LA SOCIEDAD CIVIL CRISTIANA
SEGÚN LA DOCTRINA DE LA IGLESIA ROMANA
Texto de enseñanza moral para la juventud
Ilmo. Sr. Dr. PEDRO SCHUMACHER
Obispo de Portoviejo

CAPÍTULO DUODÉCIMO
DE LAS CONSECUENCIAS ÚLTIMAS DEL LIBERALISMO:
COMUNISMO, SOCIALISMO Y ANARQUISMO
ANEXOS DE RADIO CRISTIANDAD:
RERUM NOVARUM – DIVINI REDEMPTORIS
Dios es principio, fuente y garantía de todo derecho. Él creó la naturaleza y, dando a cada ser su lugar y fin propio en la armonía del universo, puso orden, o sea la ley natural en la creación, y su voluntad soberana es que se guarde y observe este orden.
Lo que es conforme a esta ley natural, es bueno; lo que perturba el orden, es malo.
Insistimos tan repetidas veces en este principio fundamental de la filosofía cristiana, porque es tan claro en sí como útil para juzgar del valor moral de las acciones humanas.
Y ¿quién puede negarlo?
La ley natural es la Inteligencia divina que ordenó la naturaleza. Y la razón humana, en cuanto conoce este orden, es una participación de la Inteligencia divina; a su vez, la voluntad del hombre, en cuanto sigue esta razón que le dicta los preceptos del Creador, es una participación de la bondad divina o sea de la voluntad de Dios, que es todo bondad y amor del bien.
Para conocer, pues, si un acto es moralmente bueno o malo, no hay más que aplicar aquel principio y examinar, si el acto es según el orden o no.
Se discute, por ejemplo, la cuestión si toda mentira es censurable y mala. Para decidirla, me pregunto en primer lugar ¿en qué consiste la mentira ?… En el uso de la palabra con el fin de engañar. Pero con el engaño desaparecerla la buena fe de entre los hombres; nadie aceptaría el testimonio de otro; todo sería desconfianza e inseguridad en las relaciones mutuas, lo cual evidentemente es contrario al orden. La mentira es por consiguiente siempre mala.
Ahora bien; el liberalismo, queriendo emancipar, esto es, independizar la criatura de su Creador, excluye a Dios del gobierno del universo, de la familia, de la sociedad civil, de la educación y de las leyes públicas, removiendo la base esencial de todo orden y de todo derecho. Con esto ha dado origen a todas las teorías subversivas que en el día de hoy amenazan el orden social, la propiedad, el gobierno, y hasta la libertad y seguridad individual.
Estas teorías destructivas, hijas del liberalismo, son el comunismo, el socialismo y el anarquismo.
El primero va directamente contra el derecho de propiedad particular.
El segundo tiende a realizar la soberanía popular de tal manera que el Estado absorba todas las libertades individuales, dando él a cada uno trabajo, alimentos y educación, sin permitir que el ciudadano haga uso de su libertad natural e individual para vivir según su razón y libre albedrío.
El anarquismo da un paso más y acaba con todo gobierno, con toda religión, para que cada uno viva sin Dios ni ley.
I.
DEL COMUNISMO
1. ¿Qué se entiende por comunismo?
El comunismo sostiene que ningún hombre debe poseer cosa alguna como propia, que toda propiedad particular es un robo hecho a la sociedad, debiendo ser todos los bienes comunes.
2. ¿En qué razones fundan los comunistas su teoría?
Los comunistas alegan:
1º Que el Creador hizo la tierra para todos los hombres en general, y que, por consiguiente, apropiarse una parte de ella, con exclusión de los demás, es una injusticia, es un robo hecho a la comunidad. «La propiedad es un robo», dijo Proudhon, conocido comunista francés.
2º Que la comunidad o colectividad de los ciudadanos, como única propietaria legítima, debe trabajar y explotar la tierra, repartiendo los productos equitativamente entre todos. (Por esto se llama este sistema también colectivismo).
3. ¿Puede admitirse esta teoría comunista?
De ninguna manera, por ser opuesta al orden natural establecido por el Creador, y contraria a las palabras terminantes del mismo Dios, lo cual se prueba exponiendo los principios cristianos sobre el derecho de propiedad.
4. ¿Cuáles son los principios cristianos sobre el derecho de propiedad?
La filosofía cristiana nos enseña los principios siguientes:
1º Sólo Dios es dueño y propietario verdadero de las cosas en el sentido perfecto y absoluto de estas palabras; el hombre, respecto de Dios, no es en realidad más que administrador de lo que posee: «Mías son todas las fieras de las selvas, los jumentos en los montes y los bueyes.» (Salmo 49, 10.)
2º Dios, así como es autor de la sociedad civil, por cuanto hizo y formó al hombre para que viviese en sociedad con sus semejantes, asimismo es el autor y la razón del derecho de propiedad particular, por cuanto puso al hombre en tal condición que su conservación y felicidad reclaman el derecho de tener bienes propios; en otras palabras, la misma naturaleza humana exige que el hombre pueda ser dueño y propietario.
3º Este derecho de propiedad individual se halla limitado en el hombre por su condición de criatura dependiente de Dios y por ser miembro de la familia humana.
Con la propiedad en sentido cristiano no se hace un robo a la comunidad, pues, como veremos, con ella no se menoscaban los derechos de la comunidad, antes bien se la favorece y se promueve el bien común.
5. ¿Cómo se prueba que sólo Dios es dueño y propietario del universo en el sentido perfecto y absoluto de la palabra?
El dominio pleno o la propiedad perfecta consiste en excluir a todos los demás del derecho de llamarse dueños de una cosa, pudiendo disponer de ella y de sus frutos según su beneplácito; pero, siendo Dios el único Autor de cuanto existe, sólo a Él reconocen por dueño.
«Del Señor es la tierra y toda su plenitud; el orbe terrestre y todos cuantos en él habitan. Pues Él lo fundó sobre mares y lo consolidó sobre los ríos.» (Salmo 23, 1 y 2).
6. ¿Cómo se prueba que el derecho de propiedad particular está fundado en la naturaleza del hombre?
La condición natural del hombre pide que pueda adquirir bienes muebles e inmuebles, porque:
1º La naturaleza mueve al hombre a buscar con qué satisfacer sus necesidades en el tiempo de enfermedad, de escasez y de vejez, lo que no puede hacer sino conservando como propio lo que ha heredado, comprado o producido con su trabajo.
«Las necesidades de cada hombre se repiten de una manera constante; de modo que, satisfechas hoy, exigen nuevas cosas para mañana. Por tanto, la naturaleza tiene que haber dotado al hombre de algo estable y perpetuamente duradero, de que pueda esperar la continuidad del socorro. Ahora bien: esta continuidad no puede garantizarla más que la tierra con su fertilidad.
(…)
Es ley santísima de naturaleza que el padre de familia provea al sustento y a todas las atenciones de los que engendró; e igualmente se deduce de la misma naturaleza que quiera adquirir y disponer para sus hijos, que se refieren y en cierto modo prolongan la personalidad del padre, algo con que puedan defenderse honestamente, en el mudable curso de la vida, de los embates de la adversa fortuna. Y esto es lo que no puede lograrse sino mediante la posesión de cosas productivas, transmisibles por herencia a los hijos.» (Encíclica Rerum novarum).
2º Dios instituyó la sociedad doméstica, o sea la familia; pero la existencia, la conservación y el porvenir de una familia exigen que esté en posesión segura de ciertos bienes.
3º La condición natural del hombre es tal que no cuidaría debidamente de la conservación y del buen estado de las cosas, si no puede considerarlas como propias.
4º Obedeciendo a este impulso natural, todos los pueblos de la tierra han reconocido el derecho de propiedad particular, como indispensable para la misma comunidad, y en esto se manifiesta la voz de la naturaleza.
7. Pero en la organización comunista, la comunidad daría a cada uno lo necesario para vivir, sacándolo de los productos de la tierra, y de este modo quedan sin fuerza las dos primeras razones aducidas.
De ningún modo se podría tolerar esto. Hay que dejar al hombre y a su familia la libertad necesaria para cuidar por sí mismo de su existencia; pues el hombre es anterior a la sociedad civil, igualmente lo es la familia, o sea la sociedad doméstica, y el fin natural de la sociedad o comunidad civil no es otro que ayudar a cada uno en la adquisición de lo que necesita, pero no de suprimir los derechos y las facultades naturales del hombre individual. Mas esto sucedería, si la comunidad se encargara de proveer por sí sola a todas las necesidades del hombre.
«No es justo que ni el individuo ni la familia sean absorbidos por el Estado; lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible, sin daño del bien común y sin injuria de nadie.
(…)
Es tal la patria potestad, que no puede ser ni extinguida ni absorbida por el poder público, pues que tiene idéntico y común principio con la vida misma de los hombres. Los hijos son algo del padre y como una cierta ampliación de la persona paterna, y, si hemos de hablar con propiedad, no entran a formar parte de la sociedad civil sino a través de la comunidad doméstica en la que han nacido. Y por esta misma razón, porque los hijos son «naturalmente algo del padre…, antes de que tengan el uso del libre albedrío se hallan bajo la protección de dos padres». De ahí que cuando los socialistas, pretiriendo en absoluto la providencia de los padres, hacen intervenir a los poderes públicos, obran contra la justicia natural y destruyen la organización familiar.» (Encíclica Rerum novarum).
Nota: No es por demás advertir que aun en el sistema comunista existiría siempre la propiedad particular, pues, dado el caso de que una aldea, una ciudad o una nación fuese la comunidad o colectividad, ésta debiera considerarse como propietaria y excluir a las demás aldeas, ciudades o naciones de la propiedad y explotación del territorio. En caso contrario se viviría siempre en guerra ofensiva y defensiva.
8. Pero Dios hizo la tierra para todos: ¿con qué derecho, pues, se han apropiado ciertos hombres lo que no se dio exclusivamente a ellos?
Hay un sofisma en este argumento; pues si es cierto que Dios hizo la tierra para todos, en el sentido de la filosofía cristiana, es falso en el sentido de los comunistas.
En efecto: Dios hizo la tierra para todos, a fin de que todos los hombres vivan de sus productos, pero en cierto orden que exige el bienestar y la felicidad, tanto de los particulares como de la comunidad.
Y precisamente, para que todos vivan de la tierra, es necesario que sea repartida y trabajada, no por la comunidad sino por los particulares, según queda demostrado.
«El que Dios haya dado la tierra para usufructuarla y disfrutarla a la totalidad del género humano no puede oponerse en modo alguno a la propiedad privada. Pues se dice que Dios dio la tierra en común al género humano no porque quisiera que su posesión fuera indivisa para todos, sino porque no asignó a nadie la parte que habría de poseer, dejando la delimitación de las posesiones privadas a la industria de los individuos y a las instituciones de los pueblos. Por lo demás, a pesar de que se halle repartida entre los particulares, no deja por ello de servir a la común utilidad de todos, ya que no hay mortal alguno que no se alimente con lo que los campos producen. Los que carecen de propiedad, lo suplen con el trabajo; de modo que cabe afirmar con verdad que el medio universal de procurarse la comida y el vestido está en el trabajo, el cual, rendido en el fundo propio o en un oficio mecánico, recibe, finalmente, como merced no otra cosa que los múltiples frutos de la tierra o algo que se cambia por ellos.» (Encíclica Rerum novarum).
9. ¿Cómo se prueba que el derecho de propiedad se funda en la palabra terminante del Creador?
El Señor dispuso expresamente que la tierra de Canaán fuese repartida entre las familias de las doce tribus, de manera que fuese su propiedad, y esta disposición prueba que el derecho de propiedad particular, lejos de oponerse a la justicia natural, le es conforme.
Luego en la ley de Moisés prohibió atacar aquel derecho en los términos siguientes: «No tomarás ni traspasarás los términos de tu prójimo que fijaron los antiguos en tu posesión que te dará el Señor en la tierra que recibieres para poseerla.» (Deut. 19, 14.) «No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su casa, ni campo, ni siervo, ni sierva, ni buey, ni asno, ni cosa alguna de las que son suyas.» (Deut. 5, 21.)
10. Según los principios enunciados, uno solo o unos pocos podrían proclamarse dueños de todo un territorio y los que llegarían más tarde ya no hallarían terrenos para sacar de ellos su subsistencia…
A esto hay que advertir que no basta proclamarse dueño de una extensión arbitraria de terrenos para ser propietario de ella; se requieren para este efecto dos cosas: poderlos ocupar realmente y ejercer actos de verdadero dominio. (El aire, el sol, el océano, etc., no pueden ser propiedad exclusiva de nadie, porque es imposible ocuparlos.)
Además, en el caso dado, por el curso natural de las cosas y por la necesidad que unos tienen de otros, se haría paulatinamente una serie de transacciones entre los miembros de la sociedad que tendrían por resultado dividir y repartir equitativamente la propiedad. La autoridad pública también no tardaría en intervenir para evitar los abusos en el ejercicio del derecho de propiedad.
11. ¿Puede acaso la autoridad pública intervenir en el ejercicio del derecho de propiedad, y a qué título?
La autoridad, si bien no da ni quita el derecho de propiedad que es anterior a ella, puede, sin embargo, intervenir en el uso y ejercicio de este derecho; para esto tiene dos títulos:
Primeramente, por ser deber suyo proteger a cada uno en los derechos que posee.
En segundo lugar, porque la comunidad o el Estado también es una persona moral con el derecho de tener bienes propios con que atender a la administración pública.
12. ¿Qué derecho tiene el Estado como persona moral?
Puede el Estado declarar ser propiedad de la nación los terrenos aún no ocupados, con el fin de proveer con sus productos a los gastos públicos o para reglamentar su repartición entre los ciudadanos.
13. ¿Puede el gobierno expropiar en ciertos casos a los particulares?
El gobierno no puede expropiar a los particulares en el sentido de que los despoje de un derecho legítimo, pues los derechos de los individuos y de la familia son anteriores a la sociedad civil. «El hombre es anterior a ella, y consiguientemente debió tener por naturaleza, antes de que se constituyera comunidad política alguna, el derecho de velar por su vida y por su cuerpo.» (Encíclica Rerum novarum).
Pero cuando lo pide el bien común, el gobierno puede obligar a los particulares a que acepten el cambio de una propiedad por otra equivalente, lo que es una expropiación impropiamente dicha.
14. ¿Puede el gobierno intervenir en el uso o ejercicio del derecho de propiedad en virtud de su deber de defender los derechos de cada uno?
Puede y debe el gobierno impedir los abusos del derecho de propiedad para evitar los daños que sufriría una parte de los ciudadanos por la violación de sus derechos naturales. Deben por tanto los gobiernos:
1º Prohibir la usura propiamente dicha.
2º Oponerse a los monopolios injustos.
3º Proteger a las clases inferiores contra la preponderancia de las ricas.
«El Gobierno debe proteger a la comunidad y sus partes…. Los derechos, sean de quien fueren, habrán de respetarse inviolablemente; y para que cada uno disfrute del suyo deberá proveer el poder civil, impidiendo o castigando las injurias. Sólo que en la protección de los derechos individuales se habrá de mirar principalmente por los débiles y los pobres. La gente rica, protegida por sus propios recursos, necesita menos de la tutela pública; la clase humilde, por el contrario, carente de todo recurso, se confía principalmente al patrocinio del Estado. Este deberá, por consiguiente, rodear de singulares cuidados y providencia a los asalariados, que se cuentan entre la muchedumbre desvalida.» (Encíclica Rerum novarum).
15. ¿De qué manera ha limitado Dios el derecho de propiedad?
Dios ha limitado el derecho de propiedad de dos maneras:
Primeramente y ante todo es un deber sagrado contribuir al culto divino con los bienes de la tierra, como lo pide la adoración que debemos ofrecer a la Majestad divina; respecto de los indigentes, el rico debe considerarse como ministro de la Providencia divina y considerar sus bienes no como propios, sino como comunes. Tal es la enseñanza del papa León XIII.
«
Y si se pregunta cuál es necesario que sea el uso de los bienes, la Iglesia responderá sin vacilación alguna: «En cuanto a esto, el hombre no debe considerar las cosas externas como propias, sino como comunes; es decir, de modo que las comparta fácilmente con otros en sus necesidades. De donde el Apóstol dice: «Manda a los ricos de este siglo… que den, que compartan con facilidad»». A nadie se manda socorrer a los demás con lo necesario para sus usos personales o de los suyos; ni siquiera a dar a otro lo que él mismo necesita para conservar lo que convenga a la persona, a su decoro: «Nadie debe vivir de una manera inconveniente». Pero cuando se ha atendido suficientemente a la necesidad y al decoro, es un deber socorrer a los indigentes con lo que sobra. «Lo que sobra, dadlo de limosna». No son éstos, sin embargo, deberes de justicia, salvo en los casos de necesidad extrema, sino de caridad cristiana, la cual, ciertamente, no hay derecho de exigirla por la ley. Pero antes que la ley y el juicio de los hombres están la ley y el juicio de Cristo Dios, que de modos diversos y suavemente aconseja la práctica de dar: «Es mejor dar que recibir», y que juzgará la caridad hecha o negada a los pobres como hecha o negada a Él en persona: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis». Todo lo cual se resume en que todo el que ha recibido abundancia de bienes, sean éstos del cuerpo y externos, sean del espíritu, los ha recibido para perfeccionamiento propio, y, al mismo tiempo, para que, como ministro de la Providencia divina, los emplee en beneficio de los demás.» (Encíclica Rerum novarum).
Es, además, una máxima enseñada por todos los teólogos católicos que «en caso de necesidad extrema todos los bienes son comunes».
Para ilustrar y comprobar lo que acabamos de establecer respecto de la limitación puesta por el mismo Dios al derecho de propiedad, citaremos algunas disposiciones de la ley mosaica.
1º A fin de que los israelitas se acordasen constantemente de la sujeción que debían al Autor y Señor de todos sus bienes, Dios se reservó las primicias y el diezmo de todos los bienes y estableció los sacrificios que consistían en ofrendas de animales y de productos de la tierra.
«Ofrecerás las primicias de los frutos de la tierra en la casa del Señor tu Dios.» (Éxodo 34, 26).
«Todos los primeros nacidos que fueren del sexo masculino serán míos; de todos los animales, tanto de vacas como de ovejas, el primerizo será mío.» (Éxodo 34, 19).
«Todos los diezmos de la tierra, ya sean de granos ya de frutos de árboles, del Señor son y a Él están consagrados.»
«De todos los bueyes, ovejas y cabras que cuenta el pastor con el cayado, la décima cabeza que salga será para el Señor.» (Lev. 27, 32).
2º Para el ejercicio de la caridad mutua, Moisés mandó, por orden de Dios, que se observasen las disposiciones siguientes: Cada año séptimo debía descansar la tierra y los productos que daba espontáneamente eran para los pobres.
«Seis años sembrarás tu tierra y cogerás sus frutos; mas el año séptimo la dejarás holgar, para que tengan de comer los pobres de tu pueblo; lo mismo harás con tu viña y olivar.» (Éxodo 23, 10. 11).
Al israelita era prohibido recoger los restos de las cosechas y vendimias, las que debían quedar en beneficio de los infelices.
«Cuando segares las mieses en tu campo y por descuido dejares una gavilla, no vuelvas atrás a recogerla, sino que la dejarás para que se la lleve el forastero, el huérfano y la viuda, para que el Señor tu Dios te bendiga en todas las obras de tus manos.»
«Cuando recojas las aceitunas, no vuelvas a recoger las que quedaron en los árboles, sino que las dejarás para el forastero, el huérfano y la viuda.»
«Cuando vendimiares tu viña, no has de rebuscar los racimos que quedan, sino que cederán en utilidad del forastero, del huérfano y de la viuda.» (Deut. 24, 19, etc.).
La usura era prohibida entre los israelitas:
«Si tu hermano empobreciere, y no pudiendo valerse lo recibieres como forastero y peregrino, y viviere contigo, no cobres usuras de él, ni más de lo que prestaste. Teme a tu Dios, a fin de que tu hermano pueda vivir en tu casa.»
«No le darás tu dinero a usura y de los comestibles no le exigirás aumento sobre aquello que le has dado.» (Lev. 25, 35. 37.)
El israelita que prestaba dinero y pedía una prenda, no podía entrar en la casa del pobre para escogerla y debía restituirla antes de ponerse el sol:
«Cuando vayas a cobrar de tu prójimo alguna deuda, no entres en su casa para tomarle prenda, sino que te quedarás afuera, y él te sacará lo que tuviere.»
«Mas, si es pobre, no pernoctará la prenda en tu casa, sino que se la restituirás antes que se ponga el sol, para que durmiendo en su ropa te bendiga.»
«No negarás el jornal a tu hermano menesteroso y pobre, sino que le pagarás en el mismo día, antes de ponerse el sol, el salario de su trabajo, porque es un pobre y con esto sustenta su vida; no sea que clame contra ti al Señor.» (Deut. 25, 10).
Finalmente, el Señor estableció dos jubileos o indultos generales en beneficio de los indigentes; un jubileo cada siete años en el cual quedaban los productos de la tierra para los pobres, y el jubileo grande del año quincuagésimo en el cual se perdonaba todas las deudas entre los israelitas y volvían a su libertad los que habían caído en esclavitud.
«Contarás siete semanas de años, es decir siete veces siete años que juntos hacen cuarenta y nueve años; y al mes séptimo, el día diez del mes harás sonar la bocina por toda vuestra tierra, y santificarás el año quincuagésimo y anunciarás remisión para todos los moradores de tu tierra; pues es el año del jubileo.
Cada uno recobrará su posesión y cada cual se restituirá a su antigua familia. El año del jubileo todos han de recobrar sus posesiones.» (Lev. 25, 8, etc.).
Si consideramos estas leyes divinas que moderaron y limitaron en el pueblo de Dios el derecho de propiedad individual; si tenemos presente los preceptos evangélicos sobre la adquisición y el empleo de las riquezas y las amenazas de Jesucristo contra los ricos; finalmente, si recordamos la unánime enseñanza de los doctores de la Iglesia de que, en caso de necesidad extrema, todos los bienes son comunes, entonces nos convenceremos fácilmente de que la propiedad, en sentido cristiano, lejos de ser un robo hecho a la comunidad, favorece y promueve el bienestar común.
16. Si el comunismo es contrario al derecho natural, ¿cómo es que los primeros cristianos lo han practicado y por qué lo practican todavía las comunidades religiosas?
Los miembros de las comunidades religiosas, asistidos por una gracia y vocación especial, renuncian a la sociedad doméstica y a la vida de familia, y así no tienen necesidad de poseer bienes propios.
En cuanto a los primeros cristianos, nos consta, por las palabras de San Pedro a Ananías, que no todos los cristianos se despojaban de sus bienes y que los que vendían sus bienes para ofrecer el precio a la comunidad cristiana, lo hacían libremente: «Nonne manens tibi manebat?», dijo el Apóstol: «¿no eras acaso libre de quedarte con tu bien?» San Pedro reconoció en estas palabras el derecho de propiedad privada, mientras los comunistas lo niegan.
Nota: Un hecho que se observa constante y universalmente, prueba que el comunismo es contrario a la naturaleza: Todo padre de familia prudente y previsivo, al disponer de su hacienda, determina con la mayor claridad posible los bienes que han de tocar a cada uno de sus hijos, sobre todo si éstos son casados, y no dispone que posean en comunidad los bienes que deja.
Cuéntase, sin embargo, que un padre al morir dejó a sus tres hijos un asno para que fuese propiedad común de los tres, de modo que sirviese un día a cada uno por turno. Pues bien; el hijo mayor hizo trabajar al burro sin darle de comer, pensando que su hermano cuidaría de esto; el segundo hijo pensó que el animal había comido el día anterior y que comería al día siguiente, y con esto se creyó dispensado de gastar en el burro; lo hizo trabajar sin darle nada; al día tercero pasó lo mismo, pues el menor de los tres hermanos juzgó que el asno podría pasar siquiera un día sin alimento. El resultado fue adverso a la misma comunidad, pues a la tarde del tercer día expiró el pobre burro y todos perdieron; pero esta muerte siquiera sirvió para refutar la teoría del comunismo.
II.
DEL SOCIALISMO
1. ¿Qué cosa es socialismo?
El socialismo es una especie de comunismo, pero, mientras este último reclama directamente la posesión común y colectiva de las tierras, el socialismo se ha fijado de preferencia en las industrias, las manufacturas y las explotaciones lucrativas; quiere que estén en manos del pueblo para resolver lo que hoy se llama problema social.
2. ¿Qué se entiende por problema social?
El problema social está en hallar un remedio eficaz contra el empobrecimiento de las masas populares y contra la miseria de las mismas, frutos de las teorías liberales sobre libertad de comercio, libertad de industria y libertad de especulación.
3. ¿En qué sentido han producido aquellas ilimitadas libertades el empobrecimiento y la miseria de las masas populares?
De dos modos:
Aprovechándose los capitalistas de su dinero y de su posición social para hacer poco menos que imposible las industrias domésticas y el comercio pequeño, y luego, apartándose del espíritu del Evangelio, han explotado a los obreros en su provecho exclusivo.
Al propio tiempo, el liberalismo, siempre con el mismo fin de dominar y enriquecerse, ha suprimido los antiguos gremios de artesanos que servían para defender a éstos de toda concurrencia injusta y opresiva.
«Vemos claramente, cosa en que todos convienen, que es urgente proveer de la manera oportuna al bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa, ya que, disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones públicas y las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores. Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo una apariencia distinta. Añádase a esto que no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios.» (Encíclica Rerum novarum).
Nota: Las innumerables maquinarias movidas por agua, vapor y electricidad han cambiado por completo el modo de elaborar los artículos de comercio. Anteriormente, estos artículos se fabricaban en escala menor por artesanos que vivían en sus familias, o por manufacturas relativamente pequeñas y que exigían poco capital, de modo que el trabajo, y por consiguiente la ganancia, estaban repartidos entre muchos. Hoy día, después de la invención de poderosas y costosas maquinarias que elaboran los artículos más pronto que la mano del artesano, sólo los capitalistas ricos pueden adquirir esas máquinas y hacerlas trabajar en su provecho. Las industrias pequeñas han decaído o cesado por completo y los artesanos y menestrales, que antes eran dueños de su trabajo y ganancia, han debido pasar a ser obreros y servidores de las máquinas manufactureras.
Cosa análoga ha sucedido en el comercio con la invención de las máquinas de transporte y sobre todo con el establecimiento de las operaciones de la especulación de las bolsas de comercio. Los especuladores de la bolsa se ocupan en vender o comprar ventajosamente los títulos de acciones de compañías de explotación de minas, ferrocarriles, canales, etc., así como también en negociar grandes cantidades de artículos de exportación o importación, como son cereales, etc.; a este fin procuran influir en la alza o baja del valor de aquellos títulos o del precio de los productos de agricultura, valiéndose de su prensa, o por medio del telégrafo, causando variaciones en aquellos valores y precios que les permiten hacer ganancias ingentes sin trabajo alguno.
El agricultor, sobre todo, tiene que sujetarse a aquellos potentados de la bolsa, vendiendo sus productos al precio fijado por aquéllos, aunque sea con pérdida. Así, por ejemplo, la bolsa anuncia que se ha comprado una gran cantidad de trigo en tal parte del mundo y a tal precio, o avisa, meramente, que las cosechas han sido abundantísimas en tal parte, y con sólo esto decae el precio del trigo con pérdida del agricultor pequeño, que se ve así en la necesidad de vender perdiendo. Poco después se desmienten aquellas noticias con otras contrarias, con lo cual el precio vuelve a subir y los capitalistas que, entre tanto, han comprado todos los cereales a bajo precio, los revenden con enormes ganancias.
Consecuencia de estas fraudulentas manipulaciones es para la agricultura que los precios de sus productos no estén en relación natural con el trabajo y los gastos hechos, siendo fijados arbitrariamente por los grandes especuladores de la bolsa, sin que el agricultor tenga la más pequeña libertad para vender sus productos con una ganancia equitativa.
Por todo esto se ve que en nuestros tiempos la riqueza va concentrándose más y más en manos de unos pocos, quedando la inmensa multitud reducida a la indigencia y a una condición vecina a la miseria. Con la riqueza quedan el lujo y los goces de esta vida para aquella clase privilegiada, y el sufrimiento para el pueblo.
Al contemplar el brillo exterior de la sociedad moderna, los edificios suntuosos de bolsas, teatros, hoteles y estaciones ferrocarrileras, el movimiento de ferrocarriles y vapores, el lujo que se ostenta en teatros y hoteles, se podría creer que la sociedad hoy día está nadando en opulencia; pero, cuando de aquel brillo exterior se dirige la atención sobre la espantosa miseria que reina en ciudades como Londres, París, Berlín y en todos los grandes centros industriales; cuando se considera que para alimentar aquellas incansables máquinas, millares de millares de infelices trabajan bajo tierra sacando carbón o minerales y exponiéndose a perecer por centenares, víctimas de las tan frecuentes explosiones o derrumbes; cuando se piensa que otros miles de miles de obreros están condenados a trabajar día y noche en la fétida o peligrosa atmósfera de las cárceles manufactureras, y que todos estos obreros no tienen más garantía de existencia que el jornal, mientras hay trabajo y no se les despide; entonces se comprende cuan ficticio e ilusorio es todo este progreso moderno sin Dios ni Religión. Pues el liberalismo especulador, a más de haber empobrecido al pueblo, le ha arrebatado aún los bienes y los consuelos de la fe. Así se explica el deseo general de cambiar este estado de cosas, proporcionando a la humanidad un modo de existir más digno y más feliz… este es el problema social.
El liberalismo, que ha causado aquel desequilibrio social, no se ocupa siquiera en proponer una solución o un remedio; las masas obreras lo buscan en el socialismo.
4. ¿Qué medio propone el socialismo para mejorar la suerte de los pueblos?
Los socialistas se proponen:
1º Derrocar los gobiernos actuales y adueñarse del poder, sea por medios violentos, sea paulatinamente, haciendo elegir a los suyos para las representaciones nacionales.
2º Una vez en el poder, quitarán a los patrones actuales las industrias y manufacturas, las que serán dirigidas y explotadas por el mismo pueblo.
3º Todas las empresas lucrativas se harán por el pueblo asociado; a todos y a cada uno se le señalará trabajo, se le alimentará y se le asistirá por la sociedad.
En una palabra, el Estado socialista será proveedor y padre nutricio de todos, y así no habrá pobres ni descontentos.
4º El socialismo, como hijo legítimo del liberalismo, excluye la Religión como elemento social, alegando que la Religión aterroriza a los pecadores con la amenaza del infierno y da a los infelices un consuelo ilusorio, prometiéndoles una bienaventuranza eterna que no existe; y por otra parte, la Religión prohíbe muchas satisfacciones sensuales que el socialista apetece.
5. ¿Qué medio emplean los obreros socialistas en el estado actual para mejorar su condición?
El medio de las huelgas o suspensión del trabajo para obligar a los patrones a subir los jornales o reducir las horas de trabajo.
6. ¿Se puede confiar en las promesas del socialismo?
El socialismo debe ser considerado como una teoría absurda y contraria a la naturaleza del hombre, pues él suprime la libertad individual y la libertad de la familia; todas las libertades las ha de absorber el Estado socialista. A más de esto, la teoría socialista adolece de muchísimos defectos: el Estado ni podrá satisfacer a todos, ni remediar el egoísmo de las pasiones humanas; cada uno querrá trabajar lo menos posible y gozar lo más que pueda. Finalmente, sin los consuelos de la religión, el hombre nunca puede ser feliz en esta tierra que, por el pecado, es y será hasta el fin valle de lágrimas, cuyas penas sólo Dios puede endulzar.
«Pero, además de la injusticia, se deja ver con demasiada claridad cuál sería la perturbación y el trastorno de todos los órdenes, cuán dura y odiosa la opresión de los ciudadanos que habría de seguirse. Se abriría de par en par la puerta a las mutuas envidias, a la maledicencia y a las discordias; quitado el estímulo al ingenio y a la habilidad de los individuos, necesariamente vendrían a secarse las mismas fuentes de las riquezas, y esa igualdad con que sueñan no sería ciertamente otra cosa que una general situación, por igual miserable y abyecta, de todos los hombres sin excepción alguna. De todo lo cual se sigue claramente que debe rechazarse de plano esa fantasía del socialismo de reducir a común la propiedad privada, pues que daña a esos mismos a quienes se pretende socorrer, repugna a los derechos naturales de los individuos y perturba las funciones del Estado y la tranquilidad común.
(…)
Así, pues, sufrir y padecer es cosa humana, y para los hombres que lo experimenten todo y lo intenten todo, no habrá fuerza ni ingenio capaz de desterrar por completo estas incomodidades de la sociedad humana. Si algunos alardean de que pueden lograrlo, si prometen a las clases humildes una vida exenta de dolor y de calamidades, llena de constantes placeres, ésos engañan indudablemente al pueblo y cometen un fraude que tarde o temprano acabará produciendo males mayores que los presentes.» (Encíclica Rerum novarum).
7. ¿Qué medio propone la filosofía cristiana para resolver el problema social?
Observación: Discusión muy agitada ha habido entre los católicos sobre la parte que toca al Estado en la solución del problema social. Algunos, temiendo que el Estado con su intervención se haría socialista, apoderándose poco a poco de todos los negocios y que absorbería los derechos de la familia, han querido reservar la acción contra el socialismo a la iniciativa de los particulares.
Otros, desconfiando de la eficacia de los esfuerzos privados, cuando no son apoyados por los gobiernos, tal vez concedían a éstos una injerencia excesiva en el asunto.
En las palabras siguientes, el Papa León XIII justifica la acción gubernativa en la solución del problema social, pero, al propio tiempo, señala sus límites naturales:
«No es justo, según hemos dicho, que ni el individuo ni la familia sean absorbidos por el Estado; lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible, sin daño del bien común y sin injuria de nadie. No obstante, los que gobiernan deberán atender a la defensa de la comunidad y de sus miembros. De la comunidad, porque la naturaleza confió su conservación a la suma potestad, hasta el punto que la custodia de la salud pública no es sólo la suprema ley, sino la razón total del poder; de los miembros, porque la administración del Estado debe tender por naturaleza no a la utilidad de aquellos a quienes se ha confiado, sino de los que se le confían, como unánimemente afirman la filosofía y la fe cristiana. Y, puesto que el poder proviene de Dios y es una cierta participación del poder infinito, deberá aplicarse a la manera de la potestad divina, que vela con solicitud paternal no menos de los individuos que de la totalidad de las cosas. Si, por tanto, se ha producido o amenaza algún daño al bien común o a los intereses de cada una de las clases que no pueda subsanarse de otro modo, necesariamente deberá afrontarlo el poder público.
Ahora bien: interesa tanto a la salud pública cuanto a la privada que las cosas estén en paz y en orden; e igualmente que la totalidad del orden doméstico se rija conforme a los mandatos de Dios y a los preceptos de la naturaleza; que se respete y practique la religión; que florezca la integridad de las costumbres privadas y públicas; que se mantenga inviolada la justicia y que no atenten impunemente unos contra otros; que los ciudadanos crezcan robustos y aptos, si fuera preciso, para ayudar y defender a la patria. Por consiguiente, si alguna vez ocurre que algo amenaza entre el pueblo por tumultos de obreros o por huelgas; que se relajan entre los proletarios los lazos naturales de la familia; que se quebranta entre ellos la religión por no contar con la suficiente holgura para los deberes religiosos; si se plantea en los talleres el peligro para la pureza de las costumbres por la promiscuidad o por otros incentivos de pecado; si la clase patronal oprime a los obreros con cargas injustas o los veja imponiéndoles condiciones ofensivas para la persona y dignidad humanas; si daña la salud con trabajo excesivo, impropio del sexo o de la edad, en todos estos casos deberá intervenir de lleno, dentro de ciertos límites, el vigor y la autoridad de las leyes. Límites determinados por la misma causa que reclama el auxilio de la ley, o sea, que las leyes no deberán abarcar ni ir más allá de lo que requieren el remedio de los males o la evitación del peligro.» (Encíclica Rerum novarum)
Contestamos ahora aquella pregunta:
Dada la situación actual de las masas populares, los filósofos cristianos proponen como remedio general volver a la fe y a las prácticas cristianas. La religión hará que los ricos moderen su codicia y se abstengan de las especulaciones ruinosas para el pueblo; que se compadezcan del pobre y lo asistan en vez de malgastar sus riquezas en escandaloso lujo.
«Así, pues, quedan avisados los ricos de que las riquezas no aportan consigo la exención del dolor, ni aprovechan nada para la felicidad eterna, sino que más bien la obstaculizan; de que deben imponer temor a los ricos las tremendas amenazas de Jesucristo y de que pronto o tarde se habrá de dar cuenta severísima al divino juez del uso de las riquezas.» (Encíclica Rerum novarum).
En cuanto a los remedios directos de la situación de los obreros se proponen los siguientes:
1º Proteger a las industrias pequeñas y al comercio por medio de leyes protectoras contra el poder de los capitalistas.
2º Restablecer los gremios de los artesanos y darles carácter de cuerpos orgánicos de la sociedad con la autonomía conveniente.
3º Reglamentar y limitar las horas de trabajo y prohibir que se haga trabajar a niños tiernos o mujeres casadas, especialmente de noche.
4º Formar cajas de ahorro, de préstamos con poco interés en favor de los obreros y de las existencias amenazadas.
5º Formar entre los mismos obreros sociedades industriales.
6º Proceder contra el juego pernicioso de las bolsas mercantiles.
Estos y otros remedios, más o menos discutibles y opinables, se proponen para resolver el problema social. Mas, en vista de la creciente impiedad que invade los pueblos y sus gobiernos, muchos piensan que sin una intervención extraordinaria de Dios y una reacción poderosa producida por el Cristianismo, la catástrofe social es inevitable, es decir que las masas populares trastornarán la sociedad actual y acabarán con la sociedad moderna.
Esto se propone abiertamente el anarquismo.
III.
DEL ANARQUISMO
1. ¿Qué pretenden los llamados anarquistas?
El anarquismo pretende trastornar toda organización social, acabando con todos los gobiernos y las leyes existentes, para que cada uno viva como quiera.
2. ¿Qué relación y conexión hay entre el anarquismo y el liberalismo?
El anarquismo es la última consecuencia del pensamiento libre y de la moral independiente, es la soberanía popular en su resultado último; pero tanto, esta soberanía popular, como la libertad del pensamiento, son teorías liberales.
3. ¿De qué medio se valen los anarquistas para conseguir su fin?
De los medios destructivos más violentos; de los incendios, explosiones de dinamita y asesinato de los magistrados.
4. ¿Pueden los fautores del liberalismo proceder contra los anarquistas sin contradecir a sus propios principios?
El liberalismo se contradice a sí mismo, cuando pide que se castigue a los anarquistas, pues como enseña que cada uno es libre de formarse una moral a su modo, concede el derecho de cometer todos los crímenes y se priva del derecho de castigarlos.
Nota: El problema social, tal como existe en Europa y en los países manufactureros, apenas es conocido en las naciones de la América latina, por ser pueblos casi exclusivamente agrícolas, y, si hay industrias, éstas son por fortuna todavía domésticas en su mayor parte.
En cambio existe en medio de estas naciones otro problema social no menos difícil de resolver. ¿Cómo poner fin a las interminables revueltas? ¿Cómo reprimir la empleomanía, causa incesante de aquellas revueltas?
El remedio está en tres palabras: Renunciar al liberalismo.
«Todo lo hemos perdido, sólo para ganar la libertad», dijo Bolívar viendo abrirse la serie de revoluciones liberales.
Todo se recobrará, renunciando a la falsa libertad y reconociendo el deber de sujetarse a Dios y a sus ministros en el orden eclesiástico y en el civil.
