CARTA DE UNA MADRE TRADICIONALISTA DESDE LAS TRINCHERAS DE LA VERDADERA RESISTENCIA

LA FUERZA DE SATANÁS

Nota de Radio Cristiandad:

Publicamos esta Carta de una madre tradicionalista, escrita desde la trinchera.

Ella refleja el estado de alma de tantos padres y madres de familia que, luchando desde hace más de cuarenta años por salvar las almas de sus hijos y por hacer de sus hogares un baluarte contra la revolución anticristiana, habían encontrado en la familia tradicionalista un lugar de referencia y de apoyo.

¿Cuál es ese sentimiento hoy? Una profunda Amargura y un delicioso Gozo…

Compartamos la lectura, y que nos sirva para seguir luchando en la inhóspita trinchera…

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La fuerza destructora e impetuosa desatada tras la pos-guerra, no sólo trajo consigo los cambios radicales de las estructuras políticas, hasta desembocar en la creación del Estado de Israel, sino también todo cambio en las estructuras sociales formadas en el molde de la Cristiandad.

Su fuerza demoledora, hasta hacer sacudir con toda su energía el yugo redentor de la Paternidad, ha sepultado y roto para siempre, el concepto genuino y de orden natural del verdadero amor filial.

Así se cumple, quizás, la profecía que anunciara con toda crudeza la guerra; no ya pasiva, sino activa, de la lucha que debíamos afrontar, cual es la de los padres contra sus hijos, la de ellos contra sus progenitores, y toda disociación social comenzando por ésta.

Por más empeño y esfuerzos, por más sacrificios y penitencias, por mucha abnegación que tengamos, por más artimañas que se busquen a fin de recuperar la verdadera unidad de comunión en el orden de las ideas, todo, a partir de la pos guerra, ha de ser inútil.

Podremos hacer la parodia farisea de la unidad, podremos omitir tal o cual tema que podría lesionar esa «farisaica» actitud, podremos compartir una mesa adornada y preparada para agasajar a nuestros hijos, amigos, sacerdotes, obispos y hasta el mismo papa… y viceversa, pensando que de ese modo se alimentará el afecto y la «caridad»…

Podremos simular besos, abrazos, genuflexiones… etc. en orden a intereses inconfesables de las partes, podremos tener expresiones de afecto casi enfermizas y cursis, tales como: mi amor, mi vida, mi cielo, mi corazón, mi rey, mi sol…etc. pero no tenemos, ni tendremos jamás idea de lo que realmente es, y en qué se basa la verdadera común-unión de las almas, que comienza aquí en la tierra y que descansa en la Eternidad; y ni siquiera la fuerza de poder aceptarla, si logramos vislumbrarla.

Muchos podremos haber tenido por poco tiempo la convicción de haber roto con el hechizo, y que fue gracias a ese factor de unidad fundamental para lograrlo que es la religión, la fe en la ÚNICA VERDAD, la cual es por lo único que es lícito romper con la misma.

Pero tampoco nosotros escapamos a la revolución y a su arrolladora disociación.

La unidad de la familia y de todo lazo, su duración, habrá sido como una bocha lanzada con fuerza, casi sobrehumanamente, pero que se detendrá lentamente a medida que vaya realizando su recorrido; paulatinamente; e irá expirando, como la vida, hasta detenerse en un punto; y el fariseísmo comenzará a apoderarse de la situación.

No más lazos infranqueables de principios inamovibles que generan conductas; no más expresar libremente esos principios; no más el querer intentar sostener con todas las fuerzas de la fe y la razón las cascadas que se derraman sobre ellas… Cascadas de preguntas sin querer escuchar las respuestas; cascadas de respuestas sin preguntas; cascadas de insolencias, de impudicias, de prepotencias, de trivialidades y expresiones farisaicas; cascadas de silencios, de omisiones y traiciones… que besan y abrazan, pero que no ayudan a sostener la fuente ya quebrantada y partida por la fuerza arrolladora de sus aguas rompiendo sus diques.

De ello no escapó la sociedad tradicionalista con sus instituciones, comenzando por las familias.

El divorcio paulatino de las ideas, primero, genera el divorcio físico traducido en expresiones sintomáticas y sistemáticas, hasta desembocar en una guerra constante de dimensiones incalculables; tanto para la o las familias que la componen (incluyendo a los Prelados).

Cuando el subjetivismo, uno de los tentáculos más agresivos de la revolución, campea las mentes disociadas de su recto juicio objetivo, sea por ignorancia, interés, pereza, desidia o estupidez, pretextando tiempos necesarios para la reflexión y comprensión de conceptos claros y fundamentales (que se traducen luego en conductas y en compromisos de vida y de palabra, pero que nunca llegan), la maldición se apodera de la situación, encegueciendo los ojos del alma; y tras una mueca indiferente sabotea la inteligencia privándola de lo único que es capaz en potencia la criatura humana.

El velo, impenetrable e imperceptible arrojado sobre las mentes, obnubila, con el auxilio del orgullo, todo intento de rectificación y postra a los pies de la revolución su singular y diabólico cometido.

La familia «Tradicionalista», tras la detención de la bocha arrojada por monseñor Lefebvre y monseñor de Castro Mayer, después del impulso veloz que se le diera en su línea Recta y Clara, su lento rodar al final mostraba fehacientemente que el espíritu farisaico ya se había apoderado de sus integrantes y de su estructura; ya comenzaba a tragarse a LOS HIJOS DE SU LINAJE, deteniéndose su marcha en éste punto.

Punto en el cual esas mismas familias nos dejamos seducir por el espíritu perverso del subjetivismo, del liberalismo, y del modernismo, en el que cada uno sostiene «SU» verdad u opinión; padres éstos del ecumenismo y del sincretismo «tradicionalista» actual, con idénticos argumentos progresistas, cuya defensa de la VERDADERA fe, dependerán en definitiva de una firma que, aunque tácita, muchos, necesitan verla estampada en un papel.

Mientras tanto, el ritmo vertiginoso del quehacer cotidiano va relajando los espíritus, tapando cada día un poco más, como un velo invisible, el insondable misterio de la trascendencia, y envolviendo a las almas en el ideal pragmático del inmanentismo, que a pesar del tan recitado «Venga a nosotros Tu Reino», el tradicionalista, en su afán de lograr la simbiosis amalgamada con el modernismo, pretextando su tan esperada redención, rechaza casi abiertamente, como por hipnosis, la realidad profunda de su existencia y de su ser, cual fuera la resistencia a esos poderes que otrora justificaban su lucha y hacían suyos (al parecer) los «slogans» de un reino que, ahora, cuanto más lejos se encuentre… ¡mejor!

Un reino distante, quizás más propicio para otra generación preparada para el advenimiento de esa beatería y terror que representa para aquellas almas muy imbuidas del espíritu tan atrapante y excitante del mundo. Mas no para aquellos que ven en Su Reino la detención de ese espíritu transgresor que disgrega y disuelve todo concepto objetivo de orden, tanto natural como sobrenatural.

Si esa espera, lenta pero segura, nos garantiza su derrota, no sería nada, mientras no se pierda de vista el objetivo, cual es SU REINO, que abarca tanto la contemplación, la oración, la esperanza, la resignación en función de ese fin; como el deseo ardiente de su realización, debiendo por ello constituirse en el anhelo y principio fundamental de todo espíritu que se diga cristiano.

Si el objetivo queda atrapado en el «Slogan» y en un discurso recitado de memoria, poco faltará para que aquellos que lo reciten vean plasmar su apostasía, pues su fariseísmo lo obligará a abandonar su otrora convicción, que hasta no hace mucho tiempo, sin temores y falsos prejuicios, se proclamaba abiertamente con una clarividencia tal, que no dejaba lugar a retóricas ambigüedades.

Tras los últimos acontecimientos, tanto los que afianzaron el poder de la estructura oficial de la «Iglesia Conciliar» (a la que el común de la gente, e incluso muchos tradicionalistas, identifica como «Iglesia Católica»), como los que azotaron parte de la estructura visible de la Iglesia Católica (la llamada Iglesia tradicional; a la que el común de la gente, e incluso muchos tradicionalistas, NO identifica con la Católica), no nos queda menos que llenarnos de gozo y, a su vez, de amargura.

De amargura por el quiebre, total o parcial, de lo que fuera el cinturón de la resistencia católica frente a un mundo hostil por antonomasia; quebrando, por lo mismo, la unidad de las familias que velaban por un mismo, idéntico y venidero ideal: CRISTO REY.

Este quiebre tiene nombre y apellido, pero todos, en menor o mayor grado, hemos contribuido a él…; ya la bocha detenía su recorrido, siendo muy pocos los que se acercaban a soplarla para que rodase un poco más…

Ver hoy nuestras familias deshechas (tanto las de seglares como las de religiosos), ver quebrantados los principios que nos animaban, produce un vacío inexplicable y un vértigo aterrador…

Solo la oración y la contemplación del cumplimiento profético, pueden animarnos a continuar, llenos de GOZO y en la CERTEZA de SU espera, pronto venidera.

«Nadie defiende lo que no se ama, y no se ama lo que no se conoce».

«El diablo sabe más por viejo, que por diablo».

El destrozo de las familias tradicionalistas, aparentando una cierta unidad, (en su más íntimo y profundo entender por UNIDAD), ha constituido y constituye uno de los triunfos más grandes que pueda haber realizado la REVOLUCIÓN ANTICRISTIANA.

¡Que Dios nos ampare en esta hora!

¡Muchas cuentas habremos de dar!

Una madre tradicionalista, desde la trinchera