MONS. FRANCISCO OLGIATI: EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO – Capitulo trece: LA VIDA CRISTIANA – IV EL CRISTIANO Y EL DOLOR – Continuación… 2 La solución del problema del dolor

MONSEÑOR FRANCISCO OLGIATI

EL SILABARIO DEL CRISTIANISMO

Libro de estudio y de meditación, no sólo para hombres pequeños, sino también para hombres grandes, no para ser leído en el tren o en medio del bullicio, sino en el silencio y el recogimiento, palabra por palabra, sin saltar de una página a otra, como lo haría el hermano Mosca del Convento de San Francisco.

Capitulo trece

LA VIDA CRISTIANA

IV

EL CRISTIANO Y EL DOLOR

Continuación…

2

La solución del problema del dolor

Los verdaderos cristianos —los Santos— han tenido quizás, más que nadie, los estigmas del dolor. Sin embargo fueron felices.

Es San Pablo que dice a los de Corinto: «Me encuentro colmado de consuelo, mi corazón rebosa de alegría en medio de todas mis tribulaciones».

Son los Mártires que sufren toda clase de tormentos y hasta la muerte más atroz con la sonrisa en los labios.

Es San Francisco que exclama: «Es tan grande el bien que espero — que el dolor me es placentero».

Es Santa Teresa que pone a Dios el dilema: «O sufrir, o morir».

Es Santa María Magdalena de Pazzis que prefiere orar así: «No morir, sino sufrir».

Son los millones de almas que han abrazado, besado y quizá invocado su cruz.

¿Cómo se explica esto? ¿De dónde proviene esta resignación ante el dolor y a veces el ansia misma de sufrimientos?

Penetremos en una de estas almas cristianas, ya sea ignorante como una pobre mujer analfabeta, ya sea docta como San Agustín, y tratemos de sondear su vida interior en relación a la Trinidad sacrosanta.

Agobiada por el dolor, esta alma cristiana razona así:

1.— Yo soy hija de Dios; vale decir, Dios es mi Padre, y un Padre que es la misma bondad, la misma perfección. Si me envía la cruz, la cruz es un bien para mí y no debo rebelarme. Todo sufrimiento es semilla de gloria; cada lágrima santificada significa un paraíso más hermoso, un grado de gracia más elevado, un canto de amor más intenso por toda la eternidad. Además yo he cometido pecados y el dolor es una medicina. Ciertamente, toda medicina es amarga. Pero me la ofrece el Padre que me ama y desea purificarme. Entonces diré con el autor de la Imitación de Cristo: «Señor, si me quieres en la alegría, bendito seas; si me quieres en el dolor, que seas igualmente bendito».

«Es bueno —advierte San Agustín— es bueno para ti someterte a la voluntad de Dios. A veces es voluntad de Dios que estés sano, a veces, que estés enfermo. Si cuando estás bien, te es agradable la voluntad de Dios, y cuando estás mal, te es desagradable, careces de rectitud de ánimo, porque no deseas conformar tu voluntad con la voluntad de Dios, sino torcer la voluntad de Dios hacia la tuya. La voluntad de Dios es recta, no así la tuya. Es pues tu voluntad la que debe rectificarse de acuerdo con la suya, y no la suya la que deba torcerse para acomodarse a la tuya. ¿Estás bien en el mundo? Bendice a Dios por los consuelos que te otorga. ¿Estás mal? Bendice a Dios porque te corrige y te prueba… Dios sabe lo que hace por ti. Puede ser útil el flagelo que te agobia. ¿Cómo puedes saber tú lo que hay de gangrenado en el lugar donde corta el cirujano pasando el bisturí entre las carnes infectadas? ¿No es él el que conoce el arte de operar y hasta dónde debe llegar? ¿Acaso tus gritos y gemidos deberán hacerlo desistir de cortar lo que sea necesario? Tú gritas; él corta. ¿Es cruel al no escuchar tus gritos, o es más bien caritativo ensanchando la herida para que sanes? El Hijo de Dios dice: «No busco mi voluntad, sino la voluntad de Aquél que me ha enviado», y ¿tú quieres hacer tu voluntad? Ten, pues, un corazón recto, conformándolo a la voluntad de Dios; y si alguna vez te turba la humana fragilidad, te consolará la bondad divina».

Este razonamiento agustiniano vale también en el orden puramente natural, y persuade sobremanera, si reflexionamos que somos hijos de Dios, amados por Dios hasta el exceso, como quiera que nos elevó a una dignidad divina. El Padre nos ama. Los sacrificios que exige de nosotros redundan en provecho nuestro.

2.— Podemos añadir, que también redundan en provecho para los otros hermanos. En el orden sobrenatural —como lo vimos precedentemente— siendo hijos de un mismo Padre, constituimos una sola familia, compuesta de muchos hermanos, cuyo primogénito es Jesucristo. Él es la misma inocencia y sin embargo ha sufrido y ha muerto. Pero su dolor ha sido la salvación de todos nosotros. La pasión y los dolores del Redentor nos han merecido la gracia. También nosotros debemos sufrir los unos por los otros: el justo ora y sufre por el pecador, y esto es conveniente, ya que el pecador es nuestro hermano, es hijo de Dios.

Las almas cristianas ofrecen sus sufrimientos y sus lágrimas por el bien común, en unión con los dolores de Jesús. Y cuando asisten a la Misa, por ejemplo, no olvidan la palabra de San Agustín: «No busquéis fuera de vosotros la hostia para ser ofrecida al Señor; esa hostia la hallaréis en vosotros mismos»; en vuestros dolores. El sacrificio de Jesús santifica nuestros sacrificios, y como en la Misa el pan y el vino se transforman, se transubstancian en Jesús, así en el sacrificio del alma cristiana se realiza otra transubstanciación: la hostia del dolor ya no es más que un velo que oculta una ofrenda divina a Dios, por sus otros hijos. «Si el grano de trigo no cae a tierra, y no muere, queda solo; en cambio, si muere, lleva mucho fruto».

«Somos nosotros —comenta el P. Mateo en su obra «Hacia el Rey de Amor»— el pequeño grano de trigo; solamente el sacrificio es fecundo: solamente el pequeño grano molido y pulverizado se convierte en harina para hostias». De este modo, el dolor se transforma; se convierte en un acto de amor al prójimo, en una superación del propio egoísmo, en un gesto divino de caridad. ¿Qué extraño entonces que las almas delicadamente cristianas, en vez de maldecir, bendigan el dolor?

2.— No basta. El dolor, para el que vive sobrenaturalmente, es un hilo telefónico más eficaz que nos une a Dios con un himno de amor que es el más bello saludo de los hijos a su Padre y que nos inspira el Espíritu Santo.

Sufriendo, amamos. Se ha dicho incluso, que la verdadera prueba del amor es el sufrimiento. Cuando ofrecemos nuestro dolor a Dios, lo divinizamos.

Éste es el espíritu que animó a todos los Santos.

No sería inútil leer con ese criterio las Actas de los Mártires, que fueron los hombres del dolor.

No nos llenaríamos de estupefacción al saber que San Ignacio, obispo de Antioquía conducido entre cadenas a Roma el año 107 de la era cristiana, «temeroso de que la caritativa solicitud de sus hermanos le impidiese llegar hasta Dios por la puerta abierta del martirio, escribe a la Iglesia de Roma la siguiente carta: Temo que vuestro amor me perjudique (…) No podéis ofrecerme nada más grande que dejarme inmolar a Dios, mientras el altar está listo, y agradecer juntamente con vosotros, al Padre en Jesucristo, por haber juzgado cosa digna llamar a un obispo de Siria del Oriente al Occidente [para el martirio] (…). Yo escribo a las Iglesias y a todos les digo que muero por Dios, espontánea y voluntariamente. Os conjuro a que no uséis conmigo de una benevolencia inoportuna. Permitidme que sea alimento de las fieras, y por su intermedio consiga la posesión de Dios. Soy trigo de Cristo; que los dientes de las fieras me muelan, para convertirme en cándido pan de Cristo. Acariciad más bien a las fieras, para que sean mi sepultura».

Y así prosigue con los sublimes acentos de las inmortales esperanzas y del amor a Cristo Jesús.

He aquí resuelto el problema. El dolor se trueca en amor; en el Corazón divino —enseñó JESÚS a Santa Margarita María— «todo se transforma en amor, hasta las más amargas angustias»; y «las amarguras de la vida —habla el P. Mateo— tocadas por el amor se endulzan (…). Acá abajo, sólo los santos son verdaderamente felices. La naturaleza puede ser convulsionada, puede tener su agonía, su Getsemaní, sin que se turbe la paz íntima y sobrenatural del alma. Además, en esta vida de santidad, no se lleva a solas la propia cruz; Jesucristo la lleva con nosotros, más que nosotros». Él —añade San Francisco de Sales— nos lleva a nosotros mismos con la cruz, sobre sus brazos.

Así sufre el cristiano, el hijo de Dios, redimido por la sangre de Jesucristo. Sufre, no de un modo insensible, sino resignado, conformando su voluntad con la voluntad de Dios, aun cuando no conozca las razones particulares de la divina permisión del mal.

Es ahora necesario detenerse un instante, para ver si el catecismo tiene una aplicación práctica en nuestra vida.

Observa Santa Teresa que las tres cuartas partes de las oraciones dirigidas a Dios podrían reducirse a esta invocación: «De la cruz y de las penas, ¡libradnos Señor!».

En cambio, el Maestro decía a Margarita María: «Recibe la Cruz que yo te doy; fíjala en tu corazón, teniéndola siempre delante de los ojos y llevándola entre los brazos de tus afectos… Llevarla entre los brazos, significa abrazarla amorosamente todas las veces que se presenta, como la prenda más preciosa de mi amor».

Y el P. Mateo comenta: «Sí, no arrastréis la Cruz ¡abrazadla! Cuando se teme la Cruz, inevitablemente se la encuentra; pero no se encuentra en ella al divino Crucificado. Si vosotros la lleváis, bien pronto ella os llevará a vosotros. Los ensangrentados brazos del Salvador os sostendrán. La Cruz será el vínculo indisoluble entre su Corazón y el vuestro. Seréis felices sufriendo…».

Lo sabía Santa María Magdalena de Pazzis cuando besaba las paredes de la celda diciendo: «¡Tú me has engañado, Señor! Me habían dicho que no encontraría aquí más que cruces, espinas y abandonos. He venido, y Te encontré a Ti, y contigo ya no hay agonía, ya no hay Calvario».

Al que sufre cristianamente (y ¿qué es comparado con este sufrimiento el dolor del estoico y del filósofo?) sucede lo que le aconteció a Santa Rosa de Lima, cuando, niña aún, paseaba con el Niño Jesús, por una calle de su ciudad. El Niño recorría la avenida, buscaba y juntaba flores y las llevaba a Rosa. Rosa tejió con ellas una corona y la puso sobre la cabeza del divino Niño. Pero Jesús, tomando la corona la colocó sobre la cabeza de la Santa y le dijo:

«No, mi pequeña esposa, las rosas son para ti; para Mí, la corona de espinas».

RECAPITULACIÓN

1. Todos tienen dolores en la tierra, pero hay diversos modos de sufrirlos. En efecto:

a) Algunos sufren COMO BRUTOS;

b) Otros COMO HOMBRES, como filósofos;

c) Otros COMO CRISTIANOS, o sea, como hijos de Dios.

2. El verdadero cristiano, cuando sufre, considera el dolor;

a) En RELACIÓN AL PADRE, que quiere el bien de nosotros, sus hijos, y que, por consiguiente, si nos hace sufrir, lo hace, o para purificarnos de nuestras culpas, o para aumentar nuestros méritos para el paraíso;

b) en RELACIÓN AL HIJO, el cual, para elevarnos a la dignidad de hijos de Dios ha sufrido y ha muerto por nosotros, enseñándonos que también nosotros debemos sacrificarnos por el bien de nuestros hermanos;

c) en RELACIÓN AL ESPÍRITU SANTO, que —como lo vimos— es el Amor substancial del Padre y del Hijo. El dolor resulta, si lo queremos, el acto más hermoso de amor hacia Dios, siendo el sufrimiento la verdadera prueba del amor.

3. Por consiguiente, el cristiano tiene resignación a la voluntad de Dios, santifica su dolor y lo transforma divinizándolo.

He ahí, pues, resuelto el problema de la vida: debemos organizar la existencia, teniendo a Dios como centro, como a autor, no sólo de nuestra naturaleza sino también del orden sobrenatural. En otros términos, no debemos limitarnos a vivir como hombres honestos (orden natural) sino que debemos vivir como hombres divinizados (orden sobrenatural).

No basta ser hombres honrados; debemos ser cristianos.