P. CERIANI: SERMÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA

Sermones-CerianiSEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE EPIFANÍA

El día de la Epifanía se manifestó Cristo al mundo en todo el esplendor de su grandeza.

Cuando pone por vez primera su pie en la tierra, lo hace callada, obscuramente. El día de la Epifanía hace su entrada solemne en su Estado, en su Reino.

Los pueblos de todas las regiones y de todas las épocas se ponen en camino para buscarle, para encontrarle, para rendirle su acatamiento, para presentarle sus ofrendas.

En el Bautismo de Cristo tiene lugar una segunda manifestación de la Divinidad, es decir, una segunda Epifanía. El cielo se abre sobre la cabeza de Jesús, en el Jordán, y la voz del Padre le proclama ante el mundo entero Hijo de Dios.

La liturgia del día de la Epifanía conmemora aún una tercera manifestación de la gloria del divino Rey del pesebre: es el primer milagro de Jesús, realizado en las bodas de Caná.

La liturgia del presente Domingo destaca la de su dignidad de Hijo de Dios, de Rey y Señor de todo; es la consecuencia del milagro realizado por Él en las bodas de Caná.

+++

La tercera manifestación o Epifanía del Señor tuvo lugar en las bodas de Caná, con el milagro de la conversión del agua en vino. Llenos de admiración, contemplemos el primer milagro de Jesús.

¡Verdaderamente, Él es el Señor! Los elementos y la naturaleza le obedecen y le adoran.

Es el primer milagro público de Jesús. Lo realiza para remediar la necesidad y para evitar la angustia de los recién casados, al encontrarse sin vino en su banquete de bodas. Lo realiza también, y principalmente, a ruegos de María, de su Santísima Madre.

Los discípulos que Jesús ha reunido en torno suyo contemplan hoy su gloria. Ven en el hombre la oculta Divinidad; en lo frágil de su naturaleza humana ven la fuerza de su naturaleza divina; en lo débil de su apariencia externa contemplan la omnipotencia de Dios.

Jesús ha convertido en vino el agua de las ánforas con todo sigilo, sin pronunciar palabra, sin hacer un gesto. Así manifestó su gloria. Los discípulos creen en Él y le siguen. El prodigio realizado en Caná les convenció instantáneamente.

+++

En aquel tiempo se celebraron unas bodas en Cana de Galilea. La Madre de Jesús estaba allí.

En las Nupcias de Cristo, del Hijo de Dios con la humanidad, toma María una parte principalísima.

Ella es la misma Esposa en persona, con la que se une el Señor: es la Nueva Eva del Nuevo Adán, Cristo.

La Santa Iglesia contempla extasiada a María y no se cansa de admirar su retrato, pintado por el salmista: De pie, a la derecha del Rey, aparece la Reina, vestida con túnica de oro, cubierta con manto policromo.

La Nueva Eva vive íntimamente unida al Nuevo Adán, y es su más fiel colaboradora en la obra de nuestra redención.

La primera Eva, junto con el primer Adán, causó nuestra perdición. La Segunda Eva, virginal Esposa y fiel compañera del Segundo Adán, nos causa la salvación, por medio de su íntima unión con la voluntad, con las obras, con las oraciones y dolores de Jesucristo, su divino Esposo.

Como fiel compañera, como Mujer, se coloca al pie de la Cruz del Nuevo Adán, y comparte con Él sus dolores y sufrimientos, y se los ofrece valerosamente al Padre por toda la humanidad.

De este modo se asocia Ella al doloroso alumbramiento, a la regeneración de los hijos de Dios.

Mujer: he ahí a tu hijo…, todos nosotros… María es la Madre de los vivientes, de los redimidos en la Cruz.

Después de su Asunción a los Cielos ha sido constituida Reina del Cielo y de la tierra. Es la Señora, la Reina de todo, es la Esposa del Omnipotente, del que posee toda potestad en los Cielos y en la tierra.

Como Esposa y Reina tiene un poder sobre todos los tesoros de su Esposo; y Ella es quien los distribuye; es nuestra Mediadora ante el Rey-Esposo, ante el Señor de todas las cosas.

Posee un dominio absoluto sobre el Corazón de su Esposo, sobre el Corazón del Rey divino.

Alegrémonos de que el Señor la haya elegido para Esposa suya. Acatémosla. Pongámonos en sus manos con una filial e ilimitada confianza… Ella es la Esposa omnipotente, es nuestra Mediadora ante el Rey-Esposo, ante el Señor de todas las cosas.

+++

No tienen vino. María es la virginal Esposa, la fiel compañera del Nuevo Adán. Está siempre con ojo avizor, y cuida con gran solicitud de todo cuanto le rodea. Se da cuenta en seguida de la situación, y acude al punto a remediarla.

Se vuelve hacia Jesús: No tienen vino, le dice. Es la primera palabra de las que María pronunció en el banquete de las bodas de Caná. Es una súplica a Jesús, para que remedie la necesidad de los hombres. Es una petición humana, muy humana.

Sin embargo, nosotros ya comprendemos el significado de esta petición, salida de la boca de la Madre, de la Esposa. No es más que un símbolo de las súplicas que Ella, Esposa omnipotente, dirige ahora, en el Cielo, al Señor, a su divino Esposo, en favor nuestro.

No tienen vino. Al percatarse de la angustiosa situación en que se encuentran los esposos de Caná, María acude presurosa en su ayuda. También ahora, en el Cielo, presenta al Señor todas las necesidades, todas las inquietudes y dolores de la humanidad, para que Él los remedie. Y, por las súplicas de María, se nos vuelve a dar un vino nuevo y generoso.

+++

Haced todo lo que Él os diga. Segunda palabra de María en las bodas de Caná. Apenas ha presentado nuestra necesidad al Señor, María se vuelve hacia nosotros y nos da a conocer su divina voluntad.

Con el mismo celo, con la misma tierna solicitud con que se preocupa, primero, de nuestras necesidades, se preocupa, después, de revelarnos lo que el Señor exige de nosotros: Haced todo lo que Él os diga.

Los sirvientes obran como María les indica. Y oyen a Jesús, que dice: Llenad de agua esas tinajas.

El ruego de María ha sido atendido. La necesidad de los esposos queda remediada.

Bienaventurado el varón que escucha mi voz, dice María por apropiación del Libro de los Proverbios.

María espera que nosotros obremos lo que Jesús pide y desea de nosotros. Está totalmente identificada con Jesús. Su voluntad es misma de Jesús.

+++

En aquel tiempo se celebraron unas bodas en Caná de Galilea. Unas bodas verdaderamente singulares. Nada sabemos de los esposos. El marido es mencionado una vez; pero el Evangelista ni siquiera se toma la molestia de apuntar lo que él respondió. De la esposa no se nos dice ni una palabra…

Todo esto se comprende, porque las bodas de Caná, consideradas en sí mismas, no tienen importancia alguna. Toda su significación se deriva, como lo indica la Liturgia de la Epifanía, de que son un símbolo de otras bodas sublimes: de las inefables bodas de Cristo, del Rey divino, con la humanidad, con la Iglesia, con las almas cristianas.

Tal es, al menos, como digo, la idea desarrollada por la Sagrada Liturgia de Epifanía.

Cristo, el Rey divino, es el Esposo del alma cristiana. No se contenta con hacerse hermano nuestro, con ser nuestro Salvador, con ser la Vid que nos une a sí, como sarmientos suyos, para alimentarnos con su misma vida.

Quiere todavía mucho más. Quiere contraer con nosotros la más estrecha unión que existe entre los hombres: el matrimonio.

El Apóstol San Pablo llama a esta unión «sacramento magno». Sin embargo, a renglón seguido nos dice que todo lo que el matrimonio humano posee de grande y de santo deriva de que es una imagen, un símbolo de otro matrimonio más noble y elevado: el virginal matrimonio de Cristo, del Señor, con su Iglesia, con nuestra alma.

Aquí es donde cobran todo su valor y hondo significado aquellas palabras: Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán ambos, no una sola carne, sino un solo espíritu, un solo pensamiento, una sola voluntad, un solo corazón y una sola alma.

Tendrán unos mismos sentimientos y afecciones. Estarán identificados en una perfecta y cordial comprensión, en un amor sin límites, en una mutua posesión, en un goce sin sobresaltos.

Nada hay de individual en el esposo y en la esposa, todo es común entre ellos: poseen una misma hacienda, una misma casa, una misma mesa, un mismo lecho, un mismo corazón.

A este santo matrimonio con Cristo es al que quiere elevarnos el Apóstol. El Señor quiere elegir nuestra alma para esposa suya. ¡Quiere ser el Esposo de nuestra alma!

¿Hemos ponderado bien lo que esto significa?

+++

El matrimonio con Cristo confiere al alma una triple prerrogativa.

La primera consiste en las arras con que Él dota a su esposa.

Estas arras son: la gracia santificante, las virtudes sobrenaturales, los dones del Espíritu Santo y la plenitud de la vida sobrenatural.

La segunda distinción o prerrogativa que Cristo confiere a su esposa es la comunidad de todos sus bienes.

Todo lo mío es tuyo, dice el divino Esposo al alma. Le ofrece sus servicios, sus oraciones, su corazón, su humanidad y su divinidad. Le da a su Padre y a su Madre, le entrega su herencia del Cielo. Nada se reserva para sí solo. ¡Tan perfecto es el amor que Él tiene a su esposa!

Tercera prerrogativa: la hace participante de su dignidad, de su poder y de su alteza reales.

Su esposa, el alma, debe ser también reina, debe compartir con el Esposo su señorío, debe estar elevada por encima de la esclavitud de los bienes terrenos, por encima del respeto humano, por encima del mundo y de todas sus vanidades.

Debe estar elevada por encima de la concupiscencia de los ojos, de la concupiscencia de la carne y de la soberbia de la vida. Debe dominar, como una reina, sobre todas las pasiones humanas y sobre todas las humillantes sujeciones del espíritu mundano. Debe dominar sobre el pecado, sobre Satanás y sobre el infierno.

+++

¡Matrimonio Cristo! ¿Pudo realizar el Señor mayor prodigio en Iglesia, en nuestra alma, que el de desposarse con ella?

¡Qué hondamente agradecidos debiéramos estarle por haberse desposado, por medio de su Encarnación, con la humanidad; por habernos purificado a todos con su muerte de cruz; por haberse desposado también con nosotros, en el santo Bautismo!

Ahora va a llegar otra vez, en la sagrada Comunión, para profundizar todavía más su unión con nuestra alma, para comunicarnos de nuevo todos sus tesoros, para hacernos partícipes de su dignidad y de su poder.

Sí; nosotros somos verdaderamente ricos por nuestro matrimonio con Cristo.

¿Por qué continuamos, pues, siendo todavía tan débiles, tan asustadizos, tan pusilánimes, tan tibios?

¿Por qué estamos aún tan apegados a la tierra?

¿Por qué nos preocupamos solamente de nuestras miserias, de nuestras luchas, de nuestras penas, de nuestros sacrificios?

Pues, sencillamente, porque olvidamos, porque no vivimos nuestro reinado con Cristo, nuestro matrimonio con Él.

Este tiempo litúrgico de Epifanía debe resucitar en nosotros el recuerdo de nuestro enlace con el Señor.

Debe hacérnoslo revivir con nueva eficacia, con nueva intensidad.

El Señor quiere mostrársenos de nuevo como Esposo de la Iglesia, como Esposo de nuestra alma.