MISA DEL DÍA
En el principio era el Verbo. Y el Verbo estaba en Dios. Y el Verbo era Dios.
Este estaba en el principio con Dios.
Todas las cosas fueron hechas por Él. Y nada ha sido hecho sin Él.
Lo que ha sido hecho era vida en Él. Y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron.
Fue un hombre enviado de Dios, que tenía por nombre Juan. Este vino en testimonio, para dar testimonio de la luz, para que creyesen todos por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.
En el mundo estaba y el mundo por Él fue hecho, y no le conoció el mundo.
A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron, les dio poder de ser hechos hijos de Dios, a aquéllos que crean en su nombre. Los cuales son nacidos no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios.
Y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros. Y vimos la gloria de Él; gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Decíamos anoche que sobre la Misa de la medianoche se cierne todavía la misteriosa obscuridad del Adviento; que en la Misa de la Aurora han desaparecido las tinieblas casi por completo; y que en la tercera Misa contemplamos a plena luz al tan ansiosamente Esperado durante todo el Adviento; el Redentor se nos presenta en todo el esplendor de su hermosura.
Ha nacido el Hijo de Dios, el Rey que sostiene en sus hombros el imperio del universo; ha nacido Cristo, el Salvador, el Señor del mundo.
El Introito de esta tercera Misa nos revela claramente el pensamiento fundamental de la liturgia de hoy: Nos ha nacido un Niño, nos ha sido dado un Hijo.
Pero este Niño, que descansa en un pesebre, es el Señor de la creación: Sobre sus hombros sostiene el imperio del universo, y se llama el Ángel del Gran Consejo. Es decir, el Mediador, el Ejecutor de los grandiosos planes de la Providencia para la redención del mundo.
Nosotros, llenos de agradecimiento y de admiración, cantemos el salmo 97, que celebra el reinado de Cristo sobre el mundo: Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.
En el Kyrie Eleison supliquemos al Rey del mundo nos admita también a nosotros en el Reino de su gracia y de su redención.
En el Gloria in excelsis tributémosle nuestro homenaje de alabanza y de adoración: Tú, Jesús, eres el Hijo del Padre; Tú eres quien borra los pecados del mundo; Tú eres el que se sienta a la diestra del Padre; Tú eres el Rey y el Señor de los Ángeles y de los hombres, del cielo y de la tierra. Sólo Tú eres el Santo; sólo Tú eres el Señor; sólo Tú eres Altísimo, junto con el Padre y el Espíritu Santo.
En la Oración colecta volvamos a suplicarle de nuevo, con toda instancia, nos dé su redención, nos libere de las cadenas del pecado, de la esclavitud de Satanás, y nos admita en el Reino de su gracia.
En la Epístola, San Pablo canta las glorias y las grandezas del divino Niño que yace en el pesebre: es el Hijo de Dios, es su Heredero universal. Por Él lo ha creado todo; Él sostiene el universo y se sienta, como en un trono, a la derecha de la majestad del Altísimo. Su trono es eterno. Su imperio, un imperio de justicia y de equidad. Los cielos y la tierra perecerán, Tú, en cambio, permanecerás para siempre, como Cristo y como Rey del mundo.
El Gradual es un acertado comentario del himno entonado por San Pablo en la Epístola. El reinado de Cristo es el reinado de la gracia, de la redención, de la liberación del pobre género humano: Todos los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios. El Señor ha revelado a todos su salud.
Hoy nos ha amanecido un día santo. Venid, gentes, y adorad al Señor, porque hoy ha descendido sobre la tierra una luz maravillosa: la luz del Sol divino. Así cantamos en el Aleluya.
En el Evangelio se desarrolla este mismo pensamiento: ¡Bienaventurados los que reciban esa luz! En virtud de ella, se les dará la gracia de hacerse hijos de Dios.
He aquí la gran revelación de la fiesta de Navidad: el Hijo de Dios se hace hombre para que los hombres nos hagamos, por la comunicación de la divina gracia, hijos de Dios.
Este es el verdadero reinado de Cristo sobre la tierra.
En el momento del Ofertorio acerquémonos a Cristo, al Rey divino, con nuestra ofrenda en las manos, nuestra alma, para depositarla a sus pies. Y digámosle: Tuyos son los cielos y la tierra, tuyos también mis bienes: mi corazón, mi cuerpo, mi alma y todo cuanto yo soy o poseo. Aquí te lo presento y ofrezco todo sobre el altar, y para depositarlo en tu divino Corazón. Te lo presento como una ofrenda al Padre, identificada con tu ofrenda, que eres Tú mismo.
Nos ha nacido un Niño; sobre sus hombros se apoya un imperio. No nos contentemos solamente con mirarlo. Ofrezcámoselo a Dios Padre, como don nuestro, en lugar de nosotros mismos, como nuestro sacrificio de alabanza y de adoración, de acción de gracias, de propiciación y de súplica.
¡Oh Niño divino, sé también Rey y Señor mío y de todas mis cosas! ¡Domina sobre todas las regiones y hasta en el último confín del ancho mundo de mi alma y de mi corazón! ¡Sé Rey de todos los corazones humanos: dales a todos la redención!
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¡Oh maravilloso intercambio! El Creador del género humano, tomando un cuerpo y un alma, se dignó nacer de una Virgen y, hecho hombre sin semilla humana, nos comunicó su divinidad, así canta la Antífona de la Octava de Navidad.
El Hijo de Dios toma de nuestra familia su naturaleza humana. Contemplemos el Portal de Belén; en él, yace un Niño recién nacido; al lado, la Madre en éxtasis de adoración; un poco más allá, el Buen San José, rebozando alegría y confusión.
María y José han llegado a Belén para alistarse en el censo de su población, como descendientes de David. Allí da a luz María a su Hijo; lo coloca en un Pesebre; lo alimenta, lo cuida y lo viste con el cariño y el amor de la madre más tierna y más solícita.
Tras las apariencias externas de este frágil e impotente Niño la fe nos hace ver la plenitud de su divinidad: El Señor me dijo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy.
Un débil Niño, recién nacido; y, al mismo tiempo, Hijo de Dios, de la misma naturaleza y substancia que el Padre, Creador y Conservador de todo, omnisciente, rector del universo.
¡Él ha tomado nuestra carne, nuestra naturaleza! ¡Dios y hombre en una, misma, Persona divina!
¡Oh maravilloso intercambio! ¡El Hijo de Dios toma de nosotros la naturaleza humana! Se reviste de un cuerpo como el nuestro, sujeto a mil necesidades y miserias: al hambre, a la sed, al sufrimiento, al dolor.
Toma también un alma semejante a la nuestra, que está dotada de generosos y delicados sentimientos para todo lo noble, para todo lo verdadero, para todo lo bello.
Él se anonadó a sí mismo, tomó la forma de esclavo y se hizo semejante en todo a nosotros, menos en el pecado. Tuvo que hacerse en todo semejante a sus hermanos, para redimir sus pecados, escribe San Pablo a los Hebreos.
Toma nuestra naturaleza humana, para purificarla, para ennoblecerla, para divinizarla, para sumergirla en su divina naturaleza
¡Oh maravilloso intercambio! Nosotros entregamos al Hijo de Dios nuestra miseria, nuestra nada. Él, a cambio de esto, nos hace participantes de su naturaleza divina: nos da la gracia santificante, la filiación divina, la resurrección de la carne, la posesión y el goce perpetuo de la vida, de la gloria y de la bienaventuranza divinas.
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¡Oh maravilloso intercambio! En el Ofertorio de la Santa Misa depositemos hoy sobre el altar nuestro propio yo: nuestra alma y nuestro cuerpo, nuestra miseria, nuestra indigencia moral.
Él los tomará entonces en sus manos; se apoderará de ellos, los penetrará con su naturaleza divina, los iluminará con su luz y los saturará de su propia vida.
En la Sagrada Comunión nos los devolverá de nuevo. Pero ahora ya no serán nuestra pobre e indigna humanidad; se habrán trocado: el que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él… El que me coma a mí, vivirá por mí, como yo vivo por el Padre…; vivirá eternamente.
Oración: Suplicámoste, Señor, aceptes propicio la oblación que te ofrecemos en la fiesta de hoy; para que, por medio de este comercio sacrosanto, podamos, con tu gracia, revestirnos de la forma de Aquél que unió nuestra naturaleza a la tuya (Secreta de la Primera Misa de Navidad).
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¡Oh maravilloso intercambio! El Creador del género humano, tomando un cuerpo y un alma, se dignó nacer de una Virgen y, hecho hombre sin semilla humana, nos dio su Divinidad. El Hijo de Dios tomó de nosotros la naturaleza humana. Es la primera parte del intercambio. En trueque, nos da su Divinidad.
He aquí la segunda parte del maravilloso comercio, de que habla la Sagrada Liturgia de hoy.
Nos dio su Divinidad. Aun cuando nosotros hubiéramos dado, realmente, alguna cosa a Dios, Él no nos debería absolutamente nada, pues todo lo que nosotros tenemos es suyo.
Sin embargo, cuando Él hace una cosa, la hace siempre con divina sabiduría. Por eso, cuando toma de nosotros la naturaleza humana, no lo realiza sin un fin divino, admirable, sublime.
En efecto, este designio no es otro que el de darnos a nosotros su Divinidad, el de hacer a los hombres participantes de su misma vida, el de hacernos convivir y gozar a todos de su misma vida divina.
¡Qué maravilloso intercambio! Por la naturaleza humana, que toma de nosotros, nos da Él la participación y posesión de su vida divina.
En el Niño del Pesebre habita corporalmente la plenitud de la Divinidad.
Yo soy la vida…; En Él estaba la vida. Y de su plenitud hemos participado todos, gracia por gracia…
¡Maravilloso intercambio! Yo vivo, y vosotros también viviréis, poseyendo y conviviendo conmigo mi propia vida.
Nosotros poseemos la vida divina por medio de la gracia santificante.
La vivimos, imitando, reproduciendo en nosotros las virtudes de Cristo: su obediencia, su humildad, su pobreza.
El hombre, polvo y ceniza, sujeto a la vanidad y a la miseria; el hombre, cuya naturaleza está profundamente inclinada al mal; este mismo hombre, por el misterio de la Santa Natividad, es sumergido en el torrente de la vida divina.
Su alma se reviste de la claridad y de la belleza de la vida divina; se impregna y satura de la misma vida que fluye del Padre al Hijo, y que del Hijo baja después a su naturaleza humana. Desde la naturaleza humana de Cristo la vida divina llega, finalmente, hasta nosotros, siéndonos infundida por medio del Santo Bautismo y de la Sagrada Eucaristía.
Cristo es la divina Vid que expande su lujuriante vitalidad, que derrama su savia fecunda por todos sus sarmientos y pimpollos, es decir, por todos nosotros.
La vida divina es una nueva fuerza, que nos eleva por encima de las necesidades, de las preocupaciones, de los gustos de nuestra vida humana.
Es una mentalidad nueva, una nueva visión de las cosas, una nueva luz, una nueva voluntad. Es un amor, una aspiración, una ambición nueva. Es una nueva y sublime pujanza. Es un nuevo vigor.
Esta nueva vida penetra e informa nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestras acciones y todas las manifestaciones de nuestra personalidad.
Consagra, por decirlo así, todos nuestros actos, les hace participar de la dignidad, del valor, de la gracia y de la divina fecundidad de la vid Cristo.
¡Oh maravilloso intercambio! Nosotros damos a Cristo nuestra pobre naturaleza humana, y Él, en retorno, nos entrega su Divinidad
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Arrodillémonos, pues, con la Sagrada Liturgia, a los pies del Pesebre, agradecidos, llenos de fe, en actitud de profunda adoración, y reflexionemos hondamente sobre el misterio de la humillación de Dios.
Nos enseña San León Magno, en las Lecciones de Maitines de Navidad:
Demos gracias a Dios Padre, por su Hijo, en el Espíritu Santo. Porque, por la mucha caridad con que nos amó, se compadeció de nosotros y, cuando estábamos muertos en el pecado, nos volvió a la vida en Cristo, haciéndonos en Él nuevas criaturas.
Despojémonos, pues, del hombre viejo, con todos sus actos.
Hechos partícipes de la vida de Cristo, renunciemos a todas las obras de la carne.
¡Reconoce, oh cristiano, tu dignidad! Hecho consorte de la divina naturaleza, no quieras, con tus malas acciones, tornar a tu primitiva vileza.
¡Acuérdate de que eres miembro del cuerpo y de la cabeza de Cristo!
En los bautizados existe, como en Cristo, una doble vida.
La que prevalece en Cristo es su vida divina.
También en nosotros debe llevar el cetro la vida sobrenatural, la vida de la gracia, de la fe, de la divina esperanza, del santo amor a Dios, del amor a la pureza, a la obediencia y sumisión a Cristo.
Nuestra vida natural, humana, nuestra razón, voluntad, nuestras ambiciones, instintos, pasiones deben estar plenamente sometidas a nuestra vida divina: deben servirla como criados.
El más pequeño grado de esta vida sobrenatural vale infinitamente más que toda la ciencia, que todo el talento, que todas las honras y riquezas humanas.
Es infinitamente más apreciable que la salud y que las fuerzas naturales.
Vida cristiana significa esencialmente crecimiento, desarrollo interno en Cristo, en la Cabeza, en la Vid.
Esto exige el cercenamiento radical de nuestro sentido mundano, de nuestra prudencia carnal, de todo deseo, de toda acción y de todo sentimiento puramente humano, egoísta.
El hombre nuevo debe resucitar en nosotros conforme al Hijo de Dios humanado; debe reproducir, debe continuar en sí mismo la vida divina, la vida de Cristo.
Oración: Suplicámoste, oh Dios omnipotente, nos concedas la gracia de que, así como somos iluminados por la nueva luz de tu Verbo humanado, así resplandezca también en nuestras obras lo que por la fe brilla en nuestro entendimiento.
