MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA
Capítulo Quinto
EN EL CAMPO DE BATALLA
Continuación…
V
REDENCIÓN Y VICTORIA
Los adversarios de la moral cristiana, usando el procedimiento habitual en la impostura, mientras aplauden el placer, el vicio, el oro y todas las afirmaciones del propio yo en oposición a Dios, siempre están dispuestos a despreciar a los que encuentran su ruina en la culpa y a burlarse de los cristianos que caen en algún pecado.
He aquí la gran moral que habla de alturas y de vuelos —declaman con la gravedad del desprecio irónico—. Hela en la historia con Papas que se llaman Alejandro VI, con eclesiásticos semejantes a los del Renacimiento, con inmundicias que se renuevan de tiempo en tiempo. Y como si en la ética sólo importase el hecho y no también la justificación y el valor íntimo del mismo hecho, hablan de una moral sin religión y de una «probidad» atea.
En cambio, en la concepción del Cristianismo descrita hasta ahora, nadie se escandaliza, aunque cayeran los cedros del Líbano. Unidos a Cristo y fortificados con la gracia, debemos combatir, como hemos visto, día a día, hora por hora. Si falta nuestra cooperación a ese apoyo divino que jamás falta, caemos por tierra en la ignominia de una derrota pequeña o grande. Ya seamos personas religiosas y consagradas a Dios, ya simples fieles, cuando en alguna ocasión triste y malhadada deponemos las armas, triunfa el enemigo.
No nos asombramos de esto, sabiendo por experiencia personal, cuán duro y continuado es el combate. Si el primer Pontífice San Pedro negó al divino Maestro; si uno de los Apóstoles, Judas, lo vendió por treinta dineros; si alguna vez debemos llorar el avance de la corrupción en medio del pueblo fiel, no debemos deducir neciamente: «luego Cristo no está en la verdad; luego la moral cristiana es inútil».
Sería como querer negar el valor de las matemáticas por los errores cometidos por quien aplica sus reglas. Antes por el contrario en todo error descubrimos una confirmación de la verdad, y así como la equivocación en una operación aritmética es tal, precisamente por haberse descuidado las reglas, así también una culpa es tal, precisamente por haberse abandonado prácticamente la norma ética. Si ésta hubiera sido observada, no habríamos tenido una derrota, sino una victoria.
Por lo demás, cada uno de nosotros, considerando no su propio yo, sino el organismo divinamente santo al cual pertenecemos, la Iglesia, exclama con el cardenal Maffi:
«Nosotros, hombres, tenemos en verdad las miserias y las debilidades impuestas por la naturaleza, que sin embargo procuramos corregir y dominar día a día; pero aun admitiendo en nosotros alguna caída, no por esto hemos cesado, ni cesamos de estar, lo decimos francamente, a la vanguardia de la doctrina, del progreso, de la virtud, de la bondad. Está inclinada la torre de Bonano, y con todo es nuestra gloria; la misma Eneida tiene versos falsos, y con todo es la obra maestra de la épica latina; imperfecto es también el sepulcro de Julio II, y con todo penetra en él Miguel Ángel y triunfa con su Moisés. Pisa perdería un milagro de arte y de estática y la maravillosa prerrogativa de su corona, si enderezasen su torre: si el clero todo, si la Iglesia toda, aun la de la tierra, fuesen santos, tal vez no resplandecerían tan evidentes a nuestros ojos los misterios de la gracia y del libre albedrío y los triunfos y la obra del Señor; pero, aun dada la inclinación a la tierra, como la inclinación de la torre, contemplad al clero, contemplad a la Iglesia que se eleva hacia el cielo y con la voz de sus campanas, cómo con la vida y con la doctrina de sus sacerdotes, es embeleso y admiración de cuantos las comprenden».
La diferencia entre Cristo y los fariseos de todos los tiempos está aquí. Éstos, en nombre de sus pasiones, explotan egoístamente personas y cosas, arrastran por el fango a la creatura de Dios y después la desprecian y quieren lapidarla. Cristo, por el contrario, aun condenando la culpa, perdona al culpable, lo levanta y le da, por los méritos de su Sangre purificadora, un nuevo par de alas: Él es el Dios de la esperanza que se acerca al caído, le alarga su diestra y lo redime.
***
a) La doctrina de la redención
Tal vez en ningún otro punto, como en éste, nuestras conciencias comprenden que la moral cristiana es moral de amor.
Los pecadores con sus ojos empapados en lágrimas han releído siempre en el Evangelio la parábola del Buen Pastor —que deja las noventa y nueve ovejas fieles y va en busca de la ovejuela perdida— y la otra tan sencilla y al mismo tiempo tan sublime del Hijo Pródigo que vuelve al hogar paterno, recibido con la alegría del Padre.
Los corazones conmovidos han aprendido de los labios de Jesús que Él ha venido no por los justos, sino por los pecadores, porque no son los sanos quienes necesitan del médico, sino los enfermos; han aprendido con sorpresa que en el Cielo se hace mayor fiesta por el pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia.
Y a través de los siglos los capítulos evangélicos que reflejan la inefable bondad de Jesús hacia las almas pecadoras, fueron saludados siempre con espíritu agradecido.
Jesús dijo al paralítico que estuvo enfermo durante treinta y ocho años y a quien sanó con una sola palabra: «No peques más, no sea que te suceda algo peor».
Jesús ha tomado la defensa de la mujer sorprendida en adulterio: «El que de vosotros se halle sin pecado, tire la primera piedra», y escribía en tierra. Y cuando los acusadores conscientes de sus propias culpas se alejaron, el divino Maestro preguntó: «¿Nadie te ha condenado?» «Nadie, Señor». «Yo tampoco te condenaré; vete en paz y en adelante no peques más».
Magdalena se arrojó a los pies de Jesús y lloró los escándalos de su vida. El fariseo se escandalizó, pero Jesús anunció que a esta mujer le eran «perdonados muchos pecados, porque había amado mucho». Y la quiso al pie de su Cruz al lado del candor de la Inmaculada y de la virginidad de Juan, y le concedió la precedencia en las apariciones a sus discípulos después de su resurrección.
Y será la Samaritana trocada de pecadora en una santa; será en el camino de Jericó, la ciudad de las rosas, Zaqueo, principal entre los publícanos y ladrón, que con un toque de la divina generosidad de Jesús se convierte en discípulo suyo y da la mitad de sus bienes a los pobres; será Pedro, convertido por una mirada divinamente dulce y triste, que llorará una vida entera; será en el mismo Calvario en las últimas horas y entre las amarguras de la agonía el buen ladrón que escuchará el «Hoy estarás conmigo en el paraíso».
Y ¿qué es el Gólgota, qué el Crucificado, sino el perdón, la redención, la «remisión de los pecados»?
Todo esto es un poema de amor; y quien no quede embelesado, jamás alcanzará a comprender la verdadera naturaleza de la moral cristiana. Todo sentimiento de desesperación es reprobado; a cada uno —aunque se trate del hombre más infame y más criminal— Jesús, el Salvador, le habla con divina ternura de perdón, de rehabilitación, de reconquista, de desquite, de esperanza; a cada uno muestra su Corazón que llama y espera.
¿Qué son los grandes hombres del mundo, los grandes capitanes, los reyes, los ilustres ministros, los sabios, los filósofos comparados con Cristo? Ninguno de ellos podría regenerar las almas, trocar los corazones, infundir en nosotros la fuerza para levantarnos e iniciar una vida nueva; ninguno podría decirnos: «tus pecados te son perdonados; tu pasado lo he purificado en mi Sangre; he sufrido por ti; por ti he muerto…». Sólo Jesucristo ha hecho esto y ha hablado así; sólo un Dios podía enseñar una moral que todos, ignorantes y doctos, ancianos y niños, bárbaros y pueblos civilizados pueden comprender. A cada uno de nosotros Él nos ha perdonado y el que se postra ante Él, no se humilla, sino por el contrario se siente consolado y entona el canto del agradecimiento al Dios del amor.
***
b) La Confesión y el amor
Sabemos que Jesucristo determinó a la Confesión sacramental de los propios pecados como condición del perdón. ¿Por qué? Y ¿por qué sienten algunos viva repugnancia en acercarse al tribunal de la misericordia?
El motivo es sencillísimo: se la considera con los ojos de Lutero, que la definía «el tormento de las almas», no con los de la moral cristiana, que no podría interpretar el Sacramento de la penitencia sino a la luz del amor.
Para confesarnos bien, además del examen de conciencia, sin el cual no podríamos conocer el estado real de nuestra vida, es necesario ante todo un vivo dolor de las culpas cometidas con el propósito de no cometerlas más en el futuro.
Sabemos que Benito Spinoza en su Ética declara:
«El arrepentimiento no es una virtud, o sea no surge de la razón; pues el que se arrepiente es dos veces miserable, o sea es impotente. Porque antes se deja vencer por el mal deseo, luego por la tristeza».
Y el Cristianismo se le aparecía como la doctrina de la muerte inútil.
Pero sabemos también que este filósofo desconocía el Catecismo. El dolor y el propósito sólo tienden a un acto de amor a Dios, cuando —como ocurre en la contrición— no incluyen el mismo amor a Dios.
Con el pecado hemos preferido las cosas de la tierra, hemos negado el amor a Dios, hemos caminado hacia la muerte; con el arrepentimiento, al restablecer el orden perturbado, nos dirigimos de nuevo a Dios, le pedimos perdón del mal realizado, le aseguramos que lo amaremos siempre y que nunca más traicionaremos su Amor: en una palabra, nos encaminamos a la vida.
Es verdad: para la confesión basta el acto de atrición, o sea, el dolor de las culpas inspirado en el amor imperfecto y no es necesaria la contrición, o sea, el pesar sugerido por el amor perfecto, pero es indispensable el amor a Dios, al menos implícito en el acto sincero de atrición.
He aquí por qué una confesión sin dolor o sin propósito, aun hecha en la hora de la muerte, aun acompañada por una sincera acusación de las propias faltas, jamás, en ningún caso da el perdón de los pecados: ésta no nos orienta hacia el Amor a Dios abandonado y traicionado y nos deja dirigidos aún hacia su negación.
El crede firmiter et pecca fortiter de Lutero puede ser cómodo para las pasiones humanas, pero es una enormidad moral, no obstante la pretendida imputación jurídica de los méritos de Cristo mediante la sola fe.
¿Cómo podemos ser justificados, si continuamos en oposición a Dios? ¿Cómo podemos amar a Dios, si pecamos, o sea si despreciamos su Amor?
Adviértase. Jesucristo habría podido concedernos el perdón de los pecados mediante este único acto de dolor y de propósito interno, sumo, sobrenatural; pero ha querido obligarnos a manifestar nuestros pecados al sacerdote, porque la absolución es conclusión de un juicio y además porque —entre otras cosas— vivimos en la Iglesia.
No somos individuos aislados, sino más bien individuos unidos en la gran sociedad cristiana. En una concepción atomística del Cristianismo, cual fue propugnada por los protestantes, se comprende que el alma quiera entenderse directamente con Dios; pero en la verdadera concepción cristiana, que está en abierta oposición con el atomismo social, era conveniente, para no mencionar otras razones, que retornáramos al amor a Dios mediante la Iglesia y sus autorizados representantes, a los que Jesús dijo: «a aquéllos a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a aquéllos a quienes se los retuviereis, les serán retenidos».
Nos dirigimos hacia el Padre no directamente, sino por medio de Jesucristo, que vive en su Iglesia, la cual no es sino el Cristo completo, como hemos visto. No nos arrodillamos ante un hombre, nos arrodillamos ante Cristo representado por ese hombre. Como magníficamente escribe Alejandro Manzoni en su Morale Cattolica:
«Nosotros, es decir, todos los católicos, seglares y sacerdotes, comenzando por el Papa, nos arrodillamos ante un sacerdote, le contamos nuestras culpas, escuchamos sus correcciones y sus consejos, aceptamos sus castigos. Pero cuando el sacerdote, conturbada el alma por su indignidad y por la elevación de sus funciones, ha extendido sobre nuestra cabeza sus manos consagradas; cuando, confuso al encontrarse dispensador de la Sangre de la alianza, asombrado cada vez al proferir las palabras que dan la vida, pecador ha absuelto a un pecador, al levantarnos de sus pies, sentimos no haber cometido una vileza. ¿Habíamos ido por ventura a mendigar esperanzas terrenas? ¿Hemos hablado de él? ¿Acaso hemos adoptado una postura humillante para realzarnos más soberbios, para obtener predominio sobre nuestros hermanos? No se ha tratado entre nosotros sino de una miseria común a todos y de una misericordia de la que todos necesitamos. Hemos estado a los pies da un hombre que representaba a Jesucristo, para deponer, si posible fuera, todo lo que inclina el alma a la bajeza, el yugo de las pasiones, el amor de las cosas efímeras del mundo, el temor de sus juicios; hemos estado para adquirir la cualidad de libres y de hijos predilectos de Dios».
En este caso se verifica también la ley de la moral cristiana: es necesario morir para vivir; es necesario humillarse para volar a lo alto; es necesario aceptar por amor el sacrificio de nuestro orgullo y de nuestro pequeño yo, porque sólo así podremos recibir el divino ósculo del perdón.
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c) El problema de la conversión
Si la índole de este Silabario lo permitiese, podríamos examinar aquí el problema de la conversión.
¿Qué es el convertido? ¿Acaso un pensador que a fuerza de silogismos ha llegado lógicamente a la conclusión de la verdad cristiana? Podrá también ser esto; pero no es sólo esto.
La conversión puede revestir mil formas; más aún, se puede afirmar que en cada convertido asistimos a una forma especial y característica de retorno a Dios. Hay quien se encamina hacia Cristo por el camino de la filosofía; otros recorren el camino de la beneficencia, del arte, de los desengaños humanos; otro, imprevistamente, en el camino de Damasco, es derribado por la luz hasta entonces negada, y así sucesivamente. En todas las conversiones se encuentra un mismo elemento: el amor, aun cuando el amor haya nacido del temor o de la vergüenza de sí mismo.
La llama del amor será preparada de distinta manera por la gracia divina; pero, ¡ay, si aquélla no ardiese! No por nada los que viven con el corazón apegado a las miserias y a las frivolidades, no se preparan para la conversión: están lejos del amor a Dios y de la vida del cristiano.
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d) Las campanas de Pascua
Cierto día Federico Nietzsche, niño aún, paseando con su padre desde Lützen a Roecken, fue sorprendido a mitad de camino por el festivo tañido de las campanas anunciadoras de la fiesta de Pascua. «Ese tañido —escribió Nietzsche— ha resonado frecuentemente en mi corazón». Pero no comprendió el sentido de esa música de vida, de ese anuncio de resurrección.
También en nuestros días, cada vez que vuelve la solemnidad pascual, la Iglesia hace sonar sus campanas para recordar a todos su precepto de «confesarse al menos una vez por año y de comulgar al menos por Pascua». Y en el actual renacimiento de fe, muchos de los que desde largos años no frecuentaban los Sacramentos, vuelven al hogar del Padre, imploran su perdón y se alimentan con las carnes inmaculadas del Cordero, que penetra en nuestro corazón para transformarnos más y más en Él.
¡Que nadie deje de cumplir el precepto pascual! ¡Que la confesión de Pascua no se reduzca a una simple formalidad! ¡A la primavera de la naturaleza responda la primavera de las almas! El alegre grito «Christus Dominus resurrexit» exprese la espléndida realidad de hijos arrepentidos que inician una nueva vida: la vida del amor cristiano.
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RECAPITULACIÓN
Si dirigimos la mirada a algunos de los combates principales que se desarrollan en las conciencias por la práctica de la ley moral, comprobamos que aquéllos son sólo un conflicto entre el amor a Dios y el amor a lo que no es Dios (o sea, el amor a nuestro yo, a los placeres, a las riquezas, etcétera).
I.
El egoísmo del espíritu. Contra el precepto de Cristo, el egoísmo del espíritu nos dice: «Ama tu yo sobre todas las cosas y a todo ámalo sólo por tu yo». Innumerables son los fenómenos de esta orientación: soberbia, envidia, ambición, ridiculeces, aspiraciones a una gloria de cualquier modo adquirida, etcétera. Grandes hombres como Petrarca y pequeños hombres, como todo minúsculo estudiante, son víctimas del egocentrismo que lleva a deplorables consecuencias y amargos desengaños.
Adviértase: la humildad cristiana no destruye nuestro yo, ni las energías individuales, sino las considera con relación a Dios y entonces no sólo ve todas las cosas en su verdadera entidad y usa rectamente de ellas, sino que también todo lo fortifica con la fuerza divina y sobrenatural que nos hace exclamar: «Todo lo puedo en Aquél que me conforta».
La moral autónoma, hoy tan en boga, es también una forma de amor de sí mismo, opuesto al amor de Dios; en efecto:
a) olvida que ni nuestro ser, ni nuestro pensamiento, ni nuestra voluntad son el centro de la realidad;
b) olvida que nosotros no creamos la ley del deber, sino que la reconocemos y debemos aplicarla libremente;
c) olvida que sobre el deber está el amor.
II.
El egoísmo de los sentidos. La piara de Epicuro también habla y charla de amor, más aun, acusa a la ética cristiana de ser enemiga del amor. Por desgracia la piara de Epicuro sólo conoce el furioso egoísmo de los sentidos. Es sólo la moral de Cristo la que santifica el amor, en cuanto:
a) considera al matrimonio (y a la familia) como algo sagrado en el mismo orden natural y como sacramento en el orden sobrenatural;
b) señala en la virginidad la más sublime cima del amor. En efecto, la virginidad no consiste únicamente en la ausencia de culpas, sino sobre todo en que ninguna fibra del corazón vibre sino por Dios. Esto explica que las obras de caridad, ya en el terreno espiritual, ya en el terreno de las necesidades materiales, hayan estado siempre unidas con la virginidad.
III.
El ansia de las riquezas. Otro conflicto se desarrolla entre el amor al oro y el amor a Dios. Es enorme error poner el fin supremo en las riquezas, las que no proporcionan la alegría, son inseguras y deben abandonarse en el instante de la muerte.
La moral cristiana no condena la riqueza, sino sólo su abuso; no justifica el descuido de los deberes que cada uno tiene respecto de sus necesidades económicas: sólo excluye el trastorno de los valores, o sea, la sustitución del Dios amor por el dios dinero.
Por esto Cristo proclama bienaventurados a los pobres de espíritu, es decir, a los que no tienen el corazón apegado al oro, sino a Dios; y llama perfecto a los que por motivo de caridad renuncian efectivamente a todo. En el primero y especialmente en el segundo caso, la pobreza evangélica —mandada o aconsejada— se reduce a un acto de amor a Dios y al prójimo.
IV.
Las derrotas. En estos y en otros combates entre el amor a Dios y el amor a las creaturas con frecuencia hay derrotas dolorosas, que se pueden dividir en tres clases:
a) El pecado mortal, o la violación de la ley moral en materia grave, hecha con plena advertencia de la mente y con deliberado consentimiento de la voluntad. El pecado mortal es la negación del amor divino y nos quita por esto la gracia, haciéndonos merecedores del Infierno;
b) El pecado venial, o la violación do la ley moral en materia leve, lo que implica un enfriamiento en el amor.
c) La imperfección, que no en una ofensa formal a Dios, pero consiste o en la transgresión de un consejo, o en la violación no culpable de un precepto.
Todo pecado ofende al Amor, pues:
a) es la rebelión de los hijos contra el amor al Padre;
b) es una ofensa al amor de Jesús hacia nosotros;
c) es una negación del amor al prójimo;
d) es también una negación del amor que nos debemos a nosotros mismos.
Los medios para evitar el pecado son muchos, especialmente la práctica de la virtud, la mortificación, la oración, los sacramentos, la meditación y el examen de conciencia.
V.
Redención y victoria. En el áspero combate podemos caer por nuestra culpa y únicamente el fariseísmo impostor puede indignarse a sangre fría por los así llamados «escándalos clericales».
Aun en este caso doloroso el amor de Dios hacia nosotros:
a) no nos habla de desesperación, sino de redención, de perdón, de misericordia;
b) instituyó el Sacramento de la Confesión;
c) exulta por la conversión del pecador.
