MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA
Capítulo Quinto
EN EL CAMPO DE BATALLA
Continuación…
II
EL CRISTIANO Y EL EGOÍSMO
DE LOS SENTIDOS
Recuerda Josué Carducci en sus Prose que «los habitantes de una ciudad griega, invadidos de sagrado entusiasmo por la representación de un drama de Eurípides, deliraron tres días, durante los cuales recorrieron la ciudad, entonando los versos del coro, que celebraba el poder del amor».
Creo que en este mundo se celebra el poder del amor no durante tres días, sino durante 365 días en el año y 366 en los años bisiestos.
¿Acaso los hombres hablan de otra cosa, piensan en otra cosa? —se pregunta Gratry en Connaissance de l’âme— ¿De qué habla la juventud y qué deploran los ancianos? —añade Bossuet.
Entráis a un teatro. Drama, tragedias, comedias, hasta las farsas, todos están tejidos con el mismo hilo.
Vais a un cinematógrafo, uno de los muchos cinematógrafos que en las ciudades y en las aldeas están siempre rebosantes de ávidas multitudes. Cuando no una escena de robo, es un espectáculo más o menos inmoral el que atrae a la gente, la encadena, la subyuga.
Paseáis por una calle o entráis a un salón. La moda con sus extravagancias y con sus deshonestidades; los bailes con sus caprichos y con sus diversas novedades; los quioscos de los vendedores de diarios, con las revistas, las publicaciones y las noventas; las conversaciones con frases de doble sentido atestiguan siempre el mismo fenómeno.
¿Cuántos ejemplares de las novelas modernas se venderían, si no tratasen de amor y no fuesen expresiones de lujuria?… Por todas partes se presentan las incitaciones al placer, en todos los tonos, en todos los matices.
Ahora todo parece lícito. La infeliz niña, que en el abril de sus años ha destruido su primavera; las pobres creaturas del pecado, que llevan sobre su rostro el estigma de la culpa; el jovencito libertino, incapaz de sonrojarse y olvidado del más elemental respeto que se debe a sí mismo y a los demás, son hechos tan frecuentes, que ya casi no nos sorprenden. Más aún, como decía Lacordaire en sus Conférences de Notre Dame, un homicida es condenado por el mundo; pero el profanador de los juramentos más santos, el violador del santuario doméstico, el adúltero pasa con la frente muy alta y es reverenciado.
Dirijo mi mirada a la literatura y a la historia.
Juan Boccaccio, soltero y enemigo del amor regularizado, avanza con irreflexiva alegría. Mientras Dante une el mundo sagrado y profano para espiritualizar este último, aquél descristianiza al universo entero y lo materializa. Su Decamerone, se ha escrito con razón, es la nueva Comedia, pero no la divina, sino la humana Comedia.
El mundo del espíritu se va: viene el mundo cínico y malicioso de la carne; e Italia lo sigue. Desborda la disolución, que en la antigüedad tenía sus templos y sus sacerdotes; las antiguas divinidades, encarnaciones del vicio, y las antiguas infamias resucitan envueltas en los velos del arte y en el encanto de la belleza; la corrupción penetra en todas partes, aun en los santuarios y todo lo profana: las blancas vestiduras de los Papas, las púrpuras de los Cardenales, las mitras de los Obispos, las almas de los Sacerdotes y de las Vírgenes son salpicadas con lodo entre las carcajadas obscenas de la inconsciencia y los esplendores deslumbrantes de la superficialidad.
La historia se habría desarrollado de muy distinta manera, si el así llamado «poder del amor» no hubiese tenido con demasiada frecuencia las riendas en sus manos.
Si Lutero no hubiera sido dominado por dicho poder, nos habría traído otra Reforma, no ciertamente la que se inspiró en el programa del «crede firmiter et pecca fortiter» y que lo llevó no sólo a su matrimonio, sino al «matrimonio universal», como decía irónicamente Erasmo.
La faz actual de Europa no sería como es, si los Reformadores hubiesen sido dueños de sus sentidos y hubiesen inculcado a todos el dominio de las propias pasiones.
El Mahometismo ya no existiría, si no hubiese aniquilado la ley moral, dejando libre desahogo a los instintos brutales.
Y, prescindiendo de la historia, creo que nadie dudará de que la vida individual de muchísimas personas hubiera tenido una orientación distinta de la presente y una fisonomía diferente, si una… enfermedad de corazón no las hubiese atormentado.
El contraste entre la moral cristiana y la vida jamás se hace tan notable, como en este terreno. Un reproche, una acusación, una condenación son lanzados, como flechas, contra la ética del Evangelio: «Vosotros —se nos dice— sois partidarios de una existencia melancólica y sombría, sin alegría y sin sol. Sois enemigos de la mujer y de la hermosura. Sois enemigos de la vida… Nos habláis continuamente de sacrificio, de negación, de muerte. ¡Oh! ¡dejadnos amar! ¡Nosotros queremos el amor!»
Por lo tanto, debemos estudiar otro combate.
Cada uno puede encontrarlo en sí, antes aun y mayor aún que en el mundo. Y la lucha es encarnizada y feroz, especialmente porque las dos banderas llevan escritas sobre sus pliegues la misma palabra de orden: el Amor. Debemos escoger y decidir. ¿Dónde está el verdadero amor?
***
a) La piara de Epicuro y el amor
La piara de Epicuro charla de amor, pero no ama. La palabra sagrada cubre sólo el furioso egoísmo de los sentidos. En éste impera y manda, sacrifica y huella, danza y sonríe no el afecto a otro ser, sino el propio placer, el propio goce, la propia satisfacción.
Jamás he encontrado entre los disolutos almas que con verdad hayan sabido amar, exclamaba un día Lacordaire en la catedral de París:
«En efecto, cuando se nos habitúa a las emociones violentas, ¿cómo queréis que el corazón, planta tan delicada que se nutre de alguna gota de rocío caída aquí y allá desde el cielo para él; que se agita con ligero soplo, que es feliz durante largos días con el recuerdo de una palabra dicha, de una mirada dirigida, de un aliento dado por los labios de una madre o por las manos de un amigo; el corazón, cuyo latido es tan tranquilo en su estado natural, casi insensible en razón de su misma sensibilidad, y por miedo de que se hubiese despedazado con una sola gota de amor, si Dios lo hubiera hecho menos profundo; cómo queréis, digo, que el corazón oponga sus dulces alegrías delicadas al goce grosero y exagerado del sentido depravado? Éste es egoísta; el corazón generoso. Uno vive para sí; el otro fuera de sí; y entre las dos tendencias una debe prevalecer. Si el sentido depravado vence, el corazón se marchita poco a poco, ya no siente la emoción de las sencillas alegrías, no va ya hacia los demás y concluye por latir sólo para dar curso a la sangre y señalar las horas de un tiempo ignominioso, del cual la disolución precipita la fuga. Y ¿qué hay más abyecto que matar el corazón en el hombre? ¿Qué queda del hombre, cuando su corazón ya no vive?»
En la piara de Epicuro no se sabe amar. El corazón, para usar una fuerte expresión bíblica, se convierte en ceniza.
«Los recursos del amor elevado —observa Gratry—, las poesías de la adolescencia prontas a abrirse, los entusiasmos de la juventud, el sentido de lo infinito, las fuerzas futuras de la razón viril, la sabiduría prometida al otoño de la vida, todo se pierde con anticipación… Este hombre se suicida».
¿Qué le importa el embrutecimiento nauseabundo, la ruina de su alma, la vileza que debe realizar para revolcarse en el fango, las enfermedades que contrae, las consecuencias de toda clase, que en la inteligencia, en la voluntad, en el organismo son los tristes efectos de la caída? El mortal egoísmo del sentido pervertido es su Dios y su tirano: en palabras ama; en realidad quiere gozar brutal, animalescamente. Se acerca, es verdad, a otra creatura; oculta su egoísmo bajo el gesto del amor y bajo promesa de fidelidad; luego, pasada la hora de loca embriaguez, abandona, traiciona, va en busca de otras satisfacciones egoístas, ocultas siempre bajo las mentidas declaraciones de amor.
En la piara de Epicuro no se ama.
Observad a la señorita moderna a la caza de marido. ¡Uno cualquiera, con tal que venga, con tal que mañana la vida sea hermosa y agradable y se pueda gozar…! Y todas las redes extendidas, y todos los lazos puestos acá y allá y sabiamente distribuidos, y todas las debilidades queridas y alentadas, y las mismas abdicaciones del más elemental sentido de la propia dignidad y del pudor, y todos los episodios que se suceden hasta que «caiga uno en el lazo», ¡se bautizan con el nombre del amor!
Considerad al jovencito moderno, que afirma querer amar. Se embrutece en el vicio; el centro de sus sentimientos, de sus preocupaciones, de sus conversaciones es el goce egoísta. Bebe, diré también con Gratry, los mortales venenos que la naturaleza mezcla con sus alegrías culpables, sin pensar en su futura familia, pero pensando sólo en sí y en su satisfacción. ¿Qué le importan los contagios venenosos y sus consecuencias indelebles, transmisibles por herencia? Estos leprosos de la disolución, que quedan señalados con llagas vivas o con cicatrices siempre terribles, llevan después —con la pérfida desvergüenza del egoísmo— esta dote como presente a la virgen desposada y como herencia imprevista a los hijos.
Y ¡llaman amor a todo esto! ¡Viles! Y ¿quién puede hacernos creer que las grandes naciones han introducido en sus leyes el divorcio en nombre del amor? La mujer, después de algunos años de matrimonio, es arrojada, como un limón exprimido; y el problema de los hijos es resuelto de cualquier modo.
Mientras se murmura que el enemigo de la mujer y del amor es el Cristianismo, la voluptuosidad criminal va sin descanso en busca de nuevos cálices, donde apagar la inextinguible sed del egoísmo más abyecto.
La piara de Epicuro no sabe amar.
Si alguien no está convencido, vaya y escriba la profanada palabra del amor en las casas del desorden.
Jamás se ha amado menos que en nuestros días y jamás ha sido más rara la sonrisa de la paz y de la alegría: el egoísmo de los sentidos tiene como ineludible consecuencia la «atroz tristeza de la carne inmunda». En lugar de la vida, se encuentra el abismo de la muerte.
Si el autor del Decamerone ante el fraile que le enviara Pedro Petroni, religioso de la Cartuja, se arrepintió de su vida disipada, se conmovió, se asustó, se convirtió; otros mil y mil —aun cuando no vuelvan al Corazón del Único que conoce el Amor y lo comunica— al fin de su vida deben reconocer en sí mismos las más graves desilusiones y el más amargo disgusto: es la derrota completa no del amor, sino del egoísmo.
***
b) La moral católica y el amor
Expongamos ahora los principios de la moral cristiana con exactitud, con precisión, con la tranquila serenidad de la razón y de la fe, que nada tiene de común con la turbia inquietud del sentido y de la pasión.
1. Dios todo lo crea santamente. Y todo es racional en la organización del todo. La naturaleza tiende siempre a un fin justo, determinado y eficaz.
Por esto aun los instintos del sentido no deben considerarse en sí como un mal. El mal, como diremos, depende del abuso que podemos hacer de ellos, después de rota por la culpa original la subordinación del sentido a la razón, de tal manera que esa subordinación no es hoy una suave necesidad, sino el resultado de un esfuerzo y de una victoria personal nuestra.
Pero ¿por qué permite Dios que sintamos tan fuerte la concupiscencia de la carne?, ¿por qué, aun en almas santas y nobles, abundan «las tentaciones» y la fantasía es una plaza, en la que pensamientos, imaginaciones, malos deseos se siguen y se suceden?, ¿por qué hasta un San Pablo debe exclamar: «Siento en mis miembros otra ley que repugna a la ley de mi conciencia»?, ¿por qué en el desierto de Calcis y en Belén vemos a un San Jerónimo, con una piedra entre sus manos, que se golpea el pecho y trata de alejar de sí los recuerdos obscenos de Roma, en parte aún pagana?, ¿por qué San Benito y el Santo de Asís se arrojan desnudos sobre las espinas y ensangrientan sus carnes puras?
La razón es sencillísima. Dios ha puesto en nosotros estas inclinaciones para inducir al varón y a la mujer a la constitución de la familia. Lo que llamamos «el instinto», lo que suscita aun en la mente de la niña sueños y esperanzas, lo que hace conmover a un alma juvenil ante una cuna y la poesía de dorados rizos, es esta fuerza que impulsa a la humanidad a su conservación.
La importancia de la familia para la sociedad corresponde a los sacrificios que aquélla cuesta. La procreación y la educación de los hijos —fin primario y esencial de la familia— es una tarea nobilísima, y al mismo tiempo abundantísima en responsabilidades, dolores y abnegaciones. Reflexionóse un instante en la abnegación de una madre… Podremos reírnos de una señorita cualquiera, especialmente si tiene los cabellos cortados a lo bebé y si se nos presenta después de laboriosa toilette con su rostro pintado y con afeites, pero jamás nos reímos, no podemos reírnos de una madre. La madre es algo grande y sagrado.
No digáis que el Cristianismo es enemigo de la mujer. Una Virgen Madre refulge en lo alto y proclama por una parte la grandeza de la maternidad y por otra la belleza de la virginidad.
En verdad, para nosotros la mujer es la hija, es la hermana, es la madre; no es un ser anfibio, más o menos masculinizado, que no sabe ya qué secreto descubrir para hacerse ridícula; no es la desventurada que olvida que tiene un alma para vender su dignidad, si se quiere en elegante forma, pero por lo mismo más oprobiosa.
En otras palabras, la verdadera mujer la buscamos en el hogar doméstico, no en la Diosa Razón de la Revolución francesa y en otras secuaces suyas.
2. Sin embargo podemos abusar de todo, especialmente cuando se trata de nuestros sentidos, que en lugar de ser un medio tienden a convertirse en fin de sí mismos.
Como la necesidad de la alimentación es racional y necesaria para la conservación del individuo, pero produciría innumerables males si no comiésemos para vivir y viviésemos para comer, así el instinto de nuestros sentidos nos arrastra a una serie de desastres, cuando no lo consideramos como un medio —racional y necesario— para el fin altísimo de la familia y para la conservación de la sociedad, sino que por él ansiamos una satisfacción independiente de todo bien que le confiere su utilidad y su santidad.
Y como el abuso de la gula desmedida, en lugar de nutrir y vivificar, conduce a la enfermedad y a la muerte, así esta admirable facultad puede desatar en nosotros un huracán o, como leemos en el libro de Job, puede avivar un fuego que todo lo consume y que quema la vida con todos sus gérmenes y raíces.
Es necesario ser muy ciegos para no admitir que el Cristianismo combate este abuso con toda razón.
«¿No habéis encontrado —pregunta Lacordaire— a alguno de esos hombres, que en la flor de la edad, honrados apenas con las señales de la virilidad, llevan ya las heridas del tiempo; que degenerados antes de haber alcanzado el total desarrollo del ser, con la frente surcada de precoces arrugas, con los ojos inseguros y hundidos, con los labios impotentes para expresar bondad, arrastran una existencia caduca bajo un sol siempre joven? ¿Quién ha hecho estos cadáveres? ¿Quién ha herido a este joven? ¿Quién le ha robado la lozanía de sus años? ¿Quién ha puesto en su rostro siglos de vergüenza? ¿Por ventura no es el sentido, enemigo de la vida del hombre? Víctima de su depravación, el infeliz ha vivido solitario, ha aspirado sólo a conmociones egoístas y a pulsaciones espantosas, que ni el hombre, ni el cielo quieren ver; y contempladlo encaminándose, embriagado con el vino de la muerte y con paso desdeñoso a llevar su cuerpo a la tumba, donde sus vicios dormirán con él y deshonrarán sus cenizas hasta el último de los días».
El egoísmo de los sentidos no se detiene en estas devastaciones. Se añaden, como ya lo hemos indicado, las depravaciones del corazón; el innoble despotismo ejercido por la pasión sobre sus víctimas; los crímenes exigidos y reclamados por el placer homicida de la voluptuosidad; y de ahí los matrimonios infelices; las familias sin hijos; las naciones despobladas, temerosas ante las casas que no conocen la sonrisa de los niños, pero sólo conocen los pequeños cálculos del egoísmo que preparan el ocaso de los pueblos.
Repito: es necesario estar locos para no aprobar la moral cristiana en sus esfuerzos para detener este torrente de fango y de perjuicios. Es necesario estar locos para no ver que sólo hay dos caminos:
– o las consecuencias descritas,
– o la intransigencia absoluta: todo pensamiento, todo sentimiento, todo afecto, todo deseo, toda lectura, toda mirada, toda acción que no están en orden, deben ser rechazados inexorablemente.
Ilusionarse en llegar a transacciones en este terreno, sería lo mismo que arrojarse de lo alto de la montaña al precipicio con la pretensión de detenerse dos metros antes de llegar a la sima.
O se está en las alturas, o se cae a lo más hondo.
Por lo demás, la realidad nos lo enseña con su aplastadora lógica.
3. Únicamente con esta intransigencia el verdadero amor nace, se abre, se desarrolla, es fecundo y se convierte en virtud.
Levántase aquí Alejandro Manzotti contra Boccaccio y frente al Decamerone saludamos los Promessi Sposi y la página inmortal del adiós a los montes de Lucía, en que se enuncia la tesis cristiana.
Los altares de Dios no son la condenación del amor, son su consagración; allí «el secreto suspiro del corazón» es «solemnemente bendecido» y el amor es «ordenado» y llamado «santo».
¿Qué es la familia para nosotros?
Un gentil afecto que se abre como el cáliz de una flor en la primavera de una juventud buena y que se santifica con el rocío de Dios; dos almas que se entregan una a otra para siempre con la única palabra consentida por el verdadero amor, o sea con un sí eterno; dos corazones sabedores de que en la vida hay regocijo de fiesta y serenidad de alegría, pero no faltan sacrificios y dolores, y que para ser fieles a la severa poesía del deber se estrechan las diestras y en nombre del Señor proceden hacia el porvenir; la fecundidad de la unión con los tiernos seres, espléndida corona del amor, esto es, una casa embellecida por los verdes pámpanos y por la alegría de hijos, semejando retoños de olivo alrededor de la mesa; todo esto, aun en el orden natural, hace del matrimonio y de la familia algo sagrado e inefablemente grande.
Después Jesús, al sellar el matrimonio con el don sobrenatural y con la aureola espiritual de Sacramento, al sublimarlo del mundo de la naturaleza al mundo de la gracia y al hacerlo símbolo de sus místicas nupcias con la Iglesia, confería a la familia una nueva y divina belleza: el Evangelio, las Epístolas de San Pablo tan luminosas y tan límpidas, la tradición católica toda de veinte siglos nos lo recuerdan.
¿Qué es la familia para nosotros?
Enriqueta Blondel lo ha expresado, cuando en su quinta de Brusuglio mostrándole a su Alejandro que tanto la amaba, dos arbolillos plantados por ella y entrelazados entre sí, dijo en un suave susurro al poeta lombardo: «¿Ves? estos dos arbolillos representan nuestros corazones unidos».
Manzoni al oír a su esposa se conmovió hasta las lágrimas y ordenó que se rodearan los dos arbolillos con un arriate que jamás olvidó. Con él toda alma noble se enternece.
¿Qué es la familia cristiana para nosotros?
Es la llamada a contribuir a la obra creadora de Dios, a formar las conciencias, a poblar el paraíso.
De ella manan las aguas renovadoras de la sociedad.
En ella la patria pone sus esperanzas, porque, como advierte Bismarck, la grandeza de las naciones descansa sobre las rodillas de las madres. Y sólo con la renovación de esta célula social pueden prepararse las glorias futuras de la santa Iglesia de Cristo.
Federico Ozanam en una encantadora poesía titulada Les deux anges gardiens expone sus ideas relativas a la familia: dos ángeles que en el cielo habían sido siempre amigos, piden a Dios amarse también en la tierra al lado de dos jóvenes que se juran fe de esposos. Y cuando su hogar fue alegrado por el nacimiento de la primera niña, comunicaba la noticia a Foisset de esta manera:
«Habíamos rogado mucho y rogamos aún ahora, porque más que nunca necesitamos el auxilio de la protección divina. Hemos sido escuchados más allá de nuestras esperanzas. ¡Ah! ¡Qué momento fue aquél en que oí el primer vagido de mi criatura, cuando vi esa criaturita tan pequeña y no obstante inmortal, que Dios confiaba a mis manos, que me traía tanto consuelo y al mismo tiempo tantas obligaciones! Le hemos dado el nombre de María que era el nombre de mi madre y en memoria de la poderosa Patrona, a cuya intercesión atribuimos este afortunado nacimiento. Ahora la madre, casi completamente restablecida, tiene el consuelo de amamantar a la niña; es un placer muy costoso, pero lleno de satisfacción. Así no perderemos las sonrisas de nuestro angelito y pronto podremos comenzar su educación. Entretanto comenzaremos de nuevo la nuestra, pues creo que el Cielo nos la ha enviado para enseñarnos muchas cosas y para hacernos mejores. ¡No puedo contemplar esta dulce figura llena de inocencia y de pureza sin percibir en ella la imagen sagrada del Creador menos velada que en nosotros! No puedo pensar en esta alma inmortal de la que deberé dar cuenta un día, sin sentirme más compenetrado de mis deberes. En efecto ¿cómo podré enseñarle lo que yo no practico primero? ¿Podía Dios escoger un medio más amable para instruirme, para corregirme, para ponerme en el camino del Cielo?»
Sólo en la concepción cristiana el amor no es palabra vacía de sentido, no es mentira, no es turbado a cada momento por temporales y por nubes.
Donde se practica la moral de Cristo, se ama. Aun al llorar juntos, el rayo de sol conforta, embellece, santifica las lágrimas humanas. Y la misma pureza juvenil, el puro candor del alma —y no sólo de los sentidos— está en relación al amor a la futura familia.
Ninguna alma conoce la intensidad y la frescura del afecto, como la joven alma pura.
4. En este amor palpita indudablemente el amor a Dios, pero no es aún la cima del amor. Aunque se trate de un amor casto, noble, justo, subordinado a Dios, aquí se va a Dios a través del amor a una creatura.
Este poder de amor puede sublimarse: pues se puede morir a los sentidos, para vivir un amor perfecto en el alma. Es el consejo evangélico de la virginidad.
En su íntima naturaleza, la virginidad implica no sólo la ausencia de toda mancha que pueda deslucir el candor: un madero no comete pecado alguno y sin embargo nadie hablará de la virginidad del madero. Decir virginidad es decir amor, y amor perfecto a Dios, en cuanto el alma virginal consagra con fidelidad y generosidad todo su ser, alma y cuerpo, y todas las fibras de su corazón, todo su afecto a Jesucristo.
«El hombre animal no percibe las cosas propias del Espíritu de Dios», advierte San Pablo. Y por lo tanto, no debe sorprendernos que el mundo ni sospeche siquiera esta reducción del concepto de virginidad al concepto de amor perfecto.
Con todo, la idea está enunciada con incomparable vigor en aquella joya de poesía inspirada, el Cantar de los Cantares:
«Mi Amado ha descendido a su jardín, entre los arriates de aromas, para pacer en sus huertos y recoger lirios.
Yo soy para mi Amado y mi Amado que pace entre los lirios, es para mí…
Poderoso, como la muerte, es el amor…
Sus rayos son rayos de fuego; sus llamas, llamas divinas».
La virginidad materialmente conservada de una vestal pagana y la virginidad cristiana vivificada por el Amor divino son esencialmente diferentes.
Por esto, desde los primeros decenios del Cristianismo naciente hasta nuestros días, la virginidad ha escrito en la historia de la Iglesia las más brillantes páginas de amor a Cristo y a los hermanos.
El grito de Inés, el canto de Cecilia, el blanco velo de Marcelina nos lo aseguran; nos lo dicen los cándidos ejércitos virginales que San Vicente de Paúl y otras órdenes religiosas han esparcido en los asilos de dolor, en las crujías de los hospitales, entre los tétricos muros de la cárcel, en todas las casas que recogen huérfanos, ancianos, abandonados, necesitados.
Las almas virginales saben amar; saben sacrificarse; afrontan las empresas más difíciles, superan los obstáculos más graves, salvan almas, benefician cuerpos, enjugan lágrimas, prestan alas a todos para los vuelos de la fe y del amor. Para cada miseria del mundo —se ha dicho con razón— la moral cristiana ha preparado una virginidad que debía ser la madre y la hermana de la misma.
¿Qué es la vocación a la virginidad? Es una vocación a amar. Por esto la virginidad cristiana es fecunda y no se la puede concebir sin una familia: la familia infinitamente mayor e infinitamente más hermosa que la familia natural; la sagrada familia de las almas.
La Iglesia impone el amor a los jóvenes que aspiran al sacerdocio. Deben negarse a sí mismos, hacer callar el grito de los sentidos, mortificarse por amor a los hermanos.
Llega un día —ha cantado Lacordaire— en que la Iglesia toma toda esa juventud entusiasta y la postra cuerpo a tierra en sus basílicas:
«y estos jóvenes recorrerán después, recorrerán todo el mundo protegidos por sus virtudes: penetrarán en el santuario de los santuarios, el de las almas: escucharán confidencias terribles: todo lo verán, todo lo sabrán: mil tempestades agitarán sus corazones. El corazón será de fuego en la caridad, de granito en la castidad. Y en esta señal los pueblos reconocerán al sacerdote».
He ahí, pues, la explicación del sacerdote, del misionero católico, de las Hermanas de la caridad, de toda Orden, de toda Congregación y de toda familia religiosa, sea de las dedicadas a una intensa actividad cotidiana, sea de las consagradas a la contemplación.
La virginidad y el apostolado están siempre unidos, porque la virginidad es amor. El divino encantador de las jóvenes conciencias virginales venido a la tierra a predicar el Amor no inútilmente ha querido rodearse de lirios. El «Hijo de la Virginidad» —como lo saluda San Bernardo— que ha escogido almas virginales como Madre, como Padre putativo, como Precursor, como discípulo predilecto, ha dirigido siempre, en todo tiempo, su llamamiento a una falange de puros y de esforzados, de mirada resplandeciente de luz, dispuestos a sacrificios totales por amor a Dios y por amor al prójimo.
«Pero, se pregunta con alma de poeta César Angelini en sus Commenti alle cose, ¿crecen aún lirios en la tierra en la que los hijos de los hombres han renunciado a todo candor por un gusto de frágil pecado?… Cada vez que los ángeles y los santos han aparecido (¡raras veces!) entre nosotros, no han elegido por sostén para apoyarse en su andar terrestre sino al lirio.
Por esto el lirio resplandece en sus diáfanas manos, en las telas inmortales de los pintores, y ¡qué sensación de eterna frescura comunica al alma y a los ojos que lo contemplan! iSe percibe en lontananza no sé qué brisa de Paraíso!
Tenemos el don de dejarnos encantar por la presencia del lirio verdadero y de su imagen perfecta. Esbelto, elegante como un candelabro de plata jamás reproducido exactamente por el cincel de Benvenuto, el lirio sonríe sobre un pueblo de flores que, suspendiendo su conversación, extáticas lo festejan: porque, aunque ellas hagan galas de sus colores para la admiración de los ojos, reconocen en el blanco del lirio no ya el color, sino la luz.
Di candor lucidoso
riluce la sua veste.
¿Podía Binaco de Siena darnos dos versos más hermosos para saludar a la criatura de divina blancura? Pero en su mismo nombre es una cosa amable. Lirio es palabra completamente agradable: tan rica es en sonidos límpidos y sutiles. Lirio es un nombre perlino, más aun, es una verdadera perla encontrada en los graciosos jardines del cielo y dejada caer como una bendición, aunque para breve estada, sobre la tierra…»
Y el poeta se dirige a los lirios y les dice:
«Lirios que os alzáis límpidos y casi gloriosos en vuestra castidad gentil para advertirme con la fuerza del símbolo que el casto es el victorioso en el mundo y que sus aires son de vencedor; lirios que volvéis a florecer altos y lejanos, tal vez para decirme que todo lo nacido en la tierra debe dar su flor para el cielo y para enseñarme que la carne no es la verdadera riqueza en la vida, sino una carga y que la verdadera riqueza es el espíritu que se eleva al cielo; lirios, nostalgias de inocencias perdidas, ¿por qué traéis a la memoria con mezcla de ternura y de congoja los versos de Safo: ‘Virginidad, virginidad, ¿dónde has huido?’ «.
Estos versos no son la última palabra de la historia. En verdad nos circunda el fango, pero cada vez que Cristo resucita en la historia, sonríen nuevos florecimientos de lirios. No sólo la naturaleza tiene sus meses; también la Iglesia tiene los suyos, en que «en el pudor del crepúsculo» se abren los lirios de las almas virginales. Mientras el sol brille en el cielo,
«con la ayuda de dos gotas de rocío se desarrollarán siempre los hermosos pétalos tersos y se extasiarán y maravillarán de haber florecido tan blancos sobre una tierra tan negra. Y por ser puros los pétalos, todo el tallo será límpido y puro. El terreno circundante quedará prendado del encanto y de la embriaguez de ese fulgor resplandeciente y de esa fragancia que es pasión y vibración…»
Y el Rey del Amor siempre paseará victorioso entre los lirios.
***
c) Conclusión
Volvamos a leer algunos versos de la Odisea, en el canto décimo.
Describe Homero las aventuras de un grupo de compañeros de Ulises trocados por Circe en animales inmundos:
…En hondo valle,
Descubrieron de Circe la morada.
En lugar descubierto, hecho de piedra
Bien labrada. En redor había lobos
Monteses, y leones que con drogas
Domesticado había, así es que, mansos,
En vez de acometer a mis amigos,
Las largas colas meneando, alzábanse,
Viniendo a acariciarles. Como suelen,
Meneando la cola, a sus señores
Acercarse los perros a su vuelta
De algún festín, pues siempre les traen algo
De comer; así andaban los leones,
Y lobos de uñas fuertes halagándoles;
Mas ellos, espantados del prodigio,
Grande temor sintieron. A la puerta
Del soberbio palacio de la diosa
De rizado cabello, se pararon,
Y la oyeron cantar muy dulcemente,
Dentro de su mansión, donde tejía
Una tela muy grande y primorosa,
De esas bellas, sutiles y brillantes
Que las diosas acostumbran.
Dirigióles entonces la palabra
Mi querido Polites, jefe ilustre
De mi gente, y por mí tan respetado,
Y dijo: «Compañeros, he sentido
Que allí dentro, tejiendo, canta alguna
Diosa o mujer, a cuya voz suave
El espacio resuena. Vamos pronto».
Dijo, y todos sus voces levantaron
Para llamarla. Circe alzóse al punto,
Abrió las bellas puertas, invitándoles
A entrar, como lo hicieron imprudentes
Todos, menos Euríloco, que fuera
Se quedó, sospechando algún engaño.
La diosa, dentro ya, sentar les hizo
En sillas y sitiales, y para ellos
Amasó harina, miel, queso, y de Pramne
Dulce vino; y mezcló drogas maléficas
Al manjar, para que ellos de la patria
Se olvidasen. Apenas el brebaje
Tomaron, les tocó con su varita
Y en las viles pocilgas encerrólos.
La cabeza, la voz, el cuerpo y cerdas
Tenían de los puercos; mas las mientes
Conservaban como antes…
En verdad, era inútil que nos detuviéramos en esta escena. Alrededor de nosotros la piara de Epicuro es tan numerosa que no es menester perturbar a Homero.
Abramos más bien el Evangelio: Jesús realiza su primer milagro en Cana de Galilea durante una fiesta nupcial y santifica el amor de los jóvenes esposos.
Jesús ama a la familia: va, la visita, le lleva alegría y salvación, en una palabra, bendice y sublima el amor.
El mundo no debe ser un inmenso corral de Circe.
El amor debe triunfar en las casas, como también debe sonreír en las altas cimas cubiertas de blanca nieve.
Continuará…
