignó todos sus dones
y me dio sus grandezas y sus glorias;
Santo es en su nombre el Poderoso,
e infinita su gran misericordia;
el vigor de sus brazos impetuosos
desplegó para los que son discordia.
Dispersó corazones engreídos,
a los reyes mundanos destronó;
los pequeños, sus hijos más queridos,
son los que su bondad enalteció.
Atendió los quejidos del hambriento,
desechó de los ricos la jactancia,
a aquéllos los colmó con alimentos,
y a éstos los dejó sin su ganancia.
Acogió a Israel, su hijo elegido,
el pueblo al que alumbró con su piedad,
recordando a Abrahán, el preferido,
de quien bendijo su posteridad.»
Es María, la Madre del Señor,
nueva Eva para nuestra esperanza;
es la que con sus ruegos y su amor
nos obtiene de Dios la bienandanza.
Y como hija de Adán, el nuevo Adán
nos gestó allí en su seno virginal;
Madre nuestra, bendita te dirán
los que gozan tu amparo maternal.
El Génesis recuerda lo que dijo
Adán al contemplar su compañera;
¡cuánto más no dirá quien dio a su Hijo,
Aquél que en el madero nos espera!
Si el viejo Adán siguió a la vieja Eva,
creyendo la falsía de Satán,
acatemos los dichos de la nueva
Varona que nos trajo al nuevo Adán.
Como aquél alabó a su desposada
conociendo de dónde había surgido,
nuestra Madre nos dice, alborozada,
lo mismo, de ese Dios que ha concebido;
Ella puede cantar entre embelesos:
«¡Esta sí que es la Carne de mi carne!;
¡estos sí son los Huesos de mis huesos!;
¡esta sí que es la Sangre de mi sangre!»
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