Compartimos a pedido de nuestros lectores el sermón que diera el P. Ceriani el miércoles 19 marzo 2014

SAN JOSÉ
Esposo de la Santísima Virgen María
Y Patrono de la Iglesia
En pocos días se ofrecerá a nuestra contemplación y adoración el augusto misterio de la Encarnación del Verbo de Dios en el seno purísimo de la Santísima Virgen María.
¿Quién podría prepararnos mejor para ello que el hombre que fue, al mismo tiempo, el confidente y el fiel guardián del más sublime de todos los secretos?
El Hijo de Dios, que descendía a la tierra para asumir la naturaleza humana, necesitaba una madre; pero esta madre sólo podía ser la más pura de las vírgenes, y la maternidad divina no debía alterar para nada su incomparable virginidad.
Hasta que el Hijo de María fuera reconocido como el Hijo de Dios, el honor de su Madre exigía un guardia y protector. Por lo tanto, un hombre debía ser exaltado a la gloria inefable de ser el Esposo de María.
Este feliz mortal, el más casto de los hombres, fue San José.
El Cielo lo designó como el único digno de tal tesoro. Su vara brotó y floreció, como para dar una manifestación y significativo al oráculo profético de Isaías: Una vara surgirá del tronco de Jesé, y una flor se elevará sobre esta rama.
Y San José selló una alianza con la hija de David, un pacto que superó en amor y pureza a todos los Ángeles del Cielo.
No fue la única gloria de San José el haber sido elegido para proteger a la Madre del Verbo Encarnado; también fue llamado para ejerce una paternidad adoptiva sobre el mismo Hijo de Dios.
¿Quién podría imaginar y expresar los sentimientos que llenaban el corazón de este hombre, al cual el Evangelio representa con una sola palabra, llamándolo el justo?
No, jamás ningún hombre en este mundo podrá penetrar todas las grandezas de San José.
Para entenderlas, sería necesario comprehender, en toda su extensión, el misterio con que su misión en la tierra lo puso en relación como un instrumento necesario. He aquí algunas facetas de dicho misterio:
un afecto conyugal que tenía por objeto la más santa y la más perfecta de las criaturas;
la advertencia divina dada por el Ángel, que reveló a este hombre feliz que su esposa portaba en su seno el fruto de la salvación;
la asociación, como el único testigo en la tierra, a la obra divina de la Encarnación;
las alegrías de Belén, cuando asistió al nacimiento del Niño, honró a la Virgen Madre y oyó los conciertos angélicos;
la visita de los pastores humildes y sencillos, seguida de la de los Magos venidos de Oriente;
las alarmas que vinieron rápidamente a interrumpir tanta felicidad cuando, en medio de la noche, tuvo que huir a Egipto con el Niño y la Madre;
los rigores del exilio, la pobreza a la que fue sometido este padre nutricio del Hijo Dios y su Madre, la esposa virginal, cuya sublime dignidad comprendía más día a día;
el regreso a Nazaret, la vida humilde y laboriosa, compartiendo con el creador del mundo un duro trabajo;
las alegría de esta vida sin igual en la casa embellecida por la presencia de la Reina de los Ángeles y santificada por la majestad del Hijo eterno de Dios; ambos rindiéndole honor como a cabeza de la familia.
Por lo tanto, no debería sorprendernos que este Padre adoptivo del Hijo de Dios haya sido prefigurado en el Antiguo Testamento, en la persona de uno de los Patriarcas más augustos del pueblo elegido.
San Bernardo, al cabo del panegírico de San José, presenta bellamente este maravilloso paralelo:
Un ángel fue enviado a una Virgen desposada. ¿Y por qué sería desposada?
Siendo Ella elegida virgen y que había de concebir y había de alumbrar siendo virgen, causa admiración que fuese desposada. ¿Habrá por ventura quien diga que esto sucedió casualmente? No, se halla causa muy razonable, causa muy útil y necesaria y digna enteramente del consejo divino.
Diré lo que a mí me ha parecido o, por mejor decir, lo que antes de mí ha parecido a los Padres.
La causa para que se desposase María, fue la misma que hubo para permitir que dudase Tomás.
Era costumbre de los Judíos que desde el día del desposorio hasta el tiempo de las bodas, fuesen entregadas las esposas a sus esposos para ser guardadas, a fin de que con tanta mayor diligencia guardasen su honestidad, cuanto ellos eran más fieles para sí mismos.
Así, pues, como Tomás, dudando y palpando, se hizo constantísimo confesor de la Resurrección del Señor, así también José, desposándose con María y comprobando él mismo su honestísima conducta en el tiempo de su custodia, con más diligencia se hizo fidelísimo testigo de su pureza.
¡Bella congruencia de ambas cosas, de la duda en Tomás y del desposorio en María!
Pero podía el enemigo ponernos un lazo para que cayésemos en el error, dudando de la verdad de la fe en Tomás y de la castidad en María, reduciéndose de esta suerte la verdad a las sospechas; pero con prudente y piadoso consejo de Dios sucedió lo contrario, pues por donde se temía la sospecha, se hizo más firme y más cierta la verdad de nuestra fe.
Porque acerca de la Resurrección del Hijo, más presto sin duda, yo que soy débil, creeré a Tomás que duda y palpa, que a Cefas que lo oye, y luego lo cree; y sobre la continencia de María, más fácilmente creeré a su Esposo que la guarda y experimenta, que creería aún a la misma Virgen, si se defendiese con sola su conciencia.
Dime, ¿quién viéndola en cinta sin estar desposada no hubiera dicho más bien que era mujer corrupta que virgen? Y no era decente, que se dijese esto de la Madre del Señor; era más tolerable y honesto, que por algún tiempo se pensase que Cristo había nacido de matrimonio que no de fornicación.
Así que no hay duda que intervinieron causas muy importantes para que María fuese desposada con José, puesto que por este medio se esconde lo Santo a los perros, y se comprueba la virginidad de María por su esposo; se preserva a la Virgen del sonrojo, y se provee a la integridad de su fama. ¿Qué cosa más llena, pues, de sabiduría, que cosa más digna de la providencia divina? Con sólo este arbitrio, se admite un fiel testigo a los secretos del Cielo, se excluye de ellos al enemigo y se conserva ilesa la fama de la Virgen Madre. De otra suerte ¿cuándo hubiera perdonado el Justo a una adultera?
Está escrito, José, su esposo, siendo justo y no queriendo delatarla quiso dejarla ocultamente. ¡Qué bien dicho, siendo justo y no queriendo delatarla! porque así como de ningún modo hubiera sido justo, si la hubiera consentido conociéndola culpada, igualmente no sería justo, si la hubiese delatado conociéndola inocente.
Como fuese justo, dice, y no quisiese delatarla, quiso dejarla ocultamente.
Pero ¿por qué quiso dejarla? Oye también en esto no mi sentencia propia sino la de los Padres. Por el mismo motivo por el que San Pedro apartaba de sí al Señor diciéndole Apartaos de mí, Señor, porque soy un pecador y por la causa misma porque el Centurión no quería que entrase el Señor en su casa diciendo: Señor, no soy digno de que entréis bajo de mi techo.
José, teniéndose por indigno y pecador, decía dentro de sí mismo que no debía concedérsele en adelante la familiar compañía de tal y tan grande criatura, cuya admirable dignidad consideraba sobre sí con asombro.
Miraba y se llenaba de pavor a la vista de quien llevaba en sí misma una ciertísima divisa de la presencia divina, y porque no podía penetrar el misterio quería dejarla.
Como miró Pedro con estupor la grandeza del poder de Cristo; y consideró con admiración el Centurión la majestad de su presencia, fue también José poseído como hombre de un asombro sagrado a la novedad de tan grande milagro, a la profundidad de tan grande misterio y por eso quiso dejarla ocultamente.
¿Te maravillas de que José se juzgase indigno de la compañía de María cuando llevaba en sí misma al Hijo de Dios, viendo que Santa Isabel no podía sostener su presencia sin temor y respeto: que prorrumpe en estas voces: ¿de dónde a mí esta dicha que la Madre de mi Señor venga a mí?
Pero, ¿por qué quería dejarla ocultamente y no a las claras? Sin duda porque no se inquiriese la causa del divorcio y se pidiese la razón que había para él.
Porque ¿qué respondería este varón justo a un pueblo de dura cerviz, a un pueblo que no creía, sino que contradecía? Si decía lo que sentía y lo que había comprobado él mismo en orden a su pureza, ¿no se burlarían al punto de él los incrédulos y crueles judíos, y a ella no la apedrearían por adúltera? ¿Cómo creerían a la Verdad enmudecida en el seno de María, si después la despreciaron clamando en el templo? ¿Qué harían con quien todavía no aparecía, los que pusieron en Él sus impías manos, cuando resplandecía con milagros? Con razón, pues, este varón justo, por no verse obligado a mentir o a infamar a una inocente, quiso ocultamente dejarla.
Debió llamarse varón de María, como pone otro evangelista, porque fue necesario reputarle tal; así como mereció, aunque no lo era en verdad, llamársele Padre de Dios, de tal modo que se pensó que en realidad lo era; ni fue, pues varón de la Madre, ni padre del Hijo, pero por una necesaria razón de obrar y permisión en Dios, fue llamado y reputado por algún tiempo lo uno y lo otro.
Conjetura con todo por este título con el cual mereció ser honrado, llamándole y creyéndole Padre de Dios, conjetura por su nombre propio (que sin duda significa aumento), qué hombre tan grande y de cuánta virtud sería José.
Acuérdate de aquel gran patriarca vendido en otro tiempo en el Egipto y reconocerás que éste no sólo tuvo su mismo nombre, sino su castidad, su inocencia y su gracia. Aquel José vendido por la envidia de sus hermanos prefiguró la venta de Cristo, este José huyendo de la envidia de Herodes llevó Cristo a Egipto. Aquél guardando lealtad a su Señor no quiso consentir al mal intento de su mujer, éste, reconociendo virgen a su Señora, Madre de su Señor, la guardó fidelísimamente conservándose él mismo en toda castidad.
A aquél le fue dada la inteligencia de los misterios de los sueños, éste mereció ser sabedor y participante de los misterios soberanos. Aquél reservó el trigo no para sí sino para el pueblo, éste recibió el pan vivo del Cielo para guardarlo para sí y para todo el mundo.
Es sin duda que José, con quien se desposó la Madre del Salvador, fue el hombre bueno y fiel. Siervo fiel y prudente a quien constituyó Dios consuelo de su Madre, proveedor del sustento de su cuerpo, coadjutor fidelísimo del gran consejo.
Verdadero hijo de David. Verdaderamente de la Casa de este rey insigne. Verdaderamente de sangre real, de noble linaje en el cuerpo y más noble en el ánimo. Verdadero hijo que no degenera de David su padre. Enteramente hijo no sólo por la sangre sino por la fe, por la santidad, por la devoción; a quien halló Dios como a otro David según su corazón para encomendarle con seguridad el secretísimo y sacratísimo arcano de su corazón; a quien como a otro David, manifestó los secretos y misterios de su sabiduría y le dio el conocimiento de aquel misterio que ninguno de los Príncipes de este siglo conoció; a quien se concedió, que aquél a quien muchos Reyes y Profetas queriéndole ver, no le vieron y queriéndole oír no le oyeron, no sólo verle y oírle, sino tenerle en sus brazas, llevarle de la mano, abrazarle, besarle, alimentarle y guardarle.
Una vida tan llena de maravillas sólo podía terminar con una muerte digna de ella. Llegó el momento en que Jesús debía dejar la oscuridad de Nazaret y manifestarse al mundo. Sus obras darían testimonio de su origen divino. El ministerio de José estaba cumplido; ya era hora de que dejase este mundo para ir y esperar, en el seno de Abraham, el día en que las puertas del Cielo fuesen abiertas a los justos.
Cerca de su lecho de muerte velaba el que es Señor de la vida y de la muerte, y que a menudo había llamado Padre a este humilde mortal; su último suspiro fue recibido por la más pura de las vírgenes, a la que había con derecho llamado su Esposa.
Ahora, el Esposo de María y el Padre virginal de Jesús reina en el Cielo adornado por las prerrogativas que ningún otro podrá obtener.
Es desde allí que derrama su inmensa protección sobre los que lo invocan. En pocas semanas, la Iglesia nos revelará toda la extensión de esta protección por medio de una celebración especial, dedicada a honrar el Patrocinio de San José. Pero desde ahora la Santa Iglesia quiere que la Fiesta presente constituya un monumento de la confianza que Ella siente y que quiere inspirarnos respecto del alto poder del Esposo de María y Patrono de la Iglesia.
El 8 de diciembre de 1870, Pío IX, en medio de la tormenta que hasta ahora sigue rugiendo, proclamó al sublime Patriarca San José como Patrono de la Iglesia Universal. De este modo, el 19 de marzo debe contarse entre los días más solemnes del ciclo litúrgico.
La Santa Iglesia, más expuesta que nunca a la furia de sus enemigos, recibe el derecho de apoyarse en los brazos de este maravilloso hombre a quien Dios confió la gloriosa misión de salvar de la tiranía de Herodes a la Virgen Madre de Dios y al mismo Hijo de Dios Encarnado.
Oprimida por tantas angustias, amenazada por tantos enemigos, la Iglesia se dirigió a Dios implorando su ayuda, y Dios le ofreció un sostén y un defensor en la persona de San José.
A Él, cuando estaba sobre la tierra, el Padre Celestial le había confiado la Sagrada Familia, y por su medio la había salvado de las persecuciones. Ahora bien, ¿quién más a propósito para custodiar y proteger la Iglesia de Cristo, que el que tuviera la sublime misión de custodiar y amparar la Familia de Nazaret?
Por esto podemos afirmar que Dios confió a San José en el Cielo, el mismo oficio que tenía cuando estaba en la Tierra.
Aquí abajo fue el custodio del Cuerpo real de Jesucristo, y desde el Cielo es el custodio de su Cuerpo Místico, la Iglesia Católica.
Aquí fue el custodio y defensor de Jesús, a quien salvó de la muerte y mantuvo con sus trabajos, y desde el Cielo guarda y defiende a la Iglesia y a cada uno de sus miembros.
Aquí salvó a la Sagrada Familia de las persecuciones, y desde el Cielo salvará a la Iglesia, que es la continuación de aquella.
Aquí fue providencial Jefe de la Sagrada Familia, y desde el Cielo es poderoso Patrono de la Iglesia Universal, de este gran Cuerpo Místico que une a los cristianos con su Cabeza, que es Jesucristo.
A Vos recurrimos en nuestra tribulación, Bienaventurado José; y, después de invocar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio.
Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, os tuvo unido, y por el paterno amor con que abrazasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos volváis benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio socorráis nuestras necesidades.
Proteged, oh providentísimo Custodio de la Sagrada Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y corrupción; asistidnos propicio, desde el Cielo, fortísimo libertador nuestro en el combate que al presente libramos contra el poder de las tinieblas; y, como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús
del inminente peligro de su vida, así, ahora, defended la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad.
Y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio, para que, a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir y piadosamente morir y alcanzar en el Cielo la eterna felicidad. Amén.
