Desde la inhóspita trinchera: “LAS CONFESIONES”

Desde la inhóspita trinchera

Agustín de Hipona«LAS CONFESIONES»

Más aún, hoy en día… de esto se trataba…

Cuando Agustín escribía sus CONFESIONES, se hallaba ya rodeado por todas partes de vítores y aplausos. La gloria y admiración le acompañaban por doquier.

A pesar de su vida pasada, había sido elevado al sacerdocio y rápidamente al episcopado. Sus escritos, que se sucedían sin cesar, eran acogidos como oráculos casi divinos, siendo arrebatados de su escritorio aun antes de ser terminados.

Capitán de los ejércitos del Señor, allí donde él se presentaba allí eran derrotados los enemigos del nombre de Cristo, hundiéndolos, unos en pos de otros, en el abismo de la confusión y la ignominia.

Era el gran héroe de la causa divina, el gran doctor y maestro, no sólo del África, sino de la Iglesia universal.

Agustín sentíase amado, y más que amado idolatrado en todas partes; veíase aplaudido, alabado, ensalzado hasta las nubes. En lo humano, podía creerse feliz y satisfecho.

No obstante, Agustín tiembla y se espanta y busca en el refugio del santuario, al pie del altar, el escudo que lo proteja, la medicina que le sane de las heridas cotidianas que recibe y la fortaleza que le sostenga contra el terrible enemigo de la vanidad. Porque, aunque santo, tiene el corazón de carne y no le es ajena ninguna de las flaquezas humanas.

Y las alabanzas y los aplausos y la gloria y vanidad mundanas se le pegan y se le entran sin sentir hasta el fondo del alma, y antes que se dé cuenta le sorprenden y cautivan con su deleite.

Si alguien ha sentido en toda su fuerza esta tentación de la vanagloria y de la complacencia propia y del alago del aura popular, este fue Agustín.

Pero Agustín ha recibido en su alma la plenitud de la iluminación divina y sabe que sólo Dios es bueno y laudable y digno de todo honor y gloria, y sabe también que el hombre no tiene de sí sino pecado, y miseria, y tinieblas, y vanidad, imperfección e insuficiencia para el bien obrar, y que no sería absolutamente nada si aquél le dejara de su mano…

El solo pensamiento de que pueda vanagloriarse del más pequeño don o gracia divina le llena de espanto. Por eso gime y llora y se acongoja al ver que los hombres ponen la vista en lo poco bueno que a sus ojos hay en su alma, y se olvidan de su vida pasada y de sus pecados de juventud y sus descarríos y locuras, y exageran sus virtudes y aún alaban cosas que a él le desagradan.

Agustín combate al enemigo terrible de la vanagloria que se le entra por los sentidos sin sentirlo y aun a veces sin poder evitarlo; descubrir a la faz del mundo entero lo que había sido antes de su conversión y lo que era al tiempo de escribir las confesiones.

«Por mucho que me ensalcéis, viene a decirles, no os olvidéis que fui un joven perdido y dominado por las malas pasiones, que fui un orgulloso y un ambicioso y que fui, sobre todo, una peste y un perro rabioso que no cesó durante nueve años de ladrar contra la Iglesia de Dios y perseguir con mis sofisterías a sus pequeñuelos, sus hijos indoctos…»

¿A quiénes van dirigidas las Confesiones?

Ciertamente, no a sus amigos y compañeros de religión, conocedores de su vida pasada y su santidad presente. Tampoco a sus enemigos y calumniadores. San Agustín se dirige indudablemente a una multitud ingente de lectores presentes y futuros que, unos por curiosidad, otros por edificación y otros por malevolencia, habían de caer sobre sus páginas.

El santo ha dejado consignado en varios pasajes de la obra, el fin que lo movió a escribirla:

1) La glorificación de Dios y su misericordia,

2) la edificación de sus hermanos,

3) la propia humillación y provecho espiritual,

4) finalmente, la conversión de tantos descarriados antiguos compañeros suyos de error.

Tomado del libro «Obras de San Agustín» tomo II. Prólogo cap. III, VI

Alguna reflexión

¡Qué bien nos vendría hoy a los fieles, en estos tiempos de tremenda confusión (aprovechando los pocos medios que aún nos quedan), la difusión de alguna confesión pública y sincera de algún obispo como el de Hipona!

¡Cuánto bien les habrá hecho a todos aquellos cristianos, que recién salían de las persecuciones horrendas por las que fueron probados, las confesiones públicas de Agustín!, rechazando la herejía maniquea, entre otras cosas, y afianzando por lo mismo esa unidad que le dio peso y fundamento, a lo que dio en llamarse la Civilización Cristiana.

¡Dios nos ampare! Porque, si bien es cierto que la última persecución será peor que la primera, también es cierto que no se nos está prometida otra Civilización Cristiana; por lo que se deduce que no habrá más Agustines, ni más Bernardos, ni más Alfonsos, ni más Ricardos, ni más Franciscos… y sí… LA UNIVERSAL APOSTASÍA.

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