MONS. OLGIATI – LA PIEDAD CRISTIANA – 3: SAN IGNACIO Y EL MÉTODO ACTIVO

Monseñor FRANCISCO OLGIATI

LA PIEDAD CRISTIANA

SEGUNDA PARTE

LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD

VI

LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES

Continuación…

OLGIATI-PIEDAD3

SAN IGNACIO Y EL MÉTODO ACTIVO

Una de las acusaciones más frecuentes en el pasado contra San Ignacio era la de quienes lo denunciaban como el teorizador del perinde ac cadaver, como el negador de la actividad espiritual, y de las energías humanas. El libro de los Ejercicios hasta fue pintado como una tentativa para mecanizar la santidad; bastan, se decía, según San Ignacio, las cuatro semanas y el uso de las recetas establecidas, para que fatalmente nos hagamos buenos.

Nada más falso.

«Una de las características del sistema ignaciano —observa justamente Bondioli— es la de dejar al ejercitante una gran autonomía. El maestro o director de los Ejercicios no predica; ni dicta meditaciones. Expuestas al nuevo huésped las normas generales y el horario que ha de cumplir, lo deja con sus pensamientos en la pieza que se le ha designado. En momentos determinados le propone breve y claramente el tema que ha de meditar y le explica el modo que ha de seguir. Lo visita una o más veces al día para comprobar los progresos, para aconsejar, para darle valor en las dudas o para frenar las excesivas impetuosidades. Pero el que medita, contempla, se ejercita, es el ejercitante, insistiendo en la reflexión, en la oración, en los diversos medios que le son sugeridos para mejor conseguir aquella intensa conmoción que inevitablemente trae consigo el renacer del alma a la gracia y al amor de Cristo y el alcanzar nuevos grados de perfección».

Si hoy, prácticamente, por miles de razones no se sigue rígidamente el método trazado por San Ignacio, sin embargo nunca hay que olvidar que el alma de los Ejercicios Espirituales es y debe ser siempre la actividad del ejercitante, que es inculcada por el librito ignaciano, sea considerándolo con relación a la biografía del Santo autor, sea con relación al significado que asumió en la historia moderna, especialmente examinándolo en el método psicológico elegido e inculcado por el gran renovador de las conciencias.

1. — Gracias al creciente estudio histórico del Padre Arturo Codina sobre Los orígenes de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola y las investigaciones realizadas por los editores de los Monumento Ignatiana, nosotros sabemos con certeza que en la intensa vida espiritual de Manresa, tras una serie de terribles pruebas, de tentaciones, de indecibles desalientos, y de consolaciones inefables, de favores celestiales y de iluminaciones prodigiosas, San Ignacio concibió los puntos principales de los Ejercicios.

Nacidos entonces, quizás como apuntes y memorias de las fervorosas ascensiones hacia Dios, estas partes esenciales fueron seguidamente completadas por el Santo, corregidas y perfeccionadas hasta después de su definitivo traslado a Roma.

No me voy a detener refiriendo las conclusiones de las investigaciones críticas; prefiero, más bien, comprobar cómo el método ignaciano, si se lo examina en función de las vicisitudes y de la actividad del Santo, resultó muy eficaz, porque debía su origen a la vida y se desenvolvía en la vida. No se trató de un plan de lucha espiritual pensando una y otra vez, sino que fue la expresión de una vida vivida.

San Ignacio en el período más ferviente de sus ascensiones espirituales, fijó en el papel lo que él experimentaba en sí mismo; y luego, ocupado en dar Ejercicios Espirituales, iluminado por numerosas experiencias, coronaba con diversos desarrollos y adiciones su edificio.

San Ignacio fue siempre un maestro de energía y su libro fue siempre una escuela de voluntad. «No entusiasmos, sino convicciones; no impulsos, sino razonamientos; no arrebatos inspirados y líricos, sino conceptos profundos de los que brota una elocuencia singular que mueve a obrar sin demora»; no alma de soñador, sino espíritu de soldado.

Existe una multitud de almas, semejantes a fortalezas, en las que Satanás ha izado su bandera; Jesucristo, el verdadero Rey, debe conquistar estas conciencias, debe plantar en estos corazones su estandarte.

Todo el conjunto de meditaciones, oraciones, actos piadosos, exámenes de conciencia, distribuidos y organizados con método riguroso; las mismas fases del procedimiento, que desde el principio desembaraza el camino de las ruinas de la culpa, luego ilumina con el rayo de la verdad y finalmente enardece con los entusiasmos y las alegrías de la unión con Dios; en una palabra, la índole y la finalidad de los Ejercicios dan la impresión de un asalto conducido seriamente y de una victoria de Cristo, conseguida con la aplicación de un plan, que San Ignacio aplicó ante todo a sí mismo, luego a aquéllos que debían ser soldados ardientes y seguros de su ejército, y finalmente, a todos los hombres que seriamente querían proponerse el problema de la vida y de la salvación eterna.

Hay que tener presente esta índole de los Ejercicios; de otra manera, como lo observamos ya, pierden su carácter y nos limitaríamos a asistir pasivamente a un cierto número de sermones que son juzgados según la elocuencia del orador y que muchas veces son escuchados en la paz de un letargo somnífero.

Decir Ejercicios es decir actividad, esfuerzo, tensión de todas nuestras energías espirituales hacia un punto; viceversa, la verdadera realidad es que aquéllos presentan de ordinario no el espectáculo de la actividad, sino de la pasividad más tranquila, en estridente antítesis con el origen mismo de la providencial práctica.

2. — El carácter activo del método ignaciano brilla fúlgidamente ante los ojos de quien lo considera en su significado histórico.

«Gran figura religiosa —escribe Bondioli— aun que se la aísle de su tiempo, gigantesca si se la encuadra en el marco de su época, Loyola junto con Borromeo, con Calasanz, con Neri, Tiene, Miani, con Avelino y con Ghislieri, surge y domina la historia de ese siglo. Y a su alrededor figuras de primer orden: San Francisco de Borja, San Pedro Canisio, San Francisco Javier, los teólogos jesuitas del Concilio de Trento, el Cardenal Roberto Belarmino, los angélicos San Luis Gonzaga y San Estanislao de Kostka.

Y en la vasta órbita de la actividad ignaciana, Pablo III con sus cardenales Juan Pedro Carafa, Jacobo Sadoleto, Rodolfo Pío de Carpí, Reynaldo Polo, Federico Fregoso, Marcelo Cerrini, Bartolomé Guidiccioni, Marcelo Crescenzi, Juan Morone, Gregorio Córtese, Tomás Badía, Carlos de Lorena, Gaspar Contarini, etc., con los que verdaderamente se inicia, después de las debilidades de León X, la impericia de Adriano VI y las incertidumbres de Clemente VII, la Reforma católica; luego Julio III, las cortes de España, de Portugal, del Imperio, las menores de Florencia, de Ferrara, del virreino de Nápoles; las universidades de Coimbra, de Gandía, de Lovaina; los luteranos de Alemania, y los herejes de Inglaterra: un mundo de dignatarios, de eclesiásticos, de diplomáticos, de políticos que miran a Loyola como a un signo de su tiempo, como a un signo de contradicción, y se relacionan con él o se arrojan contra él, o se refieren a él para secundar su obra y para aprovechar su influencia o reaccionan combatiéndola».

¿Qué representa San Ignacio en este cuadro?

Aparece con su libro de Ejercicios en la mano y advierte: La época que me precedió, o sea, las corrientes paganizantes del Humanismo y del Renacimiento, habían negado a Dios como centro de la historia, del universo; y en el lugar de Dios habían puesto al hombre. Era necesario reaccionar en nombre de la civilización cristiana. Mi librito, mis Ejercicios se pueden sintetizar en el principio y en el fundamento: «El hombre fue creado para alabar, adorar y servir a Dios Nuestro Señor y así salvar su alma; y las otras cosas fueron creadas y puestas sobre la faz de la tierra para el hombre y para ayudarlo a conseguir el fin para el que fue creado. Por consiguiente el hombre debe usar esas cosas en cuanto lo ayudan para su fin, y evitar las que se lo obstaculizan».

Así, Dios será reconocido como el punto central; y el hombre se subordinará a Dios. Ésta es la verdadera Reforma Católica de mi siglo, cumplida por la Iglesia de Roma, sobre todo, mediante la Compañía instituida por mí.

Reformar las conciencias de modo que se las revolucione en su posición pagana; orientarlas hacia el polo opuesto al que miraban; cambiar la sociedad mediante la transformación de los individuos: este fue el significado histórico del método de los Ejercicios.

¿Se podría dar algo más activo, y que menos tenga señal de actividad? También hoy persiguen el mismo fin los Ejercicios Espirituales. Y a menudo, si no se consigue con ellos «convertir» un alma, o sea, llevarla de lo bajo a lo alto, de las miserias terrenales a las estrellas, de las creaturas y del fango a Dios, se debe a que no se sigue el verdadero método, que tanto apreciaba San Ignacio.

3. — Que este método sea esencialmente activo, hasta lo han admitido y proclamado algunos adversarios.

Un pedagogo alemán protestante, Karl Holl afirmaba que los Ejercicios de Loyola sirven magníficamente no para anular sino para realizar la personalidad.

Un filósofo como Renouvier admiraba en ellos «un conocimiento empírico verdaderamente maravilloso de los movimientos y de los impulsos del corazón, como también de la manera de gobernarlo».

El protestante Bohmer lo consideraba «un extraordinario trabajo de habilidad psicológica».

El positivista Fierre Lafitte reconocía que «los Ejercicios son un excelente trabajo de sabiduría política y moral, con el fin de organizar la vida moral del individuo de manera que pueda realizar con un trabajo personal, solitario y prolongado, el mejor equilibrio moral». Hasta el mismo Maurice Barres con una exageración evidente quería servirse de los Ejercicios para la autoexaltación progresiva del héroe moderno…

«Lo cierto —añade Bondioli— es que la bondad del sistema pedagógico ignaciano resulta por el recto y equilibrado juego de los elementos de la fantasía, de la razón y de la voluntad llamados a colaborar en la formación y en la perfección del homo novus. El ejercitante, aislado y puesto frente a sí mismo, se ve conducido a resolver el problema más grave de la existencia, a decidir el propio futuro con plena responsabilidad y conciencia, a establecer claramente sus relaciones con Dios, con la fe mal profesada o engañada y con la moral católica. El punto de partida es el principio racional del fin último, al que todo está subordinado; el camino está indicado punto por punto en las meditaciones y contemplaciones del maestro de los Ejercicios y descubierto a medida que el ejercitante se adentra en el desarrollo de los Ejercicios; el punto de llegada es la reforma interior individual y la gloria incomparable de la unión y del amor con la Divinidad.

A la obra, que no es fácil ni simple, concurren todas las facultades del alma; el sentimiento y el afecto levantan relampagueos de dolor y de desfallecimientos por la culpa con que se mancha la creatura aun después de la Pasión de Cristo, y suscitan llamas de místicos deseos; la voluntad se rebaja al principio, luego se doblega y finalmente se yergue armada con propósitos viriles; el intelecto frena los ímpetus inmoderados e impone la elección del mejor medio y de mayor gloria para el Señor. Y concurren, como se ha visto, las condiciones psíquicas y físicas del sujeto, las circunstancias del ambiente, del tiempo y del clima en un estrecho orden de desarrollos y de incesante acción, bajo el dominio prevaleciente de la razón, para la que está cerrado el camino a cualquier forma mórbida del falso misticismo».

Toda la actividad del espíritu concurre con el ejercitante para cumplir a conciencia sus Ejercicios, y la máxima habilidad está en el maestro de los Ejercicios para despertar en el discípulo la llama de la voluntad operadora, dócil y pronta a la gracia divina.

Una vez más es la actividad, no la pasividad, la nota distintiva del método de San Ignacio, quien nunca pretendió, como muy bien se ha observado, «fabricar un santo en quince o treinta días; la santidad no se conquista en pocas horas, pero en quince, en treinta y también en tres días uno puede proponerse firmemente vivir como un santo y puede aprender el método que ha de seguir».

«Provocar esta decisión, encontrar con la luz divina el empuje inicial en línea recta, establecer el camino que ha de seguir, he aquí el fin de los Ejercicios».

Por lo tanto, quien desea participar seriamente en una tanda de Ejercicios, comience por persuadirse que tendrá que someterse a un no pequeño trabajo espiritual.

No serán unos días de tranquilidad y de restauración, sino de lucha. No tendrá tanto cansancio el predicador como el ejercitante. Los sermones que escuchará, la confesión general o extraordinaria que hará, el silencio absoluto que habrá de observar, las decisiones que deberá tomar, todos son medios a los que recurrirá el ejercitante para llegar a su meta.

¿Qué aprovecharía el silencio de la boca si el corazón fuese un tumulto o si se estuviese adormecido? ¿Qué utilidad tendrían los sermones, si no los asimilásemos, con nuestro trabajo personal, y si las verdades propuestas en las meditaciones no fuesen adaptadas a nuestras necesidades espirituales?

Nuestra alma, según la índole de los Ejercicios, tendrá que estar dirigida o hacia la conversión; o si se trata de la vocación, hacia el conocimiento de la voluntad divina; o también hacia la propia renovación y perfeccionamiento en tal o cual virtud.

Y será oportuno, aun antes de entrar en los Ejercicios, determinar con el Director Espiritual la cumbre que se ha de conquistar, la idea programática que dará unidad a nuestras reflexiones y nos inspirará las promesas y las deliberaciones que se han de concretar.

De cualquier manera debemos despertar y hacer actuar las energías y empeñarlas en la lucha por el bien.

Recuerda Pío Bondioli que en el patio de la santa casa de Loyola —la casa, donde nació Ignacio— se levanta hoy la estatua de un guerrero del siglo XV cubierto de férrea armadura, con el brazo izquierdo extendido sosteniendo el asta de un estandarte y con la espada en la diestra. Caballero y combatiente, primero de la conquista de la gloria mundana, luego de la mayor gloria de Dios, San Ignacio nos ofrece su libro de los Ejercicios como una bandera y como un arma, como un llamado y como un método. Hoy, como siempre, enseña a todos los que muchas veces en lugar de hacer Ejercicios se limitan a una caricatura de ellos, el camino que se ha de conquistar, la norma que se ha de seguir, el secreto que se ha de usar en la aplicación del sistema ignaciano.