JORGE DORÉ: EL ENGAÑOSO BORDADO DEL DIABLO

IMG_6035El engañoso bordado del diablo

Por Jorge A. Doré

“Quienes ignoran la batalla entre Dios y el diablo, no pueden compreder el mundo en que vivimos”. –A. V.

Para describir la perfección de la obra de Dios, cuéntase la historia de un pequeño que, sentado a los pies de su madre, la miraba bordar. Por su escasa estatura el niño, mirando hacia arriba, sólo podía observar el reverso del bordado y aquel enredo de nudos e hilos le llamaba la atención por su complejidad y falta de gracia. La madre, al percatarse de la extrañeza del pequeño, le explicó sonriente: “Un día, cuando termine mi obra, podrás ver el otro lado del bordado y comprenderás la razón de cada hilo que hoy te parece feo y fuera de lugar”.

Pero hay un bordador que usa el sistema opuesto para realizar su obra: se sienta en el suelo y sube al niño en un pedestal para que éste observe el trabajo desde lo alto. Y el pequeño, alucinado por la tentadora hermosura de la obra, no conocerá la terrible fealdad de su reverso hasta que haya caído en las redes del inicuo bordador. Este es el bordado del diablo.

Los humanos somos seres caídos y estamos ligados al destino de uno de los dos bordados. Por cuál de ellos nos decidimos, definirá el curso de nuestra eternidad. Hoy en día, el bordado del Tentador seduce a ciertas minorías y las invita a contemplar una imagen de privilegio, triunfo, orgullo y gloria. Pero su reverso es tenebroso.

El homosexualismo como arma diabólica

La atracción entre personas del mismo sexo es casi tan vieja como la humanidad. Tomando como ejemplo los Estados Unidos de América, se calcula que en esta nación hay cuatro millones de homosexuales que constituyen, aproximadamente, un 3% de la población del país. Sin embargo, la fuerza de empuje de esta minoría está cambiando el rostro de la sociedad mediante la promulgación de leyes orientadas a trocar los valores cristianos por una ideología liberal donde tradición y dogma desaparecen para dar paso a la autocomplacencia y a la divinización del hombre.Se verifica así la sustitución del Dios que se hizo carne por la de la carne que se hace dios.

Esto promueve una corrupción general donde hasta el propio presidente de la nación americana sostiene que el sistema escolar debe iniciar la educación sexual en kindergarten, (reflejo típico de la ejemplaridad de su liderazgo). Se ordena poner en ciertas escuelas secundarias dispensadores de preservativos con la excusa de controlar tanto las enfermedades venéreas como los embarazos y se permite usar indistintamente los baños de chicos o chicas dependiendo, no del sexo que corone el pubis, sino del que se pretenda tener. A diferecia de Sodoma y Gomorra, no hay ángeles que acosar sexualmente, por lo que la infancia y la juventud (más angelicales que los investidos por la madurez de edad) se tornan blancos de la depredación sexual.

La elección del sexo se está convirtiendo en algo totalmente subjetivo, hasta el punto de que no importa con lo que la naturaleza haya dotado al hombre o a la mujer, lo que cuenta es la voluntad y el deseo del portador. Yo soy mi propio Dios y escojo mi sexo. Ante tamaña demencia es deber citar las siguientes líneas del Papa Gregorio XVI que clavan sus banderillas sobre la estupidez humana:

“¡Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error! decía San Agustín. Y ciertamente que, roto el freno que contiene a los hombres en los caminos de la verdad, e inclinándose precipitadamente al mal por su naturaleza corrompida, consideramos ya abierto aquel abismo del que, según vio San Juan, subía un humo que oscurecía el sol y arrojaba langostas que devastaban la tierra. De aquí la inconstancia en los ánimos, la corrupción de la juventud, el desprecio –por parte del pueblo– de las cosas santas y de las leyes e instituciones más respetables; en una palabra, la mayor y más mortífera peste para la sociedad, porque, aun la más antigua experiencia enseña cómo los Estados, que más florecieron por su riqueza, poder y gloria, sucumbieron por el solo mal de una inmoderada libertad de opiniones, libertad en la oratoria y ansia de novedades”. (Carta Encíclica MIrari Vos, 10).

La ley del más fuerte

En casi todo el mundo, los nuevos “derechos” de la minoría homosexual se están imponiendo a la aplastante mayoría heterosexual a una velocidad vertiginosa. La razón es que el llamado lobby gay está económica y jurídicamente apoyado por ingentes fortunas y grupos que financian la imposición de sus tendencias y la legalización de su causa; grupos ligados a la creación mundial de un nuevo orden que busca erradicar los valores morales vigentes mediante la implantación de un humanismo totalmente incompatible con la filosofía que ayudó a construir la hoy menguante civilización cristiana.

Esto afecta no sólo a los adultos, sino también a los infantes, plato apetecible de estos grupos porque, –tendenciosamente influenciados–, sentarán los corruptos y anticristianos estándares del futuro. A ellos hay que adoctrinar. Eso explica que en los Estados Unidos, dos estados ya hayan aprobado leyes que prohiben la terapia de conversión homosexual para menores aduciendo que, –de acuerdo a dudosos estudios sicológicos, clínicos y siquiátricos–, ello puede ocasionar grave perjuicio al niño o joven tratado. Queda así vedado a los padres tomar cartas en el espinoso asunto de la educación sexual de sus propios hijos. El gobierno los quiere homosexuales. La antorcha de la Estatua de la Libertad humea. El dogal del totalitarismo lleva rato apretando veladamente la garganta de la llamada land of the free (tierra de los hombres libres) esperando que éstos se habitúen a la presión del cuello sin darse cuenta.

La plutocracia internacional controla los hilos de la agenda homosexual, cuya fuerza de choque no descansa; y es tal la eficiencia de sus golpes, que los homosexuales ejercen una verdadera tiranía sobre los cristianos en naciones como Canadá, donde no sólo es punible aconsejar a aquellos con desvíos sexuales, sino que además es punible condenar el pecado en sí. Tanto pecador como pecado están plenamente amparados por la ley canadiense así que el cristiano debe decidir entre renunciar a la prédica o satisfacer monetariamente a los demandantes con gravosas multas o cumplir abusivas condenas en prisión. Dos obras obras espirituales de misericordia peligran ante esta situación: corregir al que yerra y dar buen consejo al que lo necesita. Que Dios nos conceda paciencia para poder perdonar las injurias.

Como resultado de la intolerancia liberal, la Biblia es calificada –incluso por algunos jueces– como un libro lleno de odio debido a sus frontales condenas contra la sodomía; sin embargo, también es intolerante con los heterosexuales que practican el adulterio, y con otra lista de aludidos que habrán de confrontar al fin de sus existencias un destino que nada tiene que ver con los destinos de los catálogos de turismo:

“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. (1 Cor., 6:9, 10).

El problema estriba en la negativa de muchos gays y lesbianas de aceptar el homosexualismo como pecaminoso y abominable a los ojos de Dios. Y en respuesta a su inclusión en esta lista condenatoria, sientan al Creador en el banquillo de los acusados y lo increpan por intolerante; hecho manifiesto en no pocas demostraciones de “orgullo” gay. Pero es Dios quien define el bien y el mal, el que dicta las leyes que debemos obedecer y el que determina el absoluto que debemos aceptar. Absoluto que, por supuesto, es un clavo ardiente en manos liberales:

“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Yahveh. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos”. (Is. 55:8, 9)

El sagaz papel que el diablo juega en todo este oscuro entramado es que muchos homosexuales prestan oídos a los cantos de sirenas de quienes justifican y glorifican sus acciones sin percatarse de que éstos los arrastran al matadero espiritual. Al presente, ciertos gays y lesbianas creen estar ganando batallas antes imposibles de pelear. Aceptan el apoyo financiero y legal que reciben como un espaldarazo a sus tendencias y se vuelven aún más desafiantes y más pertinaces en su pecado. Esta triunfal actitud los lleva a quemar sus puentes con Dios. Pero es la contemplación del tapiz del diablo por su lado seductor. En realidad, caen atrapados en el lazo del Maligno y son arrastrados a su obliteración eterna tras morder la vieja pero eficiente carnada del orgullo. Hasta el último grito se hacen eco de la rebeldía del instigador contra Dios: ¡No serviré! Y lamentablemente, se niegan rotundamente a aceptar consejo.

Hay una continua presión mundial para legalizar las uniones del mismo sexo y permitir la adopción de hijos a este tipo de parejas. Ante la negativa de celebrar homomonios, muchas iglesias cristianas son repetidamente demandadas y llevadas a la quiebra, situación que obliga a trasladar los candiles a las catacumbas a los que, cumpliendo con la voluntad de Dios, se niegan a doblegarse ante el Príncipe del mundo.

De hecho, los homosexuales están siendo utilizados como arietes por los enemigos de la civilización cristiana, a la cual se han prestado a demoler. Pero la historia demuestra que la corrupción moral es preludio de la caída de civilizaciones. El triunfo de su batalla sería una victoria pírrica.

Los enemigos del cristianismo necesitan la complicidad de las minorías para eliminar el orden de la mayoría. Para destruir el bien, basta concederle derecho al mal, cuya policía –como jauría de sombras– se dedicará a olfatear la luz y a extinguirla dondequiera que se encuentre. Quien haya vivido en el comunismo, habrá sufrido en carne propia esta destructiva y comparable experiencia.

Otras minorías esperan sumarse a las ya existentes luchas contra la civilización cristiana. Los pedófilos, los polígamos y los zoófilos despuntan en el horizonte infernal como posibles candidatos. Mientras tanto, el diablo sigue bordando incansablemente y tentando a los curiosos con el lado seductor de su obra. Para cuando descubran la eterna fealdad de su reverso, será demasiado tarde.