Monseñor FRANCISCO OLGIATI
LA PIEDAD CRISTIANA
SEGUNDA PARTE
LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD
XI
LECTURAS ESPIRITUALES
Los buenos milaneses durante años y decenios se divirtieron y solazaron, gracias a Eduardo Perravilla y a su teatro. Siempre será famoso su juguete cómico La clase de los asnos, una clase cuyo maestro era el señor Pustagna y sus alumnos Massinelli, Crapatti, Tappa, Zucconi, Boacini, Pelachi, Codeghetti y otros alumnos, inteligentes como asnos.
Había una escena, en la cual, frente a la Comisión examinadora, estos infelices leían sus composiciones dignas de sus genios. Y comenzaba: «Tema: Describir un temporal y la desolación en que quedan luego los campos. Desarrollo. Muy despacio se habían reunido las nubes y el cielo tenía el color de un papel secante. Los pollos, los perros y los gatos se escondían porque tenían miedo. La gente en la calle se apuraba para evitar la lluvia que ya estaba cerca. Después de pocos minutos, ¡pataplum!, un gran ruido en el aire, y era que un rayo había reventado, y agua y más agua, a cántaros enviada por Dios. Afuera, relámpagos, lluvia, viento y todo que espantaba el corazón. Pero lo que más hacía sollozar, era ver los campos con las verduras apenas nacidas, ese arroz, esas hermosas coliflores, y todas aquellas lindas cosas que se fueron a la porra. Finalmente apareció el arco iris y los paisanos salieron afuera a agradecer a la Providencia».
Luego describe «una fiesta de campaña con iluminación, música y alegría».
«Donde quiera que miro, veo la sonrisa en las caras de todos. El pueblo todo iluminado con faroles. Todos los paisanos vestidos de fiesta con la banda que toca tan bien… ¡tachín, ta bum! Ved aquí un hermoso grupo de gente parada en el carro y que come dulces y escabeche. Cada tanto se oye gritar: «¡Viva!», y la banda que hace venir ganas de bailar, ¡tachín, ta bum! El vino alegra y se siente en el corazón el gozo. ¡Oh, qué linda fiesta! ¡Oh, qué linda fiesta!»
Esto hace reír a mandíbula batiente. Pero si Tappa y Massinelli tuvieran un abogado defensor, éste podría murmurar al oído: —¿Qué otra cosa mejor podrían hacer? Vivían en la clase de los asnos, donde no se sabía si era más burro el maestro o los discípulos.
Es lo que sucede a todos en la vida. Si estáis condenados a un ambiente de chismografía, os volveréis comadres; si estáis en contacto con almas grandes, aprenderéis a volar.
Por otra parte, la composición que escribís con vuestra vida (tarea que Dios nos ha asignado), ¿es acaso mejor que los trozos hilarantes, ofrecidos por el personaje maravilloso?…
Basta, dejemos las cosas como están…
Para evitar semejante peligro, hay que aconsejar a todos la lectura espiritual, o sea, la lectura de la Biblia, de las biografías de Santos y de almas de virtud heroica, y también, si se quiere, de las mejores obras de ascética que tanto abundan en la literatura católica.
El que fija cotidianamente su atención en tales modelos, se siente incitado a emular a San Efrén, que en su proceder —como nos cuenta su biógrafo Enodio— reproducía cuanto había leído.
No inútilmente nos acercamos a las cumbres níveas donde brillan los esplendores de Dios.
Examinemos, por lo tanto, el método práctico que ha de seguirse: 1º en la lectura de la Biblia, tomando como ejemplo una parte esencial de la misma, los Evangelios; 2º en la lectura de la vida de los Santos.
***
1
LA LECTURA DEL EVANGELIO
La comida que no se ingiere con un método racional, puede dañar en vez de favorecer la salud; hasta el Pan Eucarístico comido por quien sin las debidas disposiciones se acerca a la Mesa Sagrada, lleva a la conciencia indigna una condena inexorable.
Uno de los puntos programáticos que nos distingue de los protestantes, es éste justamente: así como no creemos que para difundir la afición a la Divina Comedia baste ir por los pueblos y las ciudades, tirando a manos llenas en las confiterías y en los negocios el poema de Dante; así, para difundir el culto de la Biblia y para hacer conocer mejor el poema del amor de Dios a los hombres —poema encerrado en las palabras de escritores inspirados y debido no a la fantasía de un genio, sino a Dios— no podemos satisfacernos con la grosera materialidad de una copiosa distribución.
Con esto se puede satisfacer la mentalidad de hombres de negocios, que no tienen empacho en resolver con dólares hasta los problemas religiosos, o a algún decrépito representante de un individualismo ya superado en la historia de la cultura; pero nosotros que sabemos por experiencia qué fin poco glorioso tienen tantas Biblias distribuidas por los protestantes en nuestros pueblos, no podemos limitarnos a poner en las manos de todos el texto de la Escritura. Éste no es más que un primer paso, mucho menos que insuficiente.
Debemos preocuparnos para que la Biblia sea leída como se debe y sea de verdad el alimento eficaz que quite el hambre a las conciencias de nuestros contemporáneos.
Como decíamos, limitémonos a un ejemplo, o sea al modo cómo debemos nutrirnos con la palabra evangélica.
Antes que nada, se me perdonará una pregunta: ¿cómo se lee un libro?
El problema no es sencillo. Nosotros sabemos que un libro, cuando es un verdadero libro no es un conjunto de páginas escritas o impresas, más o menos encuadernadas, ni un simple amasijo de caracteres tipográficos dispuestos más o menos bien.
Ésta es la materia que compone el libro, como los colores son la materia del cuadro. Pero un cuadro de Rafael es algo muy diferente de los colores usados por él; y el verdadero libro es un pensamiento, una idea única, un único soplo inspirador, que impregna todas aquellas páginas, une todas aquellas letras, vivifica todas aquellas palabras y no las deja en el estado de átomos colocados uno al lado del otro, sino que las organiza como una sola alma.
Si en lugar de una idea hubiera dos en un volumen, tendríamos dos libros. Y si una vez terminada la lectura, al cerrar el libro, debiéramos decirnos a nosotros mismos: «no he encontrado la idea madre», o lo que es lo mismo: «encontré en estos capítulos muchas ideas contradictorias», pronunciaríamos una sentencia terrible, que negaría a aquellas páginas el valor de libro.
Por desgracia, quien toma entre sus manos un libro puede olvidar este principio elemental y fundamental.
Tendremos entonces la categoría de aquéllos que hojean un libro y que, lejos de poder compararse con las abejas, pueden compararse con las mariposas. Revolotean de una a otra flor, pero nunca dan ni la dulzura de la miel, ni la cera necesaria para formar una vela y tener un poco de luz. Moscas inútiles, se enorgullecen de conocer una infinidad de obras y no llegan a leer ni una sola.
Existe una segunda categoría de lectores: la de los que escogen un punto en un libro. Abriendo a Manzoni, puedo detenerme en el capítulo XXXIV y me conmuevo leyendo el admirable episodio de la madre que deposita en el fúnebre carro el cadáver de su hija Cecilia, muerta de peste, o medito y gusto las líneas maestras que trazan al vivo la figura del cardenal Federico Borromeo. Este método es infinitamente mejor que el primero; en una construcción artística nada nos prohíbe detenernos en el examen de una estatua, prescindiendo del conjunto del palacio.
Pero este método no es aún el ideal. Es necesario ir más allá para leer verdaderamente un libro. Conviene recorrer sus diferentes partes en relación con la obra entera; hay que captar la única idea luminosa que impide encontrarse con una página oscura, con un episodio superfino, con un capítulo desarticulado de los demás, idea que ilumina y vivifica todo. Y, ¿en qué debe consistir la crítica cuando ha de ser digna de tal nombre, sino en captar esa idea principal y ver si el autor consiguió expresarla, demostrarla y decirla bien?
Sé muy bien que semejante crítica no es precisamente la que ofrecen en las columnas de los diarios o de ciertas revistas muchos jovenzuelos desocupados, que no sabiendo cómo ganarse la vida, se dedicaron, por desesperación, a la crítica literaria, teatral, filosófica, científica, etc-.
Sé muy bien que es cosa ardua saber leer y que los analfabetos que leen son más numerosos de lo que se cree.
Sé bien que no pocas bibliotecas populares, si quisieran hacer una estadística no de los volúmenes materialmente distribuidos, sino de los libros realmente leídos, sustituirían sus impresionantes números con una cifra irrisoria.
Todavía no se ha puesto en duda que ése, y no otro, es el método para leer un libro.
Si tomo ese delicioso volumen que se llama las tablas de los logaritmos, puedo abrirlo, mirarlo, contemplar todas aquellos números; pero hasta tanto no tenga la clave que me explique aquellas cifras, no habré leído: —Dadme la clave y entonces entenderé el orden, el significado, la utilidad de aquellas páginas, que constituyen el horror de un estudiante poco entusiasta por las matemáticas y viceversa que extasiarán al estudioso.
Insistamos sobre este punto. Y recordemos que cada libro es un lenguaje cifrado, semejante al usado por los Mártires de Belfiore basado en el Padrenuestro. Cuando el carcelero entró en la celda y se puso a recitar el Padrenuestro, el prisionero tembló ¡habían conseguido leer la clave! También nosotros hasta que no descubramos la clave de un libro creemos y estaremos ilusionados de haberlo entendido, mientras permanecemos ajenos al pensamiento del autor.
Por eso las personas inteligentes, antes de la lectura, se informan del pensamiento central del libro.
Ved el motivo por qué todos nosotros no nos limitamos a leer un poema, sino que nos documentamos con serios estudios críticos, que nos orientan para penetrar en el ánimo del poeta.
Ved ahí por qué apreciamos y queremos al maestro, o sea, al que, por ejemplo, en la escuela, lee junto con nosotros a Platón, Aristóteles, Santo Tomás, Dante o Manzoni, y frente a cada puerta cerrada, a cada frase enigmática, y a cualquier dificultad de interpretación, está dispuesto a abrirnos con su llave.
Por ello los verdaderos libros los leemos una primera vez para tomar a vuelo la idea central, y luego los leemos por segunda y tercera vez, para comprenderlos de veras, sirviéndonos del hilo conductor descubierto.
Por eso, cuanto más profundo es un autor, tanto más se exige reflexión para encontrar ese hilo: los pequeños lagos tranquilos de agua dulce, se dominan con una ojeada; el océano Pacífico exige un examen más arduo. Esto es la meditación: cuando tenemos el océano de las verdades eternas, nosotros, buzos animosos, descendemos confiados a ellas, exploramos, recogemos y salimos espiritualmente más ricos, para luego volver a descender. Son verdades de evidencia intuitiva, que ahora será útil aplicar al Evangelio.
También el Evangelio puede ser leído de tres maneras:
1ª) Y en primer lugar se lo puede leer por encima, hojeándolo como hacen los superficiales.
Habréis observado las comitivas de forasteros, que vienen a Italia a visitar nuestras ciudades y que las agencias de viajes cargan en grandes autobuses. Son cincuenta o sesenta personas que dan la vuelta, por ejemplo, a una ciudad rápidamente. El enorme coche corre, y ellas miran a derecha e izquierda. Uno se divierte contemplando esas caras, a menudo tan inteligentes; esos rostros que manifiestan una sensibilidad tan exquisita en asuntos de artes, y pasan frente a esos prodigios del arte, corriendo, sin quedarse siquiera boquiabiertos como los auténticos campesinos. Y después de una visita en ese gran coche por una ciudad, son capaces de deciros: «¡Lo hemos visto todo!», mientras vosotros quizás estabais pensando, sin querer, en los perros del Nilo, de los que dice Pitágoras que bebían el agua corriendo por temor a los cocodrilos. Con estos apurados contempladores de las bellezas artísticas de Italia, comparo a los que »devoran» —como a ellos les agrada expresarse— los cuatro Evangelios. No entienden nada.
Peor todavía: ni siquiera entienden que no entienden nada. Y tienen el heroico coraje de proclamar: «¡También nosotros hemos leído los Evangelios!»
2ª) En segundo lugar se puede escoger en las páginas del Evangelio, un paso, una expresión, un episodio, una palabra y con el alma preparada se puede trasplantar una santa idea al propio corazón.
Como se puede entrar en San Pedro de Roma, para detenerse frente a una u otra de las innumerables obras de arte, con las que las generaciones han enriquecido el máximo templo de la cristiandad, así puede tener a menudo una inmensa eficacia la meditación de un solo versículo del Evangelio.
San Francisco de Asís, que con dos compañeros atraviesa la gran plaza de Asís, entra en la iglesia de San Nicolás, abre el Misal, lee en San Mateo: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres», y exclama: «Hermanos, he aquí nuestra vida y nuestra regla», es un ejemplo luminoso de este segundo modo de leer el Evangelio.
El primer mártir del Instituto Pontificio de las Misiones Extranjeras, caído en Oceanía, Dom Mazzucconi, cuando después de haber entrado al Instituto, a la mañana siguiente celebró la Misa y leyó en el Evangelio la amonestación de Jesús: «Quien ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí», fue invadido por una ola de conmoción y comenzó a sollozar. Él nos enseña cómo se lee el Evangelio.
Cada palabra del Evangelio es semejante a una ventana cerrada: es necesario acercarse, abrir la ventana, tener los ojos sanos y bien dispuestos, contemplar el nuevo horizonte que se nos presenta frente al alma atenta.
Cada página de estos libros eternos —los más grandes libros que posee la humanidad y que nos brindan el Camino, la Verdad y la Vida— tendría que ser mirada por nosotros con los mismos sentimientos con los cuales nos acercaríamos a Jesús, si aún estuviese en este mundo, como estaba un día en Palestina: una mirada o una palabra de Jesús basta para tocar un alma y salvarla.
Todo esto lo tenemos bien sabido, aunque no todos los practicamos. El que con conciencia pura, con una oración preparatoria, con santa avidez por las enseñanzas divinas se acerca al árbol del Evangelio y recoge nada más que un solo fruto, esté seguro de que su vida religiosa, su renovación espiritual y su progreso moral saldrán muy gananciosos.
3ª) Mientras en esto hay un consentimiento general, son pocos en cambio quienes siguen el tercer método en la lectura del Evangelio; y este punto quisiera hacer resaltar yo, porque constituye uno de los pensamientos principales de mi libro.
Si en cada libro hay una sola idea, o sea, una sola alma, también los grandes libros del Evangelio tienen un fin particular, una índole especial, una característica propia.
El Evangelio de San Mateo no es el de San Marcos, y el de San Lucas no es el de San Juan. Cada uno de los cuatro evangelistas se propuso desarrollar un tema muy propio; cada uno de los Evangelios tiene una fisonomía individual, que lo distingue de los otros; y cada Evangelio está así vivificado por su idea madre, sin la cual no se conseguiría comprender el significado y el valor del Evangelio mismo.
En otras palabras, las partes del libro son una multiplicidad diferente, que por una idea central está contenida en la unidad de la síntesis organizadora; también los diferentes versículos y los capítulos de cada Evangelio están inspirados por un único pensamiento, que los une en un organismo admirable.
Cada Evangelio nos ofrece a Jesucristo desde un determinado punto de vista; y es necesario ponerse en esa posición para comprender a fondo cada una de las expresiones.
La cosa es fácil de intuir, puesto que el Señor ha querido inspirar a cuatro evangelistas; si no hubiese en cada uno de ellos una nota particular, hubiera bastado un solo Evangelio. Por lo demás, es también fácil percibir la verdad de cuanto afirmamos, abriendo cualquier página de un evangelista.
Tomemos (y debo limitarme evidentemente a rasgos rapidísimos) el Evangelio de San Mateo, en su principio. Leo:
«Libro de la generación de Jesucristo, hijo de Dios, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá, y a sus hijos. Judá engendró a Farés y a Zarza de Tamar; Farés engendró a Esrón, Esrón engendró a Aminadab…» y la nómina se prolonga, mientras yo comienzo justamente en la primera página del primer Evangelio, a confundirme. Luego me pregunto: —¿Qué me importa a mí de toda esta buena gente? ¿Qué me interesa el nombre del señor Farés, Esrón, Naasón, y compañía?
El primer método de lectura del Evangelio me sugeriría proceder rápidamente y seguir adelante; el segundo no me enseña nada; por lo tanto, uno y otro tienen que ser completados.
Pongámonos en cambio, a releer aquellas líneas con el criterio del tercer método. El libro escrito por San Mateo tiene una única idea principal, que ilumina cada capítulo y cada versículo.
San Mateo compuso su Evangelio en lengua hebrea, para los hebreos; con una finalidad precisa: quería demostrar que Jesús es el Mesías preanunciado por los Profetas; las profecías prueban la Mesianidad de Cristo.
Para desarrollar esta doctrina, es natural que San Mateo deba aludir continuamente a los antiguos vaticinios; citará así más de 70 pasos del Antiguo Testamento (a diferencia de San Marcos que cita 18, San Lucas 19 y San Juan 12); aquí y allá nos repetirá las frases que le agradan y que ahora comprendemos («como fue escrito», o si no: «para que se cumpliese cuanto fue dicho por el Señor por boca del Profeta»); hablará largamente del reino mesiánico para combatir las malas interpretaciones del pueblo hebreo, e iniciará el Evangelio con la genealogía de Jesús para mostrar cómo en Él se han verificado las profecías, según las cuales el Mesías nacería de la estirpe de Abraham y de la descendencia de David. San Mateo, releído a la luz de este único pensamiento inspirador, es luminosamente claro.
Permítaseme otro ejemplo. En el Evangelio de San Marcos son numerosísimas las narraciones de endemoniados. Desde el capítulo I, en el que Jesús libra en Cafarnaúm a un hombre poseído por un espíritu inmundo y en el que también se cuenta cómo el Maestro «iba predicando en las Sinagogas, y por toda la Galilea y echaba los demonios», hasta el capítulo III en el cual concede a los Doce el poder de librar a los endemoniados; desde el capítulo V que describe largamente la escena del endemoniado de Gerasa y de la piara de dos mil cerdos, que son poseídos por los espíritus y se lanzan al mar, hasta los capítulos sucesivos, se suceden episodios, dichos y hechos relativos a tales posesiones diabólicas.
Según las normas del tercer método para leer el Evangelio, busco la única idea inspiradora de San Marcos; y la encuentro en esto: que Marcos, discípulo de Pedro, escribiendo en Roma para los romanos y para los étnico-cristianos, quiere demostrar la divinidad de Jesucristo y de su doctrina, mediante los milagros realizados por el Redentor.
Jesús es siempre el centro del Evangelio; pero, a diferencia del Evangelio de San Mateo, dirigido a quienes conocían bien el Antiguo Testamento y las profecías, Jesús es contemplado aquí desde otro punto de vista, que puede ser mejor comprendido por los paganos convertidos.
La prueba de la divinidad de Cristo debía conducir al Evangelista a darnos «el Evangelio de los milagros» y a elegir aquellos prodigios realizados por Jesús, que indican su absoluto dominio: a) sobre la naturaleza; b) sobre el hombre (enfermedades y muerte); c) sobre los espíritus. Si Jesús es Dios, cada y cualquier grado de la realidad le debe estar sometido; y así es: todos estos pasos relativos a los endemoniados son una parte esencial del segundo Evangelio.
Y podríamos proseguir mostrando cómo SAN LUCAS está todo invadido por otro pensamiento que forma el alma de su Evangelio de la misericordia, o sea que Jesucristo es la salud de todos, hebreos y gentiles y que San Juan sigue por otro camino.
A diferencia de los otros Evangelistas, que parten de la tierra para llegar al cielo, o sea que van de la humanidad a la divinidad de Cristo; a diferencia de San Mateo, que comienza su Evangelio con la genealogía de Jesús en la tierra para cerrarlo con la Trinidad: «Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», San Juan parte de la Trinidad, porque nos describe a Jesús desde el punto de vista de su divinidad.
Por lo tanto, desde los primeros versículos, nos habla del Verbo, que es el Unigénito del Padre; y el Verbo se encarna, y sobre Él desciende el Espíritu Santo.
Procedamos así con todo su Evangelio y lleguemos, entre otras cosas, al discurso de la última Cena, en la que Jesús enseña a los Apóstoles, y a todos aquéllos que creerán a través de los siglos, de qué manera se vive según el gran misterio de la Trinidad.
Como el Hijo está en el Padre, en la unidad con el Espíritu Santo, así los discípulos deben vivir en Cristo y con Cristo, estar unidos al Padre, mediante el amor sobrenatural del Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo «habite con vosotros y esté en vosotros», «en aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, como yo en vosotros… Yo soy la vid, vosotros los sarmientos… Padre, que todos sean uno, como tú estás en mí y yo en ti: que también ellos sean uno en nosotros… Que sean perfectos en la unidad».
Leídos los Evangelios con este método, se aclaran diversos puntos. No sólo se consigue comprenderlos mejor y penetrar más profundamente en el pensamiento de los escritores inspirados, sino que se ve con claridad el porqué de los diversos Evangelios.
El primero nos habla del Mesías y de las profecías; el segundo de la Divinidad de Jesús probada por los milagros; el tercero de la salud del mundo operada por Cristo; el cuarto del Verbo Encarnado, estudiado sobre todo en relación con las otras divinas Personas.
San Mateo hace resaltar la voz de la historia precedente a Jesús, que grita: «He aquí el Mesías»; San Marcos nos da la historia de Jesús, que con sus prodigios nos indica ser el Dios descendido del cielo; San Lucas ilumina en función de Jesús, la historia de la salud y de la conversión del mundo; San Juan canta la historia de los siglos eternos, en los cuales Jesús es siempre el centro.
La apologética se inspirará en San Mateo, para probar la divinidad de Cristo por las profecías; en San Marcos, cuando apele para el mismo fin, a los milagros; en San Lucas, para buscar y obtener en la propagación del Cristianismo otro motivo de credibilidad.
La teología católica saludará como a su gran lumbrera al discípulo predilecto. Y frente a las tentativas de los racionalistas modernos, que quisieran eliminar el milagro y lo sobrenatural del Evangelio, para conservar únicamente la enseñanza moral, como si fuese posible tener el fruto sin la planta, podemos observar que el racionalismo rechaza precisamente lo que es el alma de cada Evangelio y la idea central.
Es útil insistir, a propósito de este tercer método —nada nuevo, pero muy descuidado—, sobre otra diferencia entre los protestantes y nosotros, respecto de la difusión y la lectura de los Evangelios.
A la concepción individualista, que pugna con el dogma que nos enseñan los mismos Evangelios e ilustrado por las Epístolas paulinas; a la concepción de quien quisiera tomar el Evangelio y leerlo por cuenta propia, cayendo —en nombre de una pretendida particular asistencia divina— en el abismo del capricho, del sentimentalismo y de interpretaciones arbitrarias, nosotros oponemos la concepción de los siglos cristianos.
No somos átomos separados uno de otro; somos miembros del vasto Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Por lo tanto, en nombre de esta unión sobrenatural de todos en Cristo y por aquel sentido de la continuidad histórica que es una consecuencia inevitable, nosotros lo leemos con los Padres, con la historia, con la Iglesia.
De aquí las evidentes conclusiones prácticas de la prohibición de las ediciones de la Escritura que no sean aprobadas por la Iglesia; de la necesidad de notas y comentarios, que ilustren la palabra inspirada con la Tradición; de la oportunidad de los Grupos del Evangelio, que con las lecciones y con el estudio iluminan a las almas en la meditación de aquellas páginas divinamente profundas.
Continuará…
