MISA DE LA AURORA
En la segunda Misa de Navidad, la de la Aurora, la Santa Liturgia nos congrega otra vez, ahora junto a los Pastores, en torno al Pesebre del Señor.
Dice el Introito: La luz brillará hoy sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor…, y su reinado no tendrá fin. El Señor es Rey y está revestido de gloria y majestad. La fortaleza heroica rodea al Señor como una túnica y le ciñe como un cinturón.
Con la vista puesta en el divino Rey, que yace en el Pesebre, escuchemos la palabra del Apóstol San Pablo:
También nosotros éramos, en otro tiempo infieles, esclavos del error y de todos nuestros deseos y malas pasiones. Vivíamos en malicia y llenos de envidia. Éramos odiosos a Dios y nos odiábamos mutuamente entre nosotros. Vosotros, en otro tiempo, estabais muertos en vuestros delitos y pecados y caminabais en ellos, obedeciendo al Imperio del príncipe de las aéreas potestades, el cual sigue dominando todavía sobre los hijos de la incredulidad. Entre ellos nos contamos también algún día todos nosotros. Entonces seguíamos ciegamente los deseos de nuestra carne, ejecutábamos todo lo que la carne y el corazón nos pedían, y éramos, por naturaleza, hijos de ira, como todos los demás.
¡Éramos hombres alejados de Dios, desconocedores de Cristo, privados de la vida y de la filiación divinas!
Esto éramos; y esto somos de nosotros mismos, es decir, abandonados a nuestras propias fuerzas.
Mas ahora, dice San Pablo, ya han aparecido la benignidad y la misericordia de Dios, Salvador Nuestro. Él nos ha salvado, no en virtud de las obras de justicia realizadas por nosotros, sino puramente por su divina misericordia, mediante el baño de regeneración y renovación del Espíritu Santo, que derramó abundantemente sobre nosotros por Jesucristo, Salvador Nuestro, para que, justificados con su gracia, alcancemos, según lo esperamos, la herencia de la vida eterna.
¡Estamos salvados! He aquí el alegre mensaje que nos trae Navidad.
El Señor nos ha salvado mediante su Encarnación y su Nacimiento de la Santísima Virgen María.
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¡Estamos salvados! En Cristo, en el Niño del Pesebre. Él nos ha merecido a todos la gracia de la Redención. Nosotros no tenemos más que creer en ella, pensar en ella, y apropiárnosla por medio de los Sacramentos y la práctica de las virtudes.
Por sola su misericordia, Dios nos ha arrancado del dominio de las tinieblas, del pecado, de las pasiones, de Satanás, del infierno, y nos ha trasplantado al Reino del Hijo de su amor. En Él poseemos nuestra redención y el perdón de nuestros pecados, gracias a su preciosa sangre.
Las cadenas con que nos tenía amarrados Satanás han sido quebrantadas. ¡Ya estamos libres de sus garras!
Hemos sido transportados al Reino del Hijo de Dios y ya poseemos todos los tesoros de su redención: la verdad, la gracia, la morada de Dios en nuestra alma, el amor divino, la plena y viviente incorporación a Cristo y a la Iglesia, la participación en la vida de la divina Vid, los Sacramentos, la Eucaristía, la promesa y la garantía de nuestra futura resurrección y de nuestra entrada en la vida eterna.
Todo esto es nuestro. Nos lo ha alcanzado el Niño del Pesebre, no en virtud de nuestras obras buenas, sino sólo por su pura misericordia.
El amor que Dios nos tiene lo ha demostrado enviando al mundo a su Hijo Unigénito, para que por Él vivamos nosotros. Esta caridad de Dios consiste, no en que nosotros le hayamos amado a Él, sino en que es Él quien primero nos amó a nosotros y nos dio a su propio Hijo, como propiciación por nuestros pecados.
Cristo se entregó a sí mismo por amor nuestro, para redimirnos de toda iniquidad y para hacernos pueblo suyo, limpio, agradable, seguidor de toda obra buena.
Dios quiere la purificación y la santificación del mundo. Para obtener ambas cosas, se ofrece su propio Hijo. En sus dolores y muerte están la victoria y la redención, la resurrección y la gloria.
Por la recepción cíe los Sacramentos, el Señor nos comunica su gloriosa vida divina. De este modo, cada día va formándose Él en nosotros.
¡Estamos salvados!, con tal de que le permitamos al Señor completar en nosotros su obra redentora.
El cristiano es un segundo Cristo. El Señor desciende todos los días y se aposenta en el Belén del alma cristiana, para comunicar a ésta la plenitud de su vida divina y para reproducirse de nuevo en ella.
¿Cómo nos dejamos influir por Él y cuánto le permitimos modelar en nosotros su imagen?
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Arrodillémonos hoy todos ante el Pesebre, llenos de admiración y de respeto.
El Rey del Cielo, el que sostiene al mundo, está depositado en un establo, yace en un pesebre y reina en los cielos. El que sustenta a los pajarillos no se desdeñó de acostarse sobre el heno, no tuvo horror a un pesebre y se contentó con un poco de leche.
De nuestro padre Adán hemos heredado un triple desorden, causa de los infinitos males que afligen a la humanidad: la concupiscencia de los ojos (es decir, el apego a los bienes de la tierra), la concupiscencia de la carne (o sea, los malos apetitos y la sensualidad, con sus mil variadas formas y matices), y la soberbia de la vida (consistente en nuestra inmoderada ambición de honores, dignidades, poder, fama e influencia).
Pero el nuevo Adán, el Niño del Pesebre, nos enseña un nuevo camino: el camino de la pobreza voluntaria, de la renuncia a todo apego desordenado a los bienes de la tierra y a toda criatura, sea la que sea; el camino de la humilde sumisión al dolor y a las privaciones; el camino de la humildad, del anonadamiento, de la infancia espiritual.
¡Aprended de mí! En el Niño del Pesebre se nos manifiesta la sabiduría de Dios humanado, es decir, visible y palpable a todos.
Venid a mí todos. Tomad sobre vosotros mi yugo, pues mi yugo es suave y mi carga ligera. Aprended de mí, porque soy manso y humilde de corazón.
En su Epístola a los Filipenses escribe San Pablo estas impresionantes palabras, dirigidas a todos nosotros: Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre. Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.
Sí; la Sabiduría de Dios aparece ante nosotros bajo la débil figura de un niño envuelto en panales y reclinado en un pesebre. ¡Qué confusión para nuestra soberbia, para nuestra propia estima, para nuestra eterna e insaciable sed de dignidades, de bienes caducos, para nuestra vida muelle y tranquila!
Si no nos cura esta divina Sabiduría del Pesebre, ¿quién será capaz de curarnos?
¡Aprended de mí!
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Vayamos al Pesebre. Postrémonos en actitud de profunda adoración ante el divino Niño y supliquémosle: O Sapientia —¡Oh Sabiduría!— Ven y enséñanos el camino de la prudencia. Haznos comprender que todo lo que se opone a tu doctrina y a tu ejemplo, no es más que locura, vanidad y muerte. Convéncenos de que el sentido del mundo y la sabiduría de la carne son estulticia y basura.
Digamos con San Pablo: Lo que yo estimaba antes como provechoso, ahora, que conozco a Cristo, lo creo perjudicial. Creo que todo es vanidad. La ciencia de Cristo, por cuyo amor he abandonado todas las cosas de este mundo, es superior a todo cuanto existe. Sí; yo lo he rechazado todo, como estiércol, para ganar a Cristo, para poder unirme con Él. Prefiero conocerle a Él y el poder de su resurrección, prefiero asociarme ahora a sus dolores y a su muerte, para poder compartir con Él algún día la resurrección de entre los muertos.
El divino Rey del Pesebre, la Sabiduría de Dios se hace hombre y escoge para sí la pobreza voluntaria, la vida obscura, la humildad, la necesidad, las privaciones, el dolor.
Este es el camino que Él ensena a su Iglesia y a todos los que están resueltos a seguir sus pisadas.
Yo soy el camino.
No nos induzca a error el ver a la Iglesia pobre y débil, a los ojos del mundo, impotente y llena de dolores interior y exteriormente. Ese fue el camino que recorrió Jesús. Ese es también el que tiene que recorrer su Santa Iglesia aquí en la tierra.
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Oración:
¡Oh Niño del Pesebre! Tú fuiste engendrado por el Eterno del Padre en la luz de los Santos, y has querido nacer en un establo. Vives en lo más sublime de los cielos, y desciendes a las profundidades de la tierra. Los Ángeles te cantan y te sirven, y tú estableces tu morada en un establo y permites que te busquen y te encuentren unos pobres pastores. Danos a nosotros un corazón libre de todo desordenado deseo de los bienes perecederos, para que te busquemos y te encontremos, y para que permanezcamos siempre contigo: ahora, por la fe; más tarde, en la luz de la gloria. Amén.
