MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA
Capítulo Cuarto
EL AMOR EN EL SACRIFICIO
Continuación…
III
LA FORMACIÓN DE LA VOLUNTAD PARA EL SACRIFICIO
Duro es el programa del sacrificio; y siempre han fracasado todos los esfuerzos imaginados por la debilidad humana para convertir en graciosos y artísticos crucifijos de marfil con fondo de terciopelo la tosca Cruz del Gólgota empapada en sangre.
Por esto la educación moral consiste en el esfuerzo de vigorizar los espíritus para el sacrificio.
Estamos tanto más preparados para la vida y vivimos tanto mejor cuanto más capaces somos de nobles y santas abnegaciones.
Algunos se ilusionaron de alcanzar esa formación dirigiéndose a la inteligencia humana.
Sin discutir la importancia histórica de la teoría de Sócrates que reducía la virtud a la sabiduría y la maldad a la ignorancia; sin querer seguir en la historia de la filosofía la corriente intelectualista y la voluntarista acerca de la identidad o de la distinción de la práctica y la teoría en moral, en la época moderna encontramos a Benito Spinoza que, en su escrito De emendatione intellectus, buscó la solución del problema de la vida en el conocimiento adecuado de la realidad.
El autor de la Ethica, en nombre de la experiencia, declaró vanos y fútiles «todos los sucesos más frecuentes de la vida ordinaria».
Es necesario no colocarse —inculcaba— en lo finito, en lo contingente, en lo perecedero, en lo imperfecto. Es necesario no atarse a las riquezas, a los bienes sensibles, a los honores. Todos éstos son bienes falaces que causan infelicidad.
Es indispensable llegar al más alto grado del conocimiento, al conocimiento intuitivo que, bajo el aspecto de la única sustancia, todo lo explica, que comprende cómo cada cosa tiene razón de ser, cómo todo acaece necesariamente, aun aquello que llamamos el mal.
Cuando se llega a esta visión de la realidad, la palabra del antiguo Heráclito: «no rías, no llores, comprende —non ridere, non flere, sed intelligere»— se hermosea, como un programa.
Entonces nada puede turbarnos en nuestra olímpica serenidad. Y así viviremos felices.
Este panteísmo determinista de Spinoza, aunque no puede tener su refutación en este Silabario, la encuentra en la misma conciencia que, aun tomando lo real en su organismo, siente por una parte ser libre y por otra, aun sabiendo que todo —también el mal— es racionalizado en la historia por obra de Dios, no alcanza con esto a estar olímpicamente serena.
La verdad puede iluminarnos y ayudarnos en la vida. Y nosotros, que concebimos el proceso educativo en su unidad viva, estamos muy lejos de negar que la luz de la inteligencia tenga inmensa influencia sobre la acción y que el juicio de la razón debe preceder a la decisión de la voluntad: Nihil volitum, nisi præcognitum, decían nuestros mayores. ¿Por ventura no sostenemos aun en el orden sobrenatural la necesidad de basar la moral en el dogma?
Con todo no basta saber. La vida es algo más.
Con la inteligencia iluminada es necesario obrar libremente y sólo entonces se tiene la actividad moral.
Sí, derramemos luces en las inteligencias, pero debemos también conformar las voluntades y los caracteres de acuerdo a la recta razón y a la fe.
Lo saben por experiencia todos los educadores, aun los que prescinden del orden sobrenatural, y con razón Foerster, maestro hoy tan grato a la juventud, ha insistido en este punto.
Pero ¿cómo se puede formar la voluntad para el sacrificio?
Como la acción moral cristiana implica no sólo un elemento divino —la gracia— sino también el elemento humano —la adhesión y el libre concurso de nuestra voluntad— es conveniente iluminar los dos problemas para ver qué obligación nos corresponde como hombres y cuál como cristianos.
***
a) Medios humanos para la formación de la voluntad
Puede resumirse en pocas líneas el sencillo pensamiento desarrollado por Foerster, ya en sus lecciones en la Universidad de Zurich, ya en sus libros.
Si queremos prepararnos para la vida, para la acción, y no malgastar nuestra juventud y nuestra vida toda, debemos formarnos un carácter, debemos ser dueños de nuestra voluntad; de otro modo seremos en el océano del mundo y de los acontecimientos una nave sin timón a merced de las olas.
Es de inmensa importancia
«para el hombre ser dueño de sí mismo en todas las profesiones y en todas las circunstancias. Es casi tan importante como aprender a caminar.
Quien no sabe dominarse, es como un hombre no seguro sobre sus piernas, que no sabe dónde irá a acabar, por carecer de dirección determinada en sus acciones y en sus palabras».
La ciencia y la cultura no bastan para conseguir este dominio sobre nosotros mismos de modo de poder entregarnos a una actividad provechosa y enérgica.
«No basta conocer el buen camino, es necesario saber seguirlo. Tampoco es de mucha utilidad conocer la fuerza del vapor y el medio de aprovecharlo, si el mecánico no construye la máquina y la caldera. Acontece lo mismo en el bien obrar»: no basta conocer las grandes cosas: «debemos adquirir también con la práctica la costumbre de suprimir los instintos rebeldes, el arte de realizar lo que hemos concebido».
¿Cuál es la única senda segura para alcanzar cumbre tan elevada? ¿Cómo se conquista el dominio de la propia voluntad de tal manera que ésta esté dispuesta a obrar sin preocupaciones y sin vileza?
Foerster, para resolver el problema, observa que sea en el bien, sea en el mal, el alma no asciende, ni desciende en un instante, procede siempre con lenta formación; nuestro carácter no es obra de un día; es semejante a las islas madrepóricas.
«Con frecuencia —escribe— a setecientos metros bajo el nivel del mar surge una colonia de pólipos coralígenos y crece cada vez más, hasta que un cerrado anillo de escollos emerge de las aguas.
El agua del mar no puede ya afluir allí y de este modo, poco a poco, el lago de agua salobre encerrada se convierte en lago de agua dulce que, con el transcurso del tiempo, se evapora. Con las plantas descompuestas, con los detritos del coral y con la arena del mar se forma un terreno fecundo; una nuez de coco llega a la costa, los pájaros al venir dejan caer semillas de arbustos y árboles de lejanos países; cada ola y aun cada borrasca deja en la playa algo nuevo, hasta que la isla se cubre de toda especie de plantas y árboles. Aparece entonces el hombre y toma posesión de la isla hospitalaria fabricada por el pólipo de coral, un pequeño ser que tiene el aspecto de una gota de leche».
El mismo fenómeno se desarrolla con el carácter en nuestra vida individual, como también con los grandes acontecimientos de nuestra vida social. El paciente y asiduo trabajo de cada día, las pequeñas gotas, las cosas minúsculas producen más tarde cambios gigantescos que parecen improvisados a la mirada superficial, pero que en realidad fueron lentamente preparados. Los «infinitamente pequeños» adquieren en esa forma una eficacia inmensa en el mundo y en la historia. De ahí, concluye Foerster, la grandiosa importancia de la gimnasia de la voluntad.
Muchísimos hombres no tienen el dominio de sí mismos, carecen de energía espiritual, no saben querer eficazmente, porque jamás han conocido el secreto de su propia educación. Como el niño, al comenzar a caminar, no puede tomar parte en una carrera de maratón, pero principia a dar pasitos sostenido en su andador y después, a pesar de sus múltiples caídas, despacio, fortifica sus piernas y aprende a caminar solo sin necesidad de sostén, ni peligro de caídas; así también nuestra voluntad, si la ejercitamos, si la tenemos en activa gimnasia, poco a poco se fortifica, aprende a vencerse en las cosas pequeñas y en el momento del asalto encuentra en sí la suficiente energía para la victoria. La cotidiana y pequeña gimnasia de la voluntad adquiere un gran valor, no ya considerada en sí misma, sino en cuanto se dirige al dominio del propio yo, a la liberación de la esclavitud de los impulsos de las pasiones, de los caprichos, de los nervios, de la vileza propia y ajena.
Por eso Foerster recomienda encarecidamente y describe minuciosamente diversos ejercicios de gimnasia espiritual. Por ejemplo: hacemos un paseo al campo; tenemos sed; debemos resistir para no ser esclavos de nuestro paladar. No se trata de que jamás debamos beber en los paseos, sino de comprobar de vez en cuando si somos aún los amos de nuestra casa. Estamos comiendo una fruta apetitosa que nos hace agua la boca; queremos afirmar nuestra libertad en este caso; la dejamos, no porque sea un delito o una falta saborear esa fruta, sino para practicar la gimnasia de la voluntad.
Un día será un cigarrillo que dejaremos de fumar; otro, una expresión brillante que nos habría traído el aplauso de los demás y que callaremos, y así sucesivamente. Y —repitámoslo una vez más— no porque el fumar un cigarrillo o el decir una frase genial sea una falta, sino para ejercitar nuestra alma en el dominio de sí misma.
El antimoralismo podrá sonreírse compasivamente de estos ejercicios necesarios para la formación del propio carácter; podrá considerarlos pequeños recursos de espíritus estrechos; podrá decir a los jóvenes: «gozad vuestra primavera; romped toda prohibición; acercad vuestros labios a toda fruta»; pero hasta el mismo Benedetto Croce reconocerá que
«nada hay más estúpido que el antimoralismo».
Este «cree celebrar la fuerza, la salud, la libertad, y en cambio ensalza la esclavitud de las pasiones desenfrenadas, la aparente lozanía del enfermo y la fuerza del maníaco. La moralidad (no se disgusten los antimoralistas literarios) no es extravagancia de pedante, ni consuelo de impotentes; es la sangre buena contra la sangre viciada».
Somos verdaderamente libres sólo cuando frenamos las pasiones y los instintos.
***
b) La moral cristiana y la formación de la voluntad
El cristianismo ha inculcado siempre esta práctica de la gimnasia de la voluntad, que en términos cristianos se llama la virtud y la mortificación.
1. Como una golondrina no hace verano, observaba Aristóteles en su Ética a Nicómaco, así un solo acto no constituye una virtud.
Es ésta el hábito del bien; y sólo mediante la repetición de actos por un don de Dios, podemos adquirir esta suave inclinación a realizar acciones buenas, que es tan útil y eficaz en la vida del espíritu.
Si es útil aprender la natación y si vale la pena ejercitarse para saber nadar, mucho más conviene poseer esas perfecciones propias de la actividad práctica, que nos facilitan el cumplimiento de nuestro deber y de la ley cristiana del amor, en el mar agitado de nuestra existencia, en las tempestades y en las borrascas.
No me extenderé recordando cómo los teólogos clasifican las virtudes en teologales y en cardinales según tengan por objeto a Dios, nuestro último fin, o bien los medios para llegar a Dios.
Sólo recordaré que las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la caridad, y que las cardinales son cuatro: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, así llamadas —advierte Santo Tomás— porque sobre éstas se apoya y gira la vida moral, como la puerta sobre sus goznes, cárdines.
Nada agregaré acerca de la distinción de las virtudes en adquiridas y en infusas, según se trate de hábitos contraídos con sólo las fuerzas naturales con la repetición de los mismos actos, o bien de un efecto de la gracia producido en nosotros directamente por Dios.
Lo que aquí nos interesa es nuestro esfuerzo en la adquisición de las virtudes, porque aun cuando la virtud sea infusa, es sólo un germen que debemos desarrollar, es una rosa que debe abrirse al sol con nuestra cooperación.
Es una necedad creer que los Santos nos han dado el florecimiento de sus obras virtuosas únicamente porque fueron favorecidos por el Cielo con socorros especiales: ningún Santo habría sido tal, si hubiere enterrado el talento recibido de Dios y no lo hubiese negociado con perseverante energía de voluntad.
2. Así como la virtud implica la práctica habitual del bien, así la mortificación consiste en la lucha habitual contra el mal.
¿Qué nos enseña el ejemplo de los Padres del desierto y de todos los Santos? Leemos en la vida de San Macario que, viviendo en el desierto, un día le regalaron un racimo de uvas. Dueño de sí mismo y de su gula, escuchó la voz del amor fraternal, que secretamente le aconsejaba llevárselo a otro ermitaño, quien quizás lo necesitaría más que él. Así lo hizo. Y el solitario, al recibir el regalo, dio gracias a Dios y a Macario, pero, a imitación de éste, llevó el racimo a otro ermitaño, y éste a otro…; de modo que el racimo recorrió todas las celdas esparcidas en el desierto y muchas de ellas muy alejadas entre sí, hasta que volvió, todavía intacto, a las manos del Santo, sin que nadie supiera que éste había sido el primero en tenerlo.
Y hechos de esta naturaleza, uno más atrayente que otro, pueden citarse muchísimos.
Sólo me limitaré a advertir que estas mortificaciones asumen un colorido especial en cada Santo y en cada cristiano, según su índole y la misión histórica que debían o deben cumplir.
Consideremos, por ejemplo, a San Felipe Neri, «Pippo il buono», el Santo de la alegría, o, como decía superficialmente Goethe, «el santo humorista».
Uno de sus biógrafos más escrupulosos, Bacci, refiere que
«el Santo Hombre solía bailar frecuentemente ante otras personas, aun Cardenales y Prelados; y no lo hacía sólo en lugares remotos y no habitados, sino también donde suele haber mayor número de personas, como en los palacios, en las plazas y en las calles… Otra vez se hizo afeitar la barba de un solo lado de la cara, y con media barba se puso a bailar en público, como si hubiera conseguido una victoria sobre algo… Deseando un penitente suyo dejarse el copete como se acostumbraba en aquellos tiempos, el Santo no sólo no se lo permitió, sino que le ordenó el corte del mismo y para humillarlo más, le dijo que se dirigiese al capuchino Fray Félix quien le haría esa caridad. Obedeció el buen penitente y Fray Félix (quien estaba de acuerdo con el Santo) en lugar de un simple corte, le afeitó toda la cabeza y aquél todo lo soportó con muchísima paciencia. Y obligaba a sus penitentes, aun a los ilustres, a llevar perros en brazos por las calles de Roma; mandaba al célebre historiador Baronio a la taberna con un gran frasco que tenía más de seis picos, ordenándole se hiciera dar media pinta de vino; pero que antes hiciera lavar el frasco y que fuera a la bodega a verlo trasegar y abonara el importe con un testan y a veces con un escudo de oro haciéndose devolver el sobrante: al realizar éste todas estas cosas, los taberneros, creyéndose burlados, lo insultaban, y con frecuencia lo amenazaban con darle de bastonazos».
Os reís y quizás os sentís tentados de conceder la razón a algunos biógrafos modernos de San Felipe, que afirman que en nuestros días no sería puesto en los altares. ¡Ah! os equivocaríais. Estas aparentes extravagancias de loco eran medios de dominarse a sí mismo, eran mortificaciones practicadas para no convertirse en esclavo del ambiente o de la soberbia; en una palabra, era la gimnasia de la voluntad, definida por Foerster. Y ¡qué gigante fue San Felipe en el terreno de la educación en la Roma de su tiempo!…
Los discípulos comprendían que las rarezas impuestas eran más sabias que las burlas provocadas por aquéllas; y se valían de las mismas burlas como de arma para la propia formación.
Adviértase que la misma Iglesia impone a todos los fieles el ejercicio de las mortificaciones. ¿Acaso las abstinencias y los ayunos, por ejemplo, además del obsequio ofrecido a Dios al renunciar a algo por su amor, no son una gimnasia espiritual para quien debe sostener la lucha «contra la ley de los miembros»?
«El ayuno —explica Manzoni— está ininterrumpidamente en el Antiguo Testamento. Juan, Precursor del Nuevo, lo observa y predica; y Aquél que fue la expectación y el fin del primero y el fundador de la ley del segundo, y la salvación de todos, Jesucristo, lo ordena, lo regula, le quita la rudeza hipócrita y la ostentación melancólica, lo rodea de imágenes sociales y consoladoras, enseña su verdadero espíritu y nos da el ejemplo con su práctica. En verdad la Iglesia no necesita otra autoridad, para explicar su conservación.
Los Apóstoles son los primeros en practicarlo.
El ayuno y la oración preceden a la imposición de las manos, que dio a Pablo su misión entre las gentes; y la religión, como dijo Massillon, nació en el seno del ayuno y de las abstinencias.
Desde entonces, ¿cuándo puede indicarse alguna suspensión o algún intervalo? La historia eclesiástica atestigua su continuidad en todos los tiempos y en todos los santos; y si por desgracia alguna vez se encuentra el cumplimiento literal del ayuno no acompañado por una vida cristiana, es imposible encontrar una vida cristiana no acompañada por el ayuno. Los mártires y los reyes, los obispos y los simples fieles practican esta ley y la aman: ésta está como en su casa entre los cristianos. Fructuoso, obispo de Tarragona, camino al martirio, rechazó una bebida que se le ofrecía para reanimarlo; la rechazó diciendo que no había pasado la hora del ayuno.
¿Quién no experimenta un sentimiento de respeto por una ley respetada de esta manera en el solemne momento de dolor por un hombre dispuesto a tributar a la verdad su testimonio de sangre? ¿Quién no advierte que esta misma ley había contribuido a su preparación para el sacrificio y que para morir imitando a Jesucristo había vivido imitándolo?
Pero, prescindiendo de estos ejemplos admirables, aun en las circunstancias más comunes del cristiano, el ayuno y la abstinencia se relacionan con lo más digno y lo más puro de su vida. Obsérvese a un hombre justo, fiel a sus deberes, activo en el bien, sufrido en sus dolores, firme y no impaciente contra la injusticia, tolerante y misericordioso; y dígase si la observación de la abstinencia no está en armonía con esta conducta.
San Pablo compara al cristiano con el atleta que se abstiene de todo por conquistar una corona corruptible. La agilidad y el vigor que adquiere el cuerpo son tan evidentes, los medios tan adecuados al fin, que nadie juzga irracional ese género de vida, nadie se maravilla de él; y nosotros, educados en las ideas espirituales del Cristianismo, ¿no sabremos ver la necesidad y la hermosura de estas instituciones que tienden a mantener al alma despierta y fuerte contra las inclinaciones de la sensualidad?»
Como se observa en esta cita de Manzoni, también San Pablo habla de gimnasia. Y no habría diferencia entre las mortificaciones en el orden natural y en el orden sobrenatural, si el cristiano no las practicase en unión con Jesucristo, en el cual está incorporado y el cual se mortificó durante toda su vida, desde Belén hasta el ayuno en el desierto y la muerte en la Cruz.
Las virtudes cristianas y nuestra mortificación divinizadas por la gracia, hechas más eficaces por la oración, acompañadas por los Sacramentos, no son menos, sino mucho más que la gimnasia humana de la voluntad. Es el elemento divino unido al elemento humano; es sobre todo un ejercicio que no podría existir en una visión antropocéntrica de la realidad y no podría ser considerado como un método de perfección de la propia personalidad y que, en cambio, está encuadrado en una visión teocéntrica y cristiana.
Nos mortificamos para hacer vivir a Cristo en nosotros: nos crucificamos con Él para resucitar unidos
En otras palabras, la característica de la virtud y de la mortificación cristianas es la educación de la Voluntad humana, mediante la gracia y la formación de Cristo en nosotros.
No debemos, pues, maravillarnos de que esa formación esté unida a los Sacramentos, y especialmente a tres de ellos: la Confirmación, la Comunión y la Confesión.
La Confirmación nos hace soldados del ejército cristiano y nos fortalece en los sacrificios del Amor en la vida. No sin razón el nieto de Renán, Ernesto Psichari, el 8 de febrero de 1913, después de haber recibido el Sacramento de la Confirmación de manos de monseñor Gibier, obispo de Orleans, pudo exclamar: «Monseñor, me parece tener otra alma«. No sin razón Josué Borsi pudo decir al cardenal Maffi que lo había confirmado después de su conversión: «Ahora soy soldado de Cristo». Es el Espíritu Santo, quien fortalece al hijo de Dios, signado con la señal de la Cruz y confirmado con el Crisma de la salud.
La Santa Misa, memoria y renovación de la inmolación de la Cruz, nos recuerda cada vez la gran verdad cristiana del Amor en el sacrificio y aumenta nuestras energías, porque nosotros también, bajando y alejándonos del místico Calvario del altar, aprendemos a sacrificarnos por Dios y por amor a nuestros hermanos.
La Eucaristía, uniéndonos a Jesucristo, presente en la Hostia, nos transforma en Él, de tal modo que la lucha puede ser reiniciada, combatida con el claro convencimiento de que Jesucristo combate en nosotros, con nosotros, por nosotros y que por ende somos fuertes con fuerza divina.
La Confesión, prescindiendo del perdón de los pecados, del que trataremos después, es también un Sacramento de inmensa eficacia educativa. El confesor no es sólo juez, es además padre, maestro y médico; y la acusación de los pecados implica una serie de actos muy útiles para la formación de nuestras conciencias.
Y si además un alma elige a un sacerdote, no sólo como confesor, sino también como director espiritual, facilita y favorece su formación. Mientras el confesor es el que escucha las culpas, las juzga y las absuelve, el director espiritual (que por otra parte puede ser el mismo confesor, pero puede también ser otro ministro de Dios) estudia un carácter y suavemente lo considera en la unidad de su índole a través de la multiplicidad de sus actos y de sus defectos.
Entonces el director espiritual puede ser el buen guía que nos acompaña a las altas montañas y nos hace evitar los peligros y los precipicios. Las mismas mortificaciones son dirigidas por él y ordenadas a un fin particular, que podrá ser la lucha contra el defecto dominante o el esfuerzo en la conquista de una virtud.
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c) Conclusión
¡Qué unidad orgánica se nos presenta ahora en el Cristianismo entre el dogma, la moral, los Sacramentos, la jerarquía y la vida!
El dogma de la Redención y la historia de la Pasión son el fundamento de la virtud y de la abnegación; los Sacramentos son los medios para alcanzar nuestra formación sobrenatural; el sacerdote es el guía de estas ascensiones espirituales. Y en todo esto palpita y se estremece una misma alma: ¡el Amor!
Por nuestro amor Jesús se ha sacrificado en la Cruz; por su amor nosotros nos sacrificamos cada día; para participar cada vez más intensamente en su Amor divino recibimos los Sacramentos y nos acercamos a sus ministros.
El Amor en el sacrificio es lo que aprendemos en la verdad dogmática, en la enseñanza moral, en la ayuda de los Sacramentos, en el sacerdocio católico; y es la verdadera vida cristiana con sus luchas cotidianas, lo que será el tema del próximo capítulo.
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RECAPITULACIÓN
La moral cristiana resuelve la oposición existente entre la dura realidad de la vida y la hermosa idealidad del amor mediante el concepto de sacrificio y la formación de la propia voluntad.
I.
Realidad e idealidad. El verdadero amor de la ley moral cristiana nada tiene de común con las melosidades sentimentales, ni con las utopías irrealizables, sino que proclama que la vida es lucha, es milicia, es continuo combate.
Así como únicamente ama a la patria el soldado que por ella lucha, lo mismo ama a Dios y al prójimo quien sabe negarse a sí mismo y sabe demostrar su amor con sus obras.
Esta lucha no se opone al Amor infinito de Dios por nosotros, sino que es prueba de nuestro amor hacia Él.
II.
El sacrificio. Para amar a Dios, es necesario negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir a Cristo; es ésta la condición indispensable del amor en la tierra.
Para no incurrir en errores debemos recordar:
a)
El verdadero concepto de sacrificio. El sacrificio no consiste en la muerte por la muerte, o en el dolor por el dolor; es más bien la muerte por la vida. Debemos morir para vivir; debemos renunciar a la vida parcial y egoísta, a las pasiones, a las malas inclinaciones para conseguir una vida más elevada. Con ese criterio debemos distinguir las verdaderas mortificaciones de las falsas.
b)
El concepto de sacrificio cristiano. Éste, además de la idea expuesta, implica otras dos exigencias:
1°) el sacrificio cristiano es únicamente el realizado por amor a Dios y a los hermanos;
2°) en unión con Cristo.
De este modo, el problema del dolor se resuelve en problema de amor y no ofrece ya dificultades.
III.
La formación de la voluntad para el sacrificio. El mandamiento de negarnos a nosotros mismos por amor, aunque hermoso en sí, es duro en la práctica. Por lo tanto debemos formarnos, ejercitarnos y entrenarnos en el sacrificio.
Esto se obtiene:
a) con la gimnasia espiritual de nuestra voluntad, o sea, con las mortificaciones que ayudan inmensamente a corregir y a fortalecer el carácter. Las abstinencias y los ayunos impuestos por la Iglesia están inspirados también en este motivo;
b) con la repetición de los actos buenos, que producen en nosotros la virtud adquirida;
c) con los medios sobrenaturales, como la gracia, las virtudes infusas, la oración, los Sacramentos.
