DOM COLUMBA MARMION
La Trinidad en nuestra vida espiritual
XVII – SÉ NUESTRA JUSTICIA…
La «justicia» de que habla aquí San Pablo es esa cualidad inherente al alma, que la hace «justa», grata a Dios. Jesucristo se ha hecho «nuestra justicia» por habernos merecido, con su vida, pasión y muerte, la gracia que nos «justifica» ante su Padre.
1. Jesucristo nos ha devuelto la justicia de la que estábamos privados por el pecado de Adán
Como sabéis, Dios, al crear al primer hombre, le dio la justicia y la gracia; le hizo hijo y heredero suyo. Pero el pecado trastornó el plan divino; constituido Adán cabeza de su raza, pecó. En un instante perdió para él y sus descendientes todo derecho a la vida y a la herencia divinas; todos sus hijos quedaron esclavizados del demonio y fueron hechos partícipes de la desgracia en que incurriera Adán. Por eso nacen, dice San Pablo, «enemigos de Dios, objetos de ira» y por tanto excluidos de la bienaventuranza eterna.
¿No había nadie, entre los descendientes de Adán, capaz de rescatar a sus hermanos y quitar la maldición que pesa sobre todos, ellos? No; pues todos pecaron en Adán; ni para él ni para los demás, ninguno podría dar una satisfacción adecuada (Jesucristo vida del alma).
¿La humanidad va a desesperar de su salvación? El ultraje inferido a Dios, ¿no podrá repararse nunca? ¿El hombre no tomará ya nunca posesión de los bienes eternos de la gloria?
Sólo Dios podía dar solución a este problema angustioso. «Oh, Dios, que maravillosamente formaste la humana naturaleza, exclama la Iglesia, y más maravillosamente la reformaste; haznos, por el misterio de esta agua y vino participar de la Divinidad de Aquel que se dignó hacernos participes de nuestra humanidad, Jesucristo, tu Hijo, Señor Nuestro».
Esta maravilla consiste en que el Verbo se ha hecho carne, ha tomado sobre sí el pecado para ofrecer una expiación digna a su Padre, expiación que nos ha devuelto la amistad de Dios y nos ha dado para conservarla sus méritos infinitos (Jesucristo ideal del monje, cap. XVIII).
En los comienzos de su vida pública Jesús se presenta un día a Juan Bautista para recibir el bautismo; el Precursor, que le reconoce Hijo de Dios, rehúsa conferirle el bautismo de penitencia; pero ¿qué le contesta Jesús? «No te opongas a ello ahora, porque así conviene cumplir toda justicia».
¿Qué justicia? Las humillaciones de la adorable humanidad de Jesús, que para tributar un supremo homenaje a la santidad infinita, constituyen el precio completo de todas las deudas con la justicia de Dios.
Jesús, justo e inocente, se coloca en lugar de toda la raza pecadora, Justus pro injustis, y con su muerte se hace el «Cordero de Dios que borra los pecados del mundo», la «propiciación por todos los crímenes de la tierra». Así «se cumple toda la justicia» (Jesucristo en sus misterios, cap. XI, 2).
Nos dice San Pablo que si la desobediencia de un solo hombre, Adán, nos arrastró a todos al pecado y a la muerte, ha bastado la obediencia —¡pero qué obediencia!— de otro hombre, de un hombre que es igualmente Dios, para ponernos en gracia con Dios.
Jesucristo, como cabeza y jefe de todos nosotros, ha merecido para todos nosotros, ha satisfecho, sustituyéndonos a todos, por todos nosotros.
Y como el que merece, por este ofrecimiento, es Dios, sus méritos tienen un valor infinito y una eficacia inagotable (Jesucristo vida del alma, cap. II, 4).
Cuando decimos, que las obras de Jesucristo son meritorias para nosotros, confesamos que por ellas, Jesucristo tiene derecho a que se nos den la vida eterna y las gracias que a ella conducen. Expresa este pensamiento el Apóstol por estas palabras: «Hemos sido justificados gratuitamente por la gracia del mismo, en virtud de la redención que todos tienen en Jesucristo».
En lo cual nos hace comprender San Pablo que la pasión de Jesús, que termina y corona todas las obras de su vida terrestre, es la fuente de donde dimana para nosotros el derecho a la vida perdurable (Jesucristo vida del alma, Ibid.).
También leemos en San Pablo escribiendo a los Efesios: «Estabais en otro tiempo separados de Dios; ahora estáis cerca por la sangre de Cristo, pues es vuestra paz.» «Dios nos reconcilió consigo por Jesucristo, ya que reconciliaba con Él al mundo en Jesús, no imputando a los hombres las ofensas que le habían inferido.»
Jesucristo es la hostia santa, gratísima a Dios, que nos ha valido el perdón. Como dice hermosamente el Salmista «en él la justicia satisfecha al fin, y al fin recobrada la paz, la justicia y la paz se dieron el ósculo de la reconciliación: justitia et pax osculatæ sunt«.
Jesucristo es el Príncipe de la paz, Princeps pacis, que vino a luchar contra el príncipe de las tinieblas y arrancarnos del poder del demonio, para concertar la paz entre Dios y los hombres. Y es un príncipe pacífico, tan magnánimo y generoso que en el momento de la victoria reparte con nosotros sus conquistas y sus méritos, para que conservemos siempre esta paz obtenida con el precio de su sangre.
El Salmista, al anunciar la venida del Mesías, da del prometido esta señal, para reconocerle en los días de su visita: que entonces «la justicia aparecerá juntamente la abundancia y permanecerán unidas por largo tiempo como los astros»: Orietur in diebus ejus justitia et abundantia pacis, donec auferatur luna, (Jesucristo ideal del monje, cap. XXI).
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Lovaina, día de Pascua de 1900
Me chocó sobre manera durante la meditación esta palabra de San Pablo: «Se entregó Jesús por causa de nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación». Jesucristo es la Sabiduría eterna e infinita y como medio de expiar nuestros delitos, ha escogido la muerte dolorosa. Estaba exento de morir por derecho, pues a Él no le había tocado el pecado por el cual vino la muerte (per peccatum mors) y por nosotros y en lugar nuestro, aceptó libérrimamente el padecer la muerte. Sentí la gran eficacia y valor de esta muerte y me he unido a Jesús en su muerte, para morir con Él al pecado.
Resurrexit propter justificationem. El fin de la vida resucitada de Jesús es nuestra justificación. He comprendido muy claramente cuánto quería esta santidad y cuánta eficacia tiene esta unión de nuestra vida con la suya: «Si cuando éramos enemigos, nos reconcilió con Dios la muerte de su Hijo, con más razón, ya reconciliados, nos salvará su vida» (Un maestro de la vida espiritual, cap. VIII, 9, 10).
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2. La gracia que justifica regularmente nos la confiere el Bautismo
Es de notar que la doctrina del bautismo, expuesta por San Pablo (Rom. VI) y recordada por Dom Marmion continúa los capítulos I-V de la misma epístola, en los que el Apóstol trata extensamente de la justificación.
Dice San Pablo: Nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y amor para con los hombres, «nos ha salvado, no a causa de las obras de justicia que hubiésemos hecho, sino por su misericordia, haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo, que Él derramó sobre nosotros copiosamente, por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, vengamos a ser ya, en esperanza, herederos de la vida eterna».
En el pensamiento de San Pablo la inmersión del hombre en las aguas bautismales significa la muerte y el sepelio de Cristo; y de su muerte y su sepultura participamos nosotros, sepultando el pecado y el afecto al pecado y renunciado al pecado. El «hombre viejo» manchado por la culpa de Adán desaparece en las aguas y queda sepultado, como un muerto en el sepulcro, (no se entierran más que los muertos). Salir de la pila bautismal es renacer el hombre, purificado del pecado, regenerado en el agua, fecundado por el Espíritu Santo; él se adorna de la gracia, principio de la vida divina, adornada además de las virtudes infusas y dones del Espíritu Santo.
Se ha sumergido en la pila bautismal un pecador y en ella ha dejado todos sus pecados, y sale un justo, imitando a Jesucristo que salió del sepulcro y vive la vida divina.
Este doble aspecto de vida y de muerte, que caracteriza la existencia del Verbo entre nosotros, y aparece en la Pasión con todas las negruras y en la resurrección con todos los esplendores de gloria, tiene que reproducirlo el cristiano, todo el que con el Bautismo se incorpora a Cristo.
Cuando contemplamos a Jesucristo en la oración, ¿qué vemos en Él? Un misterio de muerte y de vida: «Fue entregado a la muerte por causa de nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación.»
El cristiano en su existencia reproduce esta vida de Jesucristo en sí mismo, lo expresa San Pablo: «Sepultados con Cristo en el bautismo, habéis en el bautismo resucitado con Cristo; a vosotros que estabais muertos (a la vida eterna) por vuestros pecados, os ha devuelto Él a la vida eterna, después de haberos perdonado todos vuestros pecados.»
Del mismo modo que Jesús dejó en el sepulcro los lienzos, imagen de su estado de muerte y vida pasible, así también nosotros hemos dejado en las aguas bautismales todos nuestros pecados; y del mismo modo que Jesús salió libre y lleno de vida del sepulcro, así también nosotros salimos de la pila santa adornada el alma, por obra del Espíritu Santo, con la gracia, principio de la vida divina. Así el alma se convierte en un templo donde habita la Santísima Trinidad y en objeto de las complacencias divinas.
«Por el bautismo, dice también San Pablo escribiendo a los Colosenses, os habéis desnudado del hombre viejo con sus acciones de muerte; os habéis revestido del hombre nuevo, creado en la justicia y la verdad, que se renueva sin cesar según la imagen de Aquel que le crió»
Y a los de Efesios decía: «Habéis aprendido en la escuela de Cristo… a desnudaros del hombre viejo, según el cual habíais vivido en vuestra vida pasada, de ese hombre corrompido por los malos deseos de las pasiones; aprended a renovaros interiormente, y a revestiros del hombre nuevo según Dios en verdad, santidad y justicia.»
Así, pues, mientras vivimos en este mundo obremos esta transformación de morir al pecado y de vivir sólo para Dios.
Esta muerte al pecado, en los designios divinos, es una muerte definitiva, y esta vida, de suyo, inmortal; pero nosotros podemos perder esta vida y podemos morir cometiendo el pecado. Nuestro trabajo ha de consistir, por tanto, en preservar, conservar y desarrollar ese germen de vida hasta que lleguemos al día postrero, a la plenitud de la edad de Cristo.
La ascesis completa cristiana que empieza con la gracia bautismal, se va extendiendo poco a poco, librando de los obstáculos al germen divino depositado en el alma por la Iglesia el día que inició a sus hijos.
La vida cristiana no es más que el desarrollo progresivo y continuo, la aplicación práctica, durante toda nuestra existencia, del doble acto inicial que empezó con la recepción del Bautismo y del doble fruto sobrenatural de «muerte» y de «vida» que produce por ese mismo sacramento.
Ved aquí el programa del cristianismo. La bienaventuranza final no es más que la liberación total, definitiva del pecado, de la muerte y del sufrimiento, así como también la floración y fructificación gloriosas de la vida divina que en nosotros empezaron con el carácter imborrable del Bautismo.
La muerte y la vida mismas de Jesucristo se reproducen en nuestras almas, ya en el instante de recibir el sacramento de la regeneración; pero la muerte es para dar la vida. ¡Oh, si entendiésemos las palabras del Apóstol! «Los que habéis sido bautizados en Cristo, os Habéis revestido de Cristo»: quicumque in Christo baptizati estis, Christum induistis. No sólo os habéis puesto un vestido externo, sino que habéis vestido interiormente vuestro ser. Estamos- «injertados» en Él, dice San Pablo, pues Él es la viña y nosotros los sarmientos, y, su savia divina se trasfunde por nosotros para transformarnos en Él. Por la fe en Él, lo recibimos en el Bautismo, su muerte se convierte en la nuestra al demonio, a sus obras, al pecado; su vida se convierte en la nuestra.
Este acto inicial que nos hace hijos de Dios, nos ha hecho también los hermanos de Jesucristo, nos ha incorporado con Él, nos ha inscrito entre los miembros del cuerpo de la Iglesia, nos ha animado del Espíritu Santo.
Bautizados en Cristo, hemos nacido, por la gracia, a la vida divina en Cristo. Por eso nos exhorta San Pablo a andar por senderos nuevos, a vivir una vida nueva: in novitate vitæ.
Caminemos, pues, no en el pecado al que hemos renunciado, sino a la luz de la fe bajo la inspiración del Espíritu Santo, que nos hará producir con nuestras buenas obras muchos frutos de santidad (Jesucristo vida del alma, cap. I, 2).
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3. Justicia y misericordia
San Pablo escribe: «Nos ha salvado Dios, no por las obras de justicia que hemos hecho, sino por su misericordia… para que nadie se gloríe de sí mismo». Fiel a este pensamiento paulino el Padre Marmion tomó como tema de muchas conferencias y sermones la misericordia de Dios. Para él, como para el Apóstol, la idea de misericordia, en nuestra redención, es correlativa a la de justicia. (Véase: Los caminos de la misericordia en Melanges Marmión. Aquí hacemos un resumen casi esquemático).
Dios se propone derramar sobre el género humano los tesoros de su misericordia; la gloria especial que quiere recibir es la de que sea alabada su misericordiosa bondad por la cual, bajándose a nuestra miseria, la quiere aliviar, la quiere levantar y unir a sí.
Cuando estemos en el cielo veremos que en los esplendores eternos, Dios quiso levantar un monumento «admirable de misericordia, in æternum misericordia ædificabitur in cœlis. De este edificio, nosotros, los hombres, en alma y cuerpo antes llenos de miserias, seremos las piedras vivas que sin cesar estén testimoniando las bondades sin cuento de nuestro Dios. ¿Y cuál es la piedra angular de este edificio? Jesucristo. Somos todos nosotros seres miserables, todos nosotros nos podemos apropiar la palabra del salmo: «Soy pobre e indigente.»
Sin embargo, no temamos decirlo, el pobre, el hombre más abrumado de miserias es nuestro divino Salvador. ¿Cómo? Sin duda. Su alma santísima, el único santo es Jesucristo: Tu solus sanctus, Jesu Christe, no conoció nunca el pecado, la imperfección, y su humanidad, unida hipostáticamente al Verbo, gozó siempre, en medio de los dolores, las inefables delicias de visión de Dios. Pero, hecho, por la Encarnación, nuestro hermano mayor y nuestra cabeza, quiso tomar todas las miserias y los sufrimientos de sus miembros; desposó nuestra naturaleza humana con toda la herencia de debilidades que la acompañan y se dignó tomar sobre sí las iniquidades de todos los hombres, sus hermanos.
Este pobre, este hombre de dolores, que se ha trocado así por nuestra causa, este hombre llega a pedir tres veces a su Padre que le compadezca, le perdone… Conseguirá la salvación de la humanidad, pero será a condición de sufrir la muerte y la muerte de cruz. Desde entonces Dios se llena de compasión para con los miembros de su Hijo, se apiada de sus miserias; nos perdona, nos abre su corazón paternal y nos colma de gracias.
Así paga a su Hijo todas las muestras de amor de que Él le dio tantas cuando se sacrificó. Todas las misericordias de Dios con respecto a nosotros son las respuestas a los gritos de compasión que lanzó su Hijo. Cuando los miembros de Cristo imploran la piedad de Dios, su Hijo es también el que la suplica por sus bocas, y los ayes de compasión del Hijo son los que dan valor a los nuestros. Por tanto, si queremos experimentar los bienhechores efectos no nos separemos de Nuestro Señor; somos el objeto del amor misericordioso de Dios en la medida en que nos ve unidos a su Hijo.
Sí, maravilloso es Dios en sus obras, como dice el Salmista que exclama: «¡Qué grandiosas son tus obras, Señor. Todo lo has hecho con sabiduría!» En su sabiduría y su bondad adorables, ha combinado Dios tan admirablemente las cosas que de todas saca su gloria para socorrer nuestra propia miseria. No sólo nuestra miseria es ocasión de que ejerza su misericordia, sino que Jesucristo, por haber tomado sobre sí nuestras faltas y nuestras debilidades y por haberlas expiado en su Persona, todas las veces que Dios tiene conmiseración con nosotros, glorifica a su Hijo y avalora los méritos de su preciosa sangre.
Continuamente están levantando hasta Dios, «Padre de las misericordias», un incienso de adoración y de gloria infinita las satisfacciones de Jesucristo (Malanges, pp. 7-10).
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5 de junio (sin fecha de año)
Hay dos modos de presentarse delante de Dios:
1º Como el fariseo del Evangelio, alegando en favor propio nuestras obras y pidiendo que nos recompense nuestra justicia: «Guardo todos los mandamientos. Ayuno y doy limosna. Tenéis que estar, Señor, satisfecho de mí.» Dios detesta a estos tales, a estos que se pagan de sí mismos, aunque exteriormente sean correctos e intachables.
2º Como San Pablo: «Considero mi santidad como el estiércol; mi confianza la he puesto toda en Jesucristo, quien, por sus méritos, da valor a nuestras obras.» De aquí que el Apóstol se gloríe no en sus obras, sino en sus enfermedades: libenter gloriabor in infirmitatibus meis. Estas almas son las que son gratas a Dios, porque son las que dan gloria a su Hijo. Este es su único deseo (Cartas de dirección, cap. IV, 2).
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Lovaina, 30 de diciembre de 1904
Pese a nuestras debilidades, más bien a nuestras miserias, confiemos, sin temor, en Jesucristo. Cada vez me voy persuadiendo más que cuando nos presentamos delante del Padre celestial como miembros de su Hijo muy amado —sois miembros del Cuerpo de Cristo, miembros del miembro (I Cor. XII, 27)—, al ver nuestras miserias Él no ve sino su misericordia y el abismo de nuestras miserias llama el abismo de su compasión: abyssus abyssum invocat (Cartas de dirección, Ibid.)
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Lovaina, 5 de octubre de 1906
La gloria de Dios brilla más cuanto más condesciende con nosotros su misericordia; se abaja Él hasta nuestra miseria y se ensalza su misericordia, por muy miserables e indignos que seamos; basta que tengamos buena voluntad, basta con que le busquemos sinceramente. «Hay más regocijo en el cielo entre los ángeles de Dios, por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos, que no tienen necesidad de hacer penitencia.»
Luce más la gloria que se da a Dios al bajarse su conmiseración hasta una criatura pobre, humilde, egoísta, vulgar, que cuando la misericordia la ejerce con una de sus criaturas grandes, nobles, superiores que, a nuestro parecer, a Él le cautivan.
San Pablo comprendía esta verdad cuando escribía estas palabras a los Corintios: «Dios ha encogido a los débiles y viles de este mundo para confundir a los fuertes, para que el hombre no se gloríe delante de Él.»
El triunfo de los padecimientos y los méritos de Jesucristo es completo, cuando levantan a una pobre, débil y miserable criatura hasta la unión de la divinidad (Ibid.).
Estos conceptos los repite y desarrolla de muchos modos Dom Marmion, hablando del Bautismo. De las frases de San Pablo, le llamó poderosamente la atención el que nadie se gloríe, pues sólo a Dios le compete la gloria.
Magistralmente trata los dos temas en Jesucristo vida del alma y Jesucristo ideal del monje. Por eso nos creemos dispensados de alargar aquí el desarrollo de los mismos.
