Después de leer y releer el «Eleison» Numéro CCCXLIV de Mons. Williamson, sólo me queda una pregunta que me inquieta, me produce desasosiego y mucho más, me hace formularme preguntas que no logro responderme, ¿Sigue vigente el objetivo que se trazaron los beneméritos obispos M. Lefebvre y M. De Castro Mayer, obispos que sufrieron la persecución y el martirio , al menos psicológico, a los que hoy se le minimiza y se ocultan sus tajantes declaraciones, sesgando las que interesa y por ende se ponen obstáculos para continuar la obra que la Providencia les encomendó para la lucha definotoria que era menester para estos tiempos apocalípticos, en que la gran apostasía se hizo presente a raíz del conciliábulo Vaticano II y que pretendió poner en estado de zozobra a la Iglesia Católica Apóstólica Romana, la cual no podía defeccionar jamás, debido a la misma promesa de Cristo que nos reconfortaba de que las puertas del infierno no iban a prevalecer contra Ella? No sé, pero hay algo que no puedo explicarme, quizá la vejez, la senectud y los años de M. Lefebvre hizo que los enanitos de siempre, los infiltrados y los submarinos subversivos, pusiesen sus cargas de profundidad para preparar lo que ahora estamos contemplando y sufriendo aquellos que desde un principio confiamos en su magnánima obra y que cada vez más la vemos más deteriorada, más minimizada y con una carencia absoluta de sucesores capaces y aptos para continuar su gran empresa, más bien parece como si ocurriese que lo que hoy existe es todo lo contrario para continuar su obra en sentido opuesto, obra desequilibrante y aniquiladora que trata de poner columnas sustentadoras en la siniestra estructura que significó para la Santa Iglesia la convocatoria y desenlace que produjo el anticatólico concilium fraudis Vaticano II.
Oía voces, al parecer autorizadas; que repetían a voz en grito que M. Wiliamson era un hombre formado en el más acendrado ¿tomismo? y en la más «pura escolástica», ah…pero ya no es ni una ni dos, sino muchas las evidencias que me han hecho reflexionar sobre los devaneos y actitudes proclives a la obra destructora de la Roma modernista y apóstata por la que iban a dirigirse los hombres en que M. Lefebvre apostó y que al mismo tiempo iban a consumar y destruir el único obstáculo por el cual, tanto M. Lefebvre como M. de Castro Mayer pusieron todo su amor, cariño y desvelo. Ya no me refiero, por manido, ni a la aceptación del detestable Motu Proprio Summorum Pontificum ni a la aceptación, al mismo tiempo…. del lamentable, ridículo y detestable espectáculo que ocasionó el levantamiento de las «excomuniones» dos actos despreciables que al fundador de la Fraternidad ni se le hubiese pasado por la cabeza asentir. Ha habido muchas más, la última no es otra que este «silogismo» que nos propone M. Williamson, dejando patente su presunto desconocimiento de la lógica aristotélica más elemental. Nos propone dos premisas y una conclusión, perdón…. dos conclusiones contrapuestas e inadmisibles desde todo punto de vista lógico) planteado repito por M. Williamson; y resulta que de silogismo no tiene ni siquiera el nombre, ya que existe en ese sofisma una clara y evidente cuadruplicidad de términos, faltando por lo tanto a la primera ley de las ocho que propuso Aristóteles y que más tarde sistematizaron sus discípulos medievales. Ya sabemos que las cuatro primeras reglas se refieren a los términos o materia remota y las cuatro últimas hacen referencia a la materia próxima del silogismo, es decir a las proposiciones.
Veamos entonces cómo M. Williamson introduce disimuladamente un cuarto término, aparentando repetir uno de los anteriores, aprovechando la equivocidad de las palabras. Este sofisma se conoce con el nombre de la cuadruplicidad de términos como ya cité anteriormente.
La primera ley silogística dice así: «Terminus esto triplex: Maior, mediusque, minorque. (Los términos son tres: mayor, medio y menor).
Ergo para construir esta caricatura de «silogismo», utiliza cuatro términos: 1.- Los Papas; 2.- Infalibles; 3.- Papas conciliares y 4.-Liberales. Con lo cual no cabe ninguna conclusión, aunque él saca dos: una para los sedevacantistas (los espantapájaros utilizados por la Roma modernista) y otra para los liberales, que según él, en su ilusión por seguir con su juegos malabares, los sigue poniendo al mismo nivel y se inventa ese sofisma que no demuestra nada, nada y nada. Y por el contrario confunde, decepciona y evita el acercamiento de aquellos que sin hacer del sedevacantismo un dogma de fe, porque no lo es, tenemos conciencia de que una cabeza que se ha separado del cuerpo por la herejía, no puede al mismo tiempo seguir siendo parte de ese mismo cuerpo del cual se separó. Con ese sofisma llega por el contrario a una conclusión o dos que son lógicamente imposibles. El sedevacantismo, no el viscerotónico, sino el basado en la secular y bimilenaria doctrina de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana, avalado por grandes Santos, grandes Teólogos y Grandes Papas no es ningún pecado y el liberalismo sí lo es.
Y luego…. continúa su «eleison» con unas elucubraciones sin sentido, con falta de equilibrio y sin que los lectores se enteren de a donde quiere llegar, mas parece un monólogo de esos que el interlocutor se queda en «babia», que una declaración propia y contundente de un obispo tradicionalista, heredero doctrinal del Gran Arzobispo M. Marcel Lefebvre.
Andrés Carballo.
