Monseñor FRANCISCO OLGIATI
LA PIEDAD CRISTIANA
SEGUNDA PARTE
LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD
XI
LECTURAS ESPIRITUALES
Continuación…
2
LAS VIDAS DE SANTOS
Análogas reflexiones hay que repetir a propósito de la lectura de las vidas de Santos.
1. — Dejemos la categoría de quienes o no leen jamás la biografía de un Santo, o en algún raro momento de lúcido intervalo devoran una sola de golpe.
Se parecen a quien pretende estar un mes en ayunas, para después hacer una comilona pantagruélica; o si se prefiere, imitan a fray Junípero cuando tuvo la inspiración de preparar para sus hermanos una comida, que tenía que durar quince días y puso en una gran olla cebollas, gallinas con las plumas, carne y todo lo que tenía a mano.
2. — Bien diverso es el método aplicado por quien cultiva la piedad y siente la necesidad de consultar a sus maestros, o sea a nuestros Santos.
La vida de estos amigos de Jesús puede ser comparada a un jardín, donde abundan las flores de virtud y donde cada primavera trae una nueva fiesta de rosas y de sol.
¡Es tan hermoso descender al jardín de semejante paraíso, cultivado por las mismas manos del Jardinero divino, y recoger hoy una flor, mañana otra, haciendo ramos, que alegran y edifican el alma, haciéndola vibrar de admiración y de santa emulación! Vide et fac secundum exemplar.
La lectura espiritual, en este caso —advierte Tanquerey— está destinada a conservar el fervor de la oración y es una manera de hacer oración y de conversar con Dios. Y debe ser hecha con espíritu de fe, no por curiosidad, por espíritu crítico, para fines menos nobles que el intento de recoger —a través de la narración de la vida del Santo— la enseñanza moral de Dios. ¿Acaso no es el Santo uno de los miembros de Cristo, que vive en Cristo y que nos canta el influjo que de la vid fecunda se extiende hasta el sarmiento? Por eso toda lectura espiritual bien hecha despierta el deseo sincero de santificarse y el esfuerzo serio de imitar, cada uno en el ámbito de su deber, el alto ejemplo incitador.
3. — Si luego de la lectura espiritual se quisiese pasar al estudio de un Santo (¿no es acaso conveniente que las personas cultas entren en este campo, hoy tan poco conocido y apreciado, que en realidad esconde tesoros preciosísimos?), habría que proceder con el método ya indicado para la lectura del Evangelio.
Se llega a penetrar en las íntimas profundidades de la persona, sólo cuando en la multiplicidad de las vicisitudes que constituyen su vida, en el desarrollo de su personalidad y de su pensamiento y en el sucederse de sus acciones, nos es dado descubrir el alma vivificadora, que inspira cada gesto y que se manifiesta en su unidad dinámica a través de la variedad de las manifestaciones exteriores.
Comprender es unificar. Yo no comprendo a una persona, hasta que de sus palabras, de su actividad, de la paciente y tenaz observación de todos los fenómenos que ella me muestra, alcanzo a captar su fisonomía espiritual, su carácter, o sea la única fuente, de la que brota cada gesto y cada acto suyo.
La multitud de las noticias biográficas, la riqueza del material de documentación, las obras eventuales y las cartas no me ofrecen sino la parte exterior del castillo; y hasta que no llego a la unificación, quedo fuera de él.
Necesariamente debo partir de estos hechos múltiples y no hay que descuidar ninguna información o despreciar cualquier detalle. Todo me resulta útil: el ambiente en que la persona nace, crece, vive y muere; el momento histórico, que forma como el escenario en que aparece el gran drama de la vida, y revela el significado de su tiempo; las relaciones que tuvo con sus contemporáneos; el conocimiento de sus conversaciones y su modo de obrar; todo esto no es más que una cantidad de fotografías tomadas desde lejos, un esfuerzo para dar una vuelta alrededor del castillo.
Solamente cuando intuyo, a través de la diversa multiplicidad, el punto único, el principio simple e inagotablemente fecundo, el espíritu animador que explica cada cosa, sólo entonces se baja el puente levadizo, se penetra en el alma de la persona estudiada, se recibe la compensación de muchos años de paciente comunión espiritual pasados con los documentos, se conquista el castillo interior y se lo ve completamente iluminado por la luz de una unidad orgánica admirable.
¿No es acaso ésta la conditio sine qua non en el proceso educativo? ¿Cómo me porto con un alma, que quiero plasmar y formar, si no en esta forma?
La estudio, la observo, la voy espiando a través de mil pequeños detalles, a través de las conversaciones, los gestos impulsivos que inconscientemente se le escapan, durante las horas de alegría y de angustia. Y sólo cuando puedo descubrir la índole de esa alma, sólo cuando consigo unificarlo todo en función de ella, procedo con seguridad en el trabajo de mi educación.
También en el caso de los Santos se puede y se debe, según mi parecer, seguir el procedimiento anotado.
Quien —mediante el estudio, que exige cultura y agudeza intelectual— quiere entender a un Santo en su interior y sublime grandeza, en el influjo que la gracia ha tenido en él, en la misión histórica que la Providencia le ha confiado, en el lugar que le corresponde entre las huestes elegidas que constituyen la sagrada aristocracia de las almas, no veo cómo pueda rehusar la aplicación del método que propugno.
¡Cuán grandes aparecen entonces los Santos en la humildad de su vida cristianamente heroica! ¡Qué horizontes abren frente a nosotros! ¡Cómo, con más razón que Fénelon frente al féretro de Luis XIV, puede exclamar el corazón: Sólo Dios es grande!
Entonces ya no es posible basar la santidad en los milagros, en la bondad natural, en la actividad externa del Santo; antes la gracia, lo sobrenatural, la linfa vital de Cristo, la vida interior, la actuación de la voluntad divina, brillan como la esencia y la explicación de la santidad.
En un futuro libro sobre la vida de los Santos daré ejemplos de tal método, que me es muy querido. Y solamente desde el punto de vista del mismo trataré de escribir los Silabarios de la historia de la Iglesia. Pues, ¿qué es la historia de la Iglesia, sino la historia del Cuerpo Místico de Cristo en la vida de sus Santos; santidad que nace, florece, sonríe, es negada y disipada, se recobra, se impone y triunfa en una divina e inagotable fecundidad?
Estudiemos, por ejemplo, a Santa Teresa de Lisieux o a San Carlos Borromeo.
Santa Teresita, si empezarnos a encuadrarla en su tiempo, vivió en la última parte del siglo XIX, y como el siglo empezado por Alejandro VI debía cerrarse con San Luis Gonzaga, así el siglo, iniciado con la Revolución Francesa, y con la Diosa Razón, debía llegar al ocaso con la pequeña Santa de las rosas.
Todo el siglo XIX había proclamado los derechos del naturalismo y odiado lo sobrenatural. Jesucristo y su gracia no eran tolerados en ninguna forma: Kant y el idealismo habían declarado la guerra en nombre de la filosofía; Darwin, el positivismo y el evolucionismo en nombre de la ciencia; Sismarck en nombre de la cultura; Carducci en nombre de la poesía y de la belleza; todos en nombre del progreso.
Sobre todo en Francia, con Renan, Comte y Taine; con los boticarios, Homais había vociferado: le cléricalisme! voilà l’ennemi! Ya no se debía hablar de divinización. Todavía podía concebirse un deísmo vago «a la Cousin»; pero no la gracia. Peor aún, no se reconocía la divinización del hombre por medio del Verbo Encarnado, pero sí el estrecho parentesco del hombre con los monos.
El hombre no es un dios, es un chimpancé. Anatole France arrojaba sus versos, estéticamente perfectos, contra los conventos de clausura; Víctor Hugo había sentenciado que sólo en nombre de la liberté podían quedar abiertos; pero se acercaba la hora en que el ministro había de exclamar ante la Cámara francesa: «Francia tiene necesidad de hijos, y vosotros hacéis voto de castidad; Francia tiene necesidad de mandar, y vosotros hacéis voto de obediencia; Francia tiene necesidad de riqueza, y vosotros hacéis voto de pobreza». Parecía, como dijo otro ministro francés, que las estrellas se hubiesen apagado de verdad en el cielo.
He aquí que entonces aparece Santa Teresita de Lisieux y su repique de resurrección. Pensemos un poco. Es una muchachita de quince años, casi niña aún, que en casa es llamada cariñosamente «reinecita». El Señor la hace entrar a un monasterio de Carmelitas, situado, no en una gran ciudad, sino en la ignorada Lisieux.
Allí muere tuberculosa a los 24 años, sin que los diarios de la capital y de la provincia se den cuenta. La circunda un silencio absoluto. El mismo teólogo, a quien Pío X da a estudiar la causa, murmurará, provocando las protestas del Pontífice: «Nunca hizo nada extraordinario».
Sin embargo, hay algo de extraordinario; y es que esta minúscula Hermana de clausura llega a abrasar el mundo entero, a suscitar un temblor universal, a imponerse a la atención de cada parroquia. Ella induce a Roma y al nuevo Código de Derecho Canónico a no esperar cincuenta años para su canonización; hace volver a estar de moda los Carmelos y los monasterios de clausura sin el permiso de Anatole France; en una época, en la cual las señoritas inauguraron la moda de la melena, hace que muchas rapen las cabezas; en un tiempo en que el gran mundo charlatanea de cosas grandes, enseña el caminito; hace entender a todos cómo se vive y cómo se muere, o sea cómo debemos aceptar la vida y ponerla en manos de Jesús como una pelotita, santificando con el amor cada instante, cada sufrimiento, cada actividad.
Es la enseñanza de Cristo, que vive en Ella y habla con la Historia de un alma. Es el exinanivit semetipsum, es el nisi efficiamini sicut parvuli, es la inmolación con su noble poesía, el sacrificio que debe estar cubierto por una sonrisa, es el Amor que canta, es la bofetada al siglo XIX, al naturalismo, al frío imperativo categórico kantiano, a las patrañas hegelianas, a los gorilas del evolucionismo materialista, a la necedad negativa de un siglo; es el triunfo de lo sobrenatural en nuestros días. He aquí lo que es Santa Teresita.
Estudio a San Carlos Borromeo. No puedo desinteresarme de su tiempo. Para algunos, el hecho de que un Santo haya vivido en el siglo III o en el siglo X, es la misma cosa. Para nosotros no. El siglo de San Carlos es el siglo de la desorganización. Reina espantosa la desorganización en el campo religioso de los rebeldes por obra de Lutero, Calvino, Zwinglio, Enrique VIII; en el dogma, quot capita, tot sententiae; el individualismo disgregador avanza, y se desorganiza toda la vida, hasta el punto de oírse enunciar la extraña máxima disolvente del pecca fortiter. Está desorganizado el mundo católico y se invocan reformas de todas partes, reformas del clero y del pueblo, de los monasterios y de los laicos.
¿Quién es San Carlos? Es el más grande organizador del siglo XVI. Comienza a organizarse a sí mismo y se hace santo; organiza la vida eclesiástica; organiza el Concilio de Trento; organiza su diócesis, la escuela de la Doctrina cristiana, su clero, las Confraternidades (la Acción Católica de entonces); durante la carestía, organiza la caridad; durante la peste, organiza los socorros; organiza todo, hombres y cosas, sobrenaturalizándolo y llevándolo todo con la gracia, inspirándolo con el soplo de su santidad.
San Carlos no es Santa Teresita. Cada Santo tiene su fisonomía; cada sarmiento tiene su especial significado; cada «estrella difiere de otra por su esplendor»; no existen dos santos iguales. Pero todos están injertados y viven en la única vid, Cristo Señor, y muestran las inefables e inagotables fuentes de la vida divina.
Se objetará: —ésta no es ya la lectura espiritual acostumbrada, a la que puede bastar una buena inspiración, un sentimiento de edificación, una flor entre las muchas que crecen en el jardín inmenso de un alma santa.
De acuerdo. Ni siquiera hay que discutir.
Éste es un estudio de los Santos que, sin quitar nada a la lectura espiritual, dilata los horizontes y nos permite vivir siempre más intensamente la vida de Cristo. ¿Acaso estamos separados de la vida de los Santos? Su íntima historia profunda ¿es acaso algo que no nos interesa? ¿No es acaso ésta la historia de Cristo, del Cristo místico, al cual también nosotros estamos incorporados?
Cada Santo, que profundizamos, ¿no es una nueva página de la vida de Cristo en los siglos, que nos hace estremecer de alegría? ¿Qué es la vida interior sino un vivir en Él, con Él, por Él con nuestros santos? Y la devoción a los Santos (que el protestantismo no entiende, porque ha herido en el corazón la verdad fundamental del Cuerpo Místico), ¿es acaso algo diferente del culto a Cristo?
Nosotros saludamos los ramos floridos. Y nuestro saludo no es sino un homenaje a la planta, que los produce y los vivifica.
***
CONCLUSIÓN
Un conocido escritor inglés, H. G. WELLS, entre las otras creaciones de su ardiente fantasía, ideó una curiosa novela, titulada: El alimento divino.
Bensington y Redwcod hicieron el gran descubrimiento: han encontrado un alimento que aumenta desproporcionadamente las proporciones de un organismo.
Los niños a los que se les da el tal alimento, se transforman muy pronto en gigantes altísimos, robustísimos, capaces de levantar cañones, de arrojar masas de hierro hasta una distancia de medio kilómetro, de hacer saltos de sesenta metros de largo.
El mundo amenaza transformarse. Se anuncia una nueva época, en que todo estará dislocado.
Naturalmente aparecen los pigmeos, indignados contra los gigantes. Los miopes, los estúpidos, las varias sociedades para la Conservación de las Justas Proporciones sugieren una cruzada contra los inventores, para desbaratarlos y destruirlos.
Se reúnen entonces los gigantes, discuten y deliberan para no dejarse matar, y no para matar, sino para difundir el alimento divino, ayudando a todos, también a los pequeños adversarios, para crecer y desarrollarse.
«¡Más grandes, hermanos —así reza su proclama—, más grandes, cada vez más grandes!»
¡Es necesario crecer y crecer, hasta que la tierra sea una peana, y el espíritu esté cercano al azul del cielo, a Dios!
Bien, yo me pregunto si ésta es una fantasía o una realidad. Nosotros poseemos el alimento divino, la Palabra de Dios, escrita en la Biblia y vivida por los Santos. Quien se nutre de ella, se hace espiritualmente gigante. Los pigmeos, inspirados en los evangelios modernos, desde hace tiempo han declarado lucha contra nosotros.
Y nosotros, a semejanza de los inventores de la novela inglesa, no queremos dejarnos matar, ni queremos matar: nuestra noble venganza consiste sólo en el propósito de nutrirnos con el manjar milagroso, y de distribuirlo, para que las almas no sean ya pequeñas, sino que deban desarrollarse, y para que el hombre, aun teniendo los pies en la tierra, tenga su mente en Dios.
