ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL P. CERIANI: 21 NOV 2012: MONS. FELLAY SIEMBRA MÁS CONFUSIÓN – 1º PARTE

MONSEÑOR FELLAY SIEMBRA MÁS CONFUSIÓN

Proporcionamos solamente parte de los textos de cuatro sermones de Monseñor Fellay, en los cuales destacamos algunas expresiones.

Es muy importante acompañar la lectura con el audio.

AUDIO:

Para escuchar:

Para bajar: DOWNLOAD

A) Respecto de la identificación Iglesia Conciliar-Iglesia Oficial

LUJAN, 7 de octubre de 2012

Nosotros, queridos fieles, tenemos la misma prueba. Esta vez no con el Cuerpo físico de Nuestro Señor, sino con su Cuerpo Místico, con la Iglesia.

Vemos de nuevo la Iglesia, la Iglesia crucificada. Esta Iglesia, la Iglesia Católica, estamos obligados de creer, de profesar su carácter divino, totalmente sobrenatural en su esencia. Divina en su Cabeza que es Nuestro Señor mismo, Dios, con privilegios que pertenecen solamente a un origen divino: la infalibilidad, la indefectibilidad, jamás el demonio podrá destruir la Iglesia, la sola, la única, la verdadera que puede salvar… y que salva. Que puede santificar y que santifica.

Esta Iglesia es la que vemos frente de nosotros casi muerta. Lo que percibimos con nuestros sentidos de la Iglesia hoy, son realmente percepciones de un cadáver, de uno que está tan, tan herido, que está casi muerto.

Y de nuevo, muchísima gente está tentada de tomar solamente una parte, sea la parte divina, sea la parte humana. Pero tomar los dos, que son tan contradictorios, eso pesa. Una prueba, la más dura, la más peligrosa que se puede imaginar, es aquella que Dios permite, que nosotros sufrimos.

Y como en la cruz, hay personas que insisten tanto en la Fe que niegan la realidad. Dicen: «la Iglesia no puede engañarse, la Iglesia no puede decir, enseñar errores. La Iglesia no puede hacer algo mal. Entonces todo lo que ha hecho, todo lo que pasa en la Iglesia hoy, tiene que ser justo, bueno, verdadero».

En nombre de la Fe, entonces de un punto que es necesario creer, aceptar. ¡Cuidado! Estamos obligados de profesar la santidad de la Iglesia, que la Iglesia es indefectible, que es infalible, ¡es verdadero, cuidado!

Pero, hay una realidad.

La otra tentación es de insistir tanto sobre la realidad que se va a negar, rechazar, las implicaciones de la Fe. Aquellos que viendo el desastre, dicen: «Eso no puede ser la Iglesia, imposible. Eso no es la Iglesia. ¿Por qué? Porque muere. Porque está lleno de errores, lleno de escándalos, lleno de todo lo que conduce las almas al infierno. Eso, la Iglesia no puede hacerlo». Que es, de nuevo, una verdad.

Y entonces rechazan, rechazan al Papa, rechazan a la jerarquía, dicen que «aquella que tenemos enfrente de nosotros, ¡bah!, no es verdad, no es la verdadera Iglesia, nosotros somos la verdadera Iglesia».

Falso. Falso, como pretender frente a la cruz que, porque Jesús muere, no es más Dios.

¿Ven cómo es difícil la prueba? Cómo es difícil de mantener los dos, los dos puntos, que nos parecen tan contradictorios, insoportables, como para San Pedro el anuncio de la pasión y la muerte de Nuestro Señor.

Sí, ahora la Iglesia sufre. Podríamos preguntar hasta qué punto puede ir este sufrimiento. Hasta qué punto Dios permite o quiere que el Cuerpo Místico siga el padecimiento del Cuerpo físico. Hasta qué punto vamos a ir en esta tribulación de la Iglesia. ¿Vamos a ir hasta la muerte?, preguntamos.

Parece que no. La Fe nos dice que no.

En La Salette, Nuestra Señora habló de un eclipse de la Iglesia, como si la Iglesia desaparece, diciendo también que el Anticristo estará reinando en el lugar donde necesita de ver el Vicario de Cristo. Misterio. Gran, gran misterio.

Pero de nuevo: el único modo de mantenerse en la verdad, es de aceptar los dos: los lados de la Fe totalmente sin romper una parte y también la verdad. Los dos.

Y aquellos que quieren explicar, ¡cuidado! Cuidado, porque olvidamos muchísimas veces que la Iglesia, como Nuestro Señor, son misterios. Un misterio es una verdad, no es una confusión. Cuando nosotros hablamos de un misterio es algo raro, curioso, misterioso. Pero cuando hablamos de un misterio de la Fe, hablamos de una verdad. Una verdad tan luminosa que es demasiada luz para nuestros pobres ojos. Pero no de una confusión. Demasiada alta para la percepción de nosotros como creaturas.

Sí. Cuando hablamos de lo que pasó el año pasado, estamos dentro de esta prueba.

¿Cómo accionar, cómo reaccionar de frente a la Iglesia, a Roma? ¿Cómo hacer? Muy claramente, juntando los dos elementos. No solo uno.

Los sedevacantistas niegan una parte. Los de «Ecclesia Dei», y los modernistas, niegan la otra.

Hay aquellos que dicen «toda esta realidad es mala, entonces no hay Iglesia, no hay Papa». Los demás que dicen: «La Iglesia no puede engañarse, entonces todo es bueno, tenemos que seguir y aceptar todo». Y los dos no son verdaderos. Hay que distinguir con mucha prudencia.

Hay que reconocer que esta Iglesia, hoy, continúa salvando. También nosotros, si estamos salvados, es gracias a esta Iglesia. Realmente. Una Iglesia que en este estado de heridas terribles, continúa sin problema, santificando, comunicando la gracia santificante.

Porque nuestra Iglesia humana es Dios, es Nuestro Señor, que hace de esta Iglesia su instrumento. Un instrumento increíblemente débil, pero un instrumento.

+++

FLAVIGNY, 2 de septiembre 2012

Cuando vemos la Iglesia, encontramos estos dos componentes: un componente humano y un componente divino.

Pero no solamente eso; encontramos también lo que se puede llamar las consecuencias extremas de estos dos elementos, y allí es donde interviene la tentación que, para muchos, parece insoportable, inaceptable.

La fe en la Iglesia nos obliga a profesar lo que decimos en el Credo: «Yo creo en una Iglesia una, santa». Nosotros lo decimos ¡y no hablamos de una Iglesia en el aire! Nosotros hablamos de la Iglesia que está allí, real, delante de nosotros, con una jerarquía, con un papa. Ese no es el fruto de nuestra imaginación, allí está la Iglesia, es real, la Iglesia católica romana.

Nosotros debemos decir y debemos profesar a esta Iglesia como santa, como una, porque la fe nos obliga.

Veamos ahora un poco las consecuencias, mis queridos hermanos, sobre todo en relación a la santidad. Nos damos cuenta que, si actualmente tenemos la fe, si nosotros tenemos esta alegría de poder profesar la fe, es gracias a esta Iglesia tan concreta… que está en un estado lamentable.

Cuando ustedes llevan a un niño a un sacerdote de la Fraternidad para un bautismo, la primera pregunta es: «¿Qué le pides a la Iglesia?» ¡Y no a la Fraternidad!

Y la respuesta es: «la fe». No es la Fraternidad, sino la Iglesia la que otorga esta fe… ¡Y la Iglesia de hoy! Es la Iglesia de hoy la que santifica. Cuando se dice «extra ecclesiam nulla salus», fuera de la Iglesia no hay salvación, es bien de la Iglesia de hoy que hablamos. Es absolutamente cierto, es necesario afirmarlo.

Pero, vean, el simple hecho de evocar estas palabras, nos hace plantear inmensas preguntas: ¿Cómo puede ser esto? Estos obispos que propalan toda suerte de herejías, ¿cómo pueden darnos la fe?

¡Pues, sí! ¿Cómo este Jesús que muere, puede ser Dios?

Es de fe, es absolutamente cierto que la fe y la gracia, que cada una de las gracias que recibimos por los sacramentos, las recibimos de la Iglesia.

Y una vez más, esta Iglesia es bien concreta, no se debe hacer de ella una abstracción, ¡Ella es real!

Y nosotros formamos parte de Ella.

Si nosotros estamos vivos en esta Iglesia, esta vida la recibimos de la Cabeza de la Iglesia, esta Cabeza que es, por principio y antes que nada, Nuestro Señor Jesucristo.

Sin embargo, también hay todo un organismo; y este organismo, por un lado, debemos confesarlo como santo, y, por el otro lado, nos choca y escandaliza tanto que sólo tenemos ganas de decir: «¡Nosotros no tenemos nada que hacer con estas personas! Estas dos cosas no van juntas, no puede ser»

Estos hombres de Dios que conducen a los cristianos, a los hijos de la Iglesia, a la pérdida de la fe… ¡esto no puede ir junto!

Evidentemente debemos rechazar esos errores con horror.

Pero hay que distinguir, porque, si no distinguimos, hacemos como aquellos que al pie de la Cruz rechazaron todo.

Es muy interesante ver que ante la Cruz, encontramos dos clases de herejías.

Encontraremos aquellos que están tan golpeados, marcados por el dolor y la muerte, que todavía se niegan a acordar la divinidad de Nuestro Señor. Es el caso más frecuente. Es lo que todavía encontramos actualmente en todas partes, aquellos que dicen, como los discípulos de Emaús lo dijeron: «Creíamos que era un gran profeta, nos ha entusiasmado pero ahora está muerto, todo terminó. Teníamos puesta nuestra esperanza en él, pero ahora se acabó».

Actualmente los modernistas extremadamente viciosos, les hablan de Cristo, de la fe, ¡desconfíen! Esas personas les dicen: «Sí, Jesús vivió pero ahora está muerto». Y este Jesús de la historia, es decir, el verdadero, el que estuvo en la realidad, su historia terminó en la tumba. Está muerto, ¡es el fin!

Pero entonces ¿Y la Iglesia Católica? «Bien, la Iglesia Católica —dicen ellos— viene de que el día de la Resurrección, algo ocurrió. Pero no es que Jesús haya resucitado. Es que ese día los apóstoles comenzaron a creer que había resucitado» Dicho de otro modo, inventaron esta cosa magnífica, inventaron lo que se llama «el Cristo de la fe». Estos modernistas, si ustedes los interrogan: «¿Cree usted lo que enseña la Iglesia?» —Por supuesto, por supuesto que creemos, responderán ellos.

No se podrá arrinconarlos por ese lado. Solamente que su fe ya no está en la realidad. Es de fantasía. Un cardenal, el cardenal Koch, escribió un libro sobre la fe de la Iglesia, sobre el Credo. Allí explica que los apóstoles atribuyeron la divinidad a Nuestro Señor en el momento de la Resurrección. Continúa diciendo que con el desarrollo de la historia, las comunidades cristianas, algunos siglos más tarde, han atribuido esta divinidad a Nuestro Señor al momento de su bautizo. Y así sucesivamente, con el desarrollo de la filosofía sobre la persona se atribuyó la divinidad a Nuestro Señor desde el principio de su vida. ¡Pero esta no es la fe! Es pura fantasía, es el modernismo puro. Hay que desconfiar verdaderamente de estas personas.

Y vean ustedes, es la gran tentación delante de este muerto que hizo decir que se tiene la prueba de que es un hombre y nada más que un hombre. Entonces se le niega su divinidad.

El arrianismo es otra forma de este error.

Hoy en día, esta tentación aplicada a la Iglesia sería decir: «Esto que vemos allí, lo constatamos, es un desastre, es herejía por todas partes, la inmoralidad… ¡Esa no es la Iglesia!»

Por un lado como de otro, el único medio de estar en la verdad, es de tomar las dos puntas. Incluso si no sabemos cómo llegar a juntarlas.

Hay que afirmar al pie de la Cruz la verdad de la divinidad de Nuestro Señor y la Verdad de su Pasión y su muerte.

En la Iglesia, por un lado hay que afirmar y mantener que Ella tiene las promesas de Nuestro Señor, que Ella no caerá. Las puertas del infierno no prevalecerán.

Y por el otro lado, con igual de fuerza, sobretodo no hay que negar la percepción que tenemos de la realidad. Vemos bien el estado de la Iglesia, desastroso, una catástrofe sin nombre.

Entonces ¿cómo van juntos los dos elementos? Tratamos de explicar como podemos. Decimos bien: Es el lado falible de la Iglesia… ¡pero están las promesas de Nuestro Señor! Sí, es verdad, están los dos, y uno no excluye al otro.

Pero en el momento que se quiera ir más de un lado que de otro, no podemos guardar este equilibrio entre los dos. Y nos deslizamos al error. Esta situación no es fácil. Es esto que yo llamo la tentación de los apóstoles. Y ustedes saben cuántos apóstoles quedaron al pie de la Cruz.

Esta es una prueba de las más terribles que se pueda imaginar, es la que tenemos nosotros. Una prueba que nos fuerza a desconfiar de aquellos que fueron establecidos por Dios para darnos la fe, la gracia y la salvación. Esto es terrible. No puede ser peor. Hay que pedir verdaderamente al Buen Dios esta gracia de mantener el rumbo, de permanecer en este equilibrio justo y verdadero.

Entre los nuestros, algunos dicen: «No tenemos nada que hacer con esas personas ¿por qué querríamos discutir con Roma? ¡No sirve para nada! ¡Es demoler la fe!, etc.»

Yo les respondo: No, atención. El hecho de ir a Roma no quiere decir que estemos de acuerdo con ellos. Pero es la Iglesia. Es la verdadera Iglesia.

Rechazamos lo que no es bueno; no hay que rechazar todo. Ella sigue siendo la Iglesia una, santa, católica y apostólica.

Ciertamente no es fácil de conciliar, pero hay que tener mucho cuidado al rechazar ciertas cosas, no rechazar todo.

Así como cuando aceptamos la realidad de la muerte de Nuestro Señor en la Cruz, no hay que decir que no es Dios; igualmente, cuando rechazamos el mal que se encuentra en la Iglesia, no hay que concluir que ya no es la Iglesia.

Hay partes que ya no son la Iglesia, sí; pero no toda.

Es un gran misterio. Y hay que suplicar al Buen Dios de mantenernos en el buen camino en esta prueba.

+++

ECONE, 1°de noviembre de 2012

Nuestra vida en la tierra es una prueba. Debemos mostrar a Nuestro Señor que lo elegimos a Él, y que por lo tanto renunciamos a nuestros amores, a los amores de las cosas de la tierra, que lo preferimos. No hay que desalentarse ante esta cizaña. Esta puede ser una reacción ante este mal que está en todas partes, que invade todo, y siempre más. Podría ser una reacción, pero una reacción demasiado humana.

En la colecta de hoy, la Iglesia nos dice que Ella se apoya en la gracia, para todo lo que necesitamos, para nuestra lucha. Querer apoyarse sobre sus propias fuerzas puede fácilmente llevar a la desilusión. Nuestra fuerza, es lo que decimos todos los días: «Adjutorium nostrum in nomine Domini». Nuestra ayuda, así que nuestra fuerza, está en el Nombre del Señor. Es sólo en el Señor que se puede contar. Y sabemos que si Dios permite las pruebas, nunca permite una prueba sin darnos la gracia proporcional para superarla. Estas palabras, debemos tomarlas como son: son verdaderas. «Todo coopera para el bien de aquellos que aman a Dios» (Rom. 8, 28), todo y, sobre todo, por supuesto, las pruebas.

Y así, pues, si tenemos pruebas, no debemos desanimarnos. Redoblemos nuestros rezos. Volvamos los ojos hacia Dios. Hagamos algunos esfuerzos, algunos sacrificios, y confiemos en su gracia. La Iglesia siempre ha dicho que hay una mirada, un pensamiento que es la solución de todos los problemas. Ellos nos dan la fuerza, el valor, sea cual sea nuestro estado. Es la mirada que lleva a Jesús crucificado, a la cruz, a Jesús en momento de morir en la cruz por nosotros, por nuestro bien. Podría muy bien habernos dejado caer. Es Dios, infinitamente superior a sus criaturas que lo han ofendido de manera tan ingrata. ¿Qué hace? En vez de dejar las cosas así, Él viene a repararlo. Se hizo hombre, en una aniquilación indescriptible. En su Pasión, Él toma nuestros pecados sobre sí mismo, Él los lleva, paga por nosotros. Él toma sobre sí el castigo que merecemos por nuestros pecados.

Es el amor de Jesús por nosotros. ¿Y tendríamos alguna duda que nos quiere rescatar, nos quiere ayudar? Retomemos nuestro espíritu. Retomemos la fe. E incluso, si se oculta, si duplica la prueba, no importa, es el dueño absoluto de todas las cosas. Él es capaz de salvarnos en la situación de la Iglesia actual, como en los mejores tiempos.

Y este misterio llega tan lejos, mis amados hermanos, que este poder, el poder de la santidad, de santificación, reside hoy todavía en esta Iglesia que vemos en la tierra. Si tenemos fe, es en esta Iglesia; si recibimos la gracia del bautismo hasta el último de los sacramentos, es en y por esta Iglesia. Esta Iglesia que no es una idea, que es real, que está delante de nosotros, que la llaman la Iglesia Católica y Romana, la Iglesia con su Papa, con sus Obispos, que también pueden estar en debilidad.

Pero esto no importa, Dios no permite que su Iglesia caiga. No nos dejemos angustiar, ni digamos: porque está la asistencia de Dios, ¡todo es bueno! ¡Por supuesto que no!

Ved, es el problema que tenemos con Roma en nuestras discusiones. Les decimos que hay un problema y que este problema viene manifiestamente del Concilio y sus secuelas. Y nos responden: «Esto es imposible. No, no hay problemas. No puede haber problemas, porque la Iglesia tiene la asistencia del Espíritu Santo. Por lo tanto, la Iglesia no puede hacer nada malo. No es posible. Y, por lo tanto, el Concilio debe ser bueno, por necesidad. Y así, lo que ustedes dicen no tiene valor. Hay algunos abusos aquí y allá, pero lo que dicen no tiene valor.

La nueva Misa fue realizada por la Iglesia. La Iglesia cuenta con la asistencia. Es necesariamente buena, y usted no tiene derecho a decir que es mala.»

He aquí a qué nos enfrentamos. Y nosotros decimos: «Aceptamos la fe hasta la mínima iota, y también la fe en la Iglesia, en sus privilegios, en la asistencia del Espíritu Santo. Sin embargo, y esto también es cierto, aceptamos la realidad. No estamos a punto de negar la realidad. Y sabemos que no hay contradicción entre los dos. Habrá un día una explicación, aunque hoy no la haya.

Este es el misterio de la Cruz. Cuando Jesús está en la cruz, la fe nos obliga a profesar que Él es Dios, Él es Todopoderoso, Él es eterno e inmortal. Él no puede morir, no puede sufrir. Dios es infinitamente perfecto. Es imposible que Dios sufra. Y Jesús en la cruz es Dios. La fe nos lo dice. Y nos vemos obligados a aceptarlo totalmente, sin reducción alguna. Pero, al mismo tiempo, la experiencia humana nos dice que este mismo Jesús sufre e, incluso, murió.

A los pies de la Cruz, sólo están en la verdad los que tienen los dos cabos, aunque parezcan contradictorios. Y vemos en toda la historia de la Iglesia el mismo problema; la gran mayoría se apegará a lo que dice el conocimiento humano y concluye: «Por lo tanto, no es Dios. Realmente ha muerto. Está muerto y enterrado. Todo se ha terminado.» Esta es la mayor parte de los enemigos de la Iglesia, los ateos, los herejes y los modernistas escondidos en la iglesia que hacen creer que tienen fe, cuando no es así. Distinguen hábilmente un Cristo de la historia, aquél es el Cristo real y lo dirán muerto y jamás resucitado, y un Cristo de la Fe, aquél que la Iglesia obliga a creer, y para Él inventa una resurrección.

Esto es absolutamente falso. Esto no es justo. Él ha resucitado verdaderamente. Pensemos que otros herejes, por el contrario, insisten: «Sí, Él es Dios. Por lo tanto, esta muerte, el sufrimiento, son sólo apariencias. No está realmente muerto.» Este error también se encuentra, pero es menos común.

Hoy en día, respecto de la Iglesia, es el mismo problema. Para permanecer en la verdad, debemos tener estos dos datos, los datos de la fe y también los datos de la observación de la razón.

Este Concilio quiso estar en armonía con el mundo. Él hizo entrar el mundo en la Iglesia y ahora tenemos el desastre. Y todas estas reformas que se han hecho desde el Concilio, han sido hechas por las autoridades para esto.

Hoy nos hablan de la continuidad, pero ¿dónde está ella? ¿En Asís? ¿En el beso del Corán? ¿En la supresión de los Estados católicos? ¿Dónde está esta continuidad?

Y, por lo tanto, simplemente continuamos, queridos hermanos, sin cambiar nada, hasta que el buen Dios quiera. Eso no significa que haya que permanecer inactivos. Todos los días tenemos la obligación de ganar almas. Y sabemos que la solución vendrá de Dios, y hasta podemos decir, por la Virgen Santísima.

Se puede decir que es una evidencia de nuestro tiempo, significada por esas apariciones, bellas, magníficas, de Nuestra Señora de La Salette, de la Virgen de Fátima, que anuncian esta época, dolorosa, terrible. Roma se convertirá en la sede del Anticristo, Roma perderá la fe… esto es lo que se dijo en La Salette. La Iglesia será eclipsada.

Estas no son palabras pequeñas. Tenemos la impresión de que es ahora que vimos ésto.

No hay que entrar en pánico. Es terrorífico, sí, pero debemos aún más buscar refugio cerca de la Virgen, cerca de su Corazón Inmaculado.

Este es el mensaje de Fátima: Dios quiere dar al mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. ¡No es por nada!

Pidamos en todas nuestras oraciones, en cada Misa, la gracia de la fidelidad, de no abandonar, no importa lo que pase. Y que Dios nos proteja y nos guía al cielo. Que así sea.

Continuará con la Segunda Parte:

B) Respecto de las relaciones Roma – FSSPX