MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA
Capítulo Cuarto
EL AMOR EN EL SACRIFICIO
¿Es un sueño?
La llama del amor de Dios que inflama las almas y a todas las une en una misma alma, en la generosidad eficaz del amor fraterno, ¿no es por ventura un ideal risueño, brillante en la crédula fantasía como estrella lejana, pero en completa antítesis con la dura realidad de las cosas?
¡Oh! si todos tuviesen fijos la mirada y el corazón en Dios y en su Cristo; si el espíritu dominante en todo individuo y en toda iniciativa fuese de verdad el Espíritu Santo; si nadie se acercase al prójimo sin pensar que se acerca a Jesús oculto bajo esas apariencias; si la justicia y el amor no obtuviesen sólo el aplauso de la retórica y de la ingenuidad, mas fuesen practicados en la vida cotidiana; si la paz entre las naciones no descansase sólo en los catorce puntos de Wilson y no fuese devorada inmediatamente por los dieciséis dientes de los financistas; si los hombres y los Estados no hiciesen competencia a la concordia proverbial que reina en perros y gatos, entonces el mundo sería verdaderamente hermoso y la vida sería verdaderamente alegre.
Mas ¡ay! es inútil que Jerónimo Savonarola predique la moral cristiana en la ciudad de Lorenzo de Mediéis y levante sus hogueras.
El alma humana le contesta irónicamente en todo tiempo con el verso de Ovidio.
……….. aliudque cupido
Mens aliud suadet: video meliora proboque,
Deteriora sequor.
(Met. VII, 19 y sig.).
……….. una cosa aconseja la concupiscencia
y otra la razón: veo lo bueno y lo apruebo,
pero sigo lo malo.
El Renacimiento fulgurante lo contempla burlescamente «de todas partes, desde los mármoles esculpidos, desde las telas pintadas, desde los libros publicados en Florencia y en Italia», desde millares y millares de manifestaciones, en las que «desborda la rebelión de la carne contra el espíritu… Entre las convulsiones de sus llorones, el pobre fraile no veía el pálido rostro de Nicolás Maquiavelo que sonreía compasivamente en alguna esquina de la plaza».
Éste, en un famoso capítulo de su Príncipe, aun hoy murmura con astuta malicia: «Si los hombres fuesen todos buenos…» y después con severo rostro nos recuerda doquiera, en todo momento de su vida y en cada pasaje de sus obras, el deber de no perder de vista «la verdad efectiva» o sea, lo que es, por lo que debería ser y no existe.
La ética del Amor ¿es por ventura una utopía irrealizable?
El escepticismo moral así lo afirma y lanza el grito desesperado: «¡Virtud, no eres sino un nombre vano!»… Los apocados repiten esta palabra concordante con la debilidad de su carácter y entregan sus armas. Los hombres «prácticos» con su característica gravedad recuerdan que la vida es lucha, es contraste, es choque de intereses, y que no es amor.
¡La vida no es ósculo de hermanos, sino besos de Judas, insidias, oposiciones, guerras! ¿Cómo puede el Cristianismo olvidar la realidad dura, sí, pero inexorable?
Se cuenta de Carlos V que, retirado en el ocaso de su vida en un monasterio, algunas veces se entretenía en regular los relojes; y al comprobar la imposibilidad de obtener el sincronismo siquiera de dos de ellos, exclamó: «¡Infeliz! No alcanzo a poner acordes a dos relojes y he pretendido poner acordes entre sí a los hombres» ¿No es ésta por ventura la utopía cristiana?
La ley cristiana del Amor no teme estas objeciones. Expondremos brevemente cómo resuelve la antítesis entre lo real y lo ideal, mediante el concepto de sacrificio y de formación de la propia voluntad.
***
I
REALIDAD E IDEALIDAD
El Cristianismo no es ideal abstracto, por el contrario, es la negación absoluta de abstracciones, mercancía hermosa en apariencia, pero engañadora, propia del humanitarismo iluminista, de la democracia moderna y de las ideologías contemporáneas.
El Evangelio, precisamente por ser el libro más elevado para la solución del problema de la vida, es también el libro que nos infunde y cuida en nosotros en máximo grado el sentido de lo concreto. La Iglesia de Cristo jamás ha sido negocio de nata batida. Y si Jesús, por una parte, dice «Amad», por otra parte añade, «He venido a traer no la paz, sino la espada».
Desarrollemos la idea básica del Amor y todo se aclarará.
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a) El amor y la lucha
El verdadero amor nada tiene de común con las zalamerías sentimentales que —digámoslo una vez más— tienen origen fisiológico, más que psicológico.
Los padres que en verdad aman a sus hijos, no los educan exclusivamente con caricias y caramelos, cuando es necesario, los castigan y les dan una paliza; y este castigo no es la antítesis del amor, ¡es más bien verdadero amor! El cirujano que ama al enfermo no lo lisonjea con palabritas suavísimas y con engañadoras ilusiones, toma el bisturí y corta sin misericordia. Una nación agredida y amenazada en su existencia por un voraz invasor, debe defenderse en nombre del mismo precepto de la caridad, pues, si amamos a Dios y al prójimo, ¿cómo podemos permitir que un pueblo sea injustamente aplastado, inicuamente torturado y explotado? El amor a los hermanos puede ordenar la guerra con justa causa.
La espada es la que da la paz a los hombres de «buena voluntad, los únicos a quienes el canto de Navidad la augura. Un castigo necesario, una operación quirúrgica bien hecha, una guerra justa pueden ser la verdadera realización concreta del precepto del amor, en cuanto no son una injuria a Cristo en nuestros hermanos, sino un esfuerzo legítimo y con frecuencia obligatorio para librar a los demás de la dificultad exterior que en nada se refiere a Cristo y, por el contrario, atenta contra el amor cristiano en la vida y en la historia.
Lo que prohíbe el Cristianismo es, por ejemplo, el castigo dado al hijo, no porque lo merece, sino porque el padre está de mal humor; es la corrección que trata al prójimo como a un enemigo que debe destruirse y no como a un hermano a quien debe curarse; es la guerra provocada por voracidad o prepotencia.
Lo que prohíbe es el estado pasional de alma, por cuya culpa ya no vemos las cosas con los ojos de Cristo, sino con los ojos de nuestra ira, de nuestras malas tendencias y de los instintos brutales que en nosotros braman y aúllan. Y al mismo tiempo condena una paz sin justicia.
Es hermoso y cristiano el voto del poeta que en los Canti di Castelvecchio decía:
De los odios al pie que, finalmente
con los propios escombros solos quedan
plantemos el olivo;
pero el único olivo verdadero de la paz se distribuye el domingo de Ramos y acompaña el sereno triunfo de Jesús en la historia; en otras palabras, el verdadero amor y la verdadera paz no son sino el amor y la paz de Cristo que todos —individuos y naciones— deben apresurar, practicando la moral cristiana, o sea, combatiendo.
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b) La vida es milicia
En el otro mundo no será así, pero aquí abajo el Amor está necesariamente ligado con la lucha, y por eso la Sagrada Escritura nos advierte: «la vida del hombre en la tierra es milicia».
En verdad, conocemos los seres y podemos conocer su coordinación y las consecuencias prácticas que de ésta resultan: la conciencia y las tablas del Sinaí nos enseñan la voz de Dios, aquélla con la palabra de la razón, éstas con la de la revelación. Pero obedecer esta voz significa sacrificarse, seguirla implica con frecuencia luchas contra nosotros mismos, contra las costumbres del ambiente o contra las sugestiones de Satanás. El ideal es hermoso, pero la lucha es áspera, la pasión prepotente y las insidias atrayentes son numerosas.
El niño comienza a luchar no bien llega a la edad de la razón. Miradlo ante el azucarero. La pequeña conciencia le intima: «Pequeño, no debes tocar el azúcar», pero el agua en la boca le susurra: «Alarga la mano, ¡es tan dulce el azúcar!»
Toda la vida es una repetición de esta escena.
En lugar del azucarero, será un tesoro, y el empleado se detendrá y en la intimidad de su corazón se desarrollará el conflicto: «Alarga la mano… No; no robes; sé honesto».
En lugar de la dulzura del azúcar será la dulzura de cualquier otra tentación. La serpiente, como a Cleopatra, siempre se nos presenta en un vaso de flores. El rugido de la fiera, la agitación pasional, la inclinación malvada nos empujará hacia el abismo, mientras la orden del deber resonará categórica y amenazadora dentro de nosotros.
Somos libres y podemos elegir.
No somos sólo inteligencia; de ésta procede una voluntad. Y ésta puede inducirnos a huir del peligro.
Puede ordenar a la inteligencia que dirija su atención a uno u otro motivo de acción, que de esta manera se hará preponderante, no ya porque los motivos sean como pesas colocadas en la balanza de nuestra indecisión para determinarnos, sino, al contrario, porque nuestra libre voluntad los acepta y los usa.
La voluntad decide con frecuencia sumergida en la nube y en los miasmas de la pasión, alguna vez en la serenidad del ánimo tranquilo, otra sintiendo que una mano la aferra y la arrastra; podría resistir, rebelarse, librarse; pero no siempre lo quiere.
El más espantoso campo de batalla imaginable no es tanto el de las sangrientas guerras antiguas y recientes, cuanto el silencioso de nuestras conciencias. Con frecuencia es la herida, la muerte, la desolación de la derrota; alguna vez el peán de la victoria.
***
c) Una objeción
¿Por qué ha permitido todo esto el Amor de Dios? ¿No habría sido más hermoso, más alegre —digámoslo sinceramente— más cómodo, si le hubiésemos amado a Él y a nuestros hermanos por un ímpetu natural, irresistible, necesario, sin la congoja de la lucha, sin la posibilidad de la derrota?
No se puede resolver el problema sólo con recurrir a nuestros progenitores. Porque es absoluta verdad que si Adán y Eva no hubieran pecado, no hubiéramos sido atormentados por la insubordinación del instinto ciego contra la razón, por el placer contra el deber, por el egoísmo —en una palabra— contra el verdadero amor: la batalla habría sido ganada de una vez para siempre por quien representaba no sólo a sí mismo, sino a toda la humanidad.
Es absoluta verdad que así como en una guerra, del valor de un puñado de héroes depende un mañana de paz y de libertad para todo un pueblo o un futuro de desgracias y de males, lo mismo de la primera prueba dependía nuestro bienestar o nuestro malestar.
Pero no es menos cierto que de esta manera no se resuelve el problema, sino que se lo desvía.
¿Por qué, nos preguntamos todavía, el Amor infinito de Dios ha querido que el amor victorioso y meritorio del primer hombre (y, dada la derrota, el amor de todos nosotros) hacia Él fuera el resultado de una batalla?
Digámoslo en seguida: la lucha no contrasta con el Amor, antes bien es la prueba del amor.
La tentación es una ocasión que se ofrece al ser libre para demostrar con hechos, si verdaderamente ama a Dios. Puesto en la encrucijada, el hombre —mejor, el hijo de Dios— puede y debe elegir entre el camino del Amor infinito y el amor desordenado a las creaturas; entre el Padre y su egoísmo, entre el amor a Dios y el amor a sí, al placer a la gloria, etcétera.
Libertas est charitas; nuestra libertad se traduce en amor, exclama la sabiduría agustiniana. Y Pascal después de haber contemplado en sus Pensées lo infinitamente grande, «todos los cuerpos, el firmamento, las estrellas, la tierra y sus reinos»; y después de haber afirmado que lo infinitamente grande no vale lo infinitamente pequeño, «el menor de los espíritus», porque éste conoce a aquél y a sí mismos, y aquél nada conoce, añade: «Todos los cuerpos y todos los espíritus reunidos, y todas sus producciones no valen el menor movimiento de caridad: éste pertenece a un orden infinitamente más elevado». El más humilde de los mortales al realizar por amor una pequeña acción se nos manifiesta muy superior al sabio. Las estrellas nada son comparadas con una conciencia libre que lucha, vence y dice a Dios: «Por tu amor he resistido, he luchado, he triunfado».
¿Qué importa si los débiles caen, si los traidores entregan sus armas, si los cobardes abaten la bandera? ¿Acaso debe declararse una utopía el amor a la patria, porque en su ejército hay cobardes y desertores, y no sólo héroes?
Y ¿por qué se debe proclamar un conflicto entre el Cristianismo y la realidad, entre la moral cristiana y la vida, sólo porque el amor de Dios no encuentra únicamente a los buenos, a los generosos y a los santos que lo realizan en sí y en el mundo, sino también encuentra a los malvados y a los cobardes que lo pisotean?
Nuestra ética no es un sueño; no es una hueca abstracción; no es idealidad arrancada de la historia: ¡muy al contrario! Nadie vive de la realidad más que el cristiano; nadie más que él sabe que debe unir cielo y tierra, idealidad y realidad, amor a Dios y a la vida, según el ejemplo de Aquél que ha unido la divinidad y la humanidad, elevando a ésta a la gloria de la divinización.
Divinizar lo humano, aun reconociendo que lo humano no es lo divino y que lo real no siempre es lo ideal, es programa que merece respeto y veneración y no sonrisas burlonas.
Continuará…
