Radio Cristiandad presenta desde hoy un nuevo libro de Mons. Olgiati: El Silabario de la Moral Cristiana
MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI
EL SILABARIO DE LA MORAL CRISTIANA
PREFACIO
Pocos años hace, puse yo en manos del pueblo italiano un primer «Silabario».
El título ira infantil. Algún amigo tuvo un sobresalto de temor y me aconsejó su cambio. No lo hice, porque estaba demasiado convencido de que en nuestra patria ni la carátula de los libros, ni menos aún una estúpida y mentirosa propaganda son una invitación a leerlos, sino la substancia y el pensamiento que contienen.
El Silabario del Cristianismo tuvo éxito. Dios lo bendijo. Hombres pequeños y hombres grandes lo aprobaron. En poco tiempo se sucedieron ocho copiosísimas ediciones. Ninguna novelucha moderna o contemporánea ha alcanzado la tirada del minúsculo volumen que trata de lo sobrenatural. Esto también es un signo de los tiempos. Hoy las estrellas interesan a las conciencias más que el fango.
Estoy satisfecho de comprobar semejante hecho, pues no se trata de un trabajo mío. Mío, en aquel pequeño volumen, era sólo el nombre y la estructura material. Pero al contenido no me pertenecía. Aquellas páginas ofrecían la exposición sencilla, escueta, elemental de la antigua y eterna idea cristiana. Y millares y millares de excelentes personas contemplaron, quizás algunas comprendieron por primera vez qué era el cristianismo; y todas se convencieron de la necesidad moderna de los Silabarios en la enseñanza de la religión en nuestra tierra que sin embargo fue madre de Santo Tomás y de San Buenaventura y la inspiradora de las Sumas medievales.
A aquel Silabario del dogma sucede ahora, lógicamente, este otro de la moral, que supone al primero y lo desarrolla. Esto es lo mismo que afirmar la imposibilidad de comprender el significado exacto de la ética de Cristo, si no se ha aprendido antes qué son la gracia, el orden sobrenatural y las diversas verdades dogmáticas de la revelación. Sólo Bertoldo podía forjarse la ilusión de levantar el segundo piso de una casa sin haber construido el primero; y debemos augurar que, por lo menos cuando se trata de afrontar el problema de la vida, Bertoldo no tenga imitadores.
El nuevo «Silabario» no ha sido tampoco de fácil compilación. Nacido —no en el escritorio, entre doctos volúmenes— sino en la vida y en la escuela, entre palpitaciones de corazones y las serenas batallas de la Acción Católica; crecido en medio de las experiencias cotidianas del esfuerzo educativo; elaborado finalmente —después de cuatro años de tentativas repetidas con obstinación— en una Semana Social promovida por la Juventud Católica Femenina, para iniciar una serie de Cursos de moral en las diversas regiones de Italia —este pequeño libro ha conocido el oscuro, lento y paciente trabajo de las raíces.
Por desgracia, me resulta difícil exponer con sencillez las verdades profundas del Cristianismo para presentarlas a los ojos de todos, de tal manera que la mirada perciba su íntima naturaleza y no se detenga en la superficie exterior.
Por lo tanto, la presente edición pretende ser un llamamiento a los sacerdotes y a los estudiosos, a quienes yo mismo he enviado o enviaré un ejemplar, para que me dirijan críticas fraternas e indicaciones para otra elaboración mejor. Es necesario llegar a una exposición limpidísima, que no degenere en la simpleza; a una enunciación, sustancialmente completa, de los primeros principios de nuestra moral que evite el lenguaje técnico de la filosofía y de la teología —pan de primer orden, pero demasiado duro para los dientes de leche de nuestra generación—; a un tratado, el cual no insista tanto en la moral humana, cuanto en la moral cristiana
Humilde y fervorosamente pido ayuda para esta obra, que nada tiene de personal y únicamente aspira a hacer participar a todos de los tesoros de los misterios de Cristo.
Esta vez —como ya lo hiciera en la primera edición del «Silabario del Cristianismo»— un docto jesuita de la Civiltà Cattollca, el Padre Juan Busnelli, ha querido también tomarse el fatigoso empeño de revisión y corrección. No me es posible insistir sobre la preciosidad de tan alta y valiosa asistencia, no sé si más digna de gratitud o de admiración. Al ilustre escritor, que honra con su saber al clero italiano, llegue mi agradecimiento mayúsculo.
De cuantos recorran las páginas siguientes imploro una oración para que la nueva cruzada de mayor difusión del conocimiento de la doctrina moral cristiana sea próvida de prácticos resultados.
Don Olgiati
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INTRODUCCIÓN
Un célebre novelista inglés contemporáneo, Chesterton, en una de las escenas sugestivas de su obra La Esfera y la Cruz», se detiene en un diálogo curios, desarrollado entre el profesor Lucifer y el monje Miguel.
Los dos conocidos personajes se encontraban en una nave voladora que surcaba el cielo de Londres y pasaba sobre la catedral de San Pablo. La cruz, irguiéndose sobre el templo como plegaria hacia el gran azul y como programa para los pequeños mortales, provocó la blasfemia y la palabra de desprecio de Lucifer, respondiéndole Miguel rápidamente:
— He conocido en otro tiempo un hombre como tú, Lucifer… Aquel hombre había adoptado también la opinión de que la señal del Cristianismo era un símbolo de barbarie y de irracionalidad. Comenzó, naturalmente, arrojando el Crucifijo de su casa, del cuello de su mujer, hasta de los cuadros. Decía, como tú dices, que era una forma arbitraria y fantástica, una monstruosidad, y que se la amaba sólo porque era paradójica. Luego se enfureció todavía más, se hizo todavía más excéntrico; y habría querido derribar las cruces que se alzaban a lo largo del camino en su país, que era un país católico romano. Por fin se encaramó sobre el campanario de una iglesia, arrancó la cruz y la arrojó por los aires en un trágico soliloquio bajo las estrellas. Una noche de verano, mientras volvía a su casa, el demonio de su locura lo asaltó repentinamente abismándolo en el delirio que transfigura el mundo a los ojos del insensato. Habíase detenido un momento, fumando su pipa, frente a una larguísima empalizada y de improviso sus ojos se desencajaron. No brillaba una luz, no se movía una hoja; pero él creyó ver, como en un fulmíneo cambio de escena, la larga empalizada trocada en un ejército de cruces, unidas unas a otras, arriba en la colina, abajo en el valle. Entonces, remolineando en el aire su pesado bastón, arremetió contra la empalizada, como contra un ejército de enemigos. Y a todo lo largo del camino destrozó, arrancó, desarraigó cuanto encontró a su paso. Odiaba la cruz: y en cada palo veía una cruz. Al llegar a su casa estaba loco de atar. Dejóse caer sobre una silla, pero púsose inmediatamente de pie, porque en el suelo aparecía la intolerable imagen. Arrojóse sobre una cama; pero cuanto lo rodeaba tenía ahora el aspecto del maldito símbolo. Destruyó sus muebles todos, dio fuego a la casa, porque también ésta se le aparecía ahora hecha de cruces, y al otro día lo encontraron en el río.
Lucifer miró al viejo monje, mordiéndose los labios:
— ¿Es verdadera esta historia?
— No —dijo Miguel—. Es una parábola: la parábola de todos los racionalistas y de ti mismo. Comenzáis despedazando la cruz, y concluís destruyendo el mundo habitable.
Esta última frase de Chesterton sintetiza la historia de varios siglos. La moral cristiana simbolizada por la cruz, fue burlada, odiada, combatida, despedazada, destruida. Una lucha sistemática, un asalto ilimitado, un sucederse de batallas dirigidas por los jefes más diversos, un multiplicarse de tentativas concebidas desde los más variados puntos de vista y de tácticas, a menudo en contradicción entre sí, pero encaminadas al mismo fin, han pretendido abolir en el mundo la moral de Cristo, para declarar concluido su reino para siempre.
Las consecuencias de este conato estúpido son conocidas por todos. No es exageración de literato, o jeremiada de predicador, el señalar el cúmulo de ruinas que afligen a la época moderna en el mundo de los espíritus. Los individuos, las familias, las naciones, la humanidad sufren y podrían confesar con Giovanni Papini, que «los hombres, al alejarse del Evangelio, han encontrado la desolación y la muerte».
Me dirijo a los que recorran estas primeras líneas y les ruego se detengan un instante para responderse a sí mismos en el silencio de sus conciencias: — ¿Estáis verdaderamente satisfechos de vuestra vida, de los años transcurridos, de los días que ahora pasáis? ¿No tenéis quizás la sensación clara, neta, precisa de haber malgastado gran parte de la juventud, de haberos alimentado de ilusiones y de haber perseguido inútilmente la verdadera alegría, la íntima tranquilidad, la paz?
Hoy no encontramos con mucha facilidad al deficiente que en toda época ha estado siempre satisfecho de sí. Muchísimos, en cambio, sienten la inquietud de un ánimo nauseado, los espasmos atroces del desengaño, la necesidad de una vida nueva. Y por esto muchos retornan a Cristo.
La moral cristiana suscita en los corazones nuevas agitaciones, aspiraciones y anhelos ardientes. La ética del Amor constituye una esperanza aun para quien no la conoce perfectamente y para quien, entre las mordeduras de una existencia inquieta e insatisfecha, la busca sólo con el gesto del náufrago que se aferra a la tabla de salvación.
Los creyentes experimentan también la necesidad de profundizarla mayormente y de practicarla con coherencia, con intensidad, con fervor.
Después de una época de criminales ligerezas, de superficialidad insulsa y de desastres, el problema moral se impone a la despierta conciencia de todos, y especialmente de las nuevas generaciones, que se presentan a la vida, dispuestas a crear un porvenir hermoso y radiante.
Mi Silabario pretende ser sencillamente el pequeño libro para una y otra falange, para aquéllos que aún no han llegado, pero se dirigen al Corazón de un Dios que los espera y les hace sentir cada día más su dulce llamamiento imperioso, y para aquéllos que ya respiran, quizás con pulmones muy débiles, la atmósfera saludable en la casa del Padre.
Para que su lectura sea proficua, es oportuno señalar los motivos que hoy dificultan la exposición de nuestra ética, y al mismo tiempo es necesario subrayar los criterios que me han inspirado.
Dificultades actuales en el estudio de la moral cristiana y método que se ha de seguir para poder comprenderla en su realidad plena, en su vitalidad profunda y en su divina eficacia: he ahí lo que se proponen demostrar estas páginas de introducción.
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1
Dificultades actuales en el estudio de la moral cristiana
Enunciar y hacer comprender los principios esenciales de la ética cristiana es ardua tarea en nuestros días, por tres motivos:
a) Ante todo, una moral es intuida mejor al ser enseñada por el libro de la vida cotidiana, que al ser meditada en un frio volumen. Y por desgracia, muy raramente la moral cristiana hoy se encuentra vivida en las calles, en las plazas, en las casas, en la economía, en la literatura y en las distintas manifestaciones de la actividad humana.
Si prescindimos de las definiciones filosóficas abstractas (las que nada tienen que hacer con este Silabario, no ya por superfluas, sino por no poder ser apreciadas hasta el fin de este trabajo), podemos decir inmediatamente que la moral del Cristianismo exige que nosotros, superando nuestros defectos y nuestras malas inclinaciones, vivamos como viviría Jesucristo. Somos verdaderos secuaces de la moral cristiana, cuando en toda circunstancia determinada pensamos como quiere Jesucristo, cuando tenemos en nosotros los sentimientos de Jesucristo, cuando obramos según el espíritu de Jesucristo. Un maestro es cristiano, si en su escuela procura tratar a los niños y a los jóvenes a él confiados como los trataría Cristo. Un padre y una madre son cristianos, si educan a sus hijos como los educaría Cristo. Un obrero o un campesino son cristianos cuando trabajan como trabajaría Jesús, con el mismo ánimo, con la misma actitud espiritual, preguntándose a Imitación de San Vicente de Paul: «¿Qué haría Jesús, si Él estuviera en mi lugar?»
Y como consecuencia de esta primera reflexión tan natural y tan sencilla que parece perogrullada, «alguien, muy consciente del mal a que se deja arrastrar por sus pasiones, tendrá un sobresalto de temor y deberá exclamar: «¡Entonces; yo no soy cristiano! Las palabras que pronuncio sobre todo en los momentos de ira, las conversaciones que tengo con mis amigos, los métodos que empleo en mis negocios, la conducta habitual en mi jornada son palabras que Jesús jamás habría pronunciado, son conversaciones que Él jamás habría tenido, es método de obrar que Él jamás habría practicado…»
Pero no nos asustemos tan pronto. El Catecismo del Cardenal Belarmino comenzaba con una pregunta y una respuesta terrible, aunque por tantos siglos fueran repetidas por los niños como papagayos.
— ¿Sois cristiano? — Sí, soy cristiano por la gracia de Dios.
¡Ay! Si libramos nuestro oído del tono monótono de la cantilena infantil y nos repetimos a nosotros mismos la pregunta de Belarmino, descubrimos en ella un significado insospechado e insospechable.
Sois comerciante, por ejemplo. Para conseguir una ganancia considerable, embrolláis al prójimo. Y la conciencia os pregunta: «¿Sois cristiano?» La cantilena muere en vuestros labios. El hermoso «Sí, soy cristiano» de vuestros años inocentes se ha trocado en una condenación.
Sois un joven, un hombre. No un animal inmundo. Pero la pasión ruge, insiste, ordena. Vilmente cedéis. «¿Sois cristiano?».
La formulita catequística está allí. Y os acompaña siempre en todo instante, en todo gesto. Ella os absuelve y os condena, os da una sensación de alegría o el estímulo de un fecundo remordimiento.
Pero, ¡en nombre del cielo!, en el año de gracia que estamos recorriendo, ¿cuántos hay en el mundo que en todo instante puedan gritar con su frente levantada: «¡¡Sí, soy cristiano!!»?
Un escritor inglés, que en el título de su novela se preguntaba: «¿Qué haría Cristo?» e imaginaba a Jesús que, descendido de nuevo a la tierra, entraba en las oficinas de administración de un diario de Londres y después en las salas de redacción, y en nombre de su moral rescindía contratos de publicidad, destinaba al canasto artículos, ocasionando la quiebra del diario, y hacía poco más o menos lo mismo en otras administraciones e iniciativas de la actividad humana revolucionándolo todo, planteaba un problema que quizás sería interesante examinar.
En la vida de los pueblos, de las familias y de los individuos, podemos distinguir tres casos a propósito de nuestra ética.
1) Con frecuencia la moral de Cristo es semejante a las antiguas naves hundidas en el lago de Nemi. Son necesarios buzos expertos, milagros de energía y gastos ingentes para poner a flote las viejas trirremes. Y si debierais revolver y sondear el fondo, quizás no seríais tan afortunados como son hoy los exploradores del célebre lago. No encontraríais nada o casi nada de moral cristiana, con excepción de un pálido y lejano recuerdo, colocado allá, como un reproche, cuya voz se procuraba ahogar bajo el peso de las culpas cotidianas, bajo las alas de las cotidianas vicisitudes.
2) Otras veces, frecuentísimamente, veis en práctica una moral, que os recuerda la novela rusa —y no laudable por cierto en su inspiración—, de Demetrio Merejkowski: La resurrección de los dioses.
El humanista paganizante Jorge Mérula pasaba cuidadosamente una esponja húmeda sobre los folios de un viejo pergamino sutilísimo y delicado; de cuando en cuando raspaba con la piedra pómez, bruñía con la hoja de un cuchillo y con el bruñidor, y luego, levantando el folio contra la luz, lo miraba. Algún monje medieval, queriendo utilizar el precioso pergamino, había borrado los antiguos renglones paganos, y sobre ellos había puesto su escritura, las palabras del salterio, las notas del canto que acompañan los salmos penitenciales.
Arriba, leíase: «Escucha, Señor, mis preces: escucha y atiende mi súplica, Señor. Sumido en mi dolor, gimo y suspiro. Mi corazón tiembla; y los terrores de la muerte invaden mi alma».
Debajo, a medida que los caracteres eclesiásticos eran raspados, aparecían otros caracteres, sombras de antiguas letras, pálidos vestigios delicados y descoloridos que habían permanecido impresos en el pergamino: era un himno a los dioses del Olimpo y a Venus: «Gloria al gentil Dionisio, ricamente coronado de pámpanos… Gloria a ti, madre Afrodita, del dorado pie, alegría de los hombres y de los dioses…»
¿Ves? —observa maliciosamente el humanista paganizante a un amigo cristiano—. Tú también eres como este pergamino: En la superficie los salmos penitenciales, en el interior el himno a Afrodita.
¡Oh! ¿no es ésta acaso la historia de muchos? En el exterior una pátina de moral cristiana: pero, debajo de ella, un diablejo en el corazón. Y no es preciso siquiera raspar demasiado: los caracteres de la superficie desaparecen de cuando en cuando; la moral pagana aparece con toda su fisonomía precisa, hasta que un nuevo velo la recubre otra vez… La vida moral de muchísimos es hoy una mezcla tal de paganismo y de Cristianismo, que os recuerda la figura Moro, en la novela citada, cuando para invocar los auxilios del Gran Turco, oró largamente y con fervor ante una imagen de una Virgen, aquella imagen en la que la mano de Leonardo da Vinci ha retratado las facciones de la condesa Cecilia Bergamini. O, si queréis otra comparación, también ésta de Merejkovski, podéis pensar en Leonardo que ideó una colosal estatua ecuestre, el Caballo, en honor de Francisco Sforza y sobre el pedestal escribió: «Ecce Deus», y luego en el silencioso refectorio de Santa María de las Gracias pintó la Cena.
— Maestro —balbuceó temblando un discípulo—, maestro, perdonad… No alcanzo a comprender cómo habéis podido crear el Caballo y la Cena al mismo tiempo.
— Y bien, ¿qué no alcanzas a comprender?
— ¡Oh, maestro Leonardo! Pero, ¿no veis, pues, que es imposible concebir al mismo tiempo… ¡al mismo tiempo! a Cristo y a semejante hombre, ¡al mismo tiempo!…? No, no… —y no encontraba palabras para expresar su pensamiento: sentía turbado el ánimo ante la idea de la reunión de dos cosas inconciliables, y no sabía de cuál de los dos Leonardo había dicho con sinceridad: «He aquí el Dios».
Nosotros tampoco sabemos a quién tantas personas dirigen su «Ecce Deus». Alguna vez parece que lo dicen a Cristo, otras veces al oro, al placer, o a algún otro idolito, que no alcanzan en verdad a conciliar con Dios.
3) Por último, aun los buenos, aun aquéllos que se proclaman cristianos, a menudo presentan una impresionante incoherencia entre la moral que predican y la moral que practican.
Para no molestar la sombra del viejo padre Zapata, añadiremos que con demasiada frecuencia los buenos se asemejan a los cándidos cisnes domésticos gratos al Moro, que los soldados de Luis XII, de paso por Milán, hacían blanco de sus flechas. Algunos cisnes, asustados y heridos, nadaban aún, meciéndose sobre la oscura agua ensangrentada; otros emitían tristes lamentos, alargaban el cuello en un temblor convulso e intentaban una vez más, antes de morir, levantarse sobre sus pobres alas heridas.
Es éste con frecuencia el símbolo de aquéllos que deberían enseñar con hechos qué es la moral cristiana y que, en cambio, se dejan herir por la flecha de la culpa.
Se podrá observar, no como justificación, sino como explicación de este hecho, que todos nacemos con el pecado original, que mil tendencias malignas tratan de arrastrarnos al mal, que la vida moral es una perpetua lucha sin un instante de tregua. Todo esto debe admitirse como verdad innegable. Pero es necesario añadir en seguida que las infracciones continuas de la ley moral crean un ambiente social donde las insidias y los peligros se encuentran a cada paso, forman una atmósfera donde se trata de acallar las protestas silenciosas de las conciencias con el pretexto de que todos caen fatalmente y de que es necesario seguir el paso común y llenan el mundo de las almas con desafinaciones desastrosas.
La ética cristiana se asemeja a una música espléndida y armoniosa; para que todos la aprendan, la aprecien, queden extasiados por ella y se decidan a unir sus voces, es necesario que un coro numeroso, educado y potente la cante: en tal caso, aun quien no conozca las notas y no sepa leer una página de música, entiende y aprende.
No por nada los mejores maestros de moral son los Santos, que obligan a los mismos adversarios del Cristianismo a admirarla y aplaudirla. En presencia de un Vicente de Paúl o de un Juan Bosco es imposible rechazar el consentimiento entusiasta, aunque se viva en la orilla opuesta.
Sin embargo, ¿por qué hoy no siempre se alcanza a atraer los espíritus contemporáneos a la moral del Evangelio? Porque los hábiles maestros de música, capaces de cantar con su vida nuestra ética, son más bien escasos, y son innumerables los maestros y los cantores desafinados. Aun más, por una extraña perversión de ideas la mayoría sostiene que los Santos deben dejarse para la devoción de la minúscula falange de los piadosos y de los ascetas, o, para seguir la comparación, que sean sólo maestros de música sagrada adaptada para las iglesias: ¡fuera del templo se busca otra música, otro tono, otra moral!
Es verdad.
b) Ante las deficiencias descritas, los filósofos han intervenido con sus sistemas para realzar el nivel moral que sigue descendiendo siempre más. La filosofía aspira a ser el sustituto de la religión en el terreno de la ética y, como todos los sustitutos, ha llegado a fascinar por algún tiempo la ingenuidad y la imbecilidad humanas.
Pero, hoy, ¿existe acaso alguien que sostenga todavía, con verdadera seriedad, poder sustituir la moral de Cristo con el sistema de un pensador? ¿Estáis realmente convencidos de formar a un joven en la virtud y en el heroísmo con las teorías pululantes en el mundo filosófico?… ¡Os invito a pensar en la multitud de doctrinas morales contradictorias entre sí, nacidas en el siglo XIX y en los primeros decenios del siglo XX!
Los Utilitaristas han sostenido que la moral se fundamenta en lo útil; Kant ha insistido en el pensamiento de que, donde hay la preocupación de lo útil, no hay moral, y de que ésta debe basarse en el deber; Nietzsche ha despreciado la ética común y ha soñado la moral del superhombre; Marx ha procurado la reducción de la moral a la economía, haciendo también del deber una cuestión de estómago; Ruskin ha exaltado la moral de la belleza; Comte y el positivismo quieren la moral de los hechos, la moral científica; algunos niegan el libre albedrío y con Taine declaran que la virtud es un producto necesario como el vitriolo y el azúcar; otros, en cambio, opinan que sin libertad no hay responsabilidad, ni posibilidad alguna de moral. Algunos quisieron refugiarse en los brazos de los antiguos estoicos e invocaron a Epicteto, Marco Aurelio y Séneca; otros se echaron en brazos del pesimismo y del escepticismo moral; otros trajeron la doctrina de Buda; James y el pragmatismo anglo-americano quisieron fundar el pensamiento sobre la moral, mientras el idealismo erigió a la ética sobre el pensamiento y llegó a afirmar que, para salvar a la moral, es necesario comenzar por admitir que todo es Espíritu, aun más, que todo es acto del pensamiento, desde el Monte Blanco hasta la América…
En una palabra, estos filósofos moralistas se asemejan a un grupo de médicos en ruidosa oposición entre sí, que discuten alrededor del lecho del agonizante. Y hoy, en todo el mundo, no hay ni siguiera un sistema que resista: es el derrumbe de las ideologías filosóficas, es la confusión babélica de las inteligencias y de las lenguas, y si alguien afirmara seriamente que la salvación del mundo se conseguirá con la moral de un pensador, todos estallaríamos en una sonora carcajada.
Lo peor es que estos edificios filosóficos, impotentes por una parte para formar una conciencia, por otra, al caer, levantan una nube de polvo tan densa que arruina la vista, de tal manera que, ante la moral cristiana, son muchísimos los ciegos, los présbitas, los miopes y los bizcos, todo por culpa de los sistemas.
Los filósofos han inoculado en todos un número tan inmenso de prejuicios, de ideas tontas, de afirmaciones infundadas con relación a la ética cristiana, que no es leve la tarea de hacer brillar esta última en la mente y en el corazón de nuestros con-, temporáneos.
Sin temor a equivocarme, estoy convencido de que el presente Silabario revelará a algunos estudiosos modernos un mundo nuevo. Éstos conocen tan poco la moral cristiana que la creen fundada únicamente en el premio y en el castigo, en el Paraíso y en el Infierno ¡y por esto la posponen a las formas mucho más nobles de la moral desinteresada! Hasta los grandes pensadores, desde Manuel Kant a los recientes idealistas italianos, no os ofrecen pruebas muy satisfactorias de conocimiento de nuestra moral.
Quiero limitarme a un ejemplo.
Tomo la Filosofía de la Práctica, de Benedetto Croce y leo:
«La afirmación de que el acto moral es amor y volición del Espíritu en universal, se encuentra en la Ética religiosa y cristiana, en la Ética del amor y de la búsqueda ansiosa de la presencia divina. Es éste el carácter fundamental de la Ética religiosa, la cual permanece ignorada a los vulgares racionalistas e intelectualistas, a los así llamados librepensadores y a los frecuentadores de las logias masónicas, por estrecha pasión partidaria o por falta de agudeza mental. Casi no hay verdad de la Ética… que no pueda expresarse con las palabras de la religión tradicional que hemos aprendido de niños y que espontáneamente suben a nuestros labios como las más elevadas, las más apropiadas, las más hermosas; palabras, en verdad, impregnadas aún de mitología, pero al mismo tiempo henchidas de contenido filosófico».
Ante estas expresiones, casi sospecháis que Croce sea un propugnador de los principios de la moral cristiana. Pero no; tened paciencia; pasad algunas páginas y leeréis:
«El divorcio (puede ser) altamente moral o profundamente inmoral, según los tiempos y los lugares: y sólo la estrechez mental o la ignorancia pueden expulsar de la humanidad, o creer que viven o persisten en la inmoralidad, pueblos que practican el divorcio o el matrimonio indisoluble… Inmoral, irracional e innatural no es ni siquiera la poligamia o el libre concubinato, puesto que ha sido institución considerada legítima en ciertos lugares y épocas; y estaríamos por afirmar (aunque repugne a nuestro corazón y a nuestro estómago de europeos civilizados) que ni siquiera la antropofagia, porque aun entre los antropófagos había (esperamos se quiera admitir) hombres, que se sentían honestísimos, en la más límpida conciencia de sí mismos, y, esto no obstante, comían a su semejante con la misma tranquilidad con que nosotros comemos un pollo asado, sin odio por el pollo, pero con la convicción de no poder, al menos por ahora, obrar de otro modo».
Y obsérvese: Benedetto Croce en el mismo libro no vacila en reconocer que «¡después del Cristianismo, a nadie que no sea charlatán o extravagante, le es permitido no ser cristiano!»
¡Ay! El Cristianismo verdadero con relación a este Cristianismo de Croce que admite en ciertos casos la moralidad del divorcio, del libre concubinato y de la antropofagia, es con poca diferencia lo que el amor cristiano con relación al amor libre del licencioso.
Y una vez más nos preguntamos: ¿es posible que de tales teorías modernas, que justifican toda obscenidad y todo delito, pueda derivarse la solución del problema moral?
c) Para hacer todavía más dificultosa la tarea de exponer la moral cristiana, se añade finalmente el escaso conocimiento de la moral de Cristo, entre los mismos creyentes.
Muchos ignoran hasta algunos preceptos de la moral, muchísimos ignoran el motivo de los preceptos.
Mandamientos y prohibiciones de la ley ética parecen extravagantes a algunos y no sé cuántos sabrán justificar los mismos actos buenos que realizan.
De aquí, por ejemplo, las señoras de nuestros días, que se maravillan de la campaña del Papa y de los Obispos contra la moda torpe y los bailes inmorales; de aquí las preguntas de los que desearían saber el porqué de la pureza en los años juveniles y el porqué la familia no debe ser profanada con vicios oprobiosos; de aquí algunos cristianos que no comen carne el viernes, pero que no conocen absolutamente la razón por la cual la Iglesia impone la abstinencia y los ayunos; de aquí las deliciosas pretensiones del que cree que la moral cristiana tiene derecho de existir sólo entre los muros del templo, mientras fuera, en la vida social, en la economía, en la política, en la escuela y en el arte, debe reinar otra moral completamente diferente y, si se quiere, opuesta a la primera.
Aunque es inmensa la ignorancia de los dogmas, por desgracia más vasta y más profunda aún es la ignorancia de la moral y lo peor es ¡que todos se consideran suficientemente instruidos en la materia! Al menos en lo relativo al contenido dogmático de la revelación, el creyente ignorante en teología rehúsa disertar acerca del misterio de la Trinidad, o de la procesión del Espíritu Santo del Padre y del Hijo; pero en moral todos se juzgan competentes y truecan el amor sobrenatural a Dios y al prójimo por el amor que a Dios y al prójimo habríamos tenido en un mero orden natural.
La vida pagana que nos rodea, las nubes causadas por los sistemas filosóficos, la ignorancia de muchos cristianos en asuntos de moral crean mil obstáculos a quien quiere exponer e inculcar la moral cristiana, tanto más si no quiere encerrarla en cuatro tesis, exactamente formuladas, pero necesariamente frías, o si no quiere detenerse en el comentario de cada Mandamiento de Dios y Precepto de la Iglesia, dado por nuestros grandes tratadistas de Teología Moral bajo la guía de un Santo genial, San Alfonso de Ligorio; comentario indispensable, pero que presupone el conocimiento del alma de la moral de Cristo.
Ante estas dificultades, ¿qué método he preferido?
Continuará…
