Monseñor FRANCISCO OLGIATI
LA PIEDAD CRISTIANA
SEGUNDA PARTE
LAS PRÁCTICAS DE PIEDAD
Continuación…
VI
LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES
Desde el desierto de Caléis, adonde se había retirado, después de partir de Roma, en una laboriosa soledad, San Jerónimo enviaba de cuando en cuando cartas, que recorrían el occidente. El Papa Dámaso las copiaba y las patricias del Aventino las aprendían de memoria.
Una de esas cartas iba dirigida a Heliodoro. Éste había acompañado al docto y austero Santo a Caléis; pero luego había vuelto a Aquileya, a su casa, junto a sus padres y sus hermanos. Y San Jerónimo le escribía:
«Hermano, ¿qué haces tú en el mundo, tú que eres más grande que el mundo? ¿Hasta cuándo te detendrás entre las cárceles viles de la ciudad? ¡Créeme: aquí yo veo más luz! ¡Aquí el alma, libre de las cosas terrenas, toma impulso hasta los cielos de Dios!»
Hoy un llamado parecido parte de las Casas de Ejercicios Espirituales y de Retiros, que en todas partes surgen, florecen y se multiplican. Aunque no estén situadas en el desierto de Caléis, sin embargo ofrecen la posibilidad de recogerse en el silencio fecundo y en la soledad interior, sin la cual nada aprovecharía la paz del ermitaño. En este oasis del espíritu es donde la piedad y la vida cristianas adquieren nuevas fuerzas.
«Alejar al hombre del rumor y de la disipación: apartarlo durante algunos días del elemento donde se agita la vida ocupada y distraída tanto por placeres como por cuidados materiales; colocarlo frente a Dios y a sí mismo; hacerle conocer el porqué y el fin próximo de la vida presente; hacerle escrutar su porvenir y su corazón; humillarlo ante todas las culpas y hacerlo levantarse en nombre de Jesucristo; proponerle a Jesucristo como modelo para copiar; mostrárselo como un Rey de quien él es soldado; un Salvador, un Dios, a quien él debe servir, amar y poseer; alternar la oración, el sacrificio, la silenciosa reflexión, la palabra de Dios y el trabajo personal para llegar a la liberación del alma, a la victoria de sí mismo, a la transformación del hombre en cristiano y apóstol».
He aquí lo que son y lo que se proponen los Ejercicios, frecuentados no sólo por el Clero, sino por laicos, profesionales, obreros, mujeres, jóvenes, etcétera.
La esperanza que ha suscitado, fomentado y va desarrollando la iniciativa de los Ejercicios es la de combatir una religión superficial, que se agota en un formulismo exterior y no tiene sus raíces en las intimidades de la conciencia. Cada uno de nosotros podría traer miles de ejemplos de tales superficialidades, en toda clase de personas e instituciones, desde los Colegios a las Cofradías, desde las confesiones pascuales hasta las manifestaciones religiosas, desde los pequeños Catecismos hasta las Asociaciones Católicas.
¿Acaso no tenemos en muchísimos pueblos, donde sin embargo sostenemos que la antigua fe de los padres se conserva inalterada, muchos hombres, acostumbrados en la fiesta patronal a acercarse por la mañana a la confesión y a la comunión, y que luego se meten en la taberna cercana a echarse al coleto un vasito de aguardiente, acompañando la libación matutina con una letanía, precisamente no indulgenciada, de blasfemias, y que antes de terminar el día, como coronando sus devociones y la solemne procesión, empinan generosísimamente botellas a la salud del santo patrono y en su honor se emborrachan?
Estos hombres son el símbolo de una gran multitud de almas que se creen y se llaman cristianas; son el símbolo de un ejército de jóvenes que se creen buenos porque van a Misa o llevan el distintivo de un círculo católico, pero no son capaces de vivir sin pecados mortales, uniendo la práctica religiosa con las borracheras de la pasión; son el símbolo, para no decir más, de muchas almas femeninas que han constituido una poco laudable alianza entre Dios y la ligereza mundana.
Persuadámonos: muchos edificios religiosos están construidos sobre arena; no tienen bases seguras; existe, sí, una práctica externa, fruto quizás de una costumbre más que de una convicción interior; es que falta una instrucción sólida; falta la formación sobrenatural de la mente y del corazón; falta una profundización de las verdades esenciales. Es un barniz; hay mucho de aparatoso y de extrínseco; se echa de menos lo serio, lo coherente y lo orgánico.
Evidentemente, no hay que despreciar ni descuidar aquello que en alguna forma existe; más bien, hay que partir de cuanto existe, para penetrar en lo más hondo, para trabajar en profundidad. Y a este programa responden los Ejercicios.
Quien desea convertir una parroquia fría y alejada de los Sacramentos, manda a algunas ovejas descarriadas a estas Casas del Padre.
El que desea librarse de un vicio, romper las cadenas de una triste costumbre, iniciar una vida de gracia conservada sin traiciones, huir de una tibieza maléfica que prepara desastres de muerte, renovar el propio espíritu para adelantar en la vida interior y para responder a las exigencias del apostolado, se retira y va frecuentemente a estos hospitales de las almas.
Es verdad, muchos volviendo del santo retiro podrán recaer en los defectos y en el pecado, perderán en el camino los propósitos hechos y dejarán que los ratones coman la lista de esos propósitos escritos con tanto cuidado. Pero, ¿nos hemos de maravillar de esto? No es menos verdad que, aunque el barro recubra una conciencia, sin embargo, en ella quedará algo de vivo, de indeleble, de punzante como un remordimiento, algo de inefable como la voz de Dios, la cual, tarde o temprano se hará oír.
Por algo los Santos, en diversas formas, siempre dieron la razón a San Carlos Borromeo, cuando afirmaba al duque de Mantua que estimaba más el pequeño libro de los Ejercicios de San Ignacio que toda una rica biblioteca.
Por algo San Vicente de Paul solía decir: «De todos los medios que Dios presenta a los hombres para reformar los desórdenes de su vida, ninguno hay que haya producido efectos más magníficos, más copiosos, y más maravillosos que los Ejercicios Espirituales».
Y Santa Teresa afirmaba «tenerlos en gran estima y amor, porque de ellos había aprendido a orar».
También en nuestros días Filiberto Vrau y Alberto De Mun, José Tovini, Guido Negri y Pedro Jorge Frassati y los mejores de nuestra Acción Católica se formaron en la escuela de los Ejercicios.
La voz de Pío XI, con una memorable encíclica —la Mens nostra— ponía casi el sello al testimonio de los hechos; y después de haber recordado que
«la misma Sede Apostólica guiso preceder a los fieles también con el ejemplo, y, desde hace tiempo ya, quiere de cuando en cuando convertir durante algunos días en Cenáculo de meditación y de plegaria las Augustas Aulas Vaticanas».
Y agregaba:
«No amamos menos los ejercicios dados a las varias organizaciones de la Acción Católica que no nos cansamos ni nos cansaremos de promover y recomendar, que es la utilísima, por no decir necesaria participación de los laicos en el apostolado jerárquico de la Iglesia. Vemos con inmenso consuelo organizadas por doquier tandas de Ejercicios, especialmente destinados a las pacíficas huestes de estos valerosos soldados de Cristo, y particularmente a los más jóvenes que corren numerosos a adiestrarse en las santas batallas del Señor, y encuentran la fuerza no sólo para mejorar la propia vida, sino que muy a menudo sienten en su corazón la misteriosa voz que los llama al apostolado en todo el magnífico sentido de este nombre. Espléndida aurora de bien que nos permite presagiar y esperar un próximo día luminoso, a medida que la práctica de los Ejercicios Espirituales se va promoviendo con más universalidad y regularidad en las filas de las diversas asociaciones católicas, especialmente entre las juveniles».
Palabras santas que reclaman las festivas expresiones salidas del corazón del Pontífice el 22 de setiembre de 1934 en la basílica de San Pedro, cuando 22.000 hombres celebraban el primer jubileo de la fundación romana de la Obra de los Retiros; himno de aplauso a sus reuniones semanales que celebran los viernes, a las Comuniones mensuales, a todo el fermento de bien que alrededor de esos núcleos que son verdaderos centros, se va formando y explican la propia acción; himno al florecimiento de acrecido celo que se echa de ver en las Cofradías del Santísimo Sacramento, en las santas vocaciones, en las asociaciones benéficas, de apostolado, de Acción Católica que es vida católica, y que justamente está tan cerca del corazón del Papa.
Todo lo cual suscita una pregunta: ¿Por qué los Ejercicios, que muchas veces son tan fecundos en resultados, para algunos resultan semillas que no se desarrollan, o que a lo más concluyen en plantas estériles, las cuales no se cubren nunca de hojas, de flores, y frutos?
Entendámonos. La pregunta la hacemos a propósito de ciertas formas de pseudos Ejercicios (organizados por personas que son ciertamente santísimas, pero nada preparadas para ello), durante los cuales se realizan series de prédicas de todo género, y está permitido hablar dos o tres veces al día. Estos pretendidos Ejercicios son a menudo una caricatura de los verdaderos Ejercicios.
No. Aludimos a los Ejercicios Espirituales cerrados, en que cada ejercitante tenga una pieza separada; que se realicen en absoluto silencio sin excepciones, bajo la dirección de quien conoce el método genuino para seguir y lo quiere aplicar.
También en estos casos hay falta de resultados. ¿Por qué?
La causa es que muchas veces los ejercitantes, con las mejores intenciones, alimentan ideas erradas acerca de los Ejercicios y no llegan a intuir su esencia.
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1
LO QUE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES NO SON
Los ejercicios espirituales no consisten en escuchar prédicas, recitar oraciones, asistir a funciones sacras. No pueden reducirse a discursos de fuego, a devotas meditaciones, a instrucciones de maravillosas prácticas, que induzcan a detestar un vicio, a apreciar una virtud, que puedan sacudir, conmover, impresionar.
No deben ser un aguacero de verano, pero sí como una menuda lluvia que se infiltra, como un rocío que cuela hasta el fondo del cáliz de las flores y ayuda su fecundación, tal como un jugo de nueva vida que se infunde, se prepara y luego se desarrollará en el alma toda.
No deben agotarse con una Confesión extraordinaria, tal si fuera objetivo supremo de los ejercicios.
Tampoco el éxito de los mismos depende del predicador; un buen orador y una Confesión sincera y general que destruya un pasado de culpas; prédicas e instrucciones, son, no hay duda, cosas excelentes, pero… no son los Ejercicios.
Y es por no haber nunca penetrado en su verdadero significado, que muchos —quizás demasiado a menudo— concurren a los Ejercicios y ni siguiera una vez los han en realidad practicado.
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2
QUÉ ES EL LIBRO DE LOS EJERCICIOS DE SAN IGNACIO
En 1909, en un docto estudio sobre San Carlos Borromeo y el influjo que en el santo de Milán había obrado el método ascético ignaciano, el futuro Pío XI escribía:
«Los Ejercicios de San Ignacio, como él los dictó y concibió, no son una doctrina sino un método, y un método que se funda en profundas bases de experiencia y de intuiciones maravillosas, por no decir milagrosas y en los más profundos y complicados procesos psicológicos; un método indicado por lo común con conceptos geniales más o menos alejados y aparentemente desconectados entre ellos».
No será inútil recordar cómo Pío XI, en la Carta del 3 de diciembre de 1922, decía que «los Ejercicios conducen maravillosamente a los hombres a la salvación, especialmente «si ignatiano instituto fiant».
Aunque no falten otros sistemas de Ejercidos, todavía es cierto, que entre ellos el más excelente es el ignaciano, y es el más aprobado por la Santa Sede, especialmente por la esperanza que da de un provecho sólido y seguro».
He aquí, en breves trazos, expresada fielmente la índole esencial del pequeño libro, que, para decirlo con las palabras del entonces Mons. Ratti,
«casi en seguida se afirmó y se impuso como el más sabio y universal código de gobierno espiritual de las almas, como una fuente inagotable de la piedad más profunda y al mismo tiempo más sólida, como estímulo irresistible y guía segurísimo para la conversión y para la más elevada espiritualidad y perfección».
Los Ejercicios de San Ignacio son una «gramática», una línea metódica para seguir la ascética; son, como el mismo autor los definía, «armas espirituales que deben ser usadas por soldados expertos y que, si se las dejara de lado, se llenarían de herrumbre».
Sin embargo, circula por el mundo otra idea que no se sabe cómo fue difundida y cómo se haya metido en los ánimos: la idea de que los Ejercicios son una colección de prédicas, de meditaciones y de instrucciones prácticas; que son, en otras palabras, no un método para aplicar en la batalla espiritual, sino la batalla misma librada hasta en sus mínimos detalles.
La razón de semejante interpretación reside en el hecho de que la obra de Loyola es muy poco conocida en su texto original fuera de la Compañía de Jesús, mientras están muy divulgadas varias otras obras de segunda mano, que se relacionan más o menos con aquélla, son su aplicación práctica y nutren la gran corriente de las tandas de Ejercicios para sacerdotes y para laicos, de retiros espirituales, etcétera.
Con el libro de los Ejercicios sucedió lo contrario que con lo que ocurrió y está ocurriendo con la Imitación de Cristo.
«Mientras la Imitación —observa Pío Bondioli en su prefacio a las cartas y a los escritos de San Ignacio— ha llegado a un número extraordinario de ediciones y de traducciones, el librito ignaciano fue muy poco editado y traducido, siendo infinitas sus vulgarizaciones, arreglos, adaptaciones, derivaciones y, en fin, obras que se inspiran con mayor o menor exactitud en los Ejercicios Espirituales. Y la razón de tan diferente destino es ésta: que mientras la Imitación de Cristo es un libro de lectura piadosa y de devota meditación, los Ejercicios Espirituales son sobre todo un método que enseña un sistema particular para examinar la conciencia, para meditar, para contemplar y orar, como está explicado en la primera anotación en el comienzo del libro. Por esto San Ignacio decía agudamente que no se leen sino que se hacen los Ejercicios; por ello, al primitivo texto de los Ejercicios fueron añadidos pronto los directorios (instrucciones y reglas prácticas para los directores de las tandas de Ejercicios), algunos de los cuales son justamente llamados Directoria Ignatiana, no sólo por ser contemporáneos a Loyola, sino también indudablemente inspirados o dictados por él a sus compañeros».
En efecto, San Ignacio dice en las Anotaciones, o advertencias, que pone antes de los Ejercicios: La primera anotación es, que por este nombre, Ejercicios espirituales, se entiende todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mental, y de otras espirituales operaciones, según que adelante se dirá. Porque así como el pasear, caminar y correr son ejercicios corporales, por la misma manera todo modo de preparar y disponer el alma para quitar de sí todos los afectos desordenados, y, después de quitados, para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida, para la salud del alma, se llaman Ejercicios espirituales.
Por esto muy bien se definió a los Ejercicios: un conjunto sistemático de las varias actividades espirituales, dirigidas a un ordenamiento de la propia vida, según la voluntad divina, para la consecución de la eterna salvación.
Por lo tanto, el mismo San Ignacio quería que su libro fuera destinado a pocos, y no a la generalidad de las gentes, y raramente permitía la copia del texto y, por consiguiente, la distribución fuera de la Compañía de los ejemplares editados por Blado en Roma en 1548.
Si se va a la primera fuente, al libro de San Ignacio, que no hace mucho publicó Pío Bondioli, con una versión italiana completa, con una amplia introducción crítica eruditísima y con el texto español y latino, en seguida aparece en toda su integridad el gigantesco pensamiento de Loyola; podemos entrar en el secreto de un sistema, uno de los más eficaces y afortunados entre los fundados en la inagotable pedagogía del Cristianismo; podemos aplicar con seguridad y perfección las fórmulas y el método ignaciano.
Continuará…
